domingo, 21 de julio de 2019

Ese bar Europe, de Montmâtre

Imagen de Aquí


El bar Europe es un lugar pequeño, recogido, y diría que obsoleto, que se alza bajo las escaleras de Montmatre. Entré porque el calor me venció. Había dos parroquianos, de turismo, igual que yo, imaginé por las pintas, seamos correctos, por las hechuras indumentarias. La camarera, supuse propietaria, era mayor, o así me pareció, pero amable. Ese bar tenía como adorno único una lámina de Van Gogh, lo que me pareció estupendo, ya que me encanta este autor y en especial este dibujo. Al salir de aseo, uno de los parroquianos, ruso creí, vociferaba con su acompañante ante la solitaria lámina. Dolor, se titula.

Subiendo las escaleras, miré hacia abajo. El bar, bistró en realidad, se veía con precisión, pero observé un brillo inusual en su rótulo. Quizás el anís o el calor me afectaba a la sesera. Llegué arriba, donde me quedé un rato, sin entrar en la Basílica.  Recorrí algunas callejas. El sol se batía en retirada, y el azar hizo que volviera a pasar por el mismo bistró, con necesidad de usar su lavabo.

La mujer de antes secaba unas copas tras el mostrador. Tosí, para llamar su atención y me miró con unos ojos de pasado cargados de nostalgia. Pedí un pastís Ricard, y cuando salí del baño, el tiempo era otro. No puedo definirlo de otra manera. Había bullicio, hombres sentados y hablando,  acaloradamente, y no sé cómo, mientras  degustaba mi bebida, sentada en una mesa y con los ojos como platos, tuve la certeza de estar asistiendo a una de las veladas de primeros de siglo veinte. A este lado del Sena, algunos pintores se hicieron cómplices, amigos, amantes, seguidores o protagonistas de una corriente artística, e ignoro la razón, yo estaba allí. Creí reconocer a Camille Pissarro, y tal vez a un joven Pablo Picasso, quien discutía con Modigliani,  y otros artistas que no supe reconocer. Cuando se abrió la puerta, un Vincent gesticulante entraba con Matisse. Sólo faltaba Degas o Toulouse-Lautrec, me dije. Parece que mi cuerpo no estaba allí, aunque yo sí.

Cuando me cansé de escucharles, sin poder decirles qué futuro tendrían, salí a la noche.  Le Chat Noir estaba abierto, se escuchaba el piano desde fuera. Vi a las parejas, vestidas de época, entrando en lo que luego sería Le Moulin Rouge, y me sorprendió el olor a gas de las farolas. Me recosté en un banco y me dormí. Al despertar estaba en este año del presente, agradecida del fresco de noche. Regresé, confusa, al hotel.

Hoy he regresado al bistró. Había un hombre de mediana edad. Las paredes estaban decoradas con láminas de Van Gogh, unas cinco o seis, pero sin rastro de "Dolor". He preguntado por la señora de ayer, y el tipo me ha respondido, por el aspecto  que yo recordaba, que tal vez fuera el fantasma de Sien (Christina Clasina María Hoornik). Parece ser que, según este propietario desde hace dos décadas, de vez en cuando, cuando se acerca el aniversario de su suicidio, le da por molestar a los clientes del bar Europe, legado de un tiempo huido. Cuando me decía esto, me dió por recordar. La imagen que yo vi no es ninguna de las tres copias que se exponen, ahora estoy segura de que es la copia perdida, de la que le habló a Theo, desde la Haya, en sus cartas. Tengo la certeza de que seguirá perdida para siempre, con su trenza hacia adelante y ningún decorado.

Recordamos a Charles Aznavour, en su tema La boheme. Pudimos brindar por los dos perdedores, por Vincent .y por Sien. Luego han entrado dos parejas de ingleses y me he despedido de Claude. Y con ello, de un tiempo que pude entrever, en un atardecer de Mayo, en París.


jueves, 18 de julio de 2019

Metamorfosis en jueves

Imagen de depositphotos

Siguiendo una iniciativa de Camino del cuento sobre una metamorfosis, participo con este texto.

El sol hiere el cristal. Las persianas no pueden corregir la aurora, ni ese sol implacable que me deslumbra, que hiere mis ojos, tras  una noche que no quiero dar por terminada. El sueño era muy hermoso. Soñaba que comía y comía.  En la caja de zapatos, con mis docenas de hermanas  orugas, devoraba  las hojas de morera. De  forma implacable, de manera metódica, sin darnos un respiro para pensar, pero es que no lo necesitábamos. El niño de la casa nos había estado  llevando hojas robadas a los árboles de ese parque cercano.

La metamorfosis ha  sido larga. En el capullo, en esa oscuridad insonora, donde parecía que nada pasaba, el tiempo había roto los esquemas de las formas.  En ese estado casi invernal, de apariencia anodina y dormida, el reloj se había puesto en marcha. Poco a poco, mi cuerpo tubular fue creando apéndices, antenas diminutas y unas patitas cortas que luego tendrían alguna utilidad. Lo más extraño es cómo se han formado unas telas que me envolvían la mitad del cuerpo.

Me ha costado romper la capa de seda que fui tejiendo hasta envolverme. Mi cabeza ha tardado en salir, y me duelen los hombros por el esfuerzo de sacar esas membranas, que poco a poco extiendo, para confirmar que son alas. Mi instinto me ordena que eche a volar así que se sequen. Mientras, miro a la mujer dormida, quien me recuerda a alguien.

