martes, 29 de diciembre de 2020

Baile de disfraces por Fin de año.

 


Mis preparativos para la fiesta de fin de año convocada por Dulce habían acabado. Necesito poco de nada para sentirme segura, pero con un antifaz tan delicado, me esmeré un poco más que de costumbre en mi vestimenta y peinado. Dejé mi pelo suelto, con los rizos como agua, sobre el que flotaban diminutos collares de nácar y lapislázuli. Luego comprobé que, al reírme, producían un efecto de baile blanco y azul sobre mi negra cabellera.

Me abrió la puerta de la mansión un hombre con librea y peluca blanca, y enguantado, quien me ofreció una copa de champagne. Al fondo, el salón lucía profusamente decorado, con detalles de carnaval y de invierno. El anfitrión, quien iba de grupo en grupo saludando, se acercó a mí, saludándome afectuoso. El baile posterior, entre mesas con exquisiteces de buffet libre, fue magnífico. Bailé con tres hombres enmascarados, a cuál más divertido, ocurrente y educado. El champagne tal vez se me subió un poquito a la cabeza, sin ir achispada, porque me sentía liviana como una pompa de jabón, irisada y volátil, voladora y risueña. Subí hasta el techo, donde las lámparas de lágrimas reflejaban los miles de colores del apogeo de la fiesta. Desde arriba observé 'un momento. Luego vi a mi segundo compañero de baile.

Como no podía quedarme en el techo, ni quería, me coloqué a su lado, y después seguí bailando con él como una media hora. De conversación amena, de ojos negros enmarcados en la máscara, su voz y su mirada fueron subiendo en intención, y me pareció agradable. El anfitrión había propuesto un juego. Desde el primer momento. Consistía en que alguien robara algo y luego todos averiguásemos al ladrón. Vimos el anillo, con una cabeza de león grabada, y que dejó junto a una ponchera de plata, de adorno en una de las mesas.

Su tamaño nos daba opción a bolsillos y escotes, y tras las campanadas, llegaba el desafió. ¿Quién había sido el ratero? El hecho de buscar los unos en los otros fue divertido y un tanto picante, permitiendo la ocasión que más de una búsqueda acabara en alguno de los sofás y sillas del salón.  Para mí no había duda, lo había visto desde el techo, así que sabía quién era el “caco”, pero no era cosa de empezar el año haciéndome la lista, mejor me hacia la tonta y jugaba, como los demás, a encontrar el anillo perdido y hallado en…Solo el anfitrión lo sabe porque los secretos, cuando se dicen, dejan de ser secreto


  

domingo, 27 de diciembre de 2020

Proponiendo preposiciones

 


A mi sueño llegaron mil medusas,

ante la duda de nuevos lenguajes.

Bajo la brisa de tu voz que embruja,

cabe pensar que fui quien las llamaba.

Con mis temores, de ser ese agua, 

de liquidez marina y sin fisuras .

Desde la orilla, o desde la nada, 

durante el silencio del cielo en llamas,

en mi mente,  agua junto a tus versos,

entre   olas de agua desbocada,

hacia un destino sin nombre ni reloj.

Hasta no saber si eras real o no.

mediante las auroras boreales,

para despertar de un sueño gélido,

por tenerte, como norte de mi voz,

según mis recuerdos, te sentí cerca.

Sin palabras te eché en falta de nuevo.

So pena de saber que nunca te vi,

sobre mi miedo a perderte, me caí.

Tras mucho tira y afloja, desperté,

versus seguir dormida, un día más,

vía persianas que  se abrían al sol.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Navidear, en jueves, con reunión inmaterial

 


Siguiendo La propuesta de La piazza de las lunas, de  Cas, mi aportación, un detalle navideño, es esta.

He abierto el ordenador, con su pantallita blanca, y ahora reflejando unas bolitas navideñas. Al instante he recordado un anuncio de navidad de hace décadas, y cómo elegía un mantel para estas fechas. En él, ponía, y pongo para los blogueros un aperitivo que espero os guste. Coloco un bol con besos de mazapán, otro con abrazos de turrón, unos sorbitos de caricias, raciones de variados tamaños, con sueños y esperanzas, con expectativas y deseos, con logros conseguidos, con curiosidad intacta, con ilusiones renovadas, con variopintas sonrisas y amaneceres con mar.

Recogiendo la cocina de los sueños, me he vestido de noche y estrellas, de nubes con pan, y aquí os dejo, con  la mesa puestas, donde las palabras han sustituido a las miradas. Porque en nuestra atmósfera bloguera, los latidos llegan, al menos en mi caso, a los corazones, donde habitan las palabras.

Buen provecho

Imagen de Aquí

domingo, 20 de diciembre de 2020

Felices fiestas, y "El delantal"



Planes medio recolocados, aplazados, deconstruidos, abortados o no, que estos días no perdamos de vista que la Navidad es mucho más que las costumbres. Tal y como está el virus, en mi familia haremos un vermut  en día laborable, para vernos los hermanos únicamente. Atrás o pospuesto queda el encuentro de ellos, más los sobrinos y nietos.

Les dejo mi última participación en el concurso Relatos encadenados de La Ser, acabando el año como lo empecé, es decir, sin que hayan escogido ninguno de los textos que he enviado. Empezaré el próximo con un libro de relatos inéditos, que saldrá por Reyes más o menos, y que he disfrutado escribiendo. Ya está en maquetación y se titulará Besos usados en hilera. Gracias por leer, por dejar latidos en esta página tan blanca, desde donde va mi sincero afecto a todos vosotros. La vida es corta, vivamos. Feliz Navidad 

El delantal

Estas humedades que me están matando, me tienen harto, y sin saber qué hacer . No sé quién me mandó comprarle el delantalito blanco, ni qué afición le cogió. Tal vez por los lagartitos bordados. El reúma me anda rondando más de cerca cada día. Desde que perdió su delantal, anda llora que te llora, mi amada lagarta.


