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domingo, 2 de junio de 2019

No me llamo Raquel, ni fui meretriz

Tomada de Aquí


Tan a gusto que estaba, y han conseguido saber mi apellido, y con ello, mi historia, después de tantos años. Una británica tenía que ser. Claro que trabajaba en un burdel, en Arlés, pero como limpiadora y no como meretriz. Era muy joven, dieciocho años, y la noche de antes de Navidad, Vincent vino con su oreja derecha ensangrentada, envuelta en un pañuelo. La policía estuvo preguntando por Gauguin, alojado en la casa amarilla de Van Goh, pero el francés prefirió abandonar la ciudad pocos días después.

Un perro me había mordido en el brazo izquierdo, y mis padres, campesinos, se habían endeudado por mis tratamientos, así que acepté limpiar allí por llevar un sueldo a mi casa. Había salvado mi vida por una vacuna experimental contra la rabia, de Pasteur, pero arruinó a mi familia y esa fue la razón de mi estancia allí.

Yo creo que fue Gauguin quien le cortó la oreja con una espada, porque sé que era un buen espadachín y como discutían mucho, en plena disputa bien podía haber cercenado la oreja a Vincent, si bien acordaron contarle a la policía que había sido una lesión autoprovocada. Hasta hoy se pensaba que la envolvió en un trapo y que la llevó a una prostituta llamada Raquel a su burdel favorito, pero no, era una ofrenda para mí, y no fui, ni entonces ni después, prostituta.  Las cicatrices de mi brazo, por las mordeduras del perro primero, y luego por la cauterización de la herida, me habían dejado con un aspecto horrible, y él, piadoso donde los haya, quería ofrecerme parte de su cuerpo para recomponer el mío. Sangrando profusamente le vi como a un niño, como postrado delante de una Virgen, con su ofrenda. Cuando yo me asusté, él se puso a llorar. La verdad no podría decirla, porque no la sé 

Tomado de Aquí

No, él nunca me amó, ni yo lo pretendía. Me había contado que de muy jovencito trabajó para una agencia de comercio, en La Haya primero y luego en Londres y que allí, bajo tanta lluvia, se había enamorado de Eugénie Loyer, hija de la dueña de su pensión. Lo que él no entendía, ni yo, es cómo, al cabo de un año, y en París, se sintió enamorado de un pintor, Jean-François Millet, lo que llevó a un  desengaño amoroso y una confusión mental que provocó su inmersión en la lectura de la Biblia. No negaba que estudió en Amsterdan para pastor, ni que fue enviado a una zona minera belga, de donde fue despedido por la cercanía que estableció con sus gentes. Desengañado de la religión, pero sin menguar su fe, se decidió a pintar, como forma de glorificar a Dios, según él, y le creí.

En febrero de 1888 había llegado a Arlés, a ese pueblecito al que quedó unido su leyenda, donde imaginaba su comuna de pintores y donde me conoció, porque, en su soledad, iba al burdel a desahogarse, de su cuerpo, sí, y conmigo, de su alma. Esperaba tanto de su proyecto, que, cuando llegó el artista tan genial e irascible como él, Paul Gauguin, estaba como loco de felicidad. Le escuchaba horas y horas hablar de sus proyectos. Sólo yo sé qué tan bravas estaban sus aguas, en esa etapa de nostalgia, cuando me enseñó el retrato de su madre y de una hermana leyendo una novela.