En la misma habitación hay una mujer que sonríe en sueños, saca la cabeza del embozo de las sábanas, y como mariposa soñada, emprende el primer vuelo. Ha tomado la mejor decisión, porque, tras dos décadas, ha decidido huir de su maltratador.

domingo, 14 de julio de 2019

Barquitos de papel

Imagen tomada de Aquí

Había llovido, como un sonido sin tregua. Como una fiesta del cielo. Como una lluvia de Abril. El dial de una radio lejana traía unos compases de un tiempo dejado atrás. De unas canciones de juventud y arrumacos. De una infancia tardía. De un velero bergantín.

Un ser grandioso dejó que su mano fuese el mar, para que en ella la magia de unos barquitos de papel tomaran cuerpo. En el océano de las inquietudes, esos salvavidas de papel eran una nuez donde navegar sin miedo, hacia el muelle de otros destinos más calmos, donde poder descansar.

De uno en uno fueron llegando las naves. Al rincón de los espejos de un mar en calma chicha. Cada una traía una historia de latidos que explicar. Cuando estuvieron reunidos, charlaron sobre las manos que les habían confeccionado, y de cada pliegue que les hicieran en su satinada piel de imprenta.

Se contaban entre ellos sobre palabras de tinta. Aquellas que los dedos de unas manos habían escrito. En folios de insomnios, entre escenas de tormentas, rayos que rasgaban las noches y paraguas que no se abrían.

Los poetas podrían haber reutilizado sus papeles desechados, cargados de poemas caducados. Sin embargo, de hoja en hoja, y de barco en barco a la deriva, habían formado un mar de letras sin sopa, un mar de estrellas sin cielo, un ejército de versos sin soldaditos de plomo que arrastrar.

Alcancé a ver cómo la calma vencía a la aflicción de las palabras perdidas, y era hermoso, ahora, ver navegar a ese ejército de versos no publicados, en un cráter de luna imposible, hecho de lágrimas suicidas, vertidas en cualquier mar.



miércoles, 10 de julio de 2019

Calor que nos derrite, en jueves


Siguiendo una iniciativa de Molí del Canyer, les paso mi aportación sobre el Calor para este jueves 11 de Julio, mañana :-). Es que no estaré libre.

Sabía que era mala idea, que Egipto no es  para el verano, pero el precio era irrisorio, las ganas de volver muchas, y es que Abu Simbel me había fascinado, y no quería renunciar a pasear de nuevo ante los colosos, y asombrarme con la conservación de los interiores, magníficos. Ese Ramses II y Nefertari, qué maravilla. Ella muy adelantada a su tiempo, una preciosidad de templos. Recomendable, sin duda.



El bus tenía que recogernos en el hotel, a las veinte treinta. Clara, mi compañera de viaje, ni familiar ni amiga, había caído víctima de las diarreas  del viajero, así que me aseguré de que no le faltase agua y medicación y llamé a la habitación de las dos colombianas de la excursión, Marita y Eloisa. En recepción las tres hispanoparlantes esperamos al resto del grupo, brasileñas, en total diez mujeres. Dios me perdone, pero desde lejos la escena parecía un harén alrededor de ”Jhony”, el  guía egipcio.

El chofer llegó sudando, empapado El guía y él discutían, en árabe, así que no entendíamos, pero era evidente que el primero quería hacer su trabajo de llevarnos, y el segundo parecía señalar demasiado al autobús. Con los hiyabs colocados como sabíamos,  y siguiendo las instrucciones del guía, quien aconsejó mojarlos antes, fuimos saliendo. Los cuarenta y dos grados eran como una losa sobre mis articulaciones. Previsible, pero no esperábamos la sensación de las zapatillas pegadas al asfalto. Reverberaba algo como un espejismo. Cada paso era como pisar un chicle El autobús rojo parecía arder ante nuestros ojos. Con el aire acondicionado, en pocos minutos nos dejó en la explanada de la entrada.

Dios, no podíamos prestar atención, por más agua envasada que íbamos tomando. Los interiores nos dieron un respiro, muy leve,  pero el aforo para el espectáculo era sobre piedra, al aire libre, claro. Nos  fuimos al bar. Imaginen nueve mujeres occidentales, las brasileñas con sus curvas. Para los locales éramos todo un espectáculo, mucho mejor que el que nos iban a mostrar. Apuramos  el tiempo por ver si sería más soportable lo de sentarse, al hacerse de noche, pero mucho más no era. Los cocodrilos no se atrevían a sacar la nariz, y si había lagartijas, que no lo sé, yo no vi ninguna.

Lo que más me llenó el alma ese día, mucho más que las imágenes, un poco infantiloides proyectadas sobre los inmensos templos, fue que Clara estaba mejor, y que la piscina enorme del hotel nos acogió, nuevamente, remojando las seseras, derretidas, tras un día de calor. Se habían superado los cuarenta y cinco. La locura absoluta para el cuerpo humano, porque las neuronas recalentadas se hacen sordas, y lerdas.


domingo, 7 de julio de 2019

Esa última cena

Imagen de Aquí, vale la pena leerlo
Tenía ganas de volver allí, porque la última vez que estuve en Milán no daba abasto a interiorizar tanta escultura, pintura, rincón, palacio e iglesia. Un poco menos agobiante que Florencia, pero también  con un exhaustivo recorrido por el renacimiento. Esta vez me hice con la entrada, que como sabemos, es de veinticinco personas por vez,  y está muy solicitada. La famosa última cena, que Leonardo realizó entre 1494-8, fue pintada a la entrada al refectorio de la congregación. Como podía darse con el genio, pintó la escena "al seco", temple y óleo sobre el yeso, directamente, y no “al fresco”, cosas suyas. Tal vez tuvo láminas metálicas de oro y plata, como testimonio de la voluntad del artista, pero el tiempo dejó claro que el deterioro empezaría pronto.  La restauración más reciente ha sido en 1999 donde varios métodos científicos han intentado restaurar lo posible, eliminando las pinturas aplicadas para restaurar el fresco.

