miércoles, 16 de septiembre de 2020

Insumisos en tiempos de Covid-19


Imagen de El comercio
Siguiendo la iniciativa de Molí del Canyer, sobre la insumisión, mi aportación es la siguiente:

Nunca pensé que el concepto de insumisión lo tendría tan cerca. Era el concepto de no hacer la mili , hace décadas. Los insumisos. Esos hombres jóvenes eran declarados prófugos, por no acudir a la llamada del ejército, obligatoria. Poca broma con ese término, según mis recuerdos. 

Sin embargo, ahora que empezaron a obligarnos a llevar la mascarilla, por no contagiar de un virus nuevo, se usa nuevamente. Si sentíamos bien, pero estábamos contagiados, era una manera de no contagiar, y no dudé en su uso. Me compré de tela con filtros cambiables, de farmacia, azules y blancos, y de tela sin filtros. Los azules y blancos los uso al revés, porque lo blanco tiene como hilillos diminutos de celulosa, imagino, y me producen tos. Claro, la gente se giraba y me miraba mal. Las gafas de sol se quedan enteladas, con un vaho producido por uno mismo, aire que respiramos tras expulsarlo, si bien es nuestro propio dióxido de carbono. 

Con la pandemia hemos descubierto que hay gente que tiene de solidaridad a nivel de un cero patatero, y cuya capacidad de ponerse en el lugar de los demás en nula. Abanderados por un cantante , hijo de una muerta por el virus, se congregaron unos miles de tipos en Madrid. Poca gente, porque en otros lugares de Europa hay movimientos de insumisión a las normativas anti covid   mucho más extendidos y activos. Lo que me molesta es el término in-sumiso, porque no me creo sumisa, sino responsable.

Palabras:250

martes, 15 de septiembre de 2020

El que avisa no es traidor

Imagen de Aquí
Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. No hubo manera de que dejara de repetir una y otra vez “que el arma es de verdad”. Al quitarnos los disfraces descubrimos que tanto el furibundo Rambo, como el Freddy Kruguer de la tarde eran reales. Ella siguió avisando hasta que el juez dictó su levantamiento de cadáver y el de otros cinco mujeres-policías de la rúa del Carnaval. .


domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
 -----------

Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La nena, un monstruo para un jueves

Imagen del blog de Neogeminis.
Neogéminis nos propone esta vez un tema apasionante: los monstruos,  y mi aportación es la esta:

Recogerla fue nuestro sueño cumplido. Una nena sana, de tres años, en esa casa de acogida, nos esperaba con los bracitos abiertos, pidiendo upa. En casa todo fue fenomenal, si bien era muy exigente desde el primer día, pero lo achacamos a la necesidad de sentirse segura, y a que quería probarnos, en amor, o en paciencia. Su madre había intentado matarla.

En el parvulario nos llamaban cada dos por tres. Pegaba, escupía, tiraba del pelo..., pero no la vieron haciendo esas perrerías hasta muy tarde. Ella sonreía, con su cartita de niña buena rubia e inocente. El psicólogo del centro se dio de baja poco después de atenderla y aceptamos cambiarla de colegio. Disimulaba muy bien, como comprobamos cuando, poco después, con cuatro años, mi marido tiró de ella, por miedo a que la atropellasen, y ella se hizo la muerta. La llevamos al hospital, pero no tenía nada a pesar de los llantos desgarradores que daba ante el médico, quien, de entrada, llamó a Fiscalía de menores, sospechando maltrato. La nena afirmaba que la tiró hacia un coche. Aclarado el tema, no sin largas explicaciones, nos la llevamos a casa. Aquella noche llamó su madre biológica. No sé cómo supo de nosotros, quizás alguien del hospital le dijo.  Me explicó que ella quería la nena, pero que la había dado en adopción porque no podía con ella. Mientras yo escuchaba, la nena me miraba, con una mirada que me produjo sudor frío.

Esa noche alguien metió el secador de pelo en el baño, y mi marido se electrocutó en la bañera. La nena dijo que la había despertado yo, con mis gritos, pero puedo jurarle, Sr Juez, que estaba en la puerta, sonriendo con esa maléfica sonrisa. Cuando me puso una trampa para tropezar por la escalera decidí hacer lo mejor para todos. Y sí, sea diablo o monstruo, ya descansa en paz. Con los dos padres, el biológico, y mi marido.

Su madre pronto saldrá del psiquiátrico, por el intento de asesinato de la nena en un horno. Yo, por asesinato consumado, me consumiré en esta prisión donde todas las reclusas me llaman Monstruo

Palabras 356

Más relatos jueveros

viernes, 4 de septiembre de 2020

La vuelta al instituto


Imagen de blog Bic naranja

Martina estaba desesperada. Llevaba tanto tiempo sin ver a Pablo, que ya no sabía ni cómo soportar las ganas de salir corriendo a su encuentro, así que volviera de las largas vacaciones que el joven había tenido. Tan largas, que, en ese pueblo cántabro, había conocido a una tal Maribel. La tablet esperaba que ella la cogiera, y la pusiera en marcha. La vuelta al instituto estaba cada día más cerca. Y con un poco de suerte, el contacto, tras tantas clases por internet, les depararía a todos la ocasión de estar juntos de nuevo. Los empollones, los divertidos, los tímidos y los abusones seguramente volverían a pisar las mismas aulas. Y entre ellos, estaría Pablo. Martina habían elucubrado qué pasaba en ese pueblo costero, había imaginado que ella estaba con él, que dormían juntos y miraban estrellas tumbados en un campo verde. Había descrito los paisajes y las situaciones que inventaba, a pesar de que Pablo acabó casi mudo en sus conversaciones por chat o por videoconferencia.