Desde Reus, (árbol de Navidad de la plaza del Mercadal), vuestra amiga Maripau González



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Tarta de chocolate en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Lugar de encuentro, sobre DULCES, mi aportación es la que sigue. Lamento no saber hacer repostería. Y que el texto nada que ver con receta culinaria alguna. 

Invité a un escritor insigne y laureado. Me dijeron que no tenía hambre jamás. Que se alimentaba de yogurt con miel, besos con frutas y algunas flores de lluvia, pero preparé, por si acaso, una tarta sencilla de chocolate. Se presentaba así, diciendo que era frugal en sus comidas, ligero y etéreo como una pompa de jabón, con más espíritu que presencia, y más literatura que física. La verdad es yo no diría que comiera poco.

Con los postres, mi tarta simple, me pidió un carajillo de Baylis, y unos aromas de lujuria, en dosis homeopáticas. Ante conceptos tan vagos le eché un poco de más de licor en el café. Con los efluvios espirituosos su mirada de tenor venido a menos, se transformó en miradita de toro en celo.  Con los destilados pude comprobar que sus musas revoloteaban en pos de altos designios de locura poetizada, menos castas que las que ahora puedo nombrar.  La verdad es que, si bien parecía inofensivo en estado de normalidad, se le nublaba la carne cuando destilaba sus poemas, persiguiéndome por el salón. Con vergüenza ajena y ganas de echarle, le pude mantener quieto,  más o menos en un rincón, entre un ficus y la tele.

Fuera de sí, de no, de este y de oeste, y hasta fuera de aquel eje en el horizonte que se llamaba Estambul, no cejaba en intentar tocarme. Porque con versos hechos de cantos de sirenas, se le llenaba la boca de agua, de burbujas y de chocolate de mi tarta. Al final de los finales, era un bluf de poeta que sonaba a globo desinflado cuando el alcohol le desataba la lengua y los instintos. Le había invitado para hablar de mi novela, y había cocinado, raro en mí, un postre y todo, pero cuando le escuché roncar en la siesta, me dije que el insigne literato, era un hombre con más brillo que sustancia, y ya pude seguir escribiendo mi nueva novela, con el ruidito rítmico de su digestión. Le eché una mantilla por encima, no se resfriases el premiado escritor.

Por la noche, la tarta de chocolate, con un café con leche, me serviría de cena, más que sobradamente. Él, imaginé, cenaría con alguna escritora joven abriéndose camino hacia la fama de las letras por pagar.

Palabras 386


domingo, 13 de diciembre de 2020

Más dura será la caída



Que vengan por fin a rescatarte. No me importa si estabas con otra mujer. Ni si tuviste que salir por la ventana, con la ropa hecha un reboruño bajo el brazo. He llamado a los bomberos, pero no colaba lo del gatito atascado, así que he dicho la verdad. Te veo en calzoncillos y muerto de frío, pero distingo perfectamente tu cadena en el cuello, con la llave de la alcancía. Allí está lo ahorrado en estos años. Que será para mí. Cuando tenga el divorcio arreglado, ya te lo haré saber, tranquilo. Entretanto puedes vivir con esa amante.

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miércoles, 9 de diciembre de 2020

Historia de un pasado, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogeminis, Mónica, sobre historias olvidadas y reencontradas, mi aportación es la que sigue, y es biográfica, porque, aunque suelo huir de mi historia, no es tan interesante, aquí me pareció oportuna e inofensiva, casi inocente.

Con un traslado apareció la foto de mi primera comunión. Se hacía con siete años, y me había tomado en serio todo lo que me decían en Catequesis, si bien, como iba a un colegio de monjas, con sus Meses a María, rosarios y  el largo etc de usos y costumbres del cristianismo, me era familiar todo.  Mis dos preocupaciones eran, por un lado, no masticar la sagrada forma y la segunda que los zapatos, nuevos, aguantasen bien para el Corpus Cristi, cuando se desfilaba por el centro de la ciudad y debíamos estar niqueladas y radiantes

Lo de evitar masticar fue una angustia vital que duró días, y lo del calzado era porque, junto con el velo, lo estrenaba. Mis hermanas mayores habían hecho la comunión con el mismo equipo que yo, salvo esas dos prendas.   La tarde previa me llevaron a hacerme la foto que encontré, con el flequillo colocado y mirando un poco de lado.

El día señalado miraba la hora a menudo, por eso del ayuno obligatorio previo. No sé cómo pasó, pero un hermano pequeño me dio un trozo de su galleta, y justo en ese momento, se me olvidó el ayuno, y me lo comí. No sabía ni debía confesarme antes de comulgar, nuevamente, si decirle a mi madre, o qué demonios hacer. 

No hice nada. Vestida, llegamos a la catedral, donde con las compañeras del colegio entramos en fila. Habíamos ensayado días antes. La misa estuvo larga y pesada y comprendí que comulgaría sin digerir nada de nada. Me arrodillé cuando me tocó, y temí que la sagrada forma cayera al suelo, porque tenía la boca seca. Por supuesto se me enganchó en el paladar. Rezaba mientras intentaba tragar eso, sin meterme un dedo, para ayudarme. Resumiendo, que acabé tragando una masa fofa que por suerte no mastiqué. Porque habría sido un pecado.

Los zapatos resistieron. Mis miedos persistieron por unos años, y esa foto me recordó que la infancia, mi paraíso perdido, tenía también sus sombras. Al menos en mi caso, por la inoculación de miedos absurdos. Pero cómo los vencí, es otra historia

Palabras:350


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viernes, 4 de diciembre de 2020

Chirrriando



Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce, las mías, de hojalata, se tersaban. Nunca pensé que pudiera sentir, y menos aún enamorarme, pero así ha sido. Cuando me construyeron como personaje del Mago de Oz, en la interpretación del instituto, me limité a ser ficción. Me dejaron arrumbado en un rincón del escenario, y allí he dormido hasta ayer. Con la desinfección por el Covid me han encontrado. Pepa me ha limpiado, y sacado lustre, para llevarme luego al museo donde resides. El flechazo ha sido instantáneo. Y no me importa tu aspecto añejo, sino los ruidos apasionados de nuestros arrumacos, ahora que te encontré.

