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sábado, 29 de febrero de 2020

En un funeral

Imagen de Aquí


Seguimos sin poder dar con el asesino. Creo que eso de la jubilación anticipada del comisario López ha sido  nefasto para el caso. Y para él, porque ya es mala suerte que te acabes jubilando para tener un infarto masivo a los pocos meses.   Decía el detective Martínez que organizaría un funeral de los buenos para nuestro compañero, pero vaya cosa cutre. Es en una pequeña capilla, muy cerca de su casa, a la que el finado iba de vez en cuando, más para descansar en verano que por fe en la Iglesia, según me había dicho. En sus pesquisas  aparece un sacerdote, pero esa pista ya nadie la siguió.

Somos cuatro gatos. Reconozco a una hija de López, creo, quien alguna vez vino por comisaría. Lo que me sorprende es que en la última fila, la madre de la niña asesinada se muestra seria y afectada. Cuando el cura empieza a hablar  me produce escalofríos. Me repugna, me inquieta.  Tiene la voz cascada, como de fumador y de borracho. Y ese  aspecto desaliñado me produce malestar.  Un arañazo cicatrizado cruza su mejilla izquierda ostensiblemente. No sé por qué pienso que puede estar implicado en el caso. Luego recapacito y pienso que la madre no estaría en esta iglesia de barrio si ella sospechara algo extraño. 

Me sorprendió que el cura del funeral fuera golpeado hasta morir días después, pero no en exceso. La madre de la niña debió de hartarse de pasar por comisaría para nada y hace días que no viene a preguntar por la investigación. Al menos no veremos su mirada inquisidora.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Mi encuentro con Joaquín, en jueves

Imagen del blog de Demiurgo

Siguiendo una iniciativa de  El demiurgo de hurlingham, esta es mi aportación.

Hace un par de días regresaba de Madrid en el AVE, y me colé en primera clase como otras veces, pero esta vez creí soñar al descubrir a Joaquín, tras un libro. No puede ser, me dije.   Es el autor que más esquinas del ser humano ha plasmado en sus canciones. 
Le abordé sin alharacas, preguntándome por qué viajaría así, sin su equipo o su mujer, e hice como que no le conocía.
—¿A Barcelona?
—Parece evidente, señora- me dijo, me resultó extraño que me hablara como farfullando-
—¿Por trabajo  tal vez?
—Por visita médica- dijo con una sonrisa, evitando acto seguido mi mirada, y queriéndose  proteger con el libro de Proust. Precisamente con esta respuesta me sonreía, ¿Por qué sonríes, cabrón?,  me pregunté-

Saqué mi ebook y me dispuse a leer, sin darle, ni darme , más minutos  de  conversación  Fue él quien cerró su "En busca del tiempo perdido 6. La Fugitiva". Fue él quien aclarando su voz, rasgada y rota, empezó a hablar de un caída tonta semanas atrás, y que no quería que nadie supiera que iba a buscar una segunda opinión en la Ciudad Condal.

El viaje no es muy largo, pero suficiente para que hablásemos de esos amores que matan, de los hijos y los gatos, del pá amb tomaquet y de los bocadillos de calamares del Brillante, de Chavela  y de Joan Manuel Serrat. Cuando le dije que había ido a ver a esos “dos pájaros de un tiro” años atrás, se limitó a sonreír de nuevo.  De lo que más  habló fue de su mujer Jimena y del miedo real a ser una carga para quien,  tras tantas "aves de paso", anidó en su corazón, de puntillas.
— Los "peces de ciudad" os debéis a quienes, huérfanos de campos verdes, bebemos de caracolas marinas cuando estamos en Madrid- le dije, guiñando un ojo, antes de apearme en Tarragona-
—No deje que "a la orilla de su chimenea" se plante quien no lo merezca- me respondió con otro guiño, el suyo pícaro y certero

Al bajar del tren recordé el instante exacto en que mi único amor me despedía diciendo " no quiero que viajes al pasado, y vuelvas del mercado con ganas de llorar ". Levanté la cabeza, me subí las solapas de mi gabardina, y me quedé pensando en ese andén. Saboreando un viaje especial, a un poeta inmenso y a un pasado de besos con sal.

Pescado fresco



Comienzan a acumularse en la superficie del planeta. Como gotitas minúsculas de plástico azulado, como perlas perdidas de un collar diminuto e infinito. Sobre la arena resultan extrañas, y sobre los rincones de las rocas se  acumulan sin piedad. He ido a ver el mar, y esa superficie me ha ofrecido hoy una estampa nunca vista. A mis pies, en la arena, han llegado decenas de bolitas y he mirado al cielo. Madre mía, qué locos hemos sido,  qué inconscientes, me digo consternada, mientras pienso en las tripas de los peces. Otra opción que se me ocurre es que un satélite artificial haya tenido algún percance, pero lo dudo. 

Imagen de Aguirrefotox



He decidido que no compraré pescado fresco en las próximas semanas, por si acaso.