Llegó la tarde previa al inicio de clase. Sacó la tablet del cajón por confirmar cómo estaba de carga, y ya de paso, recordar un poco lo que habían estudiado en ese primero de bachiller tan extraño. Para su sorpresa, al encenderla, empezaron a salir los paisajes, las situaciones, los abrazos, los apasionados besos que imaginara. Todo estaba en ese aparato blanco que, con un botón de encendido, le permitía revivir lo que ya sintiera estos meses. Animada y feliz, preparó su mochila, sus compases y bolígrafos, su pendrive y su peluchito de pompón sonriente. No podía ser, el wasap del instituto parpadeó, casi a las diez de la noche. La directora del centro tenía Covid, y hasta nuevo aviso, las clases no se reiniciarían de manera presencial.

Pablo siguió chateando con Maribel, su meta era poder ir a verla en Navidad y le importaba tres pitos la vuelta al cole.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Relato de profes, en jueves

Imagen tomada del blog de Dorotea 
Esta semana, la anfitriona es Dorotea, de lazos y raíces y propone escribir de profes inolvidables, por la razón que sea.  Este texto es ficción por completo, ya que he tenido profesores inolvidables, por supuesto. Maniáticos, exigentes, lunáticos, estupendos  y hasta muy curiosos, pero he optado por remitirme a una historia inventada. Mi aportación es la siguiente


Don Álvaro tenía cuarenta y cinco años y para Elena era un viejo. De hecho, le sorprendió saber que tenía un hijo pequeño, ya que pensaba que tan mayor ya no se tienen hijos. Tenía de especial, para ella, su manera de moverse en clase, alejada de otros profes, estáticos en la tarima.

Nunca notó que se dirigiera a ella con especial atención, y además, era malísima en física, asignatura que no era su preferida, y que aprobó por los pelos. A ella le encantaba la literatura y el francés, ambas asignaturas capitaneadas por mujeres jóvenes, novedosas en sus maneras didácticas y que le animaban a escribir.   Los años pasaron. Elena acabó filología hispánica, encontró un novio y empezó a dar clases en un colegio privado. Allí estaba Álvaro, con bastantes canas, pero más interesante que antaño.  Resultó que él sabía de ella, que había seguido más o menos su trayectoria estudiantil y personal.

Cuando se quedaron solos en la sala de profesores, la mirada de él era de fuego y pasión, parecía que quería derretirla con sus ojos, más vivos de lo que ella recordaba.  Se había divorciado de su esposa poco después de ese cuarto de secundaria y vivía solo. Sigue estando por su hijo, casi mayor de edad y dice no haberla olvidado jamás. Se llevan treinta años, y son felices. Cada uno en su materia, combinando física y versos cada mañana, y dejando que quienes piensan mal hagan lo que quieran, porque cuando el amor llamó a sus puertas,   supieron abrirla, quisieron abrirla, sin atender a nada más. Elena ya nunca le ve viejo, y sólo alguna vez, en la intimidad más dulce, le llama "profe", con la mirada de miel y ambrosía.


jueves, 27 de agosto de 2020

Un relato: 8 años, 13 argumentos, en jueves

Imagen del blog de demiurgo

Este jueves El demiurgo nos propone, coincidiendo con sus ocho años de blog, que usemos una de las trece propuestas que adjunta. Me ha gustado la número 5.
5) Entre la vigilia y el sueño, un personaje es tentado para usar una máscara con un poder oscuro. Esta es mi aportación.

El viaje a las pirámides de Teotihuacan me había dejado inquieta, sudada y agotada. La cultura azteca, violenta, pero tan elaborada, me había fascinado. Me costó muchísimo convencer a un vendedor ambulante, de un color de piel oscuro y cuarteado. No había forma de que me vendiera una máscara de arcilla que reposaba en su taburete. Me llamó la atención por unas mazorcas de maíz talladas, a modo de penacho, sobre una cara con rasgos indígenas.

En el autobús, el guía me dijo que tuviera cuidado, porque lo que había conseguido comprar en un regateo agotador, le parecía una obra original, y no una réplica, como tantas otras. Sopesó el objeto, y me sugirió que la abandonase cuando pudiera. Por supuesto la mantuve en la mochila. En el hotel la apoyé en la ventana. Estaba agotada y creo que me quedé dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada. Tal vez soñé que la máscara adquiría movimiento y que se me plantaba en mi propia cara. Sea real o soñado, me vi siendo un guerrero vencido, que iba subiendo los escalones de la Gran Pirámide del Sol. Cuando llegué arriba quise despertar, salir de la angustia de ver al sacerdote con un puñal ceremonial sobre mi pecho, pero fue mi propio grito quien me despertó a las tres de la mañana. Sentía humedad en mi costado y un dolor agudo.

La sangre era un simple reguero que salía de debajo de mi pezón izquierdo. A mi lado yacía un cuchillo de obsidiana con empuñadura de metales preciosos.

El médico del hotel no sabía con qué me había cortado. Por suerte era un corte superficial. Regresé en el primer vuelo que salió de Ciudad de México y ahora descanso en la sala del psiquiátrico, donde esperan entender qué me posee en las noches, cuando, llevada por la curiosidad, saco el puñal y la máscara del escondite, de ese doble fondo del armario.