La imagen es de Aquí

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Reunidos o revueltos, en jueves

 


Siguiendo la iniciativa de Dorotea, en su blog Lazos y Raíces, sobre reuniones, mi participación es la que sigue

La reunión no había sido convocada. Era fruto del cese de un viento del noreste de intensidad, más que variable, intensa, y que había formado un remolino policromado en la placeta. El remolino recorrió la plaza levantando bolsas vacías, y papeles arrugados, (uno de ellos una chuleta de estudiante, y un poema de un amor rechazado, al juzgar por la rabia de las arrugas). Levantó hojas caídas de árboles del paseo y dos calcetines, amén de cáscaras de cacahuetes, alguna colilla y una arenilla de dudosa procedencia.

Cuando el viento se fue desvaneciendo, la esquina de la plaza era un batiburrillo, o reunión, que me quedé a presenciar, por mera curiosidad. El diálogo entre los calcetines, uno de deporte, blanco sobado, y bajito, y el otro a rombos azules y rojos, fue un momento mágico.

Estábamos las bolsas y las cáscaras, los papeles y demás, atentos y expectantes porque el viento les había dejado pisando el de rombos la punta del blanco, y temíamos una lucha encarnizada por poseer un trozo de suelo de uso individual.

El blanco decía qué que pocos modos, que en su punta era muy sensible.

El de rombos le contestaba que perdonase pero que el viento y no él, era el responsable de tal ataque, porque a él, ese blanco simple, y la medida bajita del otro le tenían encandilado.

El blanco se estremeció, porque se había sentido soso, maltratado y olvidado en cajones, y su sueño era ser un calcetín alto, con rombos o lunares, o cuanto menos, de un color alegre, como el naranja o el verde explicó emocionado.

El de rombos hizo un esfuerzo y se aposentó un poquito más sobre el blanco, por abrazarle.

Nos quedamos con los ojos como platos, porque en el suelo, compartido, se abrazaban, así, sin mayores artificios, ni citas sentimentales.   

Cuando la barrendera, con esa escoba de fibras largas se acercaba al rincón, tuve la tentación de impedir que les molestara, pero luego pensé qué haría yo con un calcetín blanco casado con uno de rombos. Y me alejé. 

Desde entonces, cuando mi lavadora sigue con la broma de comerse un calcetín, le dejo desparejado en un cajón, y cuando vuelve a salir otro desparejado les juntos y guardo limpios y los uso así, como amantes cercanos.

Palabras 379, un pelín largo

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martes, 1 de diciembre de 2020

Una nochevieja diferente en jueves


Siguiendo la iniciativa de Leonor sobre una nochevieja diferente, mi aportación es la que sigue. 

Esa vez aceptó ir a la fiesta de entrada de año en casa de Blas, porque la última discusión con Laia había excedido su punto de paciencia, y a falta de otro plan, o de mayor presupuesto se vio a las doce y media ante el garaje de su viejo compañero, donde, nada más llegar, Julia brillaba con luz propia. Era cosa de empezar el año, ese 2020 tan redondito, bien, alegre, por una vez en la vida.

Nada tuvo que ver ese vestido de tubo negro ni sus medias con costura, que llamaban a la simetría de un chocolate cimbreante. Tampoco el escote palabra de honor de su atavío. Era su sonrisa, que no podía recordar de las mañanas de estudios de antaño. Brillaba. Sin más. Sopesó el malestar del resto de las chicas ante la evidencia de que ellas parecían la comparsa de una reina. Acabó por beber dos cervezas, charlar con Julia, dejándose el alma prendida de su mirada, y gozando del atrevimiento de bailar con ella. A última hora, inhalando la esencia de mujer que desprendía, ante la cara de Pablo, que siendo amigo, captó el terremoto que su novia producía en él, se despidió de la fiesta alegando haber dormido mal la noche anterior. Se despertó agitado. Ya era 2021, con Julia dormida a su lado.

Vaya despedida de año tan diferente, se dijo en el cuarto de baño. Julia roncaba bajito, no había ni cacharros por fregar en al cocina. Habían estado ellos dos con un hermano de ella y un amigo común. Se tomaron las uvas, brindaron deprisa, y los dos "invitados" se fueron pitando,  por lo del toque de queda.  Miró el reloj, eran las ocho de la mañana.

 -Mierda, gritó- me vuelvo a la cama a soñar con la nochevieja de cualquier otro año.


Palabra 305


miércoles, 25 de noviembre de 2020

Monólogo, en jueves

 




Siguiendo la propuesta de Juan Carlos, en su blog ¿Y qué te cuento?, sobre realizar un monólogo, mi aportación es la siguiente

Si ya me lo dijo mi madre, vaya ganas de hacer taxista si ni tienes taxi ni tienes carnet, ni te gusta la gente. A ver, que carnet tengo, el de conducir normal, y tengo coche, un Peugeot pequeño, y eso de que no me gusta la gente lo dice ella. Lo dice ella porque la esquivo lo que puedo. Su verborrea me aburre, pero es una madre estupenda, todo sea dicho

El tema vino de que no podemos salir del perímetro de la ciudad los fines de semana. Yo no tengo culpa de querer salir por ver la playa, en un municipio colindante. Como no puedo, me subo al coche y doy vueltas por mi ciudad. Eso desde hace tres findes. El domingo último me pegué con esparadrapo un cartón, en el que había dibujado “Taxi”, era claramente una broma. No pensé que nadie me hiciera el gesto de parar. Pero así fue. Una mujerc on maleta de cabina me paró. Hombre, que por qué me paré, no sabría decirlo, me recordó a una amiga que murió hace unos años, y me entró una pena que me obligó a ayudarla. Encantadora, de buena conversación, la llevé donde me dijo. Paradas ya ante un portal, me dejó su teléfono, y yo el mío, pero quería pagarme y yo no quería cobrarle, qué sentido tenía, ¿verdad?, pues erre que erre, que claro que me pagada la carrera. Pero qué carrera, si yo estaba paseando, le dije.

