domingo, 21 de julio de 2019

Ese bar Europe, de Montmâtre

Imagen de Aquí


El bar Europe es un lugar pequeño, recogido, y diría que obsoleto, que se alza bajo las escaleras de Montmatre. Entré porque el calor me venció. Había dos parroquianos, de turismo, igual que yo, imaginé por las pintas, seamos correctos, por las hechuras indumentarias. La camarera, supuse propietaria, era mayor, o así me pareció, pero amable. Ese bar tenía como adorno único una lámina de Van Gogh, lo que me pareció estupendo, ya que me encanta este autor y en especial este dibujo. Al salir de aseo, uno de los parroquianos, ruso creí, vociferaba con su acompañante ante la solitaria lámina. Dolor, se titula.

Subiendo las escaleras, miré hacia abajo. El bar, bistró en realidad, se veía con precisión, pero observé un brillo inusual en su rótulo. Quizás el anís o el calor me afectaba a la sesera. Llegué arriba, donde me quedé un rato, sin entrar en la Basílica.  Recorrí algunas callejas. El sol se batía en retirada, y el azar hizo que volviera a pasar por el mismo bistró, con necesidad de usar su lavabo.

La mujer de antes secaba unas copas tras el mostrador. Tosí, para llamar su atención y me miró con unos ojos de pasado cargados de nostalgia. Pedí un pastís Ricard, y cuando salí del baño, el tiempo era otro. No puedo definirlo de otra manera. Había bullicio, hombres sentados y hablando,  acaloradamente, y no sé cómo, mientras  degustaba mi bebida, sentada en una mesa y con los ojos como platos, tuve la certeza de estar asistiendo a una de las veladas de primeros de siglo veinte. A este lado del Sena, algunos pintores se hicieron cómplices, amigos, amantes, seguidores o protagonistas de una corriente artística, e ignoro la razón, yo estaba allí. Creí reconocer a Camille Pissarro, y tal vez a un joven Pablo Picasso, quien discutía con Modigliani,  y otros artistas que no supe reconocer. Cuando se abrió la puerta, un Vincent gesticulante entraba con Matisse. Sólo faltaba Degas o Toulouse-Lautrec, me dije. Parece que mi cuerpo no estaba allí, aunque yo sí.

Cuando me cansé de escucharles, sin poder decirles qué futuro tendrían, salí a la noche.  Le Chat Noir estaba abierto, se escuchaba el piano desde fuera. Vi a las parejas, vestidas de época, entrando en lo que luego sería Le Moulin Rouge, y me sorprendió el olor a gas de las farolas. Me recosté en un banco y me dormí. Al despertar estaba en este año del presente, agradecida del fresco de noche. Regresé, confusa, al hotel.

Hoy he regresado al bistró. Había un hombre de mediana edad. Las paredes estaban decoradas con láminas de Van Gogh, unas cinco o seis, pero sin rastro de "Dolor". He preguntado por la señora de ayer, y el tipo me ha respondido, por el aspecto  que yo recordaba, que tal vez fuera el fantasma de Sien (Christina Clasina María Hoornik). Parece ser que, según este propietario desde hace dos décadas, de vez en cuando, cuando se acerca el aniversario de su suicidio, le da por molestar a los clientes del bar Europe, legado de un tiempo huido. Cuando me decía esto, me dió por recordar. La imagen que yo vi no es ninguna de las tres copias que se exponen, ahora estoy segura de que es la copia perdida, de la que le habló a Theo, desde la Haya, en sus cartas. Tengo la certeza de que seguirá perdida para siempre, con su trenza hacia adelante y ningún decorado.

Recordamos a Charles Aznavour, en su tema La boheme. Pudimos brindar por los dos perdedores, por Vincent .y por Sien. Luego han entrado dos parejas de ingleses y me he despedido de Claude. Y con ello, de un tiempo que pude entrever, en un atardecer de Mayo, en París.


jueves, 18 de julio de 2019

Metamorfosis en jueves

Imagen de depositphotos

Siguiendo una iniciativa de Camino del cuento sobre una metamorfosis, participo con este texto.


