domingo, 24 de noviembre de 2013

Alegría ante la nieve

Foto de Internet

Silenciamos los sonidos de la calle, con besos de escarcha y mandarina, justo antes de abrir nuestro regalo de aniversario.

El remitente nos resultó imposible de recordar, pero es que en estos años, los amigos han ido y han venido, como por una avenida de roces sin identificar, para quedarse los pocos que ahora nos visitan.

De ese modo súbito, como los relámpagos en medio de las nubes, se iluminó la tarde de Noviembre, entre la música de un carrusel de la infancia, que nos llegó por correo certificado.

Cuando los armatostes de hojalata y engranajes cobraron vida, los caballitos giraron entre las notas de azúcar de algodón.

Reverberaron las cortinas, se acentuó el sol sobre el lomo de la gata, y las paredes se vistieron de amaneceres dorados, festoneados de molinillos de papel de charol, de  mil colores.

El olor a alegría se expandió por la casa, derribó en los anaqueles los libros de amargores en las encías, y una lluvia de risas fue mojando una a una las dependencias.

El rellano se inundó de aire de feria, y hasta las palomas de la barandilla se asomaban a mirar el prodigio que iluminaba, el salón de nuestra alegría.
Porque las pequeñas sorpresas de las más mínimas cosas, siguen encerrando la magia de la mirada que no nos dejamos arrebatar.


Cuando empieza a nevar, sigue la fiesta. La de nuestras bocas, con voz de infancia, cantando juntos “alegría” mientras sigue dando vueltas, en guiños de hojalata, un carrusel ante un cristal.





Poema plasta, para nuestra mascota

Fotografía de internet


Te vimos pequeña,
con ojos de cachorro incomprendido.
Temblorosa, sucia… huraña,
atada a un contenedor para el olvido.

Te miramos, tras la ventana.
Pidiendo a duras penas, casi a gritos,
ser cobijada bajo un ala.
Te miramos, y nos enamoraste aquel domingo.

Has hecho de guardiana,
de risas, de llantos, de ese crecer de los niños.
Tú ignoras que no eres humana,
pero nos acompañas como… el mejor de los amigos.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Hoja de otoño

Foto de Internet

Me viste sin mirar,
ojos sin sombra.

Nos dejamos pasar,
como las olas.

Un parche en las hojas,
tiñe ya la aurora.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Cerca del río, en otoño.

Imagen de internet

Érase una vez, cuando la brisa peinaba el campo, dejando al viento el ritmo, me senté a vaguear.

Se meció mi pelo, me llenó el sonido, se me vació la mente, de engañosos artificios.

Y entre el clamor de aves, buscando el nido, me quedé pensando en la levedad del tiempo, cerca del río.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Mellizos divergentes


El hermano regresó días después, para organizar la mudanza de las cosas de José a la casona familiar, y para arreglar el papeleo con la inmobiliaria. La relación entre estos hermanos mellizos había sido confusa por estrecha, desde que entraron en la  juventud.

Cuando hubieron acabado la etapa, de tantas risas, por ser confundidos a menudo, habían entrado en una relación de intento de alejamiento, forzado en apariencia, pero voluntario.

Por la razón que fuese, habían ido haciendo caminos divergentes. Desde la elección de estudios hasta los estilos de vida que tenían a los cuarenta años. Julio había permanecido delgado y fibroso. Cultivaba el ejercicio físico y un orden de vida. Entre los horarios de la docencia en un Instituto, y una familia con dos hijos adolescentes, que necesitaban referencias de buenas costumbres, que les ayudaran a seguir hacia una juventud armoniosa.

Julio había hecho Historia contemporánea, con unas notas brillantes y un destino que fue decantándose a la docencia en un Centro Escolar, en la propia Murcia, cercano a sus padres, y haciéndose cargo de las cosas cotidianas de la madre. Esa mujer, quien ya había entrado en una edad de decadencia física, que compensaba con gran dignidad.