Sí, he ido a visitar “La última cena", que no está pintada en la noche, sino que representa triadas de apóstoles a ambos lados de un Jesús nada laureado, y sin cáliz. Solito, qué solo se le ve. Claro, con alevosía y premeditación, imagino. Todos los apóstoles y él mismo dan la espalda a unas ventanas en las que se ve un paisaje de atardecer. Hombre, es grande, con un ancho de hasta ocho metros y de altura de unos cuatro. Impresionar, impresiona, más por lo que se ha dicho de esa obra magna y las posibles curiosidades despertadas tras el best-seller, me parece. Pero es verdad que no soy nada entendida.

Había cenado muy pronto, y no sé cómo, me dormí, tras un banco. Dejé que una cabezadita me tomara de la mano y sobre las nueve me desperté súbitamente. No he creído nada del libro de Dan Brown y sus teorías heréticas, pero teniendo la oportunidad de gritar y que me sacaran, la dejé pasar. Mandé un wasap a mi marido, avisando que no me esperase, y cuando hube constatado que los monjes se habían retirado, me puse a mirar con detenimiento. No soy alta, o sea, que las cervicales se me han quedado tibias, pero bueno, al regresar a Barcelona ya iré a la osteópata, me dije.


Súbitamente apareció un duendecillo, de debajo del mantel. Sin más.
-"Jajaja, salía riendo y bailando. Qué imaginación tenéis los del siglo veintiuno. - dijo-. Que si María Magdalena, ay pobre María, confundida con un San Juan tan tierno. O esos rasgos amenazantes tan elocuentes de un san Pedro, quien sería pilar de esa escuela de pensamiento y religión futura.  Jajaja, esa ausencia del cáliz, ay si superarías que Leonardo contempló pintarlo  y decidió que no, que no  quería hacer una representación de las misas y su trasmutación de pan y vino. Y qué me dices de las manos, qué señalan y qué no. ..

-"Lo que hablan son las manos, eso sí, -le dije-. Opino, como Goethe, que sólo un italiano podía pintar manos tan expresivas, tan charlatanas. Él sabía que sólo un alma caliente  podía pintar un cuadro como éste, pero dime ¿porqué las triadas?

- "Hija, qué incultura, me respondió, jugueteando con el nudo del mantel, - Mira la Primavera, de Boticelli, y en muchos otros cuadros de la época. Las figuras se entienden mejor si las agrupamos de tres en tres. Al lado derecho de Cristo están Juan, Judas y Pedro, fíjate, no se precisa de física cuántica para entenderlo".  Me molestó un poco, la verdad

- Me sorprende que me hables del fresco y no de lo que has visto en estos..¿quinientos años?. Creí que la pintura me diría más cosas, pero no. Me las estás diciendo tu, pero no me explicas los avatares de su preservación.

- " Pues yo creí que sabías usar internet, querida. Ahora te dejo, me voy a dar una vuelta por el lugar. Hago rondas diarias, ¿sabes?, mírate algo de esta obra, pero con la mente abierta, y si quieres, vuelves y charlamos. Pero no hables de mi presencia bajo las faldillas, es nuestro secreto. dijo haciendo el signo de silencio con su boca. Shhh, desapareció, raudo, tras una puerta, que yo encontré cerrada.

Grité, me dejaron salir, y dejé atrás la iglesia. Y al duendecillo jocoso que vaya usted a saber cuántas cosas nos podría explicar. De la historia del lugar, sin duda alguna, pero también de ese Leonardo adulto. Les dejo, tengo prisa,  tengo cita con la osteópata.  

jueves, 4 de julio de 2019

Cines en penumbra, en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo una iniciativa de Juan Carlos, les paso mi aportación para este jueves 4 de Julio, sobre cines de barrio

Los años setenta aún goteaban censuras descaradas y rollos de celuloide que de vez en cuando ardían, produciendo unos efectos, en la pantalla, de oquedad chamuscada, que silbaban desde el gallinero, con patadas en el suelo incluso, lo que hacía retumbar todo el cine-teatro

El patio de butacas también era oscuro, lo que daba pie a toqueteos varios, besos en penumbra y tal vez promesas de amor eterno. Elena y Luis se sentaban siempre en las últimas filas, para dar cuenta de sus artificios hormonales. Unos artificios discretos, pues Elena seguía yendo al colegio de monjas de la Asunción y aún comulgaba con las directrices de los padres y de los ejercicios espirituales. Ese domingo, al lado de su novio, palabra que ella había acariciado en sueños, tocó con el tacón algo que creyó que era otro zapato, y asustada se lo dijo a Luis, quien notó lo mismo, e imaginó escenas prohibidas. 

Elena no paraba de tirar su pie hacia atrás, pero con cautela. La película iba desarrollándose sin que ella tuviera ni idea de cómo iba el argumento. Tampoco las manos de Luis dejaban mucho margen, porque, tal vez enardecido por lo que suponía que sucedía detrás, deslizaba una y otra vez su mano izquierda por los botones de la rebeca de ella, buscando promesas que imaginaba. Elena estaba en posición de sí, pero no, porque se había dejado besar y eso le bastaba. Tenía pavor a mayores urgencias, aunque en ocasiones, sí las sentía. También sentía curiosidad por saber qué ocultaba ese pantalón, que a ratos parecía que crecía, y eso le asustaba. 