El sol hiere el cristal. Las persianas no pueden corregir la aurora, ni ese sol implacable que me deslumbra, que hiere mis ojos, tras  una noche que no sé si quiero dar por terminada. El sueño era muy hermoso. Soñaba que comía y comía.  En la caja de zapatos, con mis docenas de hermanas  orugas, devoraba  las hojas de morera. De  forma implacable, de manera metódica, sin darnos un respiro para pensar, pero no sé si lo necesitábamos. El niño de la casa nos había estado  llevando hojas robadas a los árboles de ese parque cercano. No eran caricias, pero nos permitían comer.

La metamorfosis ha  sido larga. En el capullo, en esa oscuridad insonora, donde parecía que nada pasaba, el tiempo había roto los esquemas de las formas.  En ese estado casi invernal, de apariencia anodina y dormida, el reloj se había puesto en marcha. Poco a poco, mi cuerpo tubular fue creando apéndices, antenas diminutas y unas patitas cortas que luego tendrían alguna utilidad. Lo más extraño es cómo se han formado unas telas que me envolvían la mitad del cuerpo.

Me ha costado romper la capa de seda que fui tejiendo hasta envolverme. Mi cabeza ha tardado en salir, y me duelen los hombros por el esfuerzo de sacar esas membranas, que poco a poco extiendo, para confirmar que son alas. Mi instinto me ordena que eche a volar así que se sequen. Mientras, miro a la mujer dormida, quien me recuerda a alguien.

En la misma habitación hay una mujer que sonríe en sueños, saca la cabeza del embozo de las sábanas, y como mariposa soñada, emprende el primer vuelo. Ha tomado la mejor decisión, porque, tras dos décadas, ha decidido huir de su maltratador.

domingo, 14 de julio de 2019

Barquitos de papel

Imagen tomada de Aquí

Había llovido, como un sonido sin tregua. Como una fiesta del cielo. Como una lluvia de Abril. El dial de una radio lejana traía unos compases de un tiempo dejado atrás. De unas canciones de juventud y arrumacos. De una infancia tardía. De un velero bergantín.

Un ser grandioso dejó que su mano fuese el mar, para que en ella la magia de unos barquitos de papel tomaran cuerpo. En el océano de las inquietudes, esos salvavidas de papel eran una nuez donde navegar sin miedo, hacia el muelle de otros destinos más calmos, donde poder descansar.

De uno en uno fueron llegando las naves. Al rincón de los espejos de un mar en calma chicha. Cada una traía una historia de latidos que explicar. Cuando estuvieron reunidos, charlaron sobre las manos que les habían confeccionado, y de cada pliegue que les hicieran en su satinada piel de imprenta.

Se contaban entre ellos sobre palabras de tinta. Aquellas que los dedos de unas manos habían escrito. En folios de insomnios, entre escenas de tormentas, rayos que rasgaban las noches y paraguas que no se abrían.

Los poetas podrían haber reutilizado sus papeles desechados, cargados de poemas caducados. Sin embargo, de hoja en hoja, y de barco en barco a la deriva, habían formado un mar de letras sin sopa, un mar de estrellas sin cielo, un ejército de versos sin soldaditos de plomo que arrastrar.

Alcancé a ver cómo la calma vencía a la aflicción de las palabras perdidas, y era hermoso, ahora, ver navegar a ese ejército de versos no publicados, en un cráter de luna imposible, hecho de lágrimas suicidas, vertidas en cualquier mar.



miércoles, 10 de julio de 2019

Calor que nos derrite, en jueves


Siguiendo una iniciativa de Molí del Canyer, les paso mi aportación sobre el Calor para este jueves 11 de Julio, mañana :-). Es que no estaré libre.

Sabía que era mala idea, que Egipto no es  para el verano, pero el precio era irrisorio, las ganas de volver muchas, y es que Abu Simbel me había fascinado, y no quería renunciar a pasear de nuevo ante los colosos, y asombrarme con la conservación de los interiores, magníficos. Ese Ramses II y Nefertari, qué maravilla. Ella muy adelantada a su tiempo, una preciosidad de templos. Recomendable, sin duda.