Se había casado muy pronto con María, una mujer culta, de carácter sencillo y alegre, con quien había construido un universo de complicidad, de  cariño jalonado de besos y silencios. Universo donde se entendían sin palabra alguna.

José había estudiado Derecho, haciendo Primero de Primero, Primero de Segundo y Segundo de Tercero, hasta acabar más tarde que pronto, unos estudios que iniciara por cabezonería de la madre. Se había visto haciendo PREU para Letras, como el hermano, con un griego y un Latín que le hablaba en chino, y nula vocación por arte alguno de los que requerían los estudios ofertados. 

Le encantaba charlar con los amigos, correrse juergas debatiendo del prohibido comunismo, probando alguna sustancia que le llegaba, y proponiendo futuros de comunas entre vahos de alcohol y besos robados.


martes, 12 de noviembre de 2013

Las mariposas de tu boca

Foto de Internet

Buceando entre las mariposas de tu boca,
              te he oído hablar del derecho y del revés de los reveses.

Oyendo los espacios de silencios te imagino,
            terciopelo o lija, diamante, papel de diario u oropeles.

Degustando las frases que pronuncias y que borras,
                 en un hilar con goma de borrar, como Penélope.

                               Acotando los trayectos de tus idas y venidas,
destinos sin marcar un rumbo previo en los papeles.

Aterrizando en vuelo rasante, un instante antes en mi boca.
                En un besar de tinta, de ríos incontenibles... por las redes.

Póquer de damas. Fratermistad


Fratermistad. Nueva palabra, a la espera de que la RAE tenga a bien su inclusión. 
Quiso el destino que no tuviera hermanas para compartir ropa de armario, ni confidencias nocturnas, ni robos con alevosía de zapatos de tacón.
Soñaba un amor que no estaba en ningún andén, ni en tren alguno hacia destino anunciado, mientras en su reloj las manecillas se frotaban las manos de impaciencia, cuando a lo lejos divisó un tranvía rojo echando un humo azul por las ventanas.
Dolorida por un roce de un zapato de cristal, lo montó con cuidado, iniciando un trayecto de camarada de destino. Reunía un olor a guiño de crianza, y el sabor a siempre a mano para cualquier noche de lectura compartida.
De eso hace dos años, y siguen fratermistando cada noche. 



Me gustan los abrazos para despedirme de la gente que aprecio. Si bien es cierto que duran de media tres segundos, cuando superan  los nueve, se fabrica oxitocina, hormona que aunque suene a inducción al parto tiene maravillosas cualidades.


Un abrazo grande a los saben dar la mano, aunque sea virtualmente. Porque la calidez de la lana reconocible siempre acaba por llegar sana y salva al interlocutor. 



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domingo, 10 de noviembre de 2013

Revólver en un lago azul

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En el fondo del lago azul yacía la pistola de don José. La fiambrera lanzada desde las Golondrinas de Barcelona, había logrado flotar por el cierre hermético de tan alta calidad.

Cuando Julián, en su entrenamiento diario para el baño de San Silvestre, chocó con el plástico,  no pudo por menos que soltar un exabrupto pues en su nadar sin objetivo, el golpe le dejó un dolor intenso en el meñique de su mano derecha.

Vio el contenido y decidió llevarlo a la Policía.

Al corriente de las medidas de seguridad que la ciudad preparaba para la Olimpiadas, le pareció lo más ético, por lo que regresó a la recién inaugurada playa reconquistada de la Barceloneta y, cambiándose de ropa se dirigió a la Plaza de España, para entregarla a los agentes de los Mossos de Esquadra, con el sentido cívico que siempre le inculcaron.

En su Renault 18 iba pensando cómo comentar el hallazgo, incluso calibraba mostrar el hematoma de su dedo, pero cada cruce de calle se le iba haciendo más patente la dificultad de explicar. Mientras crecía la duda de si hacerlo.

Aun en el supuesto,  improbable, de que el revólver del 22 tuviera aún alguna huella, por el cuidado en su forma de desprenderse de él, la verdad es si no buscaban tal tipo de arma por ningún asesinato, sería una fuente de conflicto su entrega a la autoridad.

