Imagen de Carlos Pérez Siquier, muerto hace un par de meses, y que no conocía.
Ando buscando una inspiración, tal vez a alguna musa
despistada, que me dicte al oído, (como a veces ocurre), una idea que me
subyugue, que me apasione, y sólo me deja un pedacito de instante. Algo pequeño en blanco y negro, de una España ya olvidada, aunque puede que no tanto.
Me atrapó la foto, con esos niños, uno de ellos con un descosido en el pantalón, jugando. Ajenos a todo y a todos. Impagable esa mujer de pueblo, protegiéndose del sol, o reflexionando mientras atiende a quien le ofrece un servicio.
El fotógrafo ambulante pateaba callejas de tierra y caminos de acémilas. Su cámara fotográfica bien embalada, un trípode plegable y una muestra de su buen hacer eran todo su tesoro. Su oficio había quien lo llevaba a cabo en locales, alquilados casi siempre, donde un decorado en la pared y unas sillas historiadas daban una sensación ficticia de glamour y opulencia para la posteridad.
Así es muy fácil, se decía el andariego. Él entraba en las casas, y qué casas, míseras en general. Les plantaba quietos en la pared, tras esperar que se adecentasen y pusieran sus mejores galas. Montaba la cámara, y sujetaba bien la antorcha, pidiendo que se quedaran quietos. Los deslumbraba un instante, y al cabo de unos días regresaba con la foto hecha, enmarcada si así lo deseaban.
Las fotos huérfanas, sin nadie que las quisiera luego, se amontonaban a veces, y el fotógrafo las rompía antes de quemarlas. Sabía que la plata del daguerrotipo retenía el alma de quien retrató. Y sólo rompiendo la imagen se deshacía el maleficio de quedar atrapadas, sin dueño, vagando por el viento en las noches de plenilunio. Nunca quiso que esos retratados le molestaran en ese deambular por los valles más perdido de las Hurdes. Llegó el día en el que una apendicitis no tratada se lo llevó, y por ahí andan las almas en pena de una mujer de pueblo, dos niños y un gañán con la boina calada hasta las orejas.
Son quienes poblaron mi sueño tras ver la foto, así que puedo afirmar que existen, así, a esa edad, inmortalizados en una foto que nadie llegó a romper.




