La película acabó y encendieron las luces. Todos salieron, algunos recomponiendo sus ropas. La señora de la limpieza, poco más tarde, encontraba el cadáver de una joven, vestida con falda escocesa y un jersey azul, que resultó ser Marisa, de quien dijeron había sido violada. Un calcetín en la boca y la poca atención de los espectadores cercanos había bastado para que la mala prensa del local hiciera que cerrase a los pocos meses, dejándonos sin cine.  
  

lunes, 1 de julio de 2019

Paquita Vinuesa y yo




-         Estamos perdiendo un tiempo precioso, no soy yo quien le necesita, le dije al  psiquiatra.
-         No se preocupe, que tenemos toda la noche, acabo de entrar de guardia y hasta las ocho no acabo, así que tranquilito y por favor me repite, desde el principio, la historia de Paquita...
-         Vinuesa, Paquita Vinuesa, una niña de diez años que tiene a sus padres cortados a trozos y en su congelador y que parece que no le importa a nadie. Se los va comiendo poco a poco, grité desolado e impotente.

Sí, ya lo sé. Estaba muy enfadado, por la pachorra de la maldita burocracia. Sé que me puse violento y que agarré por las solapas al médico, quien llamó a seguridad. Sé que frente a esos dos armarios me puse de los nervios, porque querían sujetarme y yo no soporto que me aguanten por los brazos.

Al final me dieron una medicación, y pude convencerles de que estaba bien, que ya no imaginaba haber visto cuerpos troceado en ninguna nevera y que había soñado, de manera muy vívida, con una alumna de cuarto, llamada Paquita y que es muy especial.

Me colé tras ella, con la copia de una llave que había bajo el felpudo. La vi sacar de la nevera una pieza de carne.  que me pareció de una pierna de hombre, Luego puso aceite en un recipiente de aluminio, asentó la pieza, y lo metió al horno. La vi entrar en el lavabo, escuché la ducha y me agazapé tras la puerta, con el cuchillo en la mano.

Cuando la hube hecho pedazos manejables, llené con ellos el congelador. En el colegio fui yo quien justifiqué la ausencia de la nena durante la semana siguiente. El resto ya se lo imaginarán. Seguí mi vida normal, no iba a confesar así de pronto ser el asesino de una niña, pero me aficioné a cenar un estofado de carne muy tierna. La vecina de esa familia debió de sospechar algo. Me la imagino mirando por la mirilla, todo el día, y atar cabos.


-   -    No, señor comisario. No tengo remordimiento alguno, le había dicho a otro policía. Era un ser depravado y maléfico, añadí.
-  -      Bueno, pero por qué la despedazó, me preguntaron todos. Y es que tras el policía fue un psiquiatra quien me interrogó.
-       
-  Porque no merecía morir sin sufrimiento. Dije, y lo sigo pensando. 

Por supuesto, al ser descubierto no negué ser el autor del crimen, y ahora llevo dos años ya en el pabellón de crónicos y vivo tranquilo. Algunas noches Paquita viene a verme y charlamos, de todo un poco, pero sobre todo, de las melodías que se escuchan al  masticar la carne humana. Siempre le digo que la suya es la mejor, porque es la más tierna, y suena a arpa, pero ella insiste en que la de su madre era casi dulce, y que cuando la comía, los violines se escuchaban divinos, como de ultratumba, me dice, sonriendo. Ser su profesor ha sido muy duro. Eso sí, los dos tenemos sinestesia, pero dudo que vuelva  atraerme la docencia  

Mi abogado se puso tan pesado, que a punto estuve de planear su muerte, pero a sabiendas de que no sería tan fácil como con Paquita, dejé de luchar por demostrar que no estoy loco. Ahora calibro la textura de quienes me atienden. Hay una enfermera de noche, bajita y de poco más de veinte años que debe saber a gloria. La chica está de muerte.


jueves, 27 de junio de 2019

La hora maldita, en jueves


Siguiendo una iniciativa de Dorotea, la mejor hora les paso este texto, que se aleja de ser una buena hora, pero espero que les guste 

La mudanza se me antoja una nueva carrera de maratón. Embalar es ver qué cantidad de trastos hemos acumulado, lo que nos recuerda cosas que una vez nos importaron o nos fueron útiles. Es remover el pasado entre cajones repletos de asuntos y artefactos obsoletos. Es una situación de hacer balances que siempre me causa pavor y cansancio.

He sacado la orla de la licenciatura, de encima de un armario. Mi madre se empeñó en enmarcarlo, imagino que por verme con birrete y sentirse orgullosa. Ella me dejó hace ya diez años, y por supuesto yo nunca la miré. Mirarlo ahora, sin embargo, me hace recordar a mi madre. Ay, cuanto la echo de menos todavía.

Me sorprende la ausencia de algunas fotos, así que miro los nombres que rotulan las oquedades. La imagen de Sonia no está. ¡Pues mira que la lloré en su funeral!. Ella fue mi confidente en las noches en las que consumimos los últimos cartuchos de una edad inocente en retirada. Nos recuerdo enfrascadas en amores incipientes, o dolientes, o exultantes,  entre apuntes de derecho canónico o mercantil, o entre cervezas. Tampoco está la sonrisa de Pablo, mi único amor, ahora que lo pienso. Qué habrá sido de él, me he preguntado durante mucho tiempo. Le recordé durante décadas, y jamás hice por contactar con él. Lo que es la vida.

Voy mirando otras ausencias, por intentar recordar caras de nombres del pasado que ya no me dicen nada. El espacio de mi foto se está difuminando. Leo mi nombre y mis dos apellidos con claridad, pero la imagen se está diluyendo, mientras un dolor, que siento sordo y mantenido en mi costado, hace que la orla se estrelle contra el suelo. Me agarro el hombro izquierdo, dudando si alcanzar el móvil para llamar al ciento doce, o pulsar el rectángulo de Publicar de este blog.. 
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Publicando.

martes, 25 de junio de 2019

Un puente del ayer al hoy

Imagen de Aguirrefotox

Anclando la cabeza en tu antebrazo, empezaste a dibujarme. Tus dedos recorrieron mis labios, ya huérfanos de carmín. Seguiste el trazo de mi mentón alto, y por el aire, sin tocarme,  tu mano fue perfilando mis parpados, cerrados. Rodeaste  mis lóbulos, paciente, esas orejas que anhelaban tus versos desbocados, las melodías de tu boca, el dulce despertar de las palabras.

