Translate

viernes, 31 de enero de 2020

Robo curioso

Imagen de la mente es maravillosa

Me ha chocado, no sé si conmovido, el robo de una caja de “como se llamen” esos succionadores íntimos. Ya me tenía medio preocupada el éxito, según dicen, de esa maquinita que por  sí misma produce unos orgasmos súper instantáneos en la mujer. 

Cuando he leído que había pasado en mi barrio, me ha sorprendido, porque no sabía yo que esos chinos tenían a la venta aparatitos tan “sofisticados”. He visto bastantes mujeres con una sonrisa angelical por el Mercadona. Lo he achacado a que han cobrado, estamos a fin de mes. Pero luego, cuando en la guardia ha acudido una joven  afectada de un ataque de orgasmos encadenados, ya no me ha hecho tanta gracia el material robado. El novio, pobrecillo, no sabía dónde meterse.  Lo peor es que el cuerpo de ella seguía y seguía con espasmos orgásmicos, pero su cara, de satisfacción, no reflejaba ninguna.

P. E. Dios me perdone, pero la imagen, con los labios aún con carmín no me cuadra, o son climax con pocos preliminares o directamente con una maquinita :-). Acabar el mes con un post relacionado con la prensa y las noticias, me pareció buena manera. Con él digo adiós a un mes que  ha traído muchas noticias, del Brexit, del sempiterno tema catalán o del coronavirus. Ahora, a por febrero. :-)

jueves, 30 de enero de 2020

Mixturas de un recuerdo, en jueves

Imagen de Neogéminis

Siguiendo una iniciativa, curiosa, porque sugiere título de un libro posible para un texto que aportemos, mi participación es con este texto de Mixturas de un recuerdo, en casa de Neogeminis 
Las palomas, como antaño, se hacían arrumacos en el alfeizar de su dormitorio. El recuerdo de las charlas con él, ambientado con esos sonidos más de una vez, fue un detonante inesperado. Desató, en el momento de un amanecer cargado de rojos entre nubes de un gris perla, sus botones de nácar. Se desbordaron los sumideros de los fantasmas propios, y los de él, que tan bien conocía. El pavor y los algoritmos de otras madrugadas, se colaron de estraperlo por el mismo desagüe de unas  aguas turbias dejadas atrás. Se permitió que los sueños navegasen por mareas de otros tiempos, y atravesó un laberinto,  por entre las palabras que sonaban a alegría impostada, a promesas por cumplir, a mentiras  a medias.  

Cuando se  percató de que el mismo dolor aparecía en el dintel de su puerta, sacudió la cabeza, dinamitó los suspiros, descerrajó las mordazas que aún conservaba y sonrió. Acabó por amanecer despacio, como casi todo lo que vale la pena. Espantó a las palomas nuevamente, esta vez, desparramando un ramo de amapolas bajo la luz que, en su imperturbable aumento, la devolvía a ese presente tan largamente conquistado de paz.  El sórdido frío de los hielos quedaba atrás definitivamente, y un manto  verde de planes posibles, de  bocados de proyecto y de nuevas aventuras florecidas, se abría ante su ventana. No volvería a recordar ese tiempo gris.

Más relatos jueveros del blog

martes, 28 de enero de 2020

Esa sopa inquietante

Imagen de Aguirrefotox

Mi esposo ha muerto hace poco. Por la costumbre, o la añoranza, he continuado poniendo dos platos en la mesa. La comida acaba en el bol de Bruno, quien no hace ascos a ninguno de mis guisos. No como mis hijos, quienes ponen pegas más de una vez. La sal nunca ha sido mi afición en la cocina, lo confieso.


Anoche, la sopa de mi esposo iba desapareciendo, poco a poco, como a cucharadas. Bruno y yo nos quedamos mirando cómo los platos quedaba vacíos. No quedó rastro ni de la sopa con fideos ni del pescado con verduras, para asombro de ambos. Luego, tal vez en sueños, vi cómo el perro recibía caricias sobre su pelo, del cogote al lomo. Me queda la duda de si, otra noche, esas manos que tanto añoro se detendrán en mi cuerpo.  

lunes, 27 de enero de 2020

Tristeza

Imagen de Aquí

Y se rompe en mil pedazos
su corazón de princesa, 
entre olores de pasados 
y aromas de hierbabuena 
como una granada roja 
que desbarata su esencia. 