Le perdí la pista, porque se ingresó en una institución de  Auvers-sur-Oise, bajo la atención del doctor Paul Gachet, y luego supe que su hija Margarita fue una de  sus últimos modelos femeninos, sentada al piano. A mí nunca me retrató, porque jamás  se lo permití

Lloré su muerte, cuando me enteré de ella, y una meretriz, Susanne también la lloró. Ambas fuimos a una capilla cercana a orar por su alma. Al funeral no pudimos ir, porque nos quedaba muy lejos, casi en Paris. Ella creía que uno de sus últimos pensamientos habría sido para ella, porque hacer el amor con él eran como de verdad hacer el amor, como si te amara,  según me explicaba. Yo estoy segura de sería para Margarite, la hija del doctor Gachet, pero nunca le llevé la contraía. De hecho, nunca hablé, ni con mi marido, de mi amistad con Vincent, porque la vida siguió su curso. Olvidé mi trabajo en Arlés, me casé y estuve en la granja de mis padres, con mi esposo y dos hijos que tuvimos y morí de vejez acabada la II Guerra Mundial. Me he removido en mi tumba para dejar mi nombre limpio, ahora que se hizo pública la verdad.


Imagen tomada de Aquí, Margarite

martes, 28 de mayo de 2019

Torbellino loco

De mi paso por Meet Vincent Van Gogh

Me llamo Gastón y ese día veintisiete de Julio  de 1890 estaba veraneando con mi hermano, en los campos, con trigo, de Auvers - sur – Oise. Mi familia ocultó el incidente con  Van Gogh, como no podía ser de otra forma. Mi hermano René, de dieciséis años andaba con el revólver de otros veranos, como tantos otros días, disparando a todo lo que se movía. Yo quería a Vincent. Me caía muy bien, y como me gustaba más el arte que la caza o la pesca, charlaba con él muy feliz por haberle conocido y por comprobar la fuerza de sus pinceles, pero mi hermano era muy joven y demasiado atolondrado. Solía burlarse del loco de pelo rojo, aunque en su mundo y sus pupilas nada le importaba a Vincent menos pintar, captar, aprehender el fuego de los amarillos, la luz de los colores.

Ese día Vincent  había salido con sus aparejos de pintura a pintar el trigo y como luego se vio, tenía en su casa material recién comprado porque no iba a suicidarse, es evidente. Pero estaba de Dios, su gran creencia, su fe ciega en él, que sin duda le confortó, que nos encontrásemos, y nos dispusiéramos a beber y charlar con el tipo raro, como otros días. No sé cómo, el arma de René se disparó, le dio en el pecho.  Sí, estaban discutiendo, pero fue un accidente.

Salimos huyendo, por eso el arma nunca se encontró. Me enteré que le veló el Dr Gachet, tras limpiarle la herida, por lo que no me sorprendió acabar por enterarme que, en sesenta días ,Vincent había firmado setenta pinturas y cincuenta dibujos, pues yo sí conocía la afición del médico y de su hijo por la pintura, en especial por el estilo postimpresionista de mi amigo, aunque, por supuesto, nunca volví a  la soleada ciudad. He soñado con el incidente durante décadas y si bien intenté no seguir  las andanzas de su cuñada, me enterraron con la carga de no haber contado esa historia, mi historia, y a eso voy.

La noche estrellada la vi siendo ya un nonagenario, cuando en una subasta se barajaban cifras  galácticas. Lo supe de manera instantánea. Fue la premonición que tuvo Vincent en el asilo de Arlés


Ese torbellino, ese remolino en la noche, había nacido en su infancia, cuando le pusieron el nombre de otro Vincent muerto. Se había ido incrementando, como una corriente que quiere ser ráfaga, por sus paisajes de religión y su castidad.  Se transformó en ventolera por su mente ante los comedores de patatas ,  para luego, como  oleada, acabar habitando su mente, como un vórtice. Su carácter turbulento alimentaba su locura, pero también su piedad, como  hacia Gabrielle cuando le entregó su oreja. Esa turbulencia entre estrellas, como un revuelo ante el paisaje y su ciprés, era la tolvanera de su propia muerte, el ciclón que alimentaba su vida para poder pintar y seguir pintando. Con un Gauguin huido, un Theo lejano, comprendió, como un arrebato místico, que pintaba su propia muerte. Él era el  huracán, la tromba, el ramalazo de Dios hecho carne, que le destruiría.