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Mostrando entradas con la etiqueta narración bic naranja. Mostrar todas las entradas
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viernes, 19 de noviembre de 2021

Una fotografía, un instante eterno

 

Imagen de Carlos Pérez Siquier, muerto hace un par de meses, y que no conocía.

Ando buscando una inspiración, tal vez a alguna musa despistada, que me dicte al oído, (como a veces ocurre), una idea que me subyugue, que me apasione, y sólo me deja un pedacito de instante. Algo pequeño en blanco y negro, de una España ya olvidada, aunque puede que no tanto.

Me atrapó la foto, con esos niños, uno de ellos con un descosido en el pantalón, jugando. Ajenos a todo y a todos. Impagable esa mujer de pueblo, protegiéndose del sol, o reflexionando mientras atiende a quien le ofrece un servicio. 

El fotógrafo ambulante pateaba callejas de tierra y caminos de acémilas. Su cámara fotográfica bien embalada, un trípode plegable y una muestra de su buen hacer eran todo su tesoro.  Su oficio había quien lo llevaba a cabo en locales, alquilados casi siempre, donde un decorado en la pared y unas sillas historiadas daban una sensación ficticia de glamour y opulencia para la posteridad. 

Así es muy fácil, se decía el andariego. Él entraba en las casas, y qué casas, míseras en general. Les plantaba quietos en la pared, tras esperar que se adecentasen y pusieran sus mejores galas. Montaba la cámara, y sujetaba bien la antorcha, pidiendo que se quedaran quietos. Los deslumbraba un instante, y al cabo de unos días regresaba con la foto hecha, enmarcada si así lo deseaban.

Las fotos huérfanas, sin nadie que las quisiera luego, se amontonaban a veces, y el fotógrafo las rompía antes de quemarlas. Sabía que la plata del daguerrotipo retenía el alma de quien  retrató. Y sólo rompiendo la imagen se deshacía el maleficio de quedar atrapadas, sin dueño, vagando por el viento en las noches de plenilunio. Nunca quiso que esos retratados le molestaran en ese deambular por los valles más perdido de las Hurdes. Llegó el día en el que una apendicitis  no tratada se lo llevó, y por ahí andan las almas en pena de una mujer de pueblo, dos niños y un gañán con la boina calada hasta las orejas. 

Son quienes poblaron mi sueño tras ver la foto, así que  puedo afirmar que existen, así, a esa edad, inmortalizados en una foto que nadie llegó a romper.


  

domingo, 12 de septiembre de 2021

Los sueños, que sueños son

 

Imagen de Bic naranja

Eva Cercedilla se dejó caer por el tobogán de los sueños anegados una noche, en la que cambió como calcetín dado la vuelta. Había conquistado la esquina de los sueños de Raúl, quien, a veces, desde la marquesina de un paseo marítimo de Cadaqués, le enviaba besos en Arial o en Calibrí.

Eran besos viajeros, dejados caer como hojas de otoño, sin mayor intención que seguir el curso de lo natural de cada estación.  Los otros besos, los de verdad, los robados, o conquistados, los que le dejaban colgado de unos labios en flor, eran para Gisela Masip Villalegre, la chica que desde el instituto abrió la veda a las hormonas desmandadas de Raúl, y de algún muchacho más.

A mil quilómetros de distancia de ese pueblo con mar cuajado de veleros y chiribitas de luz de luna, ella escribía versos de un amor desaforado, sin más afán que dejar salir de su corazón de golosina los latidos enamorados en su taquicardia al galope cuando recibía algún mensaje del otro lado de la península. Raúl calculó mal el impacto, el peso, la puntería certera en el corazón de ella. Siguió esquivando comunicaciones con vídeo, posponiendo encuentros en un futuro que se elongaba como un chicle de fresa infantil. En un comienzo de la relación, el futuro se llamaba “cuando apruebe primero”, y hace poco, “tras la graduación y la entrega de tesina”.

Eva había rechazado a los moscones que atraía su cabezo rubio como un trigo por cosechar, y esos ojos que sabían ver más allá de la piel del otro. En su playa de A Coruña hacia planes de tomar un tren, y por años, quedaron en planes, pero hace días, sin avisar ni a su familia, se plantó en la estación, dispuesta a ver a Raúl, sí o sí.