Las manos se tocaron, chocando en las esquinas de laberintos de pasados. Las pieles fueron levantando anhelos que creímos olvidados, y la tarde se fue desgranando en caracolas, en olas de suspiros, en luces con gemidos, dejando aparcadas las farolas de tantos años perdidos. 

Con el carnet caducado, tomamos la ruta sesenta y seis del este al oeste del ocaso. Saltaron mil esquirlas por los aires, dinamitando las compuertas. Los diques de mis labios, desbordados, los frenos de tu afán, desoxidados. Sentimos las hormigas del deseo, recorriéndonos los pies, de sur a norte. La pálida luna, incluso, hizo extraños aspavientos cuando las amapolas soñadoras emprendieron el vuelo, al dejarnos resbalar por las auroras, desembaladas sin prisas, y con acierto. 

Se hizo el silencio. Ese grato y gozoso silencio. Calmados, se apaciguaron nuestros pulsos, y salimos de la mar y su oleaje, mojados, para volver a escuchar, de nuevo, los coches de la avenida, el perro del segundo, la  radio de los cuarenta principales de vaya a saber qué piso. Habíamos creado un oasis sin cocotero, o un puente entre  dos décadas de ausencias. Quién sabe si un pasaporte hacia un mañana.

jueves, 20 de junio de 2019

Silencio en jueves

Imagen de Eric lacombe

Siguiendo una iniciativa de La trastienda del pecado, paso mi post sobre el silencio, en este jueves.

El silencio me llenó de la paz que me negaron cuando me secuestraron en ese rincón amazónico. Me quitaron la ropa y la conciencia, la forma de medir el tiempo, en ese cubículo húmedo y sin ventanas, y hasta mi certeza de estar viva. Me interrogaron tantas veces que, de haber sabido dónde estaba escondido un  cargamento del que no sabía nada, lo habría confesado.

Eran ruidos de mil tipos, de intensidad variable, de duración ilimitada y de tonos infinitos los que llegaba, instalándose allí, entre mis oídos y mi razón. Dormir se convirtió en un desafío, pensar, en una proeza, y razonar, en algo líquido que mi cerebro no conseguía separar de un cuenco con vegetales, y una bacinilla como único contacto con la realidad y el tiempo.

Cuando, tras una refriega de tiros, se abrió la puerta, el sol hirió mis ojos, los ruidos cambiaron, primero en forma de un jeep. Luego en un helicóptero, hasta llegar por fin a una cama de hospital.  Me sentí sorda y huérfana en un primer momento. Desorientada y aterrorizada pocos minutos,  o siglos después. Sin el silencio de la ducha, de las sábanas blancas, de la ausencia de ruidos, no creo que hubiera podido reponerme. Sin embargo, ahora, pasadas  unas semanas, necesito el sonido de tu respirar de noche, de los coches en la calle, de los niños en el parque, cualquier sonido que me aleje del silencio en el que me asalta el terror de aquellos sonidos selváticos. Voy recuperando quilos, sí, y disimulo mi pánico al silencio, pero hay alguien dentro de mí que añora el ruidoso bosque vivo, infinito.

lunes, 17 de junio de 2019

Isabel " La cabrera", en versión libre


En el contexto de la guerra de Cuba y su fracaso para España, intento rendir un homenaje a una pequeña gran mujer y a tantos supervivientes de esa derrota


Juan Fernández Palomero había sido reclutado para el servicio militar del ultramar. Al ser hijo de campesinos no había podido pagar para evitarlo. Era noviembre del año 1895 y les habían hecho una despedida por todo lo alto. Su batallón partía de Badajoz hacia Cádiz , dejando atrás a novias, a madres y tal vez a un futuro. Les habían embarcado en un vapor, y llegaban a La Habana con más miedo que fe en ganar unas batallas  imposibles.  Los mosquitos se les comían, el clima era insoportable, las marchas agotadoras y el rancho incomible. Intentaban deglutir esas galletas que "Ni las mastica un tiburón, ni las digiere un grullo", como había escrito el médico del campo, justificando cómo hacían mella las enfermedades en esos jóvenes. 

Los meses fueron derritiendo los sueños, borrando las esperanzas, consumiendo las carnes y dejando cicatrices, en el cuerpo, y en el alma. El joven había sobrevivido, como otros, haciendo de tripas corazón, apretando los dientes y sudando fiebres, y en los ratos sin batallas, pensando en la mocita de ojos negros de su pueblo, y en los guisos de su casa. Llegó el ansiado día del retorno, tres años más tarde. En su caso, con quince quilos de menos y una humillación de más. Él, y lo que quedaba de su batallón, con aspecto de vagabundos, recababan en Vigo, donde  les trataron bien. Se había corrido la voz de que regresaban enfermos y de que eran contagiosos, así que no les sorprendió enterarse que en muchos apeaderos no les dejarían parar. Cargados en un tren, casi como ganado, hasta llegar a Salamanca no les dieron de comer. Las horas pasaban y la sed iba haciendo mella en los desastrados. El tren de los fracasos se  detuvo a las afueras de Plasencia, lugar donde Juan pudo sonreír al fin.    

