martes, 30 de julio de 2013

Pelirroja con jofaina

Pecado original. Óleo de Modesto Trigo

Al llegar a la habitación de la casa rural, les había llamado la atención un aguamanil con su jofaina. Tocaba a una ventana, que a su vez se abría a una ladera verde, chispeada de puntitos diminutos y coloristas.

Ella durmió, tras una comida de pollo de corral con almendras garrapiñadas, mientras él hacía un bosquejo de su dormitar en carboncillo. 


Cuando la vio despertar y dirigirse a la ventana, tenía en los labios esos dedos cargados de partida hacia unos campos en flor.

La pidió que le dejara lavarla el pelo, y así, sentada, con la tracción de su piel hacia la jofaina desconchada, su cuello adquirió una luz especial, mientras su melena colgada libre sobre la toalla blanca que le tapaba los hombros.

Habían encontrado la temperatura idónea, entre risas y rechinar de cañerías, jugando con los grifos del aseo, sumando aguas y  pruebas, en su muñeca pálida y menuda.

Se sentó muy recta en una silla, para ir extendiendo la cabeza poco a poco,  hasta que él la pudo mirar, desde atrás, esa nariz a la espera, apuntando al techo desconchado (tal vez recordando lo soñado).

Él fue mojando, desde la raíz, la cabellera, vertiendo un hilo incansable de agua perfumada de placidez y luz en conserva.

El silencio empezó a romperse por el repiqueteo del agua  contra la loza, que en un tímido alarde de sinfonía, dejó estáticas, dando un traspiés, a las manecillas de la tarde. 

Su pelo, el agua y el tiempo detenido inundaba la escena de un frescor húmedo y salvaje.

Cuando él friccionó con sus yemas el cuero cabelludo, las hilachas de jabón olían a siesta, entre ese cerrar de sus ojos, y un imperceptible ronroneo.

Cuando más tarde abarcó con la toalla la mata de fuego de su anaranjada belleza, ella se giró bruscamente. Él notó entonces, la misma sensación de caminar cerca de una tahona. La descubrió como esa hogaza virgen, inundando el cuarto con su olor a vida, por pintar, con pulso de cirujano y alma de poeta.

Ella sonrió a medias, mientras inundaba a horcajadas un talle redimido de amapolas, dejando que el agua, la toalla y los relojes, se extinguieran en un estallido de luces, ante esa ventana que daba a un campo en flor.


miércoles, 24 de julio de 2013

Tacones en verano.

Foto de Internet


Se levantó con dos daiquiris  entre pecho y espalda. 
Tarareaba “be happy”, apoyándose con la mano contra una tumbona a rayas. 

La vi alejarse de la piscina. Reverberando el aire ante su paso con tacones. 
La observé concentrada en seguir la trayectoria hacia la salida al hall de los ascensores.

Con ese caminar de pasarela. 
Con esa cabeza tan erguida. 
Con su libro bailando entre una  cadera y el sol inclemente. 
Con esa melena sujetada con una pulsera, irisando una línea recta desde la barra. 

No imaginé la señal tras sus muslos dibujando el entramado de un mimbre,
el que laceró su piel bronceada  en rayos UVA de inquietantes destinos por descubrir.  


Siguiendo las líneas del entramado de mimbre en sus piernas en huida, 
caí hipnotizado  por el contoneo de una cintura,
subrayada por unas líneas de reposo en su lectura.

domingo, 7 de julio de 2013

Toreando en verde

Gentileza de parris

Las lluvias y los truenos dejaron verde  la pradera,
con un color a reposo y un aroma a reconquista.

Las nubes del pasado quedaron en silencio,
con la última canción de lucha en retirada.

Las tardes se tiñeron de amaneceres y soles,
con las certezas descubiertas bajo su piel de luna.

El manto de verde esencia, cuajado de aliento,
se dispuso a dejarse tejer por la mujer de espera.

El horizonte se dibujó libre de sombras,
desatascado de bolas de pelo entre quimeras.

Se acercaron de puntillas las más tímidas flores,
los sueños más humildes, las notas más esquivas.

Y con esa tela cargada de esperanza y verde ,
con la mejor caída sobre su cuerpo de espuma,

acabó por enfundarse un vestido interminable,
con el que sentir que nada escatimaba su fortuna.

Dispuesta a torear los ambarinos sinsabores,
con pases de verónicas, al aire desatado de las dunas.