Mi padre me había llevado a
pasear por las Ramblas, cuando no eran ese parque temático que recorren los cruceristas,
ni el Liceo se había restaurado. Bebí de la fuente Canaletas, sobre la que me
explicó la leyenda que afirma que beber de ella implica no irse jamás de
Barcelona. Como llevábamos pocos meses,
los justos para que mis padres encontraran acomodo de instituto para mi hermana
y para mí, me negué a creerlo. Entendía poco ese idioma, si bien me sonaba a un francés extraño, y echaba de menos a mis
amigas del colegio de
monjas de mi ciudad tierra adentro. Además seguía enojada, porque no me habían
dejado comprar unos libros, como castigo por haber seguido leyendo de noche,
con una linternita bajo la sábana.
Nos detuvimos ante un portal
enorme, entre una niebla que me impedía definir los contornos de la puerta, ni
precisar el número del inmueble. Apreté su mano, tirando, como si él fuera
ajeno a la prisa que yo manifestaba por regresar a casa. Un tipo que parecía un
vagabundo nos dejó entrar, y saludó a mi padre. Me miró como calibrando mi edad,
o mi sexo, llevaba el pelo corto y mi inseparable tejano, pero más que incómoda
me sentí valorada. Seguimos al guardián a
través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde
una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces
de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas
de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena
tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una
gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.
La sombra del viento, de Ruiz Zafón.
Mi padre, y el guardián, siempre supieron que había robado un libro, el
que más almas tenía, porque era el que más personas habían leído. Lo que nunca supieron
es que dejé uno mío, Mariana Pineda, de Federico,
y que jamás pude recuperar. La vida me permitió, años después, llegar al
callejón, y a la casa. Pero el guardián se había convertido en un portero
automático de una pensión sin nombre, o uno que no puedo decir, porque es el
título del libro que robé, hace ya tantas y tantas vidas.