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domingo, 27 de diciembre de 2020

Proponiendo preposiciones

 


A mi sueño llegaron mil medusas,

ante la duda de nuevos lenguajes.

Bajo la brisa de tu voz que embruja,

cabe pensar que fui quien las llamaba.

Con mis temores, de ser ese agua, 

de liquidez marina y sin fisuras .

Desde la orilla, o desde la nada, 

durante el silencio del cielo en llamas,

en mi mente,  agua junto a tus versos,

entre   olas de agua desbocada,

hacia un destino sin nombre ni reloj.

Hasta no saber si eras real o no.

mediante las auroras boreales,

para despertar de un sueño gélido,

por tenerte, como norte de mi voz,

según mis recuerdos, te sentí cerca.

Sin palabras te eché en falta de nuevo.

So pena de saber que nunca te vi,

sobre mi miedo a perderte, me caí.

Tras mucho tira y afloja, desperté,

versus seguir dormida, un día más,

vía persianas que  se abrían al sol.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
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Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

jueves, 11 de abril de 2019

Ese Titanic

Tomado de Google

La virtuosa del violín y el solista de piano se dejaron llevar por los sonidos del vals, y salieron bailando de la Gran Sala. Solo existían ellos dos, la mano de él en la cintura de ella, la de ella rodeando su hombro, girando, ciegos de pasión. No se percataron de que habían alcanzado la barandilla de babor, ni de que el helado Atlántico Norte se alzaba a sus pies. Pudieron haber avisado del desastre, pero el ruido del iceberg, rajando el casco, fue interpretado por ambos como el chirrido típico de alguna de las prótesis de cadera. Ambos las portaban, desde hacía más de diez años.

Con el movimiento, rodaron enmarañados, entre brazos y piernas de otros pasajeros que también llegaban al mar gélido. Los gritos de socorro fueron los últimos sonidos que pudieron distinguir, pero en sus cabezas continuaba sonando la música de la orquesta, en ese vals que duraría por toda la eternidad . 


martes, 9 de abril de 2019

Marxismo en Barcelona :-)

Imagen de Internet

Tras la cena en el Chino Shangai, Harpo recogió a Groucho, quien dormía sobre la mesa número tres y quien no se había enterado de un alboroto previo. Se puso el arpa en bandolera y convidó a Juan, el conserje, y a un animador cultural, a una última copa en el Dry Martini, lugar famoso por sus gogós y por sus martinis. Harpo conocía la moral ancha del local, y deseaba mover el esqueleto, así que, poco después de llegar con sus dos nuevos amigos, se subió los faldones de la gabardina y subió al escenario. El animador, con la peluca del revés y tres copas de más, se hizo pareja del perchero de la entrada, declarándole amor eterno a un sombrero de tres picos. No en vano en el Liceo había escuchado esa zarzuela días atrás. El sombrero inició una singladura por su cuenta tras el primer compás, hacia mares ignotos, de cabeza en cabeza hasta aterrizar sobre los rizos de  Harpo, quien, aun siendo mudo, no era sordo y estaba emulando a las odaliscas de Sherezade en un baile del vientre, quedando un bailongo muy apañado, sobre todo para quien ya estuviera muy beodo.

El animador, despechado por el desplante del sombrero, alivió sus soledades con un candelabro de bronce firmado por Dalí, sin percatarse de que una tal Galatea les espiaba. Cuando se apercibieron de la ojeadora, Groucho, quien les había seguido en un taxi que no hacía huelga,  le ofreció un habano, y juntos se fumaron la segunda parte de la primera parte del contrato de venta, de dos huevos duros, en un crucero de lujo. Llegaron al almacén-camarote del sótano, lleno de envases de Coca- Cola y algunos, no se sabe cómo de Mirinda,  donde Galatea, en un arranque de locura, fregó el bigote pintado de rotulador de Groucho, con gestos de cisne histérico, y le hizo comer la tercera parte de la segunda parte del primer contratante, y un huevo duro que andaba por ahí, ante lo cual el animador se fugó por la escalera de incendios, no sin antes ponerle la peluca al busto de un Adonis que decoraba la entrada del local. Galatea, harta de contratos basura, de Castillos y de bigotes raros,  se fue con una beca de Erasmus a Amsterdam, a hacer un máster sobre los caracoles mongoles y su emparejamiento con las babosas holandesas.