Ahora somos amigas. Me ha llamado mi madre, como cada día, y me ha preguntado si me atreví a poner el cartón del taxi en mi coche. Claro, le he dicho, y he conocido a una mujer estupenda, ¿ves como no soy asocial, como tú dices?, le deje claro. Lo que no le he dicho es que me paró la policía municipal, y que tengo una denuncia por intrusismo, otra por documentación ausente, otra por robo por engaño, y que me han retirado el carnet por tres años. Pero he hecho de taxista, aunque no viera el mar

ES FICCIÓN

Palabras 343

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domingo, 22 de noviembre de 2020

Volarás

 


Si los pájaros te miran extrañados, no les haga caso. Tú te has diseñado y fabricado la gabardina, cortando el paño, probado con hilvanes, rectificando las sisas y el largo. Trabajo te ha costado encontrar las plumas para pegarlas, de una en una.
Ahora, subido a la azotea, plantado sobre la barandilla, calibras el viento, en dirección e intensidad. Volaras, no lo dudes. Que los pájaros te miren como quieran, será envidia.

jueves, 19 de noviembre de 2020

De sur a norte, en jueves

 


Esta semana Mónica, en neogeminis nos propone hablar de GPS, mapas, relojes, calendarios y brújulas. Alejándome un bastante, o un bien poco, mi aportación es la que sigue

Se nos averió el GPS al mismo tiempo, total, tampoco nos había servido en nuestros tiempos de juventud y bien que no nos perdimos, del todo al menos. Me dibujaste, con tus dedos ,como una ruta posible. Tus dedos recorrieron mis labios, seguiste el trazo de mi mentón alto, y por el aire, sin tocarme, tu mano fue perfilando mis parpados, cerrados. Rodeaste mis lóbulos luego, paciente, que anhelaban tus desbocados versos, las melodías de tu boca, el dulce despertar de las palabras.

Después chocaron las esquinas de laberintos de pasados, de mapas del tesoro que un día se enterraron, y las pieles fueron levantando nuevas rutas, mientras la tarde se fue desgranando en caracolas, en olas de suspiros, en luces con gemidos, dejando aparcadas las farolas, y las brújulas.

Con el carnet caducado, inventamos la ruta sesenta y seis, del este al oeste del ocaso. Con los frenos del afán desoxidados. Como hormiguitas, recorriéndonos los pies, de sur a norte, las nuevas sensaciones se fundían con los viejos recuerdos, y hasta la luna sonrió por la ventana, cuando las amapolas soñadoras emprendieron el vuelo, al dejarnos resbalar por las auroras. Sin mapas, sin brújulas, sin calendarios trucados, ni relojes domesticados. Siendo, y amando


Palabras  202

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martes, 17 de noviembre de 2020

La tetera



Se escucha ese “pi” infinito. Nadie ha dejado la vida en un monitor de UCI por esta vez. Paula ha recibido el paquete, con el fulard prometido, y dos turrones. La tetera sigue su pitido, ignorante de lo que ese paquete de recepción póstuma significa para ella. Mientras el vapor moja los azulejos del piso de Zurich, los ojos de Paula se empañan. Ese amigo que murió días después del envío, ya no volverá a desearle los buenos días.

Aleja la tetera del fuego, y se calla el pitido. Como en una muerte a destiempo.

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miércoles, 11 de noviembre de 2020

Noviembre, recordando un film, en jueves

 


 Siguiendo la propuesta de Molí del Canyer, mi aportación a este Noviembre es la siguiente

A ti, que has logrado transmitir la sed utópica de mi juventud, que me has llevado a recordar el ansia que arañaba mi mente, y que casi siempre se acababa por calmar con el tiempo y el conformismo. Como a Alfredo, me bastaba mi propia locura, si se puede llamar así a ese vestir, sentir y rabiar de mis dieciséis años.

A ti, película donde se observa la contradictoria sociedad, quien igual que pretende desvanecer la ficción de los personajes principales del film, también ensalza la locura del personaje. Esa misma sociedad necesita hallar jóvenes como Alfredo y esa mini compañía de teatro de calle, que encarnen la libertad más pura, y que confundan la misma realidad con sus sueños. Ese aspecto de confusión demuestra que estamos despiertos en la propia vigila, que somos conscientes de que creamos nuestras propias historias. Y que queremos compartir nuestra visión del mundo.

A ti, mi personal Alfredo, mi Joan de hace miles de vidas, quien descubrió que bajo mis camisetas provocadoras, que no provocativas, latía un corazón de mermelada y vainilla, ajeno a las fanfarrias de los voceríos que coreaba y lideraba.

A ti, mes de noviembre, que nos deja atardeceres cortos, recuerdos colgados de las almohadas, preludios de fiestas hogareñas que no volverán, huellas de besos que se marchitaron, y melancolía en las pestañas.  

A ti, mi adolescente inquieta, mi soñadora domesticada, mi luchadora insaciable, que se comería el mundo, ahora, que a veces siente que el mundo se la merendó.


Palabras: 249

jueves, 5 de noviembre de 2020

A horcajadas de un sueño, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Cecy, quien, para este jueves, nos sugiere el mundo de los caballos, mi aportación es la que sigue

Nunca sabré si fue un error. Ponerles a ver la película Fantasía de Disney me había parecido una idea excelente, les acercaba a la música clásica de una manera amena.  El mediano no había pedido un caballo de cartón, que resultó ser de terciopelo, balancín, brioso, marrón y con las crines negras, pero los Reyes lo dejaron para él.  El pequeño pronto cogió la costumbre de pedir que le montáramos, porque era bajito para subirse solo. Lo fue durante el primer año de tener el juguete en casa. El tiempo fue pasando y el niño fue creciendo, y con su evolucionar, siguió montando el caballito.  