Palabras: 321

Más relatos jueveros

miércoles, 19 de agosto de 2020

Steampunk en jueves

Imagen del blog de Mag


Siguiendo la iniciativa de Magda, La trastienda del pecado, mi aportación es la que sigue.

Nunca se pudo saber la causa directa del accidente. Unos dijeron que los protocolos estaban mal diseñados, otros que hubo un fallo humano en su aplicación. Otros más creyeron que los movimientos de las placas tectónicas, inestables ya en la segunda  mitad del siglo XXI, fueron el desencadenante de una serie de   fallos en cadena, como fichas de dominó. Algunos pocos lo achacaron a la voluntad de Dios. Lo cierto es que hace treinta años, en el 2120, los supervivientes de las explosiones en las centrales nucleares se dieron maña para armar artefactos cerrados, con todos los sistemas de ventilación y  de desinfección de agua que pudieron, así como réplicas de cereales y verduras, en invernaderos verticales.

Vivo en lo que era mi ciudad, de treinta mil habitantes, de los que sobrevivimos unos cinco mil en su momento. Nuestra nave es un Ariel 320-D, de dimensiones superiores a un rascacielos pequeño, y con muy poca potencia de movimientos. Todos los Ariels se desplazan. No queda más remedio, porque los que seguimos vivos necesitamos encontrar lugares donde hacer acopio de semillas y de agua. Además, los humanos no queremos abandonar el sueño de fundar una nueva ciudad.  

Mis padres, fallecidos como casi todos los adultos, me contaban cuentos de pequeña. En ellos, y en los pocos recuerdos que conservo, la Tierra era un planeta seguro y lleno de vida, pero los árboles que nos encontramos siguen amarillos o negros, y la radioactividad, según los técnicos, sigue siendo muy peligrosa. Parece ser que al principio nos topamos con varios refugios habitados, aunque en tres década, ya casi era imposible que pudiéramos encontrar alguno más. Pero ha sucedido. Un tipo de barba poblada y larga apareció en la puerta disimulada de una colina artificial. El brazo del Ariel pudo abrirla. El tipo dice llamarse Germán. Como sólo he visto a los varones de mi nave, bueno, yo y todas las hembras que conozco, su llegada ha sido para nosotras un espectáculo, y un manojo de nervios, de miedo y de novedad para mí.

Somos trescientas mujeres en edad de procrear, si bien algunas ya lo han hecho, con miembros del grupo, pero treinta seguimos sin hijos. Nadie nos obliga a nada, somos una democracia, pero está mal visto que no queramos tener relaciones sexuales, visto el descenso continuo de habitantes, muchos con piezas biónicas incorporadas, yo incluida. También explican que los varones necesitan de esas relaciones para no incurrir en discusiones o peleas, que son un problema en este espacio cerrado.

A mí me ha gustado Germán. Su voz es diferente, y su mirada también, tal vez por haber vivido bajo tierra tanto tiempo.  Dice haber leído muchos libros. Cuando se ha ofrecido a leerme algunos de los pocos que ha traído al Ariel, no he podido evitar recordar las lecturas en voz alta de mi infancia. Y he vuelto a soñar.

Palabras: 476

Más relatos jueveros

domingo, 16 de agosto de 2020

El amor en tiempos del Covid

Imagen de Aquí


En los cinco años de relación habían llegado a conocerse, pero poco. Estabilizadas sus dolencias, él muy mejorado de su cardiopatía, y ella pudendo caminar con soltura, la relación estaba basada en la ternura y la complicidad. El confinamiento les obligó a estar juntos todas las horas de día, y las bromas de él, o su insistencia en llamar la atención, pasaron a ser más difíciles de tolerar. La necesidad de soledad de ella, o la ausencia de momentos de relax, como caminar o ir a la piscina se hicieron inalcanzables. Y así, en el aire enrarecido, cualquier cosa podía ser una chispa para una explosión. Ésta podía haber sido pequeña y de fácil control, pero él primero, por ese orgullo viril tan latino, y luego ella, por estar cansada, decidieron dejar que la explosión hiciera halo.

Él debía marcharse, pero el virus condicionó un mes y medio de convivencia tensa. Él en sus dos habitaciones, ninguna soleada, y ella dejando el comedor y la cocina libres para la comodidad de él, quien no quería cruzarse con ella. Suerte que uno de los aseos era sólo para él, pensaban ambos.

Pudieron alquilar un piso donde él anhelaba. Tocando al mar, con las dos habitaciones que necesitaba, luminoso y amplio. Los meses fueron pasando. Él no podía aceptar haber sido invitado a irse, pero cuando se le cuestionó por qué pedía más dinero del pactado, el rencor fue creciendo hasta suponer que ella le había ayudado y cuidado sólo para dejarle tirado después. El coronavirus se había transformado en una confabulación. En la excusa del tsumani perfecto planeado por ella, para humillarle, y ya nada podría hacerle entender que esa paranoia estaba fuera de lugar. Tal vez llegaría el instante en el que viera, con claridad meridiana, que su amor fue correspondido. Pero tarde.

jueves, 13 de agosto de 2020

Un objeto, en jueves

Imagen tomada de Alfredo La plaza del Diamante

Siguiendo la propuesta de La plaza del diamante, mi aportación es esta. 

En el psiquiátrico todos hacíamos medio bromas con el objeto que una paciente se negaba a dejar, ni para ducharse. Era, es, una esfera algo mayor que una canica, con un contenido que parece humo.