Llegó a su casa, desayunó antes de ir a trabajar y dejó el hallazgo en el congelador. El verano le trajo el lugar perfecto para desprenderse definitivamente del estorbo de su nevera tres estrellas.

En un lago azul, un arma con pasado, con un último episodio de la muerte accidental de un viejo dálmata, espera a que el detective López, siguiendo un hilo  de pólvora de cocaína colombiana hace treinta años, pueda dar con él.


Entretanto, la paz del lago, está guardada por un cartel que pone ¡warning!, en un símbolo amarillo, como la prensa rosa que huele a detective en alcanfor. El detective López, tras el rastro de Escobar Do Santos, sigue el rastro de un revólver de un calibre tan pequeño como para matar a John F. Kennedy desde un rifle tras una mugrienta cortina de Dallas.

Perro, niños e inquilino


La incorporación al proyecto de las Olimpiadas de José Ramón Prieto, fue una convulsión para el edificio de la calle Valencia.

Tal vez la sensación de estar de paso influyese en que alquilando ese ático, no lo sintiera su hogar en ningún momento. Este abogado engreído, relamido y parco en urbanidad, era consciente de que su curriculum le avalaba. No es que despreciara a la gente, sino que se valoraba en alto precio,  porque se sabía mejor que el resto de los mortales.

Había buscado el piso en alquiler a través de la más renombrada agencia inmobiliaria, poniendo como condición que fuera un ático, con poco vecinos y en  una buena y céntrica zona, por lo que al entrar en el portal observó los detalles de la portería, la estatua femenina de mármol de carrara,  y la amplitud que daba el techo con su artesonado, concluyendo que si el piso era de su agrado, no dudaría en alquilarlo.

Soltero empedernido, usaba esa condición como motivo para jactarse, y para él, los áticos poseían ventajas incuestionables. Jamás molestaban ruidos de habitantes sobre su casa, solían tener terrazas muy amplias y la excusa de mirar la ciudad bajo las estrellas era siempre un acicate para llevar a la cama a la mujer que estuviera predispuesta a ello.

Con el agente, midió la amplitud de la habitación  principal y la disposición del comedor, así como la holgura de la terraza, no dudando en dar la paga y señal para formalizar el contrato esa misma tarde de Febrero.

Su mudanza la llevaron a cabo, de forma profesional y rápida, una empresa especializada , y los vecinos le vieron instalarse en un santiamén.

El ascensor, con su asiento de terciopelo verde, su gran espejo plomado y sus botones dorados le acogía a diario, ya fuese solo o en compañía de alguna mujer, generalmente de buen ver. De hecho,  en ocasiones, era el lugar donde iniciaban el ascenso hacia el cielo, desde los besos y arrumacos en el mismo camarín, con su asiento evocador.

Pronto observó que el muchacho del primero B practicaba el piano de cuatro a cinco y que ponía empeño, pero le faltaba mucho para que su hora de la siesta no tuviera un desagradable fondo a desafinados errores de partitura.

Los niños del segundo A eran dos gemelos que bajaban y subían por la escalera a su regreso de alguna actividad deportiva sobre las nueve de la noche, llenando la escalera de voces, o incluso de rebotes de pelota y multitud de risas.

Pero lo que más le molestaba era el vecino del cuarto, porque tenían un dálmata y un niño que ponía la tele con el barrio Sésamo a todo volumen. No podía saber que el chaval tenía hipoacusia por unas otitis crónicas, pero las pocas veces que usaba la cocina, ésta se inundaba de olores que no le molestaban en absoluto, pero casi siempre de voces del piso de abajo. Unos hablaban alto mientras cenaban, y los otros, al menos un hombre de voz muy grave, cantaba o silbaba mientras cocinaba, con lo que, para sus costumbres, el piso era perfecto si se obviaban estos inconvenientes sonoros.