El bus tenía que recogernos en el hotel, a las veinte treinta. Clara, mi compañera de viaje, ni familiar ni amiga, había caído víctima de las diarreas  del viajero, así que me aseguré de que no le faltase agua y medicación y llamé a la habitación de las dos colombianas de la excursión, Marita y Eloisa. En recepción las tres hispanoparlantes esperamos al resto del grupo, brasileñas, en total diez mujeres. Dios me perdone, pero desde lejos la escena parecía un harén alrededor de ”Jhony”, el  guía egipcio.

El chofer llegó sudando, empapado El guía y él discutían, en árabe, así que no entendíamos, pero era evidente que el primero quería hacer su trabajo de llevarnos, y el segundo parecía señalar demasiado al autobús. Con los hiyabs colocados como sabíamos,  y siguiendo las instrucciones del guía, quien aconsejó mojarlos antes, fuimos saliendo. Los cuarenta y dos grados eran como una losa sobre mis articulaciones. Previsible, pero no esperábamos la sensación de las zapatillas pegadas al asfalto. Reverberaba algo como un espejismo. Cada paso era como pisar un chicle El autobús rojo parecía arder ante nuestros ojos. Con el aire acondicionado, en pocos minutos nos dejó en la explanada de la entrada.

Dios, no podíamos prestar atención, por más agua envasada que íbamos tomando. Los interiores nos dieron un respiro, muy leve,  pero el aforo para el espectáculo era sobre piedra, al aire libre, claro. Nos  fuimos al bar. Imaginen nueve mujeres occidentales, las brasileñas con sus curvas. Para los locales éramos todo un espectáculo, mucho mejor que el que nos iban a mostrar. Apuramos  el tiempo por ver si sería más soportable lo de sentarse, al hacerse de noche, pero mucho más no era. Los cocodrilos no se atrevían a sacar la nariz, y si había lagartijas, que no lo sé, yo no vi ninguna.

Lo que más me llenó el alma ese día, mucho más que las imágenes, un poco infantiloides proyectadas sobre los inmensos templos, fue que Clara estaba mejor, y que la piscina enorme del hotel nos acogió, nuevamente, remojando las seseras, derretidas, tras un día de calor. Se habían superado los cuarenta y cinco. La locura absoluta para el cuerpo humano, porque las neuronas recalentadas se hacen sordas, y lerdas.


domingo, 7 de julio de 2019

Esa última cena

Imagen de Aquí, vale la pena leerlo
Tenía ganas de volver allí, porque la última vez que estuve en Milán no daba abasto a interiorizar tanta escultura, pintura, rincón, palacio e iglesia. Un poco menos agobiante que Florencia, pero también  con un exhaustivo recorrido por el renacimiento. Esta vez me hice con la entrada, que como sabemos, es de veinticinco personas por vez,  y está muy solicitada. La famosa última cena, que Leonardo realizó entre 1494-8, fue pintada a la entrada al refectorio de la congregación. Como podía darse con el genio, pintó la escena "al seco", temple y óleo sobre el yeso, directamente, y no “al fresco”, cosas suyas. Tal vez tuvo láminas metálicas de oro y plata, como testimonio de la voluntad del artista, pero el tiempo dejó claro que el deterioro empezaría pronto.  La restauración más reciente ha sido en 1999 donde varios métodos científicos han intentado restaurar lo posible, eliminando las pinturas aplicadas para restaurar el fresco.

Sí, he ido a visitar “La última cena", que no está pintada en la noche, sino que representa triadas de apóstoles a ambos lados de un Jesús nada laureado, y sin cáliz. Solito, qué solo se le ve. Claro, con alevosía y premeditación, imagino. Todos los apóstoles y él mismo dan la espalda a unas ventanas en las que se ve un paisaje de atardecer. Hombre, es grande, con un ancho de hasta ocho metros y de altura de unos cuatro. Impresionar, impresiona, más por lo que se ha dicho de esa obra magna y las posibles curiosidades despertadas tras el best-seller, me parece. Pero es verdad que no soy nada entendida.