La mudanza

Imagen de Aquí


Tras la mudanza, el piso vacío que alquiló le parecía más pequeño de lo  que recordaba, tal vez porque los muebles, ahora ausentes, vestían paredes y suelo.  Cuando oyó una especie de graznido, que resultó ser el timbre, y aceptó que el ruido era, en efecto, ese timbre de su piso, se dispuso a sortear cajas de cartón de variado contenido.  Lo consiguió, con sólo dos morados en las espinillas, según supo después.

Ahí estaba una mujer de escándalo, con una belleza inquietante pero incuestionable, quejándose de los ruidos. Pronto empieza, se dijo. 

—Perdone, soy la de abajo, y ya imagino que no quiere molestar, pero lo está haciendo al arrastrar lo que sea que arrastra.
—Pues le pido perdón, pero también paciencia, porque acabo justo de despedir al  camión de mudanzas-le dijo,  un poquito enfadado pues le parecía realmente que no había motivo para quejarse-. 
—Ya le explico y lo entenderá. Trabajo de noche, todas las noches, en un hospital, y no tengo más opción que dormir de día, me cueste lo que me cueste- afirmó la mujer del segundo.
—Pues ya lo tendré en cuenta, no pierda cuidado- respondió Luis.

Pasaron las semanas y  él se acostumbró a ir con zapatillas, no poner lavadoras de día y vivir lo más silencioso que pudiera. Empezó a vigilar el descanso de ella, con un dispositivo de espejo que le permitía mirarla desde su balcón. Casi nunca coincidían en la escalera o el ascensor, pero con el paso de los  años, y con el horario cambiado, Luis ha acabado por solicitar el cambio de turno, para acomodar su vida a la de ella, y ahora es feliz, aunque duerme muy poco.

Pensando en Alis

martes, 25 de febrero de 2020

Volando va la ilusión

Imagen de Aguirrefotox

El bus salía con retraso. Ella, con sus dos maletonas, debía llegar al aeropuerto a la hora debida, pues le faltaba que envolvieran los bultos,  facturar con tiempo y pasar el control de seguridad.  Llegaron a la terminal dos.  Justísimos de tiempo.

Con el pelo hecho una madeja, sudando por el esfuerzo y con dolor de tripas,  se  dispuso a pagar por el envoltorio de los dos bultos, para hacer cola luego en el mostrador  de su compañía de vuelo. Muerta de cansancio, y de nervios, escuchó al tipo que la precedía sobre que igual cancelaban el vuelo, por viento. Y así fue.  Con el mismo tipo, quien viajaba con una mochila por todo equipaje, se organizaron para pasar las diez horas que demoraría el vuelo hacia La Paz. Con tanto tiempo muerto  la amistad se fue forjando. Ella no recordaba tantas risas, ni él tanta educación y timidez.

Cuando al fin aterrizaron en Bolivia, ella, quien trabajaba cuidando a un anciano demenciado de Reus, tenía a su alcance un nuevo trabajo en una tienda de deportes,  y él tenía una amiga que le haría de Cicerone a tres mil metros sobre el nivel del mar

lunes, 24 de febrero de 2020

Autoengaño



Y ella finge que se lo cree, como cuando Luis era niño, y aparecía haciendo magia infantil que la dejaba con la felicidad en el rostro, y el asombro impostado ante un truco evidente, que calificaba de “insuperable”. Vuelve a mirarle. Tan estático, tan sereno en la postura, tan bien vestido, por una vez.  Lee de nuevo la tarjetita pidiendo una oración en su alma. Seguirá fingiendo que se lo cree por mucho tiempo, porque  sabe, sin dudarlo un instante, que si lo llega  a creer, ya no habrá vuelta atrás.

Participación en relatos en cadena de la Ser.  Más relatos para La Ser

domingo, 23 de febrero de 2020

Tan sola

Charlotte ante su tesis

La vi tan sola.
La vi tan impactada.
La vi, ante tanto saber, 
más que asombrada, 
temerosa de leer. 

En el tablón del bajel, 
infectado de corsarios, 
había hallado unos atajos, 
donde intentar aprender,
letanías sin rosarios.

viernes, 21 de febrero de 2020

Fenómeno gatuno

Imagen de Aguirrefotox

Tan misteriosamente como apareció, se cerró la obertura de la pared. Eulalia llevaba días sin dormir, y se hacía un cigarrillo en el callejón, subiéndose las solapas de su gabardina azul,  cuando el  resplandor  de un sol inexistente dio paso a una especie de puerta, por la que salió un gato atigrado en grises  y blancos.  Le miró desperezarse y echar a correr hacia  la calle principal. Justo cuando llegó a la esquina, creyó ver que el minino cobraba una forma humana pequeña.  Ella se frotó los ojos  y creyó haberlo imaginado.  

La prensa empezó a relatar sobre un niño de mirada felina que sembraba el caos en el pueblo y al que se le atribuían dos desapariciones. Eulalia lleva en el psiquiátrico una semana, pero nadie la cree.