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Imaggem del Blog de María José |
Siguiendo la propùesta de
María José, sobre Internet, mi aportación es la siguiente
Sebastián había iniciado la
relación con Paula sin muchas pretensiones. Con la idea inocente de pasar el
rato. Su rotura de menisco le mantenía inactivo, y al no poder hacer paseos ni
demasiadas salidas, qué mejor que internet para socializar, se dijo. Se atribuyó treinta y cinco años, y adjuntó
las fotos de Facebook de su sobrino Ismael, un chico excelente con un aspecto
bárbaro. Bien parecido, alto, delgado, y con cabellera castaña que solía llevar
sujetada con una coleta, le pareció una imagen que bien podía ser la suya a la
misma edad, si no fuera porque no creció tanto, ni mantuvo el cabello, sus
entradas eran evidentes desde los veintipocos. Como soltero, a sus cincuenta y
cinco añitos, podía permitirse el lujo de curiosear en la Red de relaciones, como
le aconsejara un compañero de oficina.
Paula había entrado en el chat
por la insistencia de su cuñada. Viuda
desde joven, no le interesaba lo de buscar nueva pareja. El hijo único se había
emancipado a los treinta años. Llegó un día en el que se vio sola. Con las
carnes fofas, las canas en aumento, las arrugas a un ritmo vertiginoso, y
cierta nostalgia por la imagen de su juventud, perdida parcialmente, en pos de
criar al chaval, se veía gastada, ajada. Decidió adjuntar las fotos de su
cuñada, tan insistente en que experimentara. Bastante más joven, con una
sonrisa de escándalo, a diferencia de ella, quien era portadora de una prótesis
superior que sujetaba a la encía cada mañana con el Corega, le resultó una
imagen que bien pudiera ser de ella misma, veinte años antes, cuando aún los
verdugones el tiempo no habían hecho estragos.
Pasaron las semanas, las conversaciones
se fueron haciendo más amenas y personales, llegando un momento en quedar en verse, en la granja chocolatería Petrixol, del barrio gótico.
Ella parecía buscar a alguien
de aspecto atlético, pero solo vio llegar a un señor, calvo y bajito que se instaló en una mesa, quien miraba a todas partes al llegar, pero que pronto estaba
zampándose un “suizo”, y oteando hacia la puerta. Hizo que el café con leche le
durase más de una hora, pero Sebastián no acudió a la cita. Él esperaba ver llega a
una mujer con una sonrisa fresca, melena con rizos y de una edad casi joven,
que no llegó a aparecer. Cuando se marchaba, con la certeza de un inconveniente
de última hora por parte de ella, miró de refilón, y vio a una mujer sentada
sola. “Demasiado mayor”, pensó, y acabó por salir de local. Pocos minutos
después, Paula cerraba la puerta del bar tras de sí. “Ya contactemos en la
noche por internet” se dijo.
La noche les pillaría con mil
preguntas sobre quién faltó a la cita, y ninguna, o todas, encontrarían
respuestas.
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