Se durmió pronto con el traqueteo propio del ferrocarril, y soñó en comida, de hecho eran vagones de comida,  y que al despertar tomó como presagio de que le esperaba el hombre que la llenaría.

Llegó a Cadaqués a las trece horas, y contactó enseguida con él, imaginando su sorpresa y dicha. La realidad es que estaba en Barcelona, con Gisela, en el piso que compartían durante el curso escolar. Y así se lo dijo, aseverando que nunca había soñado con poder estar por ella. Que había sido una estupenda conversadora, pero que nada más.

Eva tomó una habitación en el hotel costero y pasó toda la noche en vela, entre llantinas inconsolables y desaprendiendo ese amor que ella había inventado sin base sustentadora. Por la mañana, tras un desayuno con pescado, reconoció haber pasado de un amor desprendido (sin esperar nada), a un amor desaprendido. Y así, sin más dolor que un tiempo invertido en nada, coqueteó con un turista ante la escultura de Dalí, más provocadora de lo que nunca pensó ser.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Saliendo a la avenida de la vida

 


Entre besos de Klimt y un blanco y negro de Casablanca, los vi desde mi guarida. Tras quedarme atrapada en un charco de alquitranada textura, sin más deseo que invernar tras ese verano cargado con balas de bellezas y recuerdos caducados, había encontrado una oquedad con vistas a la calle.

Perros y niños, flores y autobuses paseaban ante mi mirada, casi siempre perdida en nostalgias sin nombre. Mis ojos siguieron a dos niños con pelota, gritando consignas de un fútbol    que parecía presto a renacer junto a los colegios e institutos. Los perdí en la esquina del supermercado. Con la sonrisa levísima aún enfundada en mi boca, la pareja apareció de la nada.  Qué gozo de amor en vena, qué ilusiones en sus brazos, inexpertos tal vez los de la chica, qué belleza de química amorosa.

Ese beso de él me trajo a la memoria tardes de lluvia y caracolas, cuando la primavera seguía viva bajo mi falda y las ilusiones costaban una fracción de segundo. Cansada de rumiar lo perdido, me levanté y salí a la avenida, fresca de nuevo, degustando el aire de un domingo que se abría a mis ojos para ser vivido, y así, con esa fe en el presente, me puse a escribir.  


Me uno a Bic naranja, cuya imagen me motivó y caló. Esa astenia post-vacacional estaba queriendo atraparme, pero será que no :-) Ojalá todos hayamos tenido un tiempo de descanso reparador.

sábado, 7 de agosto de 2021

Lago en verano

 


Imagen de Bic naranja

Cuando me ascendieron a comisario, el día en el que cumplía cuarenta, poco podía pensar que mi primer caso fuera una suicida. No quise ver el cuerpo hasta saber un mínimo de datos. El forense tardaría una hora como mínimo.

─Una señora duerme en el agua─ había dicho la nena que dio la voz de alarma.

Dijeron que se alojó con un nombre que resultó falso, que la recepcionista de esa tarde estaba estresada y no le pidió el pasaporte, ni una tarjeta bancaria. Contaron que llevaba tres días hospedada, y que salió poco de su habitación durante la estancia. Las señoras de la habitación contigua chismorrearon que creían haber visto a un hombre que entraba en la habitación de la finada, si bien en el interrogatorio manifestaron demasiadas contracciones y dudas sobre el hecho.

Olga Smith, nombre con el que se registró, parecía ser del este de Alemania por su acento. Los informáticos pudieron confirmar que la última llamada recibida era de un teléfono prepago y que el resto de comunicaciones eran a una docena de números, ninguno de alguien que pudiera decir nada importante. No tenía familia alguna, según se dedujo. Tampoco amigos, o novio, o esposo, o amante. 