Harpo acabó dormido sobre la barra del icónico lugar de Barcelona,  con una torrija del quince, mientras los mossos de esquadra tomaban declaración a un animador socio-cultural, prendido a un sombrero de tres picos, y a un tal Juan, conserje, quien no dejaba de bailar con un candelabro derretido, susurrándole  al oído palabras de amor. Dicen que Groucho fue visto, caminando medio en cuchillas y levantando las alas de su chaqueta de frac, por la Diagonal, donde asaltó a una moza, con hechuras de Botero, pero eso son rumores que nadie pudo confirmar.


viernes, 29 de marzo de 2019

Sueño en el museo

Tomado de Internet

las dos Giocondas


Ahora, recuperada la lozanía del primer lienzo, las dos Giocondas luchaban por su espacio. La joven, recién expuesta, le decía a la  mayor:
- ¿No estás cansada de sonreír en el Louvre? ¿por qué no nos retiramos  al Prado?.
La mayor contestó
- ¿Al Prado? quía, yo prefiero el mar.

Para no ceder entre París y Madrid, el consejero de El Prado propuso que ambas imágenes fueran expuestas en L´Hermitage durante tres meses. La joven, en la nueva ubicación,  se quejaba de la inmensidad nocturna del museo, y la mayor de las corrientes de aire del pasillo. Para colmo, apagaban por la noche el transformador de la luz de emergencia, porque los flahses de los japoneses calentaban sobremanera los cristales que las protegían. A las dos semanas,  ambas estaban hasta el gorro de miradas, de flashes, de gente y de estar tan quietecitas.

Querían poder ver otras dependencias, otras paredes, a otras personas, así que decidieron escapar al sótano de los restauradores. Pasaron por las salas de Egipto. Se detuvieron ante lo ignoto, jamás habían oído hablar de tales maravillas,  y envidiaron el estado de conservación de algunas momias, así que, siguiendo con la idea de visitar a sus restauradores, prestas, siguieron su paseo, con el mármol fresco en sus pies desnudos y la esperanza de encontrar alguna momia o lienzo por reparar ellas mismas.  Era medianoche, y llevaban siglos sin coger un pincel, ni una aguja, ni nada de nada, sólo sonriendo a un tal da Vinci, un pintor muy bueno, pero aburrido, y a su pupilo. Querían buscar a la Venus de otro florentino, por compartir experiencias.

Los ropajes les pesaban en exceso, así que se quedaron en enaguas, llegando donde los restauradores tenían, en sus anaqueles, filas inmensas de pigmentos, pinceles, lupas e hilos de diversos materiales.

En el suelo se apilaban bastidores sin lienzos, y rollos de telas pintadas escondían las maravillas que había que restaurar. Entre los restauradores estaba Cinzia Pasquali, quien ganó el concurso internacional para la restauración de una pieza prestada por la Galeria Uffizi y que se había deteriorado.

De pronto un profundo perfume inundó la sala y advirtieron que una sombra se acercaba entre aroma de incienso y pachulí. Ambas se escondieron tras un Adonis sin manos, y ante su asombro, apareció en el dintel de la puerta, muy cansado, el David de Miguel Ángel, quien había hecho el camino a pie, desde Florencia.

- Un poco cabezón- dijo la joven. La mayor no la oía, aunque también pensaba en proporciones, y su mirada estaba fija en otra zona.

Se dirigieron a la zona de trabajo de Cinzia y describieron la Venus de Botticelli, como una pelirroja un poco descocada, algo entrada en carnes y con cabello del todo imposible de dominar. Ellas tenían bien presente la postura forzada que tuvieron que mantener como modelos de Leonardo y no pudieron evitar una cierta envidia. Le sugirieron reparar un poco por aquí y otro por allá, un tinte, un buen maquillaje, en fin, mejorar el aspecto. Mientras la mayor orientaba los cambios, David seducía a la joven, quien llevaba demasiado tiempo sin un hombre de piedra cerca. Entre bromas y veras, se animaron a hacer tonterías por los rincones, ante la mayor, quien les acabó dejando en paz, porque ella también había sido más joven.

El vigilante diurno, al llegar al pasillo de las Giocondas sufrió un desmayo. Los cristales y los bastidores estaban en el suelo,  sin lienzos. Pulsó la alarma. Se congregaron otros vigilantes armados, se cerraron las puertas,y con los policías inspeccionando el sótano, exclamaron en aleluyas nerviosas al ver los dos cuadros y un David en un rincón.