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Imagen de Ole Marius Jørgensen |
En el marco onírico en que el quedó presa, entre trampas de pastillas y psiquiatras, Elena despertó un día. Un instinto más fuerte que su mente, más visceral que sus miedos, y más poderoso que las leyes de la medicina le hizo desafiar a sus
pesadillas.
Quedó con el viejo amor que la engañara en su juventud. Fue fácil simular un pasado superado y un presente por compartir. Con la conciencia más lúcida y tranquila que pudiera recordar echó los polvos en la copa de Eduardo. Liberada y ligera, sin acabarse de desnudar, se quedó mirando al pelele del hombre que nunca debió haber amado. Luego se plantó ante el espejo, despidiendo a sus fantasmas, sacudió la cabeza y salió del dormitorio. Antes de cerrar la puerta del piso limpió concienzudamente todo rastro de su paso. Sintió un sol de primavera sobre su rostro, y sonrió. Seguramente como aquella tarde lejana, en la que con engaños, se perdió.
Siguiendo la iniciativa de bic naranja