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miércoles, 2 de octubre de 2019

Catalina, qué grande

Imagen de Portalnet.cl


Ahora ya qué más me da. Haber pasado a la historia por hacer de Rusia un imperio inmenso, por mi pinacoteca en el palacio de verano, o por mi ardor sexual me da lo mismo a estas alturas. Quieren ignorar que fui monógama seriada pero no por mi voluntad sino por el desprecio de mi marido, un, al fin, alcoholizado Pedro III. Dicen otras almas en pena que se estrenará pronto una serie sobre mi persona, y estoy segura de que no entenderán, ni en siglo XXI que para mí el sexo fue amor en primera instancia, y relax cuando mi actividad política era intensa. Igual lo entienden de un hombre, pero desde luego, de una mujer no pueden entenderlo, y me duele. Les doy una pincelada de mi vida, y les digo qué mueble era sagrado para mí. Igual me ven como la estadista culta y coleccionista de arte que fui, quién sabe.

Mi suegra, Anna Petrovna , hija de Pedro I el Grande y de su segunda esposa, que él bautizó como Catalina I, tras haber hecho vida conyugal con ella y no son su primera esposa, no quería saber nada de Rusia. Su hijo, mi marido, sí tenía sangre Romanov, y su tía Isabel I, hija menor de Pedro, sin hijos y su gran delirio de grandeza, no podía dejar herederos, por más que fuese la zarina. La mejor manera de que un Romanov la siguiera en el trono era que regresase a Rusia su sobrino, casado con alguna noble alemana, que resulté ser yo.

Él tenía dieciséis años, y yo quince. Aprendí el ruso a una velocidad de vértigo. Me cambié de religión, y de nombre, tomando el de Catalina. Me empapé de conocimientos de la historia rusa y acepté enamorarme del joven que me habían destinado. Pero pasaban los meses y el matrimonio no se consumaba. No quería que le operaran de fimosis, pero de eso me enteré mucho más tarde.

Fogosa, ardiente, viciosa…hasta inventaron la leyenda de que fallecí por querer copular con un caballo, que hay que ser retorcido para inventarse esa barbaridad. Pero hoy quiero reivindicar otro mueble, que no de los eróticos que, en efecto, hice fabricar para mi habitación secreta. Secreta no, digamos que recogida. La silla del abuelo de mi marido, sí de Pedro I el Grande, ese hombretón de dos metros con miedo a los espacios abiertos. En el palacio de verano, en su despacho, es donde conservaba las pertenencias más preciadas, entre ellas el sillón de cinco patas.  En todas las crisis que tuve que lidiar, la solución me venía en su despacho, sentada en esa silla, mientras  reflexionaba, mirando los jardines, sobre las posibles alternativas y tomaba las decisiones más importantes. 

A mí no hay quien me quite de la cabeza de que, cuando ya gorda y mayor no pude sentarme en él, la decisión de aceptar a mi último amante salió rematadamente mal, precisamente por no haberlo reflexionado en ese sillón de pensar.





viernes, 7 de septiembre de 2018

Las palizas


Vuelvo a recordarme esposado al radiador. "  en un despacho de la DGS, llegó, me dio un culatazo y me dijo: "Has tenido el honor de que te pegue un culatazo Billy El Niño". Era muy peligroso porque no tenía muchas luces y sí una impunidad absoluta. Era bastante alfeñique, poca cosa. Se ponía delante de ti a hacer gestos de kárate, te daba una patada y te decía: "Eres un gran saco de golpes". No era un funcionario que torturaba, era un torturador compulsivo, disfrutaba haciéndolo: Te voy a destruir l

Cuando le dieron la medalla al mérito policial, Franco ya enterrado, la democracia instaurada, estando ya en 1980, sólo me pude echar a llorar. No entendía, no aceptaba, no podía comprender la realidad. Mi novia no lo entendió y me dejó. No vivas del pasado, me dijo. Olvida, ya hay democracia, deja los fantasmas del pasado en paz, me decía cuando amanecía empapado en sudor y gritando. Sus caricias eran sinceras, pero me dejó solo. .  

Lo malo es que no puedo olvidar mis pies tras las torturas, no puedo olvidar el silencio entre los ruidos y hormigueos de mis oídos tras los golpes, no puedo dejar de tener pesadillas tras tener la sensación de que me hacen beber litros de agua con embudo para golpearme luego en los riñones con toallas húmedas. No puedo olvidar la represión salvaje hasta el final. 

Dejé el partido, intenté hacer mi vida sin pensar en política, pero cuando hoy he leído que le retirarán la medalla y el incremento de pensión vitalicia por sus méritos me he acercado al mar, para gritar. 


Lamento que esta noticia me haya recordado a mi hermano, preso y torturado por llevar propaganda comunista en su coche  en el verano del  75. Gracias a Dios está bien. Eso de intentar ir a visitarle a La Modelo, con mi madre, sin conseguirlo, ha venido a mi mente. Puedo ignorar que he temblado por él, pero  ¿por qué ignorar?

domingo, 8 de abril de 2018

Escribiendo



Había llegado a la casona del siglo XV. Inscrito y duchado me instalé en el actual Parador, que había sido  un convento, concretamente el de San Vicente Ferrer, y que forma parte de un impresionante conjunto monumental, ya que ese convento linda con una Iglesia, la de Santo Domingo, y un palacio, el de Mirabel (de la familia benefactora).  Su, otrora, sala capitular era ahora un restaurante. En el piso superior hubo una estupenda biblioteca y más abajo, la bodega conventual, excavada bajo la roca granítica. Me asignaron una sala cercana al claustro para escribir en silencio, como había solicitado. Medio dormido en la inmensidad de la sala, con mi ordenador portátil encendido y las musas queriendo revolotear a mi alrededor, creí escuchar un ruido. La cortina se mecía, y adoptaba la forma de un oleaje de terciopelo verde con ribetes dorados que, en su fricción con suelo, hacía sonidos compasados, suaves pero quejumbrosos.