Cuando miré su rostro me quedé helado. Era Helena, la rubia de mi verano en Madrid en un postgrado de la Complutense. La imaginé sentada en la cama, con la ventana abierta, contemplando el precioso paisaje suizo con el lago reverberando destellos de un sol estival. Le supuse una vida solitaria. Recordaba perfectamente que hablaba poco, por miedo, según me dijo, a “La Stasi”, donde su padre trabajara durante décadas. Siempre pensé que era producto de su fantasía, aunque no pude conseguir localizarla cuando me dejó.

Recordé su mirada ensimismada, su español de academia y sus muslos de alabastro. Lo último que supe de ella, hace veinte años, es que se fue precípitadamente, rompiéndome el corazón.  Ahora, al verla inerte, volvieron a mi mente las noches de luna y vinos, de caricias rompiendo los miedos de ella y mi propia impericia. No comenté a nadie que la conocía, si es que la conocí alguna vez.

Una tumba con un nombre ajeno, sin nadie que la acompañara, salvo yo, guarda su secreto para siempre. Qué soledad de entierro, qué tristeza, me dije. Y mi vida siguió.


viernes, 4 de septiembre de 2020

La vuelta al instituto


Imagen de blog Bic naranja

Martina estaba desesperada. Llevaba tanto tiempo sin ver a Pablo, que ya no sabía ni cómo soportar las ganas de salir corriendo a su encuentro, así que volviera de las largas vacaciones que el joven había tenido. Tan largas, que, en ese pueblo cántabro, había conocido a una tal Maribel. La tablet esperaba que ella la cogiera, y la pusiera en marcha. La vuelta al instituto estaba cada día más cerca. Y con un poco de suerte, el contacto, tras tantas clases por internet, les depararía a todos la ocasión de estar juntos de nuevo. Los empollones, los divertidos, los tímidos y los abusones seguramente volverían a pisar las mismas aulas. Y entre ellos, estaría Pablo. Martina habían elucubrado qué pasaba en ese pueblo costero, había imaginado que ella estaba con él, que dormían juntos y miraban estrellas tumbados en un campo verde. Había descrito los paisajes y las situaciones que inventaba, a pesar de que Pablo acabó casi mudo en sus conversaciones por chat o por videoconferencia.

Llegó la tarde previa al inicio de clase. Sacó la tablet del cajón por confirmar cómo estaba de carga, y ya de paso, recordar un poco lo que habían estudiado en ese primero de bachiller tan extraño. Para su sorpresa, al encenderla, empezaron a salir los paisajes, las situaciones, los abrazos, los apasionados besos que imaginara. Todo estaba en ese aparato blanco que, con un botón de encendido, le permitía revivir lo que ya sintiera estos meses. Animada y feliz, preparó su mochila, sus compases y bolígrafos, su pendrive y su peluchito de pompón sonriente. No podía ser, el wasap del instituto parpadeó, casi a las diez de la noche. La directora del centro tenía Covid, y hasta nuevo aviso, las clases no se reiniciarían de manera presencial.

Pablo siguió chateando con Maribel, su meta era poder ir a verla en Navidad y le importaba tres pitos la vuelta al cole.

viernes, 7 de agosto de 2020

En el azul del mar

Imagen de oceanramsey

Javier se había propuesto desde niño ser un profesional valorado. Su madre al principio estaba muy ilusionada, eso de que quisiera ser veterinario le parecía una profesión bonita, muy del estilo del hijo, quien con las mascotas tenía buen ojo y buen corazón. Eso de que tuviera que hacer los estudios de grado en Canarias le parecía extraño en un primer momento, pero luego supo que sólo allí se cursaba Ciencias de Mar, así que, con poca alegría, aceptó el plan de estudios.

Javier fue un alumno aplicado. Su madre nunca supo el trabajo concreto que hacía, pero cuando la llamaron para avisarle de que estaba hospitalizado, se le encendieron todas las alarmas. La foto que le habían hecho antes del incidente le puso los pelos de punta. En el avión sólo daba vueltas a cómo era posible que su hijo hubiera sido tan irresponsable.

─Pero vamos a ver, ¿a quién se le ocurre hacer de dentista de tiburones? -preguntó así que le vio en la habitación del hospital
─ A mí, mamá,-respondió Javier- Parece que esas locuras solo se me ocurren a mí.  Pero no sabes qué dolor parecía tener en un diente.