Se quiebra la noche clara
sobre su cara de pena. 
La luna se esconde rauda
ante su llanto de seda. 
Ay noche de negra noche, 
ay carita de azucena:

La niña llora a la luna 
su inmenso dolor de ausencia.

P.E. Inspirada en una bloguera amiga.


miércoles, 22 de enero de 2020

Vaciando los bolsillos, en jueves

Imagen del blog de Mar

Siguiendo una convocatoria de Mar, este jueves vaciamos bolsillos. Esta es mi aportación:


Me encantaría decir que en mi bolsillo guardo los besos que di y los que me dieron. O esas  caricias que mantuvieron mi piel al borde del abismo,  y sin red. O aquellas palabras, esos versos pendiendo de los labios de quien me abrió el corazón de parte a parte.  Pero no. Mi bolso es pequeño. Cositas en los bolsillos pocas encentraré. Es invierno y llevo chaqueta, y algo habrá De ser verano, me encontraría sin bolsillos, ya que la ropa que suelo usar no tiene.

Hago un recuento, extendiendo esos hallazgos en la mesa. La lista es cortita, si bien pensé que sería más corta aún.
1 La facturilla del supermercado. Al final me compré esos bombones. Parecía que me tiraban los bracitos como un niño a su madre,
2 El billete de tren, de ida y vuelta a Barcelona.  Hay jueves en los que los colores se vuelven más risueños,  charlando con un amigo, ante un café bien charladito, y luego, con unas mujeres bastante locas, leemos las propuesta de ejercicio de ese taller que no es taller ni es más que un encuentro de amigas.
3 La tapa de un boli Bic. Otra vez tomé un bolígrafo, y lo regresé, quedándome con el capuchón azul con punta. La firma de un papel en un mostrador público.
4 Una moneda de cinco céntimos de un café de máquina. Los hay peores. También mejores. Es la lotería de las máquinas de bebidas calientes.

Nada más. Qué cosecha más pobre, me digo, qué poquito resto de mí quedaría si no hubiera vuelto a casa.

Más relatos jueveros del blog


domingo, 19 de enero de 2020

Fuegos reales.

Imagen de El Periódico


Vemos todo muy lejano. Los incendios australianos, la subida posible de los mares, el deshielo del Ártico o la ferocidad de los eventos meteorológicos habituales nos parecen ajenos a nosotros. Un día hacía calor, por lo que salí en la mañana, como muchas otras, con Bruno, mi viejo perdiguero sordo, pensando en qué día más extraño se me antojaba, porque no había sonidos de pájaro alguno, ni el corretear de algún animalejo despistado que otras veces me hicieran sonreír. Decidí descansar un poco. Me suelo sentar en un pino, viejo y grande. Mi cantimplora me regaló agua fresca y bebí un poco, ofreciendo a Bruno en el cuenco de mi mano, como siempre. En ese silencio sepulcral  levanté los ojos hacía las copas de los árboles y sentí un escalofrío. Bruno estaba inquieto, gruñía en voz baja. Tal vez un saltamontes, me dije.  El cielo  empezó a ponerse gris y el calor iba subiendo a una velocidad infernal. El olor acre de un fuego lejano invadía el ambiente. El perro quería que regresáramos, estaba claro, pero el camino de regreso estaba en llamas. Me asusté bastante.

Llamé a urgencias, a pesar de que la cobertura era pobre. Creo que apenas me escucharon decir dónde, más o menos, me encontraba. Seguía con mi espalda apoyada en el viejo pino,  mientras mis manos temblaban y el perro daba vueltas arriba y abajo, ladrando al aire. El fuego,  que creí lejano, se había acercado deprisa, tal vez por el viento que soplaba, y que me hubo parecido reconfortante  cuando salí de casa. Sopesé subir a una  loma, pero una voz. interior, o del árbol, me convenció de permanecer allí. Bruno hacía el gesto de huir pero se quedaba a mi lado, ladrando. Un color dorado iba tiñendo el escenario,  con un crepitar de ramitas abatidas por el fuego que constituían unos ruiditos como de  roedores locos. 