En sus delirios afirmaba, desde el primer día, haberlo encontrado en una zona escarpada del Pirineo aragonés.  Había sido una mujer normal, con cincuenta años cuando hizo el hallazgo. Fue a partir de ese día cuando su carácter cambió. Era muy concreta al explicar cómo, tras abrir la esfera, los espíritus de diferentes animales la poseían. Empezó, según ella, con ser buitre, majestuoso, dejándose llevar por las corrientes de aire hasta elevarse tan lejos, que la tierra parecía un tablero de juego. La segunda incursión, ya que la primera prueba le pareció soberbia, la llevó a ser un oso. Se sintió muy poderosa, con una fuerza extrema, y una sensación de libertad muy plácida, según su versión.  Cuando lo comentó a su familia, ya que regresaba a la normalidad tras un par de horas, nadie la creyó. El psiquiatra tampoco. En esta década de ingreso yo he llegado a creer un poco en ella, quien poco a poco dejó la costumbre de delirar. Nunca sabremos si usaba o no la esfera durante la noche, aunque alguna sospecha sí hemos tenido.

El objeto quedó al fin en su mesita de noche, cuando le dieron el alta, y yo lo he encontrado. Lo tengo en casa, al abrigo de miradas indiscretas. Tengo la tentación de abrir la esfera,  pero no sé si estoy preparada para ser al espíritu de un animal.  Seguramente no. Entretanto sujeto la esfera, la miro a contraluz y recuerdo a Maite, la paciente de  la 204.

Palabras: 282

Más relatos jueveros

viernes, 7 de agosto de 2020

En el azul del mar

Imagen de oceanramsey

Javier se había propuesto desde niño ser un profesional valorado. Su madre al principio estaba muy ilusionada, eso de que quisiera ser veterinario le parecía una profesión bonita, muy del estilo del hijo, quien con las mascotas tenía buen ojo y buen corazón. Eso de que tuviera que hacer los estudios de grado en Canarias le parecía extraño en un primer momento, pero luego supo que sólo allí se cursaba Ciencias de Mar, así que, con poca alegría, aceptó el plan de estudios.

Javier fue un alumno aplicado. Su madre nunca supo el trabajo concreto que hacía, pero cuando la llamaron para avisarle de que estaba hospitalizado, se le encendieron todas las alarmas. La foto que le habían hecho antes del incidente le puso los pelos de punta. En el avión sólo daba vueltas a cómo era posible que su hijo hubiera sido tan irresponsable.

─Pero vamos a ver, ¿a quién se le ocurre hacer de dentista de tiburones? -preguntó así que le vio en la habitación del hospital
─ A mí, mamá,-respondió Javier- Parece que esas locuras solo se me ocurren a mí.  Pero no sabes qué dolor parecía tener en un diente.

Tras el incidente Javier regresó a Barcelona, y ahora ya cursa tercero de veterinaria, donde su mano biónica   ya no causa curiosidad  a nadie.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Plop- plop en jueves


Este jueves, Dorotea nos propone un texto sobre los plop plops,  y, echando mano a mis recuerdos, parece que las musas andan de vacaciones, mi  aportación es esta.


El charco albergaba dos hojas mustias, una funda de chicle, una peladura de pipas y un botón rojo. Las nubes se habían abierto paso por entre el azul de agosto y a poquito a poco habían construido un cielo gris denso y plomizo. El primer trueno se oyó lejano, pero el segundo le pareció más que cercano, así que le puso a Laura sus botas katiuskas. Nada mejor que ese calzado para ver gozar a la nena, se dijo.
Las gotas, rotundas, primero separadas por unos instantes y luego arracimadas, fueron cayendo sobre la ciudad y sobre el barrio. Laura, mojada a pesar del paraguas con el que su madre pretendía protegerla, las vio.
─ Mira mamá, salen plops plops. Mira qué chulos.
─ ¿Qué son?
─ Esas burbujitas diminutas que nacen y mueren tan deprisa sobre el agua.
─ Ah, pues es verdad. No sabía que tenían nombre, pero claro, todo tiene nombre.
─ Claro. Mira, ahora una le pregunta a otra qué son mis botas.
─ ¿Y qué le responde la segunda plop?
─ Que son de una cosa llamada plástico, que impide que me moje los pies.
─ Muy buena respuesta.
─ No creas, la primera no sabe lo que son los pies, ni el plástico.
─ Cuando quieras nos vamos, porque no sé si acabarán por saber qué llevas puesto.
─ Escucho un poco más, espera- dijo la nena-.

A los dos minutos se incorporó, tomó la mano de su madre y siguieron por la acera, rumbo a la tienda de frutas y verduras. El chaparrón duró media hora, para irse yendo luego, tan despacito como pudo, dejando más charcos sucios en las aceras.

Al pasar por el que le había llamado la atención a Laura, ésta se detuvo.
─ Mira cómo flota la cáscara de pipa, mamá. No queda ni un plop plop
─ Entre efímeros que son, y poca memoria que tienen, mal podrán aprender nada, pobrecitos
─ Eso, como los peces de nuestra pecera, que saben hacer plop plops pero no consigo que aprendan a hacer nada. Bueno, no sé si tienen cosas interesantes que enseñarme, o que aprender.

Las vi seguir por la  acera, y recodé mis katiuskas negras, allende el tiempo, hace ya tantas vidas, y sonreí.