Tras el incidente Javier regresó a Barcelona, y ahora ya cursa tercero de veterinaria, donde su mano biónica   ya no causa curiosidad  a nadie.

lunes, 3 de agosto de 2020

Mujer fatal

Imagen de Sally Man, tomada de Bic naranja

Silvia se derretía por el muchacho rubio que pasaba en el tren de cada viernes, desde la capital al pueblo. Con su hermana Lola, ataviadas de mujeres fatal, aunque madres en miniatura, se plantaban, posando, en busca de una foto que inmortalizara el instante en las retinas del chico. Se iban a la explanada donde el convoy desaceleraba antes de entrar a una curva. No faltaban ni un viernes, aunque costó unos cuantos que el chico las mirara y siguiera con la vista, para coger la costumbre de levantarse y aplaudir luego, y acabar diciendo adiós con la mano.

Al llegar el invierno siguiente Lola se cansó. De su muñeco de trapo estúpido, de caminar para esperar un tren cuyo viajero a ella no le importaba en absoluto, y de los aires de marquesa que su hermana mayor iba adoptando de mes en mes. Pasaron los años. La muñeca en su sillita de paseo desapareció, y cuando cumplió los quince, Silvia posaba con vestidos cada vez más escotados, y con atrezzos más sofisticados, que seguía robando a su madre. No faltó ni un viernes a su cita con el destino, que había planificado hasta la extenuación.

Cuando consiguió encontrar al chico, Raúl, hecho casi un hombre ya, Silvia intentó engatusarlo. Era el número uno de su promoción de ingeniería en telecomunicaciones, pero no consiguió tentarle, si bien sonreían juntos al recordad a las niñas de la explanada, haciendo de mujeres estatuas. Cambió de planes, y se casó con un empresario de la comarca, rico y mucho mayor. Viuda joven, miraba a su hermana con envidia. Lola había iniciado una relación con Raúl, y se habían prometido. Silvia dudó mucho entre el director de una revista de moda y su amor platónico de infancia, pero acabó haciendo lo que desde niña era capaz de hacer.

El accidente de Lola, un tanto incomprensible, dejó roto a Raúl, quien por segunda vez hizo caso omiso a los encantos de Silvia. Ahora, con cuarenta años y dos esposos enterrados; con una hija de cada esposo, la fortuna heredada en bienes raíces y títulos del IBEX, se la puede ver en la terraza de su ático en el barrio de Salamanca. Siempre sola, mira el cielo de Madrid cada tarde. Mientras piensa, recuerda, o deja ir su imaginación, acaricia la cara de esa hermana lejana que muestra la instantánea añeja. 

Algunos miembros de la servidumbre dicen haberla visto llorar. Por supuesto, yo, que acabé siendo la tercera hija, no me lo creo. Me dejaba en la sillita, tras un árbol, durante el tiempo en el que “posaba” para Raúl. Y nunca le importó si yo me moría de frío, o de hambre, o de rabia, hasta que mi madre sospechó de la marca de su mano en mi carrillo, y le prohibió sacarme de paseo.

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viernes, 31 de julio de 2020

Pato de goma

Imagen de Bic naranja


Las cifras iban en aumento. Estábamos avisados, pero, como otras veces, confiamos en la suerte. Teníamos preparada la piscina para el fin de semana. La nevera cargada de colas frías, refrescos varios, ensaladilla rusa preparada y pistolas de agua a punto para disfrutar. Sería un principio de vacaciones sensacional, en familia, en la casita de la montaña. Íbamos a comenzar unas semanas de descanso más que merecido tras tanto confinamiento y tanta desescalada.

Mis hijos estaban locos porque vinieran sus primos y jugar juntos, y yo, para qué negarlo, encantada de que mi hermana se animase a venir todo el mes de agosto. Seguro que iba a ser un mes inolvidable, de complicidad de niños y de hermanas, y de recuerdos de otras vacaciones en nuestro pueblo natal. Cuando sonó el teléfono creí que era mi marido, avisando que salía de la oficina, pero no, era mi hermana Lola.

-¿No has escuchado la radio? Me ha preguntado. -Pues no, escuchaba un disco de Sabina.