Un día le vi desesperado, ansioso, enfadado, aplicando unas espuelas inexistentes en las grupas. Asustada, le pregunté al mayor si sabía qué le pasaba, porque no era un niño iracundo en absoluto. Me explicó que estaba seguro de que volaría, y que intentaba una y otra vez hacer que pudiera volar, a pesar de no tener alas.  Que él le había explicado que lo de los pegasos era mitología, como cuentos de mentirijillas, pero que el niño no razonaba. Yo le tranquilicé, e insistí en lo que ya le había dicho mi hijo mayor, pero al fin me avine a confeccionar unas alas de cartón para unirlas a los hombros del caballito.

Las hicimos en cartón y hasta pegamos plumas de un viejo edredón. Muy bonito no quedó. Vistoso, tanto como vistoso, pues tampoco, pero al menos parecía un caballito balancín con alas. No me pregunten cómo, pero desde ese día, le veo salir por el balcón volando, a horcajadas de su sueño. Galopan unos minutos sobre el campo cercano y luego vuelven. Pasado el primer susto, porque creí que se mataba, ahora lo veo normal. 

Cuando crezca ya sabrá que es imposible.

 


Palabras 300

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jueves, 29 de octubre de 2020

En el cementerio, un jueves





En su propuesta, M. José Moreno nos propone la muerte y sus alrededores. Mi aportación es esta:

Hasta el domingo, poca gente habrá en los cementerios pero hoy es un día tranquilo y soleado, con mascarillas en las bocas y el sosiego de los cementerios. Qué solos se quedan los muertos, siempre ¿verdad?.  Un señor trajeado ponía una foto en un nicho. Era de la playa de la Barceloneta.  

Me han gustado algunas esculturas, en posturas cotidianas, porque nos recuerdan que allí nos esperan, sentados, para seguir conversando sobre el sexo de los ángeles, o sobre la metafísica de un más allá que nos lleva atados a un muy acá, que desaprovechamos muchas veces. Porque nos esperan donde todos llegaremos, donde ni ellos ni nosotros tendremos prisa alguna. 

El tipo del traje me ha comentado que alguna vez hubo un pueblo casi incomunicado, en las montañas de Ávila, donde hubo una casa antigua, con abuela vestida de negro y abrazos enharinados de hacer pan. Donde también hubo una despensa con chocolate siempre a punto para el nieto catalán de visita.

Él ha traído, como cada año, una ración de culpa en su corazón unido a su fotografía. Nunca hubo tiempo para que la abuela viera el mar. Se la trajo a su casa de San Andreu demasiado enferma, demasiado débil, demasiado confusa en sus recuerdos,  para llevarla a ninguna playa ya. 

Una marea sin sal se la llevó, entre esos abrazos marinos que soñaba, tal vez como era su deseo. Esos que olían a las olas de los últimos rumores, de un nieto catalán que le llevaba el mar en sus visitas al pueblo.

Palabras 257


                                                       Cementerio de San Andrés, Barcelona

domingo, 25 de octubre de 2020

Mentiras piadosas

 


Le agradezco con otra sonrisa su mentira piadosa, pero sé que me queda poco.

Cualquiera le dice al doctor nuevo que siempre supe la verdad. O que por esa breve esperanza de vida, me atreví a llevar a cabo mi sueño. Únicamente espero que los médicos no se equivoquen. Los dueños de la mansión regresarán de su vuelta al mundo, y acabarán denunciando el robo. Nunca pensarán que el limpiacristales memorizó la combinación de su caja fuerte, pero acabarán atando cabos. Ese millón de euros contante y sonante aliviará las penas de mi familia. Que sirva de algo morir joven, por una vez.

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miércoles, 21 de octubre de 2020

Las píldoras del gallinero, en jueves

 


Siguiendo la iniciativa de Dorotea, en Lazos y raíces. esta es mi participación. 

La idea de poner un gallinero de mi esposo resultaba como que romántica. Hecho realidad el sueño de huir de la ciudad, disfrutamos renovando una casa de pueblo casi derruida, y montando, con algunos golpes, arañazos y moratones, un corral con gallinero. 

Lo del gallo, quien cogió la costumbre de cantar a grito “pelao” a todas horas, más a primerísima hora, ya tanta gracia no me hizo, para qué engañarnos. Más tarde empezó a ser pesado eso de limpiarles la zona, aunque lo de los huevos recién cogidos tenía su encanto, no voy a negarlo. 

No sé cómo, una semana de las que mi marido tuvo que estar en la ciudad por razones de trabajo, me vi mirando a los animalillos, al gallo tan presumido, y a esa gallinitas pizpiretas picoteando en el suelo el maíz que les echaba para comer, cuando me vino una inspiración casi divina.  Sí, cogí una pastilla de tranquilizante y la disolví en el bebedero. Oye, mano de santo, el gallo se atrasó y parecía medio afónico, las gallinas no pusieron huevos, pero andaban medio contentas ellas, mirando las mariposas, así al sol del otoño y mira, me dio un poco de pena, pero qué paz sentí. 

Mi marido regresó, y no volví a recordar el asunto, hasta que un día le sorprendí en brazos de una mujer de su oficina, por supuesto más joven que yo. No le avisé de mi escapada a la ciudad, era una sorpresa. Sí, lo fue, eso seguro. Recordé las píldoras del gallinero, y cada vez que dice que tiene que ir a la ciudad, disuelvo dos o tres en su último café. Casi nunca llega a tiempo de coger el tren el pobre. Es una estrategia condenada al fracaso, lo sé, pero de momento yo aquí he descubierto al distribuidor de maíz triturado, quien me trae a casa los sacos de ese pienso tan ecológico, así que ya veremos si me quedo aquí, con ese campanario marcando las horas día y noche, como el reloj que cantara Lucho Gatica, o no. Y es que la aventura rural cada día se va pareciendo más a un bolero cualquiera.