Había cenado muy pronto, y no sé cómo, me dormí, tras un banco. Dejé que una cabezadita me tomara de la mano y sobre las nueve me desperté súbitamente. No he creído nada del libro de Dan Brown y sus teorías heréticas, pero teniendo la oportunidad de gritar y que me sacaran, la dejé pasar. Mandé un wasap a mi marido, avisando que no me esperase, y cuando hube constatado que los monjes se habían retirado, me puse a mirar con detenimiento. No soy alta, o sea, que las cervicales se me han quedado tibias, pero bueno, al regresar a Barcelona ya iré a la osteópata, me dije.


Súbitamente apareció un duendecillo, de debajo del mantel. Sin más.
-"Jajaja, salía riendo y bailando. Qué imaginación tenéis los del siglo veintiuno. - dijo-. Que si María Magdalena, ay pobre María, confundida con un San Juan tan tierno. O esos rasgos amenazantes tan elocuentes de un san Pedro, quien sería pilar de esa escuela de pensamiento y religión futura.  Jajaja, esa ausencia del cáliz, ay si superarías que Leonardo contempló pintarlo  y decidió que no, que no  quería hacer una representación de las misas y su trasmutación de pan y vino. Y qué me dices de las manos, qué señalan y qué no. ..

-"Lo que hablan son las manos, eso sí, -le dije-. Opino, como Goethe, que sólo un italiano podía pintar manos tan expresivas, tan charlatanas. Él sabía que sólo un alma caliente  podía pintar un cuadro como éste, pero dime ¿porqué las triadas?

- "Hija, qué incultura, me respondió, jugueteando con el nudo del mantel, - Mira la Primavera, de Boticelli, y en muchos otros cuadros de la época. Las figuras se entienden mejor si las agrupamos de tres en tres. Al lado derecho de Cristo están Juan, Judas y Pedro, fíjate, no se precisa de física cuántica para entenderlo".  Me molestó un poco, la verdad

- Me sorprende que me hables del fresco y no de lo que has visto en estos..¿quinientos años?. Creí que la pintura me diría más cosas, pero no. Me las estás diciendo tu, pero no me explicas los avatares de su preservación.

- " Pues yo creí que sabías usar internet, querida. Ahora te dejo, me voy a dar una vuelta por el lugar. Hago rondas diarias, ¿sabes?, mírate algo de esta obra, pero con la mente abierta, y si quieres, vuelves y charlamos. Pero no hables de mi presencia bajo las faldillas, es nuestro secreto. dijo haciendo el signo de silencio con su boca. Shhh, desapareció, raudo, tras una puerta, que yo encontré cerrada.

Grité, me dejaron salir, y dejé atrás la iglesia. Y al duendecillo jocoso que vaya usted a saber cuántas cosas nos podría explicar. De la historia del lugar, sin duda alguna, pero también de ese Leonardo adulto. Les dejo, tengo prisa,  tengo cita con la osteópata.  

jueves, 4 de julio de 2019

Cines en penumbra, en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo una iniciativa de Juan Carlos, les paso mi aportación para este jueves 4 de Julio, sobre cines de barrio

Los años setenta aún goteaban censuras descaradas y rollos de celuloide que de vez en cuando ardían, produciendo unos efectos, en la pantalla, de oquedad chamuscada, que silbaban desde el gallinero, con patadas en el suelo incluso, lo que hacía retumbar todo el cine-teatro

El patio de butacas también era oscuro, lo que daba pie a toqueteos varios, besos en penumbra y tal vez promesas de amor eterno. Elena y Luis se sentaban siempre en las últimas filas, para dar cuenta de sus artificios hormonales. Unos artificios discretos, pues Elena seguía yendo al colegio de monjas de la Asunción y aún comulgaba con las directrices de los padres y de los ejercicios espirituales. Ese domingo, al lado de su novio, palabra que ella había acariciado en sueños, tocó con el tacón algo que creyó que era otro zapato, y asustada se lo dijo a Luis, quien notó lo mismo, e imaginó escenas prohibidas. 

Elena no paraba de tirar su pie hacia atrás, pero con cautela. La película iba desarrollándose sin que ella tuviera ni idea de cómo iba el argumento. Tampoco las manos de Luis dejaban mucho margen, porque, tal vez enardecido por lo que suponía que sucedía detrás, deslizaba una y otra vez su mano izquierda por los botones de la rebeca de ella, buscando promesas que imaginaba. Elena estaba en posición de sí, pero no, porque se había dejado besar y eso le bastaba. Tenía pavor a mayores urgencias, aunque en ocasiones, sí las sentía. También sentía curiosidad por saber qué ocultaba ese pantalón, que a ratos parecía que crecía, y eso le asustaba. 