El mayor trayecto del ascensor era el que él realizaba, pero hacía lo que es habitual, saludaba, sin dar pie a conversación alguna, aunque con una vecina muy atractiva hablaba del tiempo, engolando la voz.

El perro le ladraba cada vez que coincidían y siempre sospechó que el asiento había sido ensuciado de sus babas, pues aunque el amo intentaba calmarle, invariablemente  el animal plantaba sus pezuñas en el suelo, le miraba a los ojos y gruñía, para ladrar luego hasta salir del ascensor.

José Ramón asistió a una reunión de vecinos, donde se trataba el tema de la acometida de agua al edificio, que habían encontrado deficiente y en mal estado en una revisión rutinaria de Aguas de Barcelona. Escuchó educadamente, pero como el tema era del interés del propietario y a él no le afectaba, había acudido para que se tratara el tema de los ladridos del perro, de la hora de ejercicios pianísticos del chaval del primero y del horario de recogida de basura por parte del portero.

Se tuvo en cuenta sus objeciones y se llegaron a acuerdos. Se determinó el horario del chaval de cinco a seis de la tarde, se prohibió la entrada del perro en el ascensor, salvo que estuviera enfermo, o su vejez le impidiera usar las escaleras,  y se atrasó una hora la recogida de bolsas de basura de las puertas de los moradores.

En ascensor estuvo presente en la planta baja durante toda la reunión. Su espejo reflejó los movimientos de los vecinos, y el momento de la firma del acta de la anterior reunión, a la que el Sr Prieto no había asistido. Por lo éste se despidió con un lacónico “buenas noches”, estrechó la mano del propietario de su piso, y subió a su casa.

Con la disminución de molestias durmió más tranquilo.

El dálmata subía y bajaba por la escalera, pero si en ese periodo de tiempo Don José iba en el ascensor, ladraba, le ladraba a él. Aunque sólo a él.

La noche de San Juan, cuando se celebra el día más corto del año,  es tradición en Catalunya hacer hogueras con los muebles viejos, festejar verbenas con un tipo de bizcocho que llaman ”coca”, (palabra que viene de cok, no de sustancia alguna extraña), y también es tradición tirar petardos.

Fue pura casualidad que Don José tuviera un arma en su casa. La guardaba en una caja de zapatos del armario del dormitorio de invitados, y pertenecía a un cliente, cuya defensa llevaba de forma impecable.

Los áticos se usan mucho para hacer verbenas esa noche, como es natural, pues la frescura permite disfrutar de los farolillos o adornos, la buena compañía y el sitio  privilegiado desde donde ver las hogueras de la zona y desde donde tirar petardos. 

El vecino del ático organizó un encuentro, a demanda de dos compañeros del gabinete y al que asistieron seis personas. Todo fue normal y divertido, hasta se podría decir que fue mejor que muy bien. Consumieron cava, comieron coca, bailaron los temas que llevaban para la ocasión, y tiraron petardos hasta bien entrada la noche.

Asomó el sol, aún escuchándose los sonidos de los borrachos, de los coches madrugadores y de los petardos tardíos. Y entonces, no supo cómo, al ver al viejo dálmata suelto por la acera y con una mujer satisfecha durmiendo en su cama, agarró la pistola, y casi sin apuntar, disparó, oyendo un sonido como el de un petardo tardío más.

Tras poner en un tupper la pistola, se orinó sobre las manos y luego las lavó concienzudamente para acomodarse después abrazado a Pilar y quedarse dormido.
Despertaron tarde  y con resaca. Desayunando, sintieron que había pasado algo, porque el patio interior emitía ruidos diferentes a los habituales.

Al bajar con Pilar, para acompañarla a su casa, el ascensor se paró en el segundo piso, donde una mujer explicó que habían disparado al perro del vecino del cuarto. Los tres comentaron lo peligrosas que son las armas y el miedo que tienen los perros a los petardos, llegando a explicar la  buena señora que al dálmata le daban Valium esa noche desde siempre, y que se la pasaba bajo la cama del niño, por un pánico por los petardos muy acusado.