Palabras:357

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lunes, 19 de octubre de 2020

Corre, dijo la tortuga

 


─No hay tiempo que perder. Corre. Ya te dije que con este calor sería difícil que aguantase en buen estado.

─ ¿Pero no habías comprado el arcón congelador?

─Sí, pero me dicen que hasta tres días es normal que tarden, por el coronavirus, así que ya puedes ir pitando a la gasolinera a por más hielo.

─Nunca entendí por qué insististe en hacer desaparecer al San Bernardo del vecino.

─Pues evidente, así no podrá delatar dónde enterramos a la tía Ambrosia.

─Que bien engañados nos tuvo. Vaya churro de herencia, tanta faena para nada.

─Si ya lo decía mamá, la tía… siempre tan petulante ella.

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miércoles, 14 de octubre de 2020

Minotauro de black friday en jueves

 




Siguiendo la propuesta de Hay un Dios en mi sándwich

Me ha causado estupor el peluche de un minotauro en los estantes del Abacus. Y el disfraz. Están en oferta por lo del viernes negro, que ni sé ni quiero saber qué es. Por si alguien aún no lo sabe, Asterión fue hijo de Pasifae e hijastro del rey Minos. Nació entre el júbilo de Creta, y su nombre significaba “Hijo de las estrellas”, pero era un monstruo, con cabeza de toro, de ahí tantos dolores de parto, dijeron las comadronas reales.  Minos, avergonzado, ordenó encarcelarlo, mientras el niño soñaba con prados verdes donde pastar, aunque comía de todo. 

Tenía un cuidador comprensivo y sabio. Cuando éste murió, Asterión se sintió terriblemente angustiado y apenado. En verdad solo por primera vez. La puerta tenía una llave, pero únicamente el anciano recién muerto sabía dónde la aguardaba. La soledad y el hambre le dejaron débil y deseoso de morir, pero el instinto de supervivencia es tan fuerte, que acabó por comerse a su preceptor amigo. Creyeron que se había vuelto caníbal.  Minos le pidió a Dédalo, su hijo mayor, que construyera un laberinto subterráneo, y para alimentarle, cada nueve años le llevaban a unos jóvenes. Pasados los años, un joven llamado Teseo llegó donde estaba el monstruo, para matarlo, demostrando así su valentía. Este joven, recorriendo con un largo hilo el laberinto, pudo salir de él siguiendo dicho rastro, afirmando haberlo matado y rematado. 

Lo que no dice la historia es que el laberinto no tenía secretos para el Minotauro y que corrió para morir de agotamiento en un rincón.  Poco meritoria su muerte, pero así fue. No suelo frecuentar los supermercados de ningún tipo, la vista de carne me produce dolor de tripas. Prefiero el campo abierto, pero cuando en Internet se anunciaba un muñeco con mi imagen, no pude dejar de venir a verlo. Nadie comprendió que odiaba comer carne, y que la humana me producía asco. Ni que en vez de ser un monstruo fui la víctima de esos líos de faldas de los dioses. Ellos que, sin saberlo, viven en sus propios laberintos de pasiones vestidos con oropeles.

 Palabras 350 Minotauro

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viernes, 9 de octubre de 2020

Niebla para un jueves

 


Cecy nos propone la niebla, como tema para este jueves, y esta es mi participación.

Los audífonos estaban en reparación. Haber sido lavados y centrifugados había dejado su utilidad en nada, y no me gusta conducir sin poder escuchar la radio, pero no había más remedio, me esperaba mi jefe en Zaragoza y habían cortado la utopista esos del Procés. Cerca de Lleida, y como es habitual, la niebla empezó a hacer acto de presencia. Lo malo es que no veía ninguna luz de otro coche que me hiciera de “liebre”, por lo que fui reduciendo la velocidad hasta unos treinta por hora. No llegaría a la entrevista, pero ya me conformaba con poder ver algo, porque sólo me guiaba por la raya blanca de mi derecha. Entre sordo que iba, y la niebla, que parecía como de ladrillos acuosos, mi percepción del tiempo y el espacio se vería alterado, porque, sintiéndome perdido y en un escenario de irrealidad, alcancé a ver un bosque, ahí, a mi derecha, en medio de la nada. 

No lo dudé, puse el intermitente y salí. El camino no estaba asfaltado, pero la visibilidad era excelente. No había cobertura de telefonía, pero estirar las piernas, relajar los hombros, y fumarme un cigarrillo era un gustazo casi orgásmico. Brillaba un sol de octubre encantador, y un grillo cantaba ensimismado. Sonreí. Atravesé el bosque acogedor, preludiando algún pueblo,  pero lo que vi fue un carro, que venía de cara. No cabíamos los dos y metí mi rueda delantera en una zanja para evitar la colisión frontal.  El tipo vestía como en los años veinte, lo digo por las películas, y por alguna foto de mis bisabuelos. No hubo forma de que me indicara taller mecánico alguno. Él llevaba sus caballos a un herrero y se brindó a acompañarme. 

Sí, me remolcó. En ese villorrio nada me parecía ni real ni actual. Me acogieron en una casa, la de la maestra, y allí, en espera de que los automóviles se pusieran al alcance de los ciudadanos, he pasado diez años. La telefonía ni se podía intuir, pero eso es otra historia. Me creyeron un loco inofensivo. El coche sigue en el gallinero del tío Ambrosio, quien lo usa a veces para guarecer a dos cabras. Ha sido él quien, al ver la misma niebla espesa que yo encontré tras el bosquecillo, se ha ofrecido a subirme a su burro y dejarme en el primer árbol. Poco después he llegado a la carretera que yo dejé...hace una eternidad. Por suerte me recogieron en seguida. He llegado mi casa, loco de alegría, y cuando mi mujer me ha abierto, le he gritado

-Ya estoy en casa 

Palabras 415

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lunes, 5 de octubre de 2020

Tarde, muy tarde

 

                                                                  Imagen de Aquí

─Ya estoy en casa─. Dijo el extraño. Un tipo con barba cana, y una mirada entre radiante y alucinada.