Isabel Perez Martin tenía cuarenta y cinco años años, siete hijos y aún había de parir un último a la edad insólita de los cincuenta y dos. Su oficio era de lechera, lo  que la obligaba a caminar mucho, para trajinar y vender la leche de sus cabras. Una tarde, cerca de las vías del tren, escuchó quejidos,  peticiones de agua, y llantos sordos. El aire olía a desamparo. Sin dudarlo, se acercó   y les ofreció los cántaros que llevaba. Juan creyó ver en sus ojos, pequeñillos y profundos, la mirada inquieta de su madre. La mujer, menuda y vivaracha, se restregó las lágrimas con el dorso de su mano y se acomodó el moño, dejando que una onda se marcara sobre su frente. Respiró hondo, ahuyentando la tristeza, y, contemplando el número de repatriados, regresó a su calle. Animó a otras mujeres a que llevaran comida, o agua con anís, o vendas de sábanas rotas, o mantas, o una mano amiga. Lo que fuera, porque esos hombres necesitaban el calor humano que se les había escamoteado.

Anochecía bajo las estrellas, y Juan soñaba con su madre, quien en sueños, le acariciaba el hombro. Entretanto, una mujer de pueblo, sintiendo un latido de sus entrañas, le despertaba, mostrándole unas migas con chorizo que olían a regreso. La odisea de uno acababa,  o más o menos, mientras el halo de coraje se iba formando alrededor de unas mujeres, animadas sin duda, por la ternura de ser madres, y por el ánimo de una espléndida mujer.







PD. Una prima insiste en que esto no es una biografía, porque físicamente no era menuda,  según la recuerdan sus nietos vivos. Para biografías futuras es bueno saberlo, pero a mí me gusta la valentía y el coraje en los humildes, aunque ella llegara a tener unas ocho fincas, trabajando como una mula, imagino. Por ella. Por las valientes.  

viernes, 14 de junio de 2019

Ritos culinarios

Del blog de Diario fértil

Siguiendo una iniciativa de Diario fértil, les paso mi aportación. 

Puso en el diminuto mortero dos dracmas de chocolate, tres pizcas de esencia a rosas y dos dientes de león bien trinchaditos.

Con un pistilo de vidrio, y quebrantando todas las promesas y juramentos hipocráticos, obtuvo una pasta anaranjada que dejó reposar en el alféizar .  Luis cocinaba poco, pero se esmeraba, aun llegando cansado de la consulta de primaria en un barrio del extrarradio de Valencia. 

Permitiendo que el oxígeno de la brisa marina, y el tiempo, hiciera su tarea, se tomó un baño de hinojo y salvia, entonó un aria mal cantada y salpicó de sonrisas los azulejos del baño. Con un albornoz, a sotavento de un mandil con bolsillo de quita y pon, siguió la segunda parte de la receta. La preciada precisión tan esquiva.

Tenía que buscar el punto justo de cocción. Ese almíbar ambarino estaba destinado a llegar a la temperatura adecuada. Calentó un mechero de alcohol,  y con una cucharilla de plata fue removiendo hasta que un aroma intenso se desprendió, quebrantando los latidos de todos los habitantes del bloque siete, su bloque de pisos, de norte a sur de los anhelos. Hasta el gato del quinto agitó sus bigotes y se relamía gozoso de un sueño de sabores.

Cuando miró a través de la gota a punto de hebra fina entre su índice y su pulgar, contempló a través de ella. La perfección, esa Eva desnuda, entrando a la cocina, era el instante exacto de apagar el fuego y dejar que la hoguera auténtica ardiera, una vez más.

miércoles, 5 de junio de 2019

Mercadillo en jueves

Imagen de Bitácora de Mar

Siguiendo una iniciativa de Bitácora de mar, les paso mi aportación.


Desde que coincidieran en opinar que la música puede verse, un hálito de complicidad se había instalado entre ambos. Ella, por algún motivo que nadie acertaba a explicar, a veces se quedaba absorta al mirar rótulos de precios en un mercado del barrio. Explicaba cómo veía los números, blancos sobre el fondo negro de pizarra, en la superficie irisada por el sol, como con incierta de sonrisas,  en cada cifra,  pero, en especial, en los ceros. Le contaba, divertida, que estos aros ovalados se volvían locos felicidad y que hacía arrumacos a las decenas. O a los céntimos, cosa más habitual en las paradas de verduras y hortalizas. Blanca se excitaba  al referir que los veía jugar,  mecerse, y que observaba una especia de guiño a las unidades, a los ochos en especial. 

Quería hacer sentir a Luis, con una mirada iluminada, que la cimbreante cintura del ocho,  trazado en blanco tiza, se acercaba con lujuria a la coma, para tener más cerca a los dos ceros, del otro lado. Era tan apasionada y hablaba de las cifras con tal lujo de detalles que, por prevención, él la alejaba de las secciones donde era previsible que hubiera productos a ocho euros.

Los años pasaron, los mercados dejaron de usar esas pizarras, y Carla fue perdiendo la facultad de ver la vida que habitaba en las cifras, en esas superficies imperfectas. Los carteles de plástico, con casillas para cambiar las cifras, siempre al alza, no tenían vida propia. Los de fondo negro, artificiales, no producían contorsiones de ningún género, nk sensaciones en ella, y se olvidó del espectáculo cuasi circense. El otoño pasado, el coche les dejó tirados en un pueblo de Granada, donde podían pedir un recambio que llegaría al día siguiente. En la plaza mayor , se dispusieron los puestos verduras, era jueves, el día de mercado. Carla empezó a sonreír. Las perronillas que acompañaban al café del bar estaban divinas, pero entrevió esas pizarras, sí, como las de antaño. Luis adivinó que el número de su arrobamiento estaba a apunto de empezar. La siesta fue amenizada, además,  por un acordeonista del lugar que destilaba pasodobles, con esas figuras imposibles que manaban de las notas, colándose por la ventana. 

Carla no ha dejado de insistir  en ir a pasar unos días por la sierra de Granada. Luis quiere sorprenderla por su cumpleaños, por revivir la locura de estar junto a la mujer que es capaz de vivir la magia de los números en su propia piel. Una sinestesia especial.