Palabras:371 

Más relatos jueveros

lunes, 3 de agosto de 2020

Mujer fatal

Imagen de Sally Man, tomada de Bic naranja

Silvia se derretía por el muchacho rubio que pasaba en el tren de cada viernes, desde la capital al pueblo. Con su hermana Lola, ataviadas de mujeres fatal, aunque madres en miniatura, se plantaban, posando, en busca de una foto que inmortalizara el instante en las retinas del chico. Se iban a la explanada donde el convoy desaceleraba antes de entrar a una curva. No faltaban ni un viernes, aunque costó unos cuantos que el chico las mirara y siguiera con la vista, para coger la costumbre de levantarse y aplaudir luego, y acabar diciendo adiós con la mano.

Al llegar el invierno siguiente Lola se cansó. De su muñeco de trapo estúpido, de caminar para esperar un tren cuyo viajero a ella no le importaba en absoluto, y de los aires de marquesa que su hermana mayor iba adoptando de mes en mes. Pasaron los años. La muñeca en su sillita de paseo desapareció, y cuando cumplió los quince, Silvia posaba con vestidos cada vez más escotados, y con atrezzos más sofisticados, que seguía robando a su madre. No faltó ni un viernes a su cita con el destino, que había planificado hasta la extenuación.

Cuando consiguió encontrar al chico, Raúl, hecho casi un hombre ya, Silvia intentó engatusarlo. Era el número uno de su promoción de ingeniería en telecomunicaciones, pero no consiguió tentarle, si bien sonreían juntos al recordad a las niñas de la explanada, haciendo de mujeres estatuas. Cambió de planes, y se casó con un empresario de la comarca, rico y mucho mayor. Viuda joven, miraba a su hermana con envidia. Lola había iniciado una relación con Raúl, y se habían prometido. Silvia dudó mucho entre el director de una revista de moda y su amor platónico de infancia, pero acabó haciendo lo que desde niña era capaz de hacer.

El accidente de Lola, un tanto incomprensible, dejó roto a Raúl, quien por segunda vez hizo caso omiso a los encantos de Silvia. Ahora, con cuarenta años y dos esposos enterrados; con una hija de cada esposo, la fortuna heredada en bienes raíces y títulos del IBEX, se la puede ver en la terraza de su ático en el barrio de Salamanca. Siempre sola, mira el cielo de Madrid cada tarde. Mientras piensa, recuerda, o deja ir su imaginación, acaricia la cara de esa hermana lejana que muestra la instantánea añeja. 

Algunos miembros de la servidumbre dicen haberla visto llorar. Por supuesto, yo, que acabé siendo la tercera hija, no me lo creo. Me dejaba en la sillita, tras un árbol, durante el tiempo en el que “posaba” para Raúl. Y nunca le importó si yo me moría de frío, o de hambre, o de rabia, hasta que mi madre sospechó de la marca de su mano en mi carrillo, y le prohibió sacarme de paseo.

Más relatos para Bic naranja

viernes, 31 de julio de 2020

Pato de goma

Imagen de Bic naranja


Las cifras iban en aumento. Estábamos avisados, pero, como otras veces, confiamos en la suerte. Teníamos preparada la piscina para el fin de semana. La nevera cargada de colas frías, refrescos varios, ensaladilla rusa preparada y pistolas de agua a punto para disfrutar. Sería un principio de vacaciones sensacional, en familia, en la casita de la montaña. Íbamos a comenzar unas semanas de descanso más que merecido tras tanto confinamiento y tanta desescalada.

Mis hijos estaban locos porque vinieran sus primos y jugar juntos, y yo, para qué negarlo, encantada de que mi hermana se animase a venir todo el mes de agosto. Seguro que iba a ser un mes inolvidable, de complicidad de niños y de hermanas, y de recuerdos de otras vacaciones en nuestro pueblo natal. Cuando sonó el teléfono creí que era mi marido, avisando que salía de la oficina, pero no, era mi hermana Lola.

-¿No has escuchado la radio? Me ha preguntado. -Pues no, escuchaba un disco de Sabina.

No les dejan salir de su ciudad, otra vez, por los rebrotes. He mirado el pato de plástico, tan solo en la piscina y sin pensármelo dos veces me he tirado al agua haciendo una bomba. Mis hijos se han puesto a reír, pero con el agua yo he podido disimular mis lágrimas. En septiembre empiezo la quimio, si el virus de las narices no paraliza de nuevo la sanidad.    

martes, 28 de julio de 2020

Laberinto, en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo la propuesta de Mag, sobre laberintos, mi aportación es la siguiente

Me despertó un ruidito, como de roedor diminuto, un cris-cris afanoso en un rincón del dormitorio. Pronto advertí que me hacía una señal para que le siguiera, y mi curiosidad pudo más que mi aprensión. Le seguí hasta un agujero, cercano al rincón, por donde entra la antena de la fibra. Para mi sorpresa, bajábamos por una cuesta oscura hasta llegar a cuatro bifurcaciones.  Allí él ha tomado la primera de la derecha. Iba a seguirle. Resultó ser un ratoncillo parlanchín, simpático, con una charla sobre todo y sobre nada encantadora, hasta que se puso a divagar sobre la muerte y la reencarnación, alegando cobijar el alma de una chica de Reus que desapareció en la playa de Salou hace treinta años, y que no encuentra reposo.

- De momento habita en este cuerpito saleroso, yo mismo, -dijo-, moviendo alegremente sus bigotes señalando su tórax.