No les dejan salir de su ciudad, otra vez, por los rebrotes. He mirado el pato de plástico, tan solo en la piscina y sin pensármelo dos veces me he tirado al agua haciendo una bomba. Mis hijos se han puesto a reír, pero con el agua yo he podido disimular mis lágrimas. En septiembre empiezo la quimio, si el virus de las narices no paraliza de nuevo la sanidad.    

domingo, 26 de julio de 2020

Daños colaterales


Imagen de Escribe fino

Fatiha soñaba con que regresara un día en el que su vida no estuviera rodeada de guerra. No pudieron salir a tiempo de Alepo. No por falta de empeño, sino porque su familia estuvo esperando que su hijo menor se restableciera de una herida de metralla. Los meses habían pasado, y el constante sonido de helicópteros, drones avistados en el cielo, cazas lejanos y ruido de bombas era ya su día a día. El colegio quedaba atrás.  La mayoría de amigas estaban en campos de concentración griegos o turcos, si bien algunas habían llegado a Alemania, y hasta una de ellas se había instalado en Noruega.
Esa noche durmió mal, tal vez por la cena, cada vez más parca e indigesta. Su hermano chico, ya totalmente recuperado, dormía con ella. Algo sonámbulo solía llorar o pelearse en sueños, y más de una vez la despertaba, pero en esa ocasión cantaba, dormido, la bellísima canción de cuna que su madre usara para Tranquilizarles. Sonriendo, se durmió, abrazada al pequeño Mustafá. Soñó que los helicópteros en vez de bombas dejaban caer corazones, besos, abrazos, pan caliente y muñecas. No llegó a despertarla el estruendo de una bomba teledirigida, que hizo temblar las paredes que aún quedaban en pie.
Bajo los cascotes, una niña abrazada a su hermano, sonreía. Un fallo en la calibración había confundido las coordenadas. Fatiha y Mustafá engrosarían las listas de los daños colaterales.

lunes, 20 de julio de 2020

Ni Thelma ni Louise

Imagen de Bic naranja

Teo, Teodora en su carnet, había decido huir de su marido, un estúpido que era feliz comentando sus limitaciones, a diestro y siniestro, y hablando de ella en tercera persona estando presente la propia Teo. En su huida, renacer para ser exactos, recurrió a amigos y familiares, y acabó por cambiar de aspecto, por tatuarse, por empezar a fumar y por hacerse monitora de comedor en un colegio.

Cada verano desde su divorcio, no ratificado por juez alguno, porque optó por el “ahí te quedas”, se apuntaba a un club de tenis cercano, esperando que alguien quisiera jugar con ella, pues contra ella era muy fácil, siempre perdía. Así conoció a Luisa, de edad similar y tatuajes del mismo estilo, y con tan mal revés como el suyo. Se hicieron amigas, y compartían un café cada jueves y sábado. Llegaron a intimar.

Luisa acabó explicando su historia, diferente a la de Teo radicalmente. Su marido era Javier, y seguía casada. Él era un alto cargo de la mayor empresa de vigilancia del país. Viajaba mucho y tenía la afición de hacer, cada fin de semana, circuitos de bicicleta de horas. Se sentía mimada, cuidada y consentida, pero no era feliz. Por rebeldía se hizo tatuar y se tiñó el pelo, a ver si así llamaba la atención de Javier, cuyo comportamiento era de asertividad siempre.  Todo lo que ella comentaba o proponía le parecía estupendo, si bien en la cama estaba como poco motivado, siempre.

El día que captaron en la imagen, acababan de quedar en ir a París las dos solas. Sin avisar a nadie, conduciendo el Mercedes de Luisa. Lo primero que hicieron fue tirar los móviles por las ventanas, antes de llegar a La Junquera, muertas de risa, y saboreando por anticipado perderse en los salones de Versalles.

El ex de Teo se enteró del viaje y la denunció por abandono de hogar. Javier denunció a Luisa por posible desaparición o secuestro. Ellas, llegando a le Champs Eliseés  buscaron hospedaje, y dejaron los DNI en recepción del hotel. Para su sorpresa, a las dos de la noche llamaron a la habitación. Una policía de la Interpol las acompañó a declarar a la gendarmerie del distrito X, donde amaneció el día con tres mujeres tronchándose de la risa. La aventura había acabado, “que viva la aventura”, dijeron las dos españolas.  

