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Tomado de Google |
Abrió las puertas del armario, donde las polillas pertrechadas de antiguos enconos devoraban los ropajes de antepasados y modas trasnochadas, y empapada en la montaña rusa de sobresaltos intempestivos, se dejó caer en la cama de barrotes de hierro colado.
Logró soñar tan vívidamente su encuentro carnal entre sabanas de percal, que despertó entre polillas que revoloteaban sobre su pelo y su cuello sudado del deseo impúdico de encontrarse con él.
La rabia de su altanería al saludarla había conseguido sólo un deseo alocado, intenso e irresistible de verle entre sus brazos. Con la enajenación de saber que su desprecio había encendido la llama de buscarle a cualquier precio, diseñó la lucha cuerpo a cuerpo que pretendía ganar.
No podía calcular las pérdidas que pudiera dejar por el camino de su victoria, que no entendía si no como acabar por llevarle a una pasión amatoria tan cargada de goces irrepetibles, que él jamás pudiera olvidar.
El deseo de provocar un placer difícil de olvidar la hizo aventurarse por lecturas de meretrices francesas, temario de geishas y visionados de masajes de alto poder evocador.
Llegó a la conclusión de que, para volverle loco, le debía ignorar lo justo, no pedir nada jamás y entregar la mitad de lo que él pudiera pedir.
Exploró el talento de rozar sin llegar a tocar, dejar entrever sin mostrar y provocar suaves corrientes de aire en soplos lentos en lugares precisos.
Cuando él accedió a discutir en una cena un presupuesto ya cerrado, pronto se hizo evidente que podría rozar el cielo sin haberla tocado ni un centímetro de piel.
Ella entonces supo que la primera batalla estaba ganada.