Quise seguirle, pero una fuerza me arrastró hasta lo que creí el segundo camino por  la izquierda. Mientras yo avanzaba, su voz se iba haciendo más tenue y más lejana con cada paso, hasta que he llegado a un lugar, como una placita cuadrada, donde, aun agudizando mi oído, no le pude escuchar. Allí había tres cajas, diría de zapatos, por la medida.  En dos de ellas yacía un ratoncillo, estando vacía la tercera.

Quise huir de mi guía,  y del lugar. Caminé sobre mis pasos, pero cuanto más creía estar cerca de alguna salida, más perdida me sentía. Bajo esa casa de campo había un laberinto de túneles, y un cementerio extraño, pensé, qué pésima idea alquilarla todo julio.

Mi pulso se aceleraba por momentos, mis pupilas se dilataban buscando más luz en la oscuridad. Goterones de sudor caían desde mi pelo a mi cuello. No conseguía llegar a ninguna esquina que mi resultara familiar.   A punto de echarme a llorar, un cris-cris flojito me ha despertado nuevamente. El granizo caía sobre la terraza de mi piso, y me he quedado buscando la carita de un ratoncillo en un rincón, pero no, no estaba. Ni su charla, ni su alma ajena. De hecho, por no haber, no hay ningún agujero en mi dormitorio. Espero que tampoco ratoncillos salerosos.  


domingo, 26 de julio de 2020

Daños colaterales


Imagen de Escribe fino

Fatiha soñaba con que regresara un día en el que su vida no estuviera rodeada de guerra. No pudieron salir a tiempo de Alepo. No por falta de empeño, sino porque su familia estuvo esperando que su hijo menor se restableciera de una herida de metralla. Los meses habían pasado, y el constante sonido de helicópteros, drones avistados en el cielo, cazas lejanos y ruido de bombas era ya su día a día. El colegio quedaba atrás.  La mayoría de amigas estaban en campos de concentración griegos o turcos, si bien algunas habían llegado a Alemania, y hasta una de ellas se había instalado en Noruega.
Esa noche durmió mal, tal vez por la cena, cada vez más parca e indigesta. Su hermano chico, ya totalmente recuperado, dormía con ella. Algo sonámbulo solía llorar o pelearse en sueños, y más de una vez la despertaba, pero en esa ocasión cantaba, dormido, la bellísima canción de cuna que su madre usara para Tranquilizarles. Sonriendo, se durmió, abrazada al pequeño Mustafá. Soñó que los helicópteros en vez de bombas dejaban caer corazones, besos, abrazos, pan caliente y muñecas. No llegó a despertarla el estruendo de una bomba teledirigida, que hizo temblar las paredes que aún quedaban en pie.
Bajo los cascotes, una niña abrazada a su hermano, sonreía. Un fallo en la calibración había confundido las coordenadas. Fatiha y Mustafá engrosarían las listas de los daños colaterales.

miércoles, 22 de julio de 2020

Un rincón en jueves

Imagen del blog Moli del Canyer. Inma

La propuesta viene de la mano de Molí del Canyer. Esta es mi participación.

Me deslizo por el tobogán de los recuerdos. Jubilarme de policía local no afecta a la imagen de esas sillas rescatadas de un contenedor, escenario de un crimen, y de mi vida.

Jannette y Silvina las habían instalado tras las matas verdes que las aislaban de la carretera donde ofrecían sus servicios, hiciera frío o calor.  Era su salita de estar al aire libre. Conocerlas me hizo valorar ese sucio y peligroso trabajo. Cuando nos informaron del hallazgo de un cadáver sentado en una de esas sillas, no pude dejar de pensar en el fin de la pesadilla de Silvina, ni en su boca de alondra, ni en sus muslos de seda. Jannette fue la víctima de un asesinato. La investigación no llevó a ningún sospechoso, pero claro, pasa tanta gente por ese lugar…Silvina no logró echar fuera de sus manos, o su boca, o sus muslos, el terror de saber que podía haber sido ella. Pero yo siempre supe que se salvaría. Del asesino, y de la presión que Jannette ejercía sobre ella. De esa influencia malvada.

Bajo su maquillaje latía un corazón de algodón de feria, que iluminó mi vida, y que me robó mi propio corazón. Han pasado veintidós años del asesinato no resuelto. Alguna vez me mira como queriendo preguntar, otras veces con miedo, pero la entretengo criticando algo de su aspecto.

Acabo de descubrir a una rumana muy linda, en la misma carretera, con una silla similar, y una boca de alondra, con, seguramente, un corazón de algodón de feria.


lunes, 20 de julio de 2020

Ni Thelma ni Louise

Imagen de Bic naranja

Teo, Teodora en su carnet, había decido huir de su marido, un estúpido que era feliz comentando sus limitaciones, a diestro y siniestro, y hablando de ella en tercera persona estando presente la propia Teo. En su huida, renacer para ser exactos, recurrió a amigos y familiares, y acabó por cambiar de aspecto, por tatuarse, por empezar a fumar y por hacerse monitora de comedor en un colegio.

Cada verano desde su divorcio, no ratificado por juez alguno, porque optó por el “ahí te quedas”, se apuntaba a un club de tenis cercano, esperando que alguien quisiera jugar con ella, pues contra ella era muy fácil, siempre perdía. Así conoció a Luisa, de edad similar y tatuajes del mismo estilo, y con tan mal revés como el suyo. Se hicieron amigas, y compartían un café cada jueves y sábado. Llegaron a intimar.