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lunes, 13 de julio de 2020

Hacerse mayor

Imagen de Miles Johnson del blog Bic naranja

Odiaba las matemáticas, desde siempre, no había conseguido entenderlas. Su madre se había empeñado en que hiciera unos deberes imposibles, tres folios, nada menos, con ejercicios donde calcular áreas de círculos, triángulos, y varias figuras geométricas más. Por la tarde había mirado, desde la ventana a sus amigas, jugando en la playa. Esperó la inspiración para atacar los ejercicios, pero en vano. Sintió, casi literalmente, sus neuronas derritiéndose como una vela encendida.

La noche se coló de estraperlo por las persianas, sin que se percatara del tiempo que llevaba sentada. No podía evitarlo, recordaba el verano pasado, sin hincar los codos, tan libre como las palomas, siendo aún una niña. Pero ya había empezado el Instituto, por desgracia, y le habían insistido en que  ya era mayor.

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sábado, 11 de julio de 2020

Cambios paulatinos


Imagen de Bic naranja
Llevo semanas despertado con la sensación de haber caminado sobre hierba, y que mis pies, sin zapatos, se han lastimado por pisar alguna piedrecilla que se interpusiera en mi camino. Jubilado como estoy, no me importa estírarme luego un rato, y descansar del ajetreo de la noche. Últimamente también sueño que me despierto en lo alto de un árbol alto, del que me cuesta bajar. He acabado por ir a un psicólogo, quien no encontró razones ni explicación para mis sueños. En vista del poco éxito, me animé a visitar a una adivina, quien no adivinó el significado de mis sueños, ni lo que me traerá el porvenir, porque me pintó un futuro almibarado que no puedo identificar conmigo.
Hoy he salido al jardín, con mi tablet, esperando que internet me brinde información sobre lo que me está pasando, porque hasta han cambiado mis gustos por la comida. Ahora sólo me apetece fruta, cosa rara en mí, que soy de comer mucha carne. Los ventanales del comedor han reflejado a un gorila con una tablet, aunque estoy seguro que no soy yo.


domingo, 5 de julio de 2020

La piedad

Imagen tomada de Bic naranja


Subí al metro, cuando aún no se había ordenado el uso de mascarilla en este medio de transporte. Tenía que ir a Correos, a trabajar las cuatro horas que mi contrato eventual me pautaba. Los periódicos, la radio y la tele seguían comunicando, de día en día, el número en aumento de muertos por este virus nuevo, caprichoso y cruel.  Los hospitales, al borde el colapso, eran evitados, incluso cuando los ciudadanos tenían síntomas preocupantes.
  

Era imposible no fijarse en ella, aguantando a ese hombre, seguramente su hijo, perdida en su dolor y la incógnita de dónde acudir. Nadie parecía darse cuenta de su desamparo. Me ofrecí a sujetar a ese cuerpo inerte, o a pedir ayuda. La mujer estaba ausente, en un universo lejano. Cuando contestaron por el aparato, queriendo saber por qué había pulsado el botón de auxilio, sólo se me ocurrió decir que nos había entrado en el vagón un virus enorme de indiferencia.  

Alexey Kondakov ha usado  el lienzo de LA Piedad de  William Bouguereau para su composición

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lunes, 6 de abril de 2020

Venganzas

Imagen de @vlaskuzmin y se titula "wall". Tomada de Bic naranja

Pereira ya lo había dicho en cada vermut de empresa: perdonaba pero no olvidaba. Cuando le vi acercarse a la puerta del gerente, el día previo al confinamiento , intuí la venganza. Sólo yo fui testigo del instante en el que mi comentario mordaz le había herido su orgullo, hace tres años, a cuenta de una salida de lavabo, donde supuse se había "consolado". El metódico Pereira había reunido suficientes pruebas de mis fallos, que, sin ser graves, daban un punto de duda sobre mi magnífico expediente. 