Imagen de Aspasios


domingo, 2 de junio de 2019

No me llamo Raquel, ni fui meretriz

Tomada de Aquí


Tan a gusto que estaba, y han conseguido saber mi apellido, y con ello, mi historia, después de tantos años. Una británica tenía que ser. Claro que trabajaba en un burdel, en Arlés, pero como limpiadora y no como meretriz. Era muy joven, dieciocho años, y la noche de antes de Navidad, Vincent vino con su oreja derecha ensangrentada, envuelta en un pañuelo. La policía estuvo preguntando por Gauguin, alojado en la casa amarilla de Van Goh, pero el francés prefirió abandonar la ciudad pocos días después.

Un perro me había mordido en el brazo izquierdo, y mis padres, campesinos, se habían endeudado por mis tratamientos, así que acepté limpiar allí por llevar un sueldo a mi casa. Había salvado mi vida por una vacuna experimental contra la rabia, de Pasteur, pero arruinó a mi familia y esa fue la razón de mi estancia allí.

Yo creo que fue Gauguin quien le cortó la oreja con una espada, porque sé que era un buen espadachín y como discutían mucho, en plena disputa bien podía haber cercenado la oreja a Vincent, si bien acordaron contarle a la policía que había sido una lesión autoprovocada. Hasta hoy se pensaba que la envolvió en un trapo y que la llevó a una prostituta llamada Raquel a su burdel favorito, pero no, era una ofrenda para mí, y no fui, ni entonces ni después, prostituta.  Las cicatrices de mi brazo, por las mordeduras del perro primero, y luego por la cauterización de la herida, me habían dejado con un aspecto horrible, y él, piadoso donde los haya, quería ofrecerme parte de su cuerpo para recomponer el mío. Sangrando profusamente le vi como a un niño, como postrado delante de una Virgen, con su ofrenda. Cuando yo me asusté, él se puso a llorar. La verdad no podría decirla, porque no la sé 

Tomado de Aquí

No, él nunca me amó, ni yo lo pretendía. Me había contado que de muy jovencito trabajó para una agencia de comercio, en La Haya primero y luego en Londres y que allí, bajo tanta lluvia, se había enamorado de Eugénie Loyer, hija de la dueña de su pensión. Lo que él no entendía, ni yo, es cómo, al cabo de un año, y en París, se sintió enamorado de un pintor, Jean-François Millet, lo que llevó a un  desengaño amoroso y una confusión mental que provocó su inmersión en la lectura de la Biblia. No negaba que estudió en Amsterdan para pastor, ni que fue enviado a una zona minera belga, de donde fue despedido por la cercanía que estableció con sus gentes. Desengañado de la religión, pero sin menguar su fe, se decidió a pintar, como forma de glorificar a Dios, según él, y le creí.

En febrero de 1888 había llegado a Arlés, a ese pueblecito al que quedó unido su leyenda, donde imaginaba su comuna de pintores y donde me conoció, porque, en su soledad, iba al burdel a desahogarse, de su cuerpo, sí, y conmigo, de su alma. Esperaba tanto de su proyecto, que, cuando llegó el artista tan genial e irascible como él, Paul Gauguin, estaba como loco de felicidad. Le escuchaba horas y horas hablar de sus proyectos. Sólo yo sé qué tan bravas estaban sus aguas, en esa etapa de nostalgia, cuando me enseñó el retrato de su madre y de una hermana leyendo una novela.

Le perdí la pista, porque se ingresó en una institución de  Auvers-sur-Oise, bajo la atención del doctor Paul Gachet, y luego supe que su hija Margarita fue una de  sus últimos modelos femeninos, sentada al piano. A mí nunca me retrató, porque jamás  se lo permití

Lloré su muerte, cuando me enteré de ella, y una meretriz, Susanne también la lloró. Ambas fuimos a una capilla cercana a orar por su alma. Al funeral no pudimos ir, porque nos quedaba muy lejos, casi en Paris. Ella creía que uno de sus últimos pensamientos habría sido para ella, porque hacer el amor con él eran como de verdad hacer el amor, como si te amara,  según me explicaba. Yo estoy segura de sería para Margarite, la hija del doctor Gachet, pero nunca le llevé la contraía. De hecho, nunca hablé, ni con mi marido, de mi amistad con Vincent, porque la vida siguió su curso. Olvidé mi trabajo en Arlés, me casé y estuve en la granja de mis padres, con mi esposo y dos hijos que tuvimos y morí de vejez acabada la II Guerra Mundial. Me he removido en mi tumba para dejar mi nombre limpio, ahora que se hizo pública la verdad.


Imagen tomada de Aquí, Margarite

jueves, 30 de mayo de 2019

Bodas con sangre en jueves

De Neogéminis


Siguiendo una iniciativa de  Neo para este jueves, y con la elección de Un personaje: Una bailarina. Un lugar: Una pequeña aldea almeriense. Un conflicto: Descubrimiento de una mentira, mi aportación está basada en una obra de Lorca, jugando con ficciones, y no tanto.

Se llamaba Paquita, y había ido a la capital a una academia de baile, por eso la llamaban La bailarina. Una muchacha joven y de buena dote que aceptó casarse con Raúl, en una boda de conveniencia.

Corría el año 1928 y Raúl esperaba en vano a una mujer que no aparecería. Estalló la tragedia en esos campos de una aldea almeriense. Paquita se había fugado con un primo suyo, cuya relación habían sabido disimular ambos, ya que desde chavalines habían  jugado al amor. Se supo que Raúl Pérez era amigo de Leonardo Montes y que lo invitó a la boda. Cuando éste llegó al Cortijo del Fraile se encontró a Paquita, quien seguramente aludió que se casaba sin estar enamorada. El primo, en un momento de ardor amoroso, le propuso la fuga y ella asintió, subiéndose a su caballo y desapareciendo en la oscuridad de la noche.