─Pero ¿usted quién es?, y deje de mirarme tan descaradamente, caradura. ─ respondió Elena, enfadada y poniéndose en jarras.

Luego tuvo un flash, y le vino a la memoria Luis, su primer marido, con quien no tuvo hijos.  Y antes de que el intruso dijera nada más, se llevó las manos a la boca, exclamando a duras penas el nombre ya olvidado.

─Ya estoy en casa─, repitió el viajero.

─ Muy tarde, Luis, ─ dijo ella, señalando una foto de ella misma y tres niños

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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hablemos de libros, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Inma, del blog El molí de Canyer, Hablemos de libros, en jueves, mi aportación es la siguiente. Ninguno de los libros que nombro han "caído" este verano, pero traerlos aquí ha sido un gozo.

Esa mañana, en esta “Crónica de una muerte anunciada’, mientras los acontecimientos cotidianos nos remiten a desenterrar ‘El amor en los tiempos del cólera’, o de este Covid empecinado, todos buscamos leer o escribir, huyendo de la desidia. Buscamos un libro que nos llene y nos vacíe.


‘El coronel no tiene quien le escriba’ queda descartado, porque “Vivir para contarlo” nos lleva de la mano a temas atemporales, como este presente, insistente en no hacer planes. ‘Del amor y otros demonios’ acaban siendo las temáticas más fáciles, y a la vez más valoradas.
Hemos asistido al “El otoño del patriarca’, entre vientos de “La hojarasca”, donde los “Funerales de Mamá grande”, quedarían chicos, entre un “Relato de un naufragio”, y esas “Memorias de mis putas tristes”. Al final, este vivir sobreviviendo, es como la suma de “Doce cuentos peregrinos”, que nos acompañaron en otras tardes , a través de las palabras y de ese universo que creó,  por la senda de una literatura de cabecera y de los sueños. 
Conjugar la realidad latinoamericana, en compás de fantasía, con la imaginación osada y la forma descriptiva de un mago de las palabras es un mérito inconmensurable. Armado con la  varita mágica de una pluma irisada de pavo real, Gabo nos supo llevar por su universo oliendo a café. Como ese que ahora descansa, nuevamente, al lado de su “Cien años de soledad”
Palabras: 231

jueves, 24 de septiembre de 2020

Encuentro con mi pasado, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Mag, la Trastienda del pecado, mi aportación es la siguiente. 

El encuentro con mi pasado llegaba, puntual, por mucho que yo no quería. Mi abuela materna me dejaba en herencia una caja de galletas que yo husmeara siempre cuando iba a su casa. Me la hizo llegar una tía mía, casi mi segunda madre, y una semana después del entierro de mi adorada abuela, cuyo nombre heredé y con el que estoy muy satisfecha. No quise abrirla hasta que estuve sola en mi cuarto, con un helado de "capuchino" en un bol, entre mis rodillas, y apoyando la caja metálica en la mesita de noche.  

Salió, en primera instancia, un grillo, como los que mi abuelo cazaba y guardaba bajo su boina. He sonreído, y he dejado que se escondiera en un rincón. A la noche ya veremos si me hace gracia su sonido, pero el recuerdo de mi abuelo ha sido tan grato, que igual le perdonaré. Al grillo, a mi abuelo nada podría perdonarle porque sólo me hizo reír con sus cuentos y sus maneras galantes y presumidas. 

El recordatorio de mi comunión me ha sorprendido, porque no lo recordaba. Y con él, ese aroma de arroz con leche que sólo mi abuela cocinaba. Se ha expandido, anulando el aroma a café y caramelo, sustituyendo a los sonidos de la calle, de la tele, y hasta de mis latidos. Ese aroma ha llenado cada rincón de mi cuarto, y de mis manos, y de mi escalera. Ha llegado a la calle, colándose por el hueco del ascensor, y ha llegado a mi ventana, como llamando. He abierto de par en par, y con su levísimo aroma de lavanda, mi abuela y ese olor, me han acariciado la cabeza, como cuando yo, de niña, soñaba con monstruos futuros, y ella guardaba mis miedos y mis risas en una lata de galletas.

 Palabras: 301 

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lunes, 21 de septiembre de 2020

De mis versos y tus recuerdos

 


Hacía fresco, el mar en calma.

Me senté y escribí un poema

sobre la arena de aquella playa.

No recuerdo ni un solo verso

Pero sé que me impactó

la cadencia de los fonemas.

 Y cómo, de estrofa a estrofa,

se encadenaban las palabras.

 

Me levanté y me di la vuelta

dejando el poema cara al mar,

esperando que una ola lo borrase,

porque intuyo que ocurrirá

-si es que no ha pasado ya-.

Y borrará todo cuanto te escribí

sobre todas y cada una

de las orillas de tu recuerdo.

Más poemas

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Insumisos en tiempos de Covid-19


Imagen de El comercio
Siguiendo la iniciativa de Molí del Canyer, sobre la insumisión, mi aportación es la siguiente:

Nunca pensé que el concepto de insumisión lo tendría tan cerca. Era el concepto de no hacer la mili , hace décadas. Los insumisos. Esos hombres jóvenes eran declarados prófugos, por no acudir a la llamada del ejército, obligatoria. Poca broma con ese término, según mis recuerdos. 