Hoy me han comunicado mi despido, con la socorrida excusa de este parón de la empresa por el coronavirus. Lo que no sabe mi exjefe es que he vigilado su casa, a él  y a su familia, tal vez con menos  precisión y meticulosidad  que él a mis quehaceres laborales. He acumulado suficientes horas de imágenes suyas con Raquel, la de Recursos Humanos, y de su adolescente hijo haciendo vandalismo por toda la ciudad, como para pensar qué hacer con ellas.

sábado, 28 de marzo de 2020

Día 14 y " Desde la ventana"

Imagen del muro de Puri Canovas.

Tras confirmar que en España en la temporada 2017-18 murieron casi quince mil Personas, pues no sé, creo que es una pena que no exista vacuna para este virus nuevo, pero vaya, confinamiento, a rajatabla, pero ya poquita más atención voy a poner a esta crisis. Doliéndome mucho cada muerte y contagio, y cada trabajador que se queda sin trabajo, y cada sanitario al borde del colapso personal, doy por terminado este diario que nunca lo fue.

Doy las gracias a quienes me habéis leído, día a día, a sabiendas de que comentar a tantos blogs como  a veces seguimos, deviene en una tarea que ocupa cada vez más tiempo, que tenemos o no, y un cierto ánimo, que a veces tampoco nos sobra, así que de verdad, muchas gracias.  Deseo que os cuideis mucho, porque quiero volveros a leeros a todos.  

Desde la ventana

Lo que siempre fue su afición oculta, ahora puede mostrarla sin sensación de vergüenza. Doña Gertrudis se apoya en el alféizar de su  ventana desde las ocho aproximadamente, y hace recuento de quiénes madrugan. Sin niños que interrumpan la visión , sigue repasando la calle, de izquierda  a derecha,  vigilando quiénes salen con bolsa y quiénes con carrito de compra. 

Lleva dos días al tanto de un coche que lleva a dos personas, uno que conduce, su vecino del número cinco, y una mujer que ha salido de atrás, con melena rubia y que no es su esposa. Saca el cuerpo todo lo que puede, por ver si, como parece, entra  en el mismo portal. Hoy ha llegado una camioneta de reparto, llevando flores al edificio de al lado, al número cinco. Por no perderse en  suposiciones, ha inclinado un poco más el torso, decantándose hacia afuera. Agarrada a la débil estructura del macetero, ha recordado, antes de caer, a su gato Micifú, quien murió tras meterse en una tubería, de la que no supo salir. 




Como dormiremos una hora más, espero, este cambio de horario nos vendrá bien :-), una hora más para disfrutar del confinamiento ¿no?. P.E. No, menos :-)  a las 2, ponemos las 3.

sábado, 7 de abril de 2018

A la huída

Imagen de Karolina Bazydlo


Mientras esperaba que llegase mi amor, observé a los familiares y amigos que habían acudido a la boda. Todos, sobre todo mi madre, me querían tranquilizar al respecto. Es normal que la novia llegue un poco tarde, me decían. Yo sonreía, aunque tenía mis dudas.

No sé por qué, salí a la calle y acabé  junto a una la vieja que estaba apoyada en la pared, con una boina negra ante sus pies. Nos sentamos juntos luego, en el primer escalón de acceso al templo, y charlamos de Elena y de mí. Desoí las críticas de mis hermanos y de un buen amigo que acabaron por salir del templo, tal vez porque hablar con una desconocida me pareció la mejor manera de relajarme. Media hora más tarde, con el sacerdote enojado, el fotógrafo harto de fotografiar una boda sin protagonistas, mi madre abanicándose con furia y su madre haciendo vanos intentos por contactar con ella, me tuve que rendir a la evidencia.

Me había dado plantón. Un desconocido me mandó una foto tomada con móvil, con una Elena corriendo por la cuesta que toca a la iglesia y un mensaje " tu novia, antes de entrar fue retenida por una vieja con boina negra" La anciana de la entrada había desaparecido entretanto, porque, de no haber sido así, pensándolo ahora, tal vez le habría dado una limosna sustanciosa.