Luisa acabó explicando su historia, diferente a la de Teo radicalmente. Su marido era Javier, y seguía casada. Él era un alto cargo de la mayor empresa de vigilancia del país. Viajaba mucho y tenía la afición de hacer, cada fin de semana, circuitos de bicicleta de horas. Se sentía mimada, cuidada y consentida, pero no era feliz. Por rebeldía se hizo tatuar y se tiñó el pelo, a ver si así llamaba la atención de Javier, cuyo comportamiento era de asertividad siempre.  Todo lo que ella comentaba o proponía le parecía estupendo, si bien en la cama estaba como poco motivado, siempre.

El día que captaron en la imagen, acababan de quedar en ir a París las dos solas. Sin avisar a nadie, conduciendo el Mercedes de Luisa. Lo primero que hicieron fue tirar los móviles por las ventanas, antes de llegar a La Junquera, muertas de risa, y saboreando por anticipado perderse en los salones de Versalles.

El ex de Teo se enteró del viaje y la denunció por abandono de hogar. Javier denunció a Luisa por posible desaparición o secuestro. Ellas, llegando a le Champs Eliseés  buscaron hospedaje, y dejaron los DNI en recepción del hotel. Para su sorpresa, a las dos de la noche llamaron a la habitación. Una policía de la Interpol las acompañó a declarar a la gendarmerie del distrito X, donde amaneció el día con tres mujeres tronchándose de la risa. La aventura había acabado, “que viva la aventura”, dijeron las dos españolas.  

Más relatos para Bic naranja



miércoles, 15 de julio de 2020

Por Internet, en jueves

Imaggem del Blog de María José 
Siguiendo la propùesta de María José, sobre Internet,  mi aportación es la siguiente


Sebastián había iniciado la relación con Paula sin muchas pretensiones. Con la idea inocente de pasar el rato. Su rotura de menisco le mantenía inactivo, y al no poder hacer paseos ni demasiadas salidas, qué mejor que internet para socializar, se dijo.  Se atribuyó treinta y cinco años, y adjuntó las fotos de Facebook de su sobrino Ismael, un chico excelente con un aspecto bárbaro. Bien parecido, alto, delgado, y con cabellera castaña que solía llevar sujetada con una coleta, le pareció una imagen que bien podía ser la suya a la misma edad, si no fuera porque no creció tanto, ni mantuvo el cabello, sus entradas eran evidentes desde los veintipocos. Como soltero, a sus cincuenta y cinco añitos, podía permitirse el lujo de curiosear en la Red de relaciones, como le aconsejara un compañero de oficina.

Paula había entrado en el chat por la insistencia de su cuñada.  Viuda desde joven, no le interesaba lo de buscar nueva pareja. El hijo único se había emancipado a los treinta años. Llegó un día en el que se vio sola. Con las carnes fofas, las canas en aumento, las arrugas a un ritmo vertiginoso, y cierta nostalgia por la imagen de su juventud, perdida parcialmente, en pos de criar al chaval, se veía gastada, ajada. Decidió adjuntar las fotos de su cuñada, tan insistente en que experimentara. Bastante más joven, con una sonrisa de escándalo, a diferencia de ella, quien era portadora de una prótesis superior que sujetaba a la encía cada mañana con el Corega, le resultó una imagen que bien pudiera ser de ella misma, veinte años antes, cuando aún los verdugones el tiempo no habían hecho estragos.
Pasaron las semanas, las conversaciones se fueron haciendo más amenas y personales, llegando un momento en quedar en verse, en la granja chocolatería Petrixol, del barrio gótico.

Ella parecía buscar a alguien de aspecto atlético, pero solo vio llegar a un señor, calvo y bajito que se instaló en una mesa, quien miraba a todas partes al llegar, pero que pronto estaba zampándose un “suizo”, y oteando hacia la puerta. Hizo que el café con leche le durase más de una hora, pero Sebastián no acudió a la cita. Él esperaba ver llega a una mujer con una sonrisa fresca, melena con rizos y de una edad casi joven, que no llegó a aparecer. Cuando se marchaba, con la certeza de un inconveniente de última hora por parte de ella, miró de refilón, y vio a una mujer sentada sola. “Demasiado mayor”, pensó, y acabó por salir de local. Pocos minutos después, Paula cerraba la puerta del bar tras de sí. “Ya contactemos en la noche por internet” se dijo. 

La noche les pillaría con mil preguntas sobre quién faltó a la cita, y ninguna, o todas, encontrarían respuestas.

Más relatos de jueves

lunes, 13 de julio de 2020

Hacerse mayor

Imagen de Miles Johnson del blog Bic naranja

Odiaba las matemáticas, desde siempre, no había conseguido entenderlas. Su madre se había empeñado en que hiciera unos deberes imposibles, tres folios, nada menos, con ejercicios donde calcular áreas de círculos, triángulos, y varias figuras geométricas más. Por la tarde había mirado, desde la ventana a sus amigas, jugando en la playa. Esperó la inspiración para atacar los ejercicios, pero en vano. Sintió, casi literalmente, sus neuronas derritiéndose como una vela encendida.

La noche se coló de estraperlo por las persianas, sin que se percatara del tiempo que llevaba sentada. No podía evitarlo, recordaba el verano pasado, sin hincar los codos, tan libre como las palomas, siendo aún una niña. Pero ya había empezado el Instituto, por desgracia, y le habían insistido en que  ya era mayor.