Sin embargo, ahora que empezaron a obligarnos a llevar la mascarilla, por no contagiar de un virus nuevo, se usa nuevamente. Si sentíamos bien, pero estábamos contagiados, era una manera de no contagiar, y no dudé en su uso. Me compré de tela con filtros cambiables, de farmacia, azules y blancos, y de tela sin filtros. Los azules y blancos los uso al revés, porque lo blanco tiene como hilillos diminutos de celulosa, imagino, y me producen tos. Claro, la gente se giraba y me miraba mal. Las gafas de sol se quedan enteladas, con un vaho producido por uno mismo, aire que respiramos tras expulsarlo, si bien es nuestro propio dióxido de carbono. 

Con la pandemia hemos descubierto que hay gente que tiene de solidaridad a nivel de un cero patatero, y cuya capacidad de ponerse en el lugar de los demás en nula. Abanderados por un cantante , hijo de una muerta por el virus, se congregaron unos miles de tipos en Madrid. Poca gente, porque en otros lugares de Europa hay movimientos de insumisión a las normativas anti covid   mucho más extendidos y activos. Lo que me molesta es el término in-sumiso, porque no me creo sumisa, sino responsable.

Palabras:250

martes, 15 de septiembre de 2020

El que avisa no es traidor

Imagen de Aquí
Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. No hubo manera de que dejara de repetir una y otra vez “que el arma es de verdad”. Al quitarnos los disfraces descubrimos que tanto el furibundo Rambo, como el Freddy Kruguer de la tarde eran reales. Ella siguió avisando hasta que el juez dictó su levantamiento de cadáver y el de otros cinco mujeres-policías de la rúa del Carnaval. .


domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
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Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La nena, un monstruo para un jueves

Imagen del blog de Neogeminis.
Neogéminis nos propone esta vez un tema apasionante: los monstruos,  y mi aportación es la esta:

Recogerla fue nuestro sueño cumplido. Una nena sana, de tres años, en esa casa de acogida, nos esperaba con los bracitos abiertos, pidiendo upa. En casa todo fue fenomenal, si bien era muy exigente desde el primer día, pero lo achacamos a la necesidad de sentirse segura, y a que quería probarnos, en amor, o en paciencia. Su madre había intentado matarla.

En el parvulario nos llamaban cada dos por tres. Pegaba, escupía, tiraba del pelo..., pero no la vieron haciendo esas perrerías hasta muy tarde. Ella sonreía, con su cartita de niña buena rubia e inocente. El psicólogo del centro se dio de baja poco después de atenderla y aceptamos cambiarla de colegio. Disimulaba muy bien, como comprobamos cuando, poco después, con cuatro años, mi marido tiró de ella, por miedo a que la atropellasen, y ella se hizo la muerta. La llevamos al hospital, pero no tenía nada a pesar de los llantos desgarradores que daba ante el médico, quien, de entrada, llamó a Fiscalía de menores, sospechando maltrato. La nena afirmaba que la tiró hacia un coche. Aclarado el tema, no sin largas explicaciones, nos la llevamos a casa. Aquella noche llamó su madre biológica. No sé cómo supo de nosotros, quizás alguien del hospital le dijo.  Me explicó que ella quería la nena, pero que la había dado en adopción porque no podía con ella. Mientras yo escuchaba, la nena me miraba, con una mirada que me produjo sudor frío.

Esa noche alguien metió el secador de pelo en el baño, y mi marido se electrocutó en la bañera. La nena dijo que la había despertado yo, con mis gritos, pero puedo jurarle, Sr Juez, que estaba en la puerta, sonriendo con esa maléfica sonrisa. Cuando me puso una trampa para tropezar por la escalera decidí hacer lo mejor para todos. Y sí, sea diablo o monstruo, ya descansa en paz. Con los dos padres, el biológico, y mi marido.

Su madre pronto saldrá del psiquiátrico, por el intento de asesinato de la nena en un horno. Yo, por asesinato consumado, me consumiré en esta prisión donde todas las reclusas me llaman Monstruo

Palabras 356

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viernes, 4 de septiembre de 2020

La vuelta al instituto


Imagen de blog Bic naranja

Martina estaba desesperada. Llevaba tanto tiempo sin ver a Pablo, que ya no sabía ni cómo soportar las ganas de salir corriendo a su encuentro, así que volviera de las largas vacaciones que el joven había tenido. Tan largas, que, en ese pueblo cántabro, había conocido a una tal Maribel. La tablet esperaba que ella la cogiera, y la pusiera en marcha. La vuelta al instituto estaba cada día más cerca. Y con un poco de suerte, el contacto, tras tantas clases por internet, les depararía a todos la ocasión de estar juntos de nuevo. Los empollones, los divertidos, los tímidos y los abusones seguramente volverían a pisar las mismas aulas. Y entre ellos, estaría Pablo. Martina habían elucubrado qué pasaba en ese pueblo costero, había imaginado que ella estaba con él, que dormían juntos y miraban estrellas tumbados en un campo verde. Había descrito los paisajes y las situaciones que inventaba, a pesar de que Pablo acabó casi mudo en sus conversaciones por chat o por videoconferencia.

Llegó la tarde previa al inicio de clase. Sacó la tablet del cajón por confirmar cómo estaba de carga, y ya de paso, recordar un poco lo que habían estudiado en ese primero de bachiller tan extraño. Para su sorpresa, al encenderla, empezaron a salir los paisajes, las situaciones, los abrazos, los apasionados besos que imaginara. Todo estaba en ese aparato blanco que, con un botón de encendido, le permitía revivir lo que ya sintiera estos meses. Animada y feliz, preparó su mochila, sus compases y bolígrafos, su pendrive y su peluchito de pompón sonriente. No podía ser, el wasap del instituto parpadeó, casi a las diez de la noche. La directora del centro tenía Covid, y hasta nuevo aviso, las clases no se reiniciarían de manera presencial.

Pablo siguió chateando con Maribel, su meta era poder ir a verla en Navidad y le importaba tres pitos la vuelta al cole.