Siguiendo una iniciativa de bic naranja



viernes, 30 de marzo de 2018

Despidiendo a las pesadillas



Imagen de Ole Marius Jørgensen

En el marco onírico en que el quedó presa, entre trampas de pastillas y psiquiatras, Elena despertó un día. Un instinto más fuerte que su mente, más visceral que sus miedos, y más poderoso que las leyes de la medicina le hizo desafiar a sus pesadillas. 

Quedó con el viejo amor que la engañara en su juventud. Fue fácil simular un pasado superado y un presente por compartir. Con la conciencia más lúcida y tranquila que pudiera recordar echó los polvos en la copa de Eduardo. Liberada y ligera, sin acabarse de desnudar, se quedó mirando al pelele del hombre que nunca debió haber amado. Luego se plantó ante el espejo, despidiendo a sus fantasmas, sacudió la cabeza y salió del dormitorio. Antes de  cerrar la puerta del piso limpió concienzudamente todo rastro de su paso. Sintió un sol de primavera sobre su rostro, y sonrió. Seguramente como aquella tarde lejana, en la que con engaños, se perdió.

Siguiendo la iniciativa de bic naranja

viernes, 9 de febrero de 2018

Compuertas estancas

Imagen de Alejandro Solís

Tras unos meses en una red social, había ido aumentando el número de nombres que usaba. Cada uno de los alias que había creado estaba dotado de una personalidad determinada, y tenía un discurso y estilo distintos. Era una y era muchas. Cada uno de esos yoes desconocía las andanzas de los otros.

Una vez segura de su total control sobre sus creaciones, hizo que dialogasen entre ellas. Ahí estuvo el error, se dijo luego, porque cuando una de ellas se enteró de la personalidad asignada a otra, se lió parda. El ser único implosionó entonces en un silencio atronador, que fue utilizado por el yo esperpéntico para absorber parte del delirio del yo megalómano. Entre todos montaron un garito en el zaguán del intelecto del ser único. Se encaramaban sobre los restos de ese creador único, formando un castillo de yoes en infernal guirigay, que enfurecía a los otros seres, únicos en su multiplicidad.

El olor a cerebro chamuscado, por el choque entre grupos de neuronas controladoras de cada personaje, impregnó su ordenador durante meses. Ahora ella descansa en el psiquiátrico, donde sus yoes van saliendo a escena según un orden sobre el  que el ser único no tiene ningún control. 

Inspirado en bic naranja

viernes, 26 de enero de 2018

Casarse de por vida

Foto de la página escribefino
                           

Pilar rechazó casarse en las tres ocasiones en que compartió techo y alcoba. Había entendido, desde niña, que un papel no une o desata .

Sí tuvo la gran suerte de comprender que un compromiso de afectos dura lo que la vida haga que una unión perdure ( y es que el amor es eterno mientras dura, ya sea un día, una década o toda la vida)

Vuelve a mirar la escritura de su piso; hipoteca a treinta años. La contrajo a los cuarenta y dos. Su boda, de compromiso de permanencia fue con Caja Madrid. Esa que acabó como acabó, pero su deuda sigue, a pesar de ya no vive en España desde el dos mil diez. 

Ahora entiende por qué echa de menos un posible divorcio, que la pudiera liberar de la deuda de por vida. Suena  a cadena perpetua.

Inspirado en escribe fino

viernes, 15 de diciembre de 2017

La fría decisión

Imagen de Oimiakón, la ciudad más fría ( Siberia)


La espera había desafiado a la razón. El invierno había congelado los cables que conectaban el corazón a los sentimientos, y Natalia había decidido salir de la casa donde se refugiara a esperarle.

Dejaría atrás la nieve acumulada de las dudas sobre su pasado, las oscuras sensaciones de ser engañada, la amarga espera de que al fin le dijera quién era en realidad.

Ese hombre que llegó con el frío, había desafiado a su mente analítica y desabrochado su alma, dejándola en jirones de anhelos. Los encuentros habían desatado promesas de primaveras que, mirando desde la ventana, sabía que no llegarían jamás.

El semáforo en verde le permitía cruzar la línea entre deseo y realidad. 


Siguiendo una iniciativa de https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/12/15/viernes-creativo-escribe-una-historia-217/#comments