No pude evitar sacar la cabeza hacia la noche estrellada, por ver qué había originado la primera corriente de aire. La silueta de una monja se dibujó contra la luna llena. Sin previo aviso un relámpago iluminó a la figura, con velo negro sobre el tejadillo de su cofia. Tenía un cordón a la cintura, con tres nudos, y lo apretaba con sus manos mientras me miraba. Se fue la luz, dejándome a oscuras y con la curiosidad enfervorecida, pero el portátil, que suelo tener enchufado a la corriente si pienso que estaré bastante rato, había emitido algo parecido al ruido de un chispazo, así que corrí, tropezando con la pesada silla, a desenchufarlo.

El trueno me encontró agachado, a unos centímetros del enchufe y con medio cuerpo bajo una regia mesa. Volvió la corriente casi al instante. Puse la batería por evitar posibles nuevos sustos futuros en la noche, y volví a mirar por el ventanal, en ese momento arrebujado en mi chaqueta de lana. Nada se movía excepto un gato a la carrera. De nuevo sentado, intenté abrir una carpeta de mis documentos, una de las  usadas para mi trabajo de doctorado. La investigación sobre los pasadizos secretos de diversos conventos, entre ellos el de las Claras,  y los dos años de concienzudo trabajo había concluido. Estaba inexplicablemente vacía.
Las tres fotos son de Aguirrefoto


viernes, 9 de marzo de 2018

Gabo y Mario en Barcelona


Imagen de Internet

Gabriel residió en la Ciudad Condal desde 1967 hasta 1975, y muchos, entre ellos yo,  muy jovencita, descubríamos “Cien años de soledad”. Vivía entonces en la calle Caponata, del barrio de Sarria y prefería el ron con coca-cola y no ese que hacíamos aquí con ginebra. Comentó alguna ocasión, que había conocido a un  librero catalán, Ramón Vinyes, a quien incorporaría a Cien años, como el “sabio catalán”, y que prefería Barcelona a Paris para vivir. En la ciudad de la luz había pasado hambre y penalidades, y en Barcelona se encontraba como pez en el agua, cuando ese boom artístico había sembrado la ciudad de escritores, fotógrafos, diseñadores y sobre todo buenos editores. Cuesta vivir de la literatura, y como había pasado con Vargas Llosa, fue la editora Balcells quien propició que ambos pudieran vivir de su tal vez único y gran talento: la escritura.

Vargas Llosa llegaba a Barcelona en 1970 por el empeño y tutoría de la gran Mamá Grande, y vivía en la esquina de la calle  Caponata con calle Osio, así que acudían ambos a menudo a la pastelería Foix, en plaza Sarriá. Tan diferentes, tan alejados… uno con pinta de galán y el otro bajito y desaliñado compartían amistades en Barcelona, con reuniones en una u otra casa. Al extremo de que habían de colaborar en una obra común, que por supuesto, con el alejamiento entre ambos, quedó  frustrada.

El pacto de silencio tras el puñetazo  de Mario a Gabo en 1976 debe respetarse, pero Mercedes Barcha, la esposa de Gabo,  hizo un comentario muy elocuente: "es que Mario es un celoso estúpido". Parece ser que tras una ausencia de Mario, su esposa Patricia, se refugió en la amistad con el matrimonio de Gabriel y Mercedes. Recordemos que los hijos de ambos autores jugaban juntos como una verdadera familia, pero tal vez Mario creyó que su amigo fue más allá del apoyo amistoso. La foto famosa se la hizo un amigo y fue testigo de esa agresión de un doce de febrero, Elena Poniatowska, escritora y periodista. Lo que menos importa es ese incidente, que pudo reducirse a un simple lío de faldas, sino el ambiente bohemio que desprendía Barcelona.

En el verano de 1975 la familia se iría de Barcelona. No regresarían a vivir en la ciudad de los prodigios de un boom latinoamericano, en las postrimeras  de un franquismo, que fue eje de la literatura en español. La distancia ideológica se fue incrementando con los años, pero la admiración de Mario hacia Gabo no decayó. El premio Nobel les vuelve a unir en un barrio de laureles y promesas, constatando que son dos grandes, y no olvido que Gabo nos espera en su Macondo, desde su partida en 2014.

Quiero creer que en estos tiempos, lejos de ya de las utopías de la estrenada democracia de esas fechas, se esté gestando un nuevo boom de talento literario, de mestizaje de cuna y universalidad de miras, que en poco tiempo veamos  una nueva constelación de gente con brillo interior que nos deslumbre, y nos deje atrapados a estilos literarios que nos lleguen al alma, para sacudirla.

Hoy me ha apetecido escribir sobre el incidente del ojo morado de Gabriel GM, para curiosos que aún no lo conozcan, que imagino que serán pocos. El puñetazo de Mario a Gabo