Apenas podía respirar, y sin soler hacer eso de rezar, pedí al destino  que alguien llegase a rescatarme de ese espectáculo hipnótico pero dantesco. Escuché las sirenas. Luego, unos chorros de agua se extendían ante mi vista, creando diversos arco iris en el aire. Por último no sé si perdí el conocimiento. Me hallaron acunada a los pies de mi pino viejo, con el perro avisando de mi ubicación. Me incorporé y miré a mi alrededor. El perro estaba inquieto pero feliz. No supimos determinar si mis ojos lloraban por el humo, o por la tristeza de ver que, a pesar de que mi pino se había salvado, la montaña había quedado silenciosa, humeante, vacía y desolada. Abatidos, llegamos a casa. Nuestro árbol nos esperaría cuando, con el tiempo, el paisaje se recuperase. Había sobrevivido,  por esta vez. 

viernes, 17 de enero de 2020

Sin queja alguna, pero no

Imagen de Aguirrefotox


Me vi con un frac, que ni tengo ni quiero, de pie, como ante un espectáculo de la calle. Sonaba una melodía, en un CD, imagino, donde un órgano entonaba una conocida melodía. Miraba  hacia adelante notando un cierto rumor  tras de mí. Mis manos, a la espalda, me sudaban un poco, y tenía la tentación de mirar atrás, pero me contenía. Al poco, la música cesó, pero los rumores se hicieron más y más altos, y entendí algunos “qué guapa”, lo que preocupó un poco. No sé por qué me vio a la cabeza el disfraz de embarazada que usé el  carnaval del año pasado. El sonido se reanudó.

Me giré un poco y vi avanzar a una mujer de vestido blanco. Tal vez, bajo un velo, era Lola, aunque no podía jugarlo. Iba del brazo  de un hombre mayor y acabó poniéndose  a mi lado. Tras unas palabras que leyera un hombre, y que parecían sinceras y animosas, alguien decía mi nombre. Comprendí la situación, porque,  en efecto, Lola, era quien estaba bajo el velo blanco. Sonreía, como una niña traviesa, lo que me gustó y me preocupó a partes iguales. 

Cuando, mirándome  a los ojos, el hombre  me preguntó, quise recomponerme, y comprender lo que pasaba: me estaba casando, con Lola, a quien en realidad sí que amaba, pero  era tal la nebulosa en que la que me encontraba, y sentí tantas miradas puestas en mí, incluyendo la de Lola,  que no acerté a decir que no. 

Y aquí me tienen, al mes de la boda, pidiendo el divorcio. Eso sí, de mutuo acuerdo. ¡Si ya sabía yo que con sus cuatro perros en casa la historia no podía acabar bien!.  Mi alergia al pelo de can y su amor por ellos no casaban bien.

jueves, 16 de enero de 2020

Comicidad en jueves

Imagen del blog de Dorotea

Siguiendo una iniciativa de Dorotea, ahora sí, de comicidad :-), esta es mi aportación.

Lisboa era  una ciudad que quería visitar, desde siempre, sobre todo por revivir algunos escenarios de Pessoa y Saramago. Y sí, allí que fuimos. Todo muy bien. Con ganas de atravesar el Tajo e ir  al otro lado del río, al barrio de Barreiro. El río es mucho más ancho de lo que creía. Recomiendo ir, además. Una ciudad muy plácida, aunque ojo, que el tranvía 28 baja, pero no sube :-).
Cogimos el metro y llegamos a la estación de ferry, creímos. Siendo la sonoridad de la palabra "Muelle" tan similar, no dudamos en acercarnos a una  taquilla, de tren. Sin inmutarnos en exceso, miramos los destinos anunciados en una pantalla y elegimos.

El viajecito a Cascais fue tan inesperado como grato, salvo a la hora de comer.  Resultó ser un pueblo pescador lindísimo, donde pasear era muy apetecible y donde comimos.  Hombre, me dije, dónde encontrar mejor sitio para comer sardinas, imaginando el espeto y todo. En mi vida había tenido delante una sardina ni tan grande, ni tan llena de escamas, ni con tantas tripas. Avisados de no comer, o pagar, lo que crees que te ponen de pica pica para esperar los platos, acabé comiendo y disfrutando de  los tres platillos que había en la mesa cuando nos sentamos.  Aún ando escupiendo escamas, alguna vez J