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Seguimos sumando infectados y muertos por el Covid-19. Sigamos quedándonos en casa.
El sueño se desvaneció, entre la aurora de alabastro y la umbría de los lirios, en aquel pequeño lago artificial. La serena paz de las esperas se había deshilachado, a golpe de mensajes de complicidad encendida, de otros tiempos, a ritmo de versos acompasados de un ayer que, agrietado, podía renacer.
Desde el silencio, el desconocido entraba como un huracán, de margaritas por deshojar, de begonias a flor de piel, de aire de lavanda entre las rendijas de las persianas venecianas de mi otoño dorado. Con la sigilosa cadencia de los pasos de comadreja en huida, su voz escondía un hálito impreciso de ternura. La ilusión de nuevas mariposas viajeras en mis venas regresaron, dejando mi corazón abierto al presente, a la nueva sensación de primavera bajo mi almohada, bajo mi falda, bajo mi piel.