La película acabó y encendieron las luces. Todos salieron, algunos recomponiendo sus ropas. La señora de la limpieza, poco más tarde, encontraba el cadáver de una joven, vestida con falda escocesa y un jersey azul, que resultó ser Marisa, de quien dijeron había sido violada. Un calcetín en la boca y la poca atención de los espectadores cercanos había bastado para que la mala prensa del local hiciera que cerrase a los pocos meses, dejándonos sin cine.  
  

lunes, 1 de julio de 2019

Paquita Vinuesa y yo




-         Estamos perdiendo un tiempo precioso, no soy yo quien le necesita, le dije al  psiquiatra.
-         No se preocupe, que tenemos toda la noche, acabo de entrar de guardia y hasta las ocho no acabo, así que tranquilito y por favor me repite, desde el principio, la historia de Paquita...
-         Vinuesa, Paquita Vinuesa, una niña de diez años que tiene a sus padres cortados a trozos y en su congelador y que parece que no le importa a nadie. Se los va comiendo poco a poco, grité desolado e impotente.

Sí, ya lo sé. Estaba muy enfadado, por la pachorra de la maldita burocracia. Sé que me puse violento y que agarré por las solapas al médico, quien llamó a seguridad. Sé que frente a esos dos armarios me puse de los nervios, porque querían sujetarme y yo no soporto que me aguanten por los brazos.

Al final me dieron una medicación, y pude convencerles de que estaba bien, que ya no imaginaba haber visto cuerpos troceado en ninguna nevera y que había soñado, de manera muy vívida, con una alumna de cuarto, llamada Paquita y que es muy especial.

Me colé tras ella, con la copia de una llave que había bajo el felpudo. La vi sacar de la nevera una pieza de carne.  que me pareció de una pierna de hombre, Luego puso aceite en un recipiente de aluminio, asentó la pieza, y lo metió al horno. La vi entrar en el lavabo, escuché la ducha y me agazapé tras la puerta, con el cuchillo en la mano.

Cuando la hube hecho pedazos manejables, llené con ellos el congelador. En el colegio fui yo quien justifiqué la ausencia de la nena durante la semana siguiente. El resto ya se lo imaginarán. Seguí mi vida normal, no iba a confesar así de pronto ser el asesino de una niña, pero me aficioné a cenar un estofado de carne muy tierna. La vecina de esa familia debió de sospechar algo. Me la imagino mirando por la mirilla, todo el día, y atar cabos.


-   -    No, señor comisario. No tengo remordimiento alguno, le había dicho a otro policía. Era un ser depravado y maléfico, añadí.
-  -      Bueno, pero por qué la despedazó, me preguntaron todos. Y es que tras el policía fue un psiquiatra quien me interrogó.
-       
-  Porque no merecía morir sin sufrimiento. Dije, y lo sigo pensando. 

Por supuesto, al ser descubierto no negué ser el autor del crimen, y ahora llevo dos años ya en el pabellón de crónicos y vivo tranquilo. Algunas noches Paquita viene a verme y charlamos, de todo un poco, pero sobre todo, de las melodías que se escuchan al  masticar la carne humana. Siempre le digo que la suya es la mejor, porque es la más tierna, y suena a arpa, pero ella insiste en que la de su madre era casi dulce, y que cuando la comía, los violines se escuchaban divinos, como de ultratumba, me dice, sonriendo. Ser su profesor ha sido muy duro. Eso sí, los dos tenemos sinestesia, pero dudo que vuelva  atraerme la docencia  

Mi abogado se puso tan pesado, que a punto estuve de planear su muerte, pero a sabiendas de que no sería tan fácil como con Paquita, dejé de luchar por demostrar que no estoy loco. Ahora calibro la textura de quienes me atienden. Hay una enfermera de noche, bajita y de poco más de veinte años que debe saber a gloria. La chica está de muerte.