Más relatos para Bic naranja



sábado, 11 de julio de 2020

Cambios paulatinos


Imagen de Bic naranja
Llevo semanas despertado con la sensación de haber caminado sobre hierba, y que mis pies, sin zapatos, se han lastimado por pisar alguna piedrecilla que se interpusiera en mi camino. Jubilado como estoy, no me importa estírarme luego un rato, y descansar del ajetreo de la noche. Últimamente también sueño que me despierto en lo alto de un árbol alto, del que me cuesta bajar. He acabado por ir a un psicólogo, quien no encontró razones ni explicación para mis sueños. En vista del poco éxito, me animé a visitar a una adivina, quien no adivinó el significado de mis sueños, ni lo que me traerá el porvenir, porque me pintó un futuro almibarado que no puedo identificar conmigo.
Hoy he salido al jardín, con mi tablet, esperando que internet me brinde información sobre lo que me está pasando, porque hasta han cambiado mis gustos por la comida. Ahora sólo me apetece fruta, cosa rara en mí, que soy de comer mucha carne. Los ventanales del comedor han reflejado a un gorila con una tablet, aunque estoy seguro que no soy yo.


miércoles, 8 de julio de 2020

Camino a otra normalidad, en jueves

Imagen del blog, "De amores y relaciones"


Siguiendo la propuesta de Myriam, en su blog  De amores y relaciones esta es mi aportación. Que es una continuación de otro relato de jueves, Aventura imposible

Llegó Julio. Se reabrieron las fronteras, los aeropuertos dejaron ver pequeñas y tímidas colas para abordar los aviones, aunque todavía en cantidades ridículas. Decidí que no quería aplazar más mi viaje. Por suerte. me concedieron un aplazamiento del circuito contratado en enero, y que pude soñar por anticipado y allí me fui. Empezaba la temporada de lluvias, que dura unos seis meses, y que en parte condicionó algunas excursiones, pero, sobre todo, una sensación de sofoco en las tardes, y la humedad reinante, con sus mosquitos.

El paisaje soñado era exacto al que viví, salvo que el guía no se llamaba Rafel, sino Lope Otón Solís y tenía seis primaveras menos que yo. No hubo feeling desde Tortuguero, sino desde la primera noche, en San José. Tal vez es que las parejas iban a lo suyo, y las familias, que hay que ver cuántos papás quieren que sus hijos vivan todo, todo y todo hay por este mundo de Dios, pues ahí andaban, con sus tablets, buscando información de flora y fauna para sus retoños. Estábamos como dos náufragos, solos en la isla perdida.
  
En verdad era la única integrante del grupo de españoles que viajaba sola, y sus ojitos, tras dos Margaritas que me sentaron fenomenal, me resultaron tan atractivos como su labia. Había cursado Turismo, en la Universidad Central de San José, y estaba versado en la historia española y sus monumentos. No es que fuera lanzado, es que yo había aplacado mis temores y mis manías sobre mi físico y la cruel ley de la gravedad.

Sí, me dije, ahora que ya estoy en edad de merecer un descanso de complicadas complicaciones, de bajarme del romanticismo de ese matrimonio sin chispa, por qué no dejarme querer. Y vaya si sabía querer. En mi opinión, tenía cuerda para rato. De día ambos estábamos muy formales. Pero de noche, se presentaba en mi cuarto con detallitos y risas. Tontunas, nimiedades, como algunas flores que no había visto ni volveré a ver, o un bombón de maracuyá, cositas sin más, pero siempre pertrechado con esa sonrisa pícara bajo sus ojos de color miel diluida, que, con su cabello marrón, conformaban un conjunto llamativo. No es guapo, pero con un no sé qué que me gustó.

He regresado más delgada, tal vez un quilito de menos, sin alharacas de báscula, pero con una piel luminosa. Y tersa. Duermo muy bien. Chateamos cada noche de aquí, tarde de allá. Le he invitado a que venga en otoño. Quiero mostrarle la Sagrada Familia y el museo del Prado, que adora.  Lo que no sé es cómo le explicaré a mi marido que estaré unos días en Barcelona y otros en Madrid. Suerte que,  igualmente, no se animaría a viajar.

Más relatos en jueves

domingo, 5 de julio de 2020

La piedad

Imagen tomada de Bic naranja


Subí al metro, cuando aún no se había ordenado el uso de mascarilla en este medio de transporte. Tenía que ir a Correos, a trabajar las cuatro horas que mi contrato eventual me pautaba. Los periódicos, la radio y la tele seguían comunicando, de día en día, el número en aumento de muertos por este virus nuevo, caprichoso y cruel.  Los hospitales, al borde el colapso, eran evitados, incluso cuando los ciudadanos tenían síntomas preocupantes.
  

Era imposible no fijarse en ella, aguantando a ese hombre, seguramente su hijo, perdida en su dolor y la incógnita de dónde acudir. Nadie parecía darse cuenta de su desamparo. Me ofrecí a sujetar a ese cuerpo inerte, o a pedir ayuda. La mujer estaba ausente, en un universo lejano. Cuando contestaron por el aparato, queriendo saber por qué había pulsado el botón de auxilio, sólo se me ocurrió decir que nos había entrado en el vagón un virus enorme de indiferencia.  

Alexey Kondakov ha usado  el lienzo de LA Piedad de  William Bouguereau para su composición

Más post para Bic naranja