Cuando salieron a la calle José vio restos de sangre en la otra acera, así como bolsas de basura por doquier.

Por la tarde cogió el tupper y se fue al rompeolas en una Golondrina, tirando la pistola al fondo del mar, olvidando que había que tener mala suerte para acertar borracho y desde treinta metros a un blanco móvil. Aunque pudiera ser que el casquillo no fuera de su arma, ya que, las armas ilegales de la ciudad, se disparan para probarlas esa noche, o el día de fin de Año.

Cuando al día siguiente sus dos compañeros le felicitaron por la fiesta, que no quisieron llamar verbena en ningún momento, dijo: -”Gracias”, y siguieron la jornada de forma habitual.

Por la noche le llamó el portero para avisarle de una visita. Una señorita llamada Vanesa preguntaba por él. Carlos la vio entrar en el ascensor con esos andares de una falda de tubo y las medias con las costura rectas como trazadas con tiralíneas, pero no le sorprendió pues el Sr Prieto recibía visitas de mujeres atractivas con frecuencia.

Lo que no pudo ver, fue cómo cogía un manojo de billetes en un sobre cerrado que además contenía una bolsita con cinco pastillas blancas sueltas y una azul en una funda .

Carlos se retiró a sus dependencias a su hora habitual, y, como era frecuente, no la vio salir. Lo que le sorprendió fue que llegase un compañero del vecino del ático, el conocido Artur Bonavía i Fontanals llegara al mediodía, asustado porque el Sr Prieto no había ido a trabajar y no contestaba al teléfono fijo, ni al armatoste del móvil que tenía.

Entraron juntos con la llave de portería, encontrándole en la cama, frío y del color del mármol de la escultura de la entrada. Llamaron al 061. Se hizo el levantamiento de cadáver, pero no se hizo autopsia porque la funda de la pastilla de Viagra estaba en la mesita de noche y en su historial médico, su médico de cabecera había escrito en letra clara y subrayado en rojo: HTA, IC como hipertenso y con una insuficiencia cardíaca.

La familia se hizo cargo de todo. Los vecinos que se cruzaron con aquella madre hundida y ese hermano diligente, les dieron el pésame y hablaron muy bien de él. Comentaron la gran pérdida para todos de estas muertes prematuras, pero no asistieron al tanatorio, desde donde posteriormente, se llevaría el ataúd especial al cementerio donde sería enterrado.

Por supuesto nadie planteó hacer llegar alguna corona de flores al entierro que se llevó a cabo en la ciudad de Murcia, de donde era oriundo.

El ascensor

Imagen de Internet

El ascensor había sido testigo de atusados de sonrisas, de  confirmación de peinados y ajustes de cinturillas de visos de mujer y braguetas de hombre.

Subía y bajaba con la parsimonia de la antigua maquinaria, luciendo los botones dorados del exterior. Con el señorío de saberse necesario y orgulloso de estar adornado con ese espejo enmarcado en madera de abedul.

Fue diseñado con esmero por un hombre que usaba silla de ruedas, quien lo dotó de unas medidas generosas y detalles de marquetería de Art Decó.

Sus setenta años le encontraron repleto de salud, y sabiéndose testigo silencioso de algunos besos furtivos, de acomodos de muebles y otros sucesos anodinos, pero sobre todo, sintiéndose cómplice del único asesinato que hubo en el edificio.     

El día en que la nueva inquilina llegó con el señor de la inmobiliaria para ver el piso que ya conociera por fotos, fue para él tan evidente su bagaje  de vida redimida, que antes de que abrieran la verja externa, supo que esa mujer acabaría por descubrir la verdad de la muerte por causas naturales de un día de Junio del noventa y dos.

Sintió sus tacones y su peso liviano. Desde detrás del espejo midió la fuerza especial que atesoraba esa mirada capaz de traspasar los objetos. La decisión fue que no se dejaría utilizar por ella. Con el calor que ella emanaba se enteló el cristal, quedó impregnado un aroma a menta flotando en el camarín, y sin dudar ni un minuto más, el ascensor  se detuvo a un palmo del suelo.