Una pareja se topó con ellos, cuando iba camino a la boda. Eran José y Carmen, hermano el primero del novio, y hermana, su mujer, de la novia. El hombre. viendo que su hermano había sido burlado, echó mano a un revólver “Smith” del calibre 9 que llevaba, efectuando tres disparos contra Leonardo, matándole. Carmen la emprendió con la novia, quien iba engalanada con atavío nupcial, y casi la estrangula con una de sus prendas. Mientras “Paquita la bailarina” quedaba tendida en el suelo, herida y magullada, el asesino y su mujer huían del lugar. Mientras, en el Cortijo, nadie se hacía cargo de la situación. El novio mosqueado y ya habiendo bebido bastantes rebujitos, porque hacía calor, trató de perseguir a la novia fugada, sin conseguir nada pues tropezó aparatosamente antes de subirse al caballo,  porque se cayó del otro lado, dando casi más pena que la propia situación. Mientras los invitados se iban yendo, los criados, por primer vez, degustaban unos manjares regios, y no las sobras. La tía Lola fue la única que se marchaba del escenario mirando de reojo la mesa tan bien equipada para el enlace. Horas más tarde, hallado el cadáver de Leonardo, y el cuerpo magullado de Paquita, la guardia civil detuvo al asesino. Sólo se atrevió a comentar el viejo tío Pepe, que ya venía diciendo que la niña no era mozuela, pero nadie le había prestado atención, porque con los tontos pasa como los con relojes, que hasta uno parado, dos veces por día aciertan la hora. Los tres balazos fueron confundidos, en primera instancia, por cohetes tirados antes de tiempo, pero pronto se hizo evidente la verdadera naturaleza de los sonidos

En el drama teatral Bodas de sangre la novia acusó a quien tendría que haber sido su cuñado, y en la realidad también. Condenado por homicidio a una pena de ocho años, un mes y un día de arresto mayor en prisión, a los tres años fue puesto en libertad gracias a los indultos promovidos tras el 14 de abril de 1931, advenimiento de la II República.
 
Imagen de Amazon. es
Paquita de fue a vivir a un cortijo de Almería también, con dos sobrinas. Es verdad que vistió de negro, pero ya con ropa de alivio de luto, pasados unos años, conoció y se casó con un señorito, bailarín de una cueva del Sacromonte granadino  en sus horas libres. Nicolás, el segundo marido, tenía una amante que mantuvo toda la vida, una bailaora de flamenco espectacular, pero Paquita jamás se enteró, o no quiso saber.

martes, 28 de mayo de 2019

Torbellino loco

De mi paso por Meet Vincent Van Gogh

Me llamo Gastón y ese día veintisiete de Julio  de 1890 estaba veraneando con mi hermano, en los campos, con trigo, de Auvers - sur – Oise. Mi familia ocultó el incidente con  Van Gogh, como no podía ser de otra forma. Mi hermano René, de dieciséis años andaba con el revólver de otros veranos, como tantos otros días, disparando a todo lo que se movía. Yo quería a Vincent. Me caía muy bien, y como me gustaba más el arte que la caza o la pesca, charlaba con él muy feliz por haberle conocido y por comprobar la fuerza de sus pinceles, pero mi hermano era muy joven y demasiado atolondrado. Solía burlarse del loco de pelo rojo, aunque en su mundo y sus pupilas nada le importaba a Vincent menos pintar, captar, aprehender el fuego de los amarillos, la luz de los colores.

Ese día Vincent  había salido con sus aparejos de pintura a pintar el trigo y como luego se vio, tenía en su casa material recién comprado porque no iba a suicidarse, es evidente. Pero estaba de Dios, su gran creencia, su fe ciega en él, que sin duda le confortó, que nos encontrásemos, y nos dispusiéramos a beber y charlar con el tipo raro, como otros días. No sé cómo, el arma de René se disparó, le dio en el pecho.  Sí, estaban discutiendo, pero fue un accidente.

Salimos huyendo, por eso el arma nunca se encontró. Me enteré que le veló el Dr Gachet, tras limpiarle la herida, por lo que no me sorprendió acabar por enterarme que, en sesenta días ,Vincent había firmado setenta pinturas y cincuenta dibujos, pues yo sí conocía la afición del médico y de su hijo por la pintura, en especial por el estilo postimpresionista de mi amigo, aunque, por supuesto, nunca volví a  la soleada ciudad. He soñado con el incidente durante décadas y si bien intenté no seguir  las andanzas de su cuñada, me enterraron con la carga de no haber contado esa historia, mi historia, y a eso voy.

La noche estrellada la vi siendo ya un nonagenario, cuando en una subasta se barajaban cifras  galácticas. Lo supe de manera instantánea. Fue la premonición que tuvo Vincent en el asilo de Arlés


Ese torbellino, ese remolino en la noche, había nacido en su infancia, cuando le pusieron el nombre de otro Vincent muerto. Se había ido incrementando, como una corriente que quiere ser ráfaga, por sus paisajes de religión y su castidad.  Se transformó en ventolera por su mente ante los comedores de patatas ,  para luego, como  oleada, acabar habitando su mente, como un vórtice. Su carácter turbulento alimentaba su locura, pero también su piedad, como  hacia Gabrielle cuando le entregó su oreja. Esa turbulencia entre estrellas, como un revuelo ante el paisaje y su ciprés, era la tolvanera de su propia muerte, el ciclón que alimentaba su vida para poder pintar y seguir pintando. Con un Gauguin huido, un Theo lejano, comprendió, como un arrebato místico, que pintaba su propia muerte. Él era el  huracán, la tromba, el ramalazo de Dios hecho carne, que le destruiría.