Montacargas.Cat revisó de Norte a Sur la instalación sin hallar avería alguna. El resto de vecinos lo usaban sin ninguna incidencia, pero lo cierto es que ella no pudo acompañar ni un solo enser hasta su casa, pues su presencia inutilizaba el uso, por razones que ningún técnico llegó a dar explicación. La mujer menuda y de tez blanca lo asumió desde el momento en que por primera vez entrara en el camarín, y adivinase entre el olor a pino,  que Carlos, el maduro portero, mantenía limpio en todo instante, escondía el secreto del exilio confabulado del único morador que jamás quiso vivir en el edificio de la armonía. 

Ahora, que lo imposible de creer es asumido por todos, sólo los amigos y otros visitantes piensan que exagera en la obsesión por estar en forma. Levantan los hombros y desde dentro la oyen subir los cuatro pisos, cuyos rellanos dan la cohesión al grupo de moradores amigos, más que vecinos.


jueves, 7 de noviembre de 2013

Camus, centenario.

Una enseña de la II República, foto de Internet 

Hoy Google pone un doodle que representa el mito de Sísifo. En este ensayo, Camus juzga el valor de la vida, representando a Sísifo como paradigma de ese esfuerzo inútil del ser humano, representado en un hombre arrastrando una piedra cuesta arriba, en referencia al mito de Sísifo.

Según  Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales, pero fue castigado a los infiernos, por preferir la bendición del agua para Corinto, a los rayos de sol.

Héroe absurdo que nos recuerda lo que valen las pasiones, el precio por seguir su destino es la conciencia. Por eso es un mito trágico, por la conciencia de ser.

Cuando en  su ensayo El hombre rebelde afirma que el revolucionario es aquel que dice no, nos perfila a ese rebelde que derivará en unas formas institucionalizadas, que generarán detractores y críticos, nuevamente. Tal vez visionario de las tendencias y utopías que eclosionaron el siglo pasado y los fracasos en que devinieron.

Camus trabaja el concepto del ratón en su rueda, con ese instinto de supervivencia, tan inútil como absurdo, tan necio como imprescindible. Tan lúcido como inteligente, apuesta por la libertad de saberse vivo. Apuesta por la razón por encima de la inercia de rodar.

Murió por un accidente idiota que aplastó su coche contra un platanero. Murió joven, a los 47 años, con el Nobel  de las letras en su baúl y aún madurando como escritor. ¿Qué hubiera salido de su pluma? No es importante saberlo. Con sus novelas "El extranjero"(1942), "‘La peste"1947) o "La caída" (1956) veo a un hombre, con la mejilla adosada a un gran piedra, y apoyando su hombro para ejercer fuerza, montaña arriba, destinado a volver a subirla una y 
otra vez.

"El primer hombre", que dejó inacabada, se publicó de forma póstuma en 1995.

Ahora, en el aniversario de su nacimiento, cuando el mundo insulta a la dignidad del hombre, me quedo con un par de frases suyas, que me gustan:

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”, y  “la estupidez insiste siempre” .

Para mí, ese escritor implicado en su tiempo, rol que define como necesario su amigo Sartre, está fielmente representado por él, con su lucidez amarga, con su amarga lucidez y su estúpida manera de morir. Aunque dudo que haya forma de morir que sea inteligente y dudo de que esa amistad llegase mucho más lejos.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Lectora ante tiburones

Imagen de Google. Gentileza de arcoinri
La vi tan sóla.
La vi tan impactada.
La vi ante tanto saber...
más que asombrada,
temerosa de leer.

En el tablón del bajel,
infectado de corsarios,
había hallado unos atajos,
donde intentar aprender,
letanías sin rosarios.

Se sintió tan poca cosa
en ese páramo infinito,
de sapiencia y de grandezas,
que desistió en dejar registros
de su voz sobre un papel.