sábado, 5 de octubre de 2019

La playa de los sueños III

Imagen de Aguirrfotox


Este otoño me ha pasado algo muy curioso. Me ha rescatado del mar una mujer, en una playa de las Islas de las mujeres, frente  a Cancún. Ya decía yo que llevaba muchos días a la deriva, viendo cruceros que intentaba seguir por si llegaba a alguna isla del Egeo, pero parece que una corriente me ha llevado al Atlántico, vaya usted a saber por qué leyes físicas que ignoro. Entretanto me vi inmersa en una bolsa enorme de basura, donde he estado unos días. No entiendo cómo somos tan guarros. Junto a mí había botellas de pulque y de ron, de tequila, de lejía o de agua. He conseguido salir y seguir flotando pero no sé si lo soñé o una tortuga chocó con la madeja de basura, lo cierto es que de nuevo me veía a la deriva y acabé llegando a una playa.  

Sí, la playa parecía casi virgen, y me dio por pensar que nadie podría socorrerme. Volvería la marea y me regresaría al océano, pero no. Una mujer pensativa, con pamela rosa y un fular azul se fijó en mí. Me ha destapado, buscando un mensaje, estoy segura, y viendo que mi aspecto era de persona, diminuta, pero persona, ha vuelto a poner el tapón de corcho. Mi voz era acorde a mi tamaño, quiero pensar, porque no me ha escuchado cuando le pedía que me sacara de allí. Desde el océano la he visto sentarse en el  tronco de una palmera derrumbada y mirar hacia donde yo estaba. Parecía sonreír.

Hoy me encontré con un perro, en una lateral de la playa de Cancún. Me ha sujetado por el cuello de  la botella y pensé que me dejaría a los pies de alguien, pero ha golpeado la botella contra una roca y he salido, volviendo a mi tamaño normal. El pobre can estuvo un rato reponiéndose del susto. Desgreñado, y para mí que con .garrapatas, temblaba cuando he echado una mano adelante, por agradecer su gesto.

He llamado a mi casa, donde nadie me esperaba ya, y tengo reservado un vuelo para mañana. El veterinario  ha encontrado bien al chucho, que llamo Robinson, y le ha vacunado y confeccionado su "pasaporte canino". Me alojo en un hotel que acepta mascotas y, limpio ya, Robinson ha resultado un perro mezclado de mediano tamaño, con mirada inteligente y donaire en sus patas. Tiene cinco años, según han calculado por los dientes y sé que él sabrá ofrecerme lo que necesito. Mi mejor versión.      

jueves, 3 de octubre de 2019

Esperando el hatillo de otoño en jueves


Imagen del blog de Moli de Canyer
Siguiendo una iniciativa de Molí del canyer, la espera este es mi texto

Ando esperando el otoño aunque en el calendario ya estemos en él. Las hojas van tomando el color amarillo tibio que quiere virar a marrón. Los días se acortan, dejando las tardes huérfanas de paseos hasta la cena, de baños en el mar, de cervezas que llevarse a la boca cuando el fresco hace acto de presencia. Las noches, que se alargan, dejando el alma inquieta por más horas, a un Morfeo haciendo horas extras de día en día y a los recuerdos montando guardia, asomándose tras el quicio de la puerta.

Ando esperando las castañas y los boniatos, las setas y los homenajes a los muertos, las chaquetas de entretiempo y los dolores de huesos, que están al doblar de la esquina y nos atraparán en sus redes de otoño en la piel.

Por si acaso, he contratado el último crucero de la temporada, no sea que me pille la añoranza de unas tardes de clases que me saltaba, en las que arreglaba el mundo, y tenga que mirarme en el espejo del presente, con las arrugas creciendo, las fuerzas menguando, los dolores articulares en arrebato y las canas a su aire. Más vale prevenir, dicen, no sin razón.



miércoles, 2 de octubre de 2019

Catalina, qué grande

Imagen de Portalnet.cl


Ahora ya qué más me da. Haber pasado a la historia por hacer de Rusia un imperio inmenso, por mi pinacoteca en el palacio de verano o por mi ardor sexual me da lo mismo a estas alturas. Quieren ignorar que fui monógama seriada pero no por mi voluntad sino por el desprecio de mi marido, un al fin alcoholizado Pedro III. Dicen otras almas en pena que se estrenará pronto una serie sobre mi persona, y estoy segura de que no entenderán, ni en siglo XXI que para mí el sexo fue amor en primera instancia, y relax cuando mi actividad política era intensa. Igual lo entienden de un hombre, pero desde luego, de una mujer no pueden entenderlo, y me duele. Les doy una pincelada de mi vida, y les digo qué mueble era sagrado para mí. Igual me ven como la estadista culta y coleccionista de arte que fui, quién sabe.

Mi suegra, Anna Petrovna , hija de Pedro I el Grande y de su segunda esposa, que él bautizó como Catalina I, tras haber hecho vida conyugal con ella y no son su primera esposa, no quería saber nada de Rusia. Su hijo, mi marido, sí tenía sangre Romanov, y su tía Isabel I, hija menor de Pedro, sin hijos y su gran delirio de grandeza, no podía dejar herederos, por más que fuese la zarina. La mejor manera de que un Romanov la siguiera en el trono era que regresase a Rusia su sobrino, casado con alguna noble alemana, que resulté ser yo.

Él tenía dieciséis años, y yo quince. Aprendí el ruso a una velocidad de vértigo. Me cambié de religión, y de nombre, tomando el de Catalina. Me empapé de conocimientos de la historia rusa y acepté enamorarme del joven que me habían destinado. Pero pasaban los meses y el matrimonio no se consumaba. No quería que le operaran de fimosis, pero de eso me enteré mucho más tarde.

Fogosa, ardiente, viciosa…hasta inventaron la leyenda de que fallecí por querer copular con un caballo, que hay que ser retorcido para inventarse esa barbaridad. Pero hoy quiero reivindicar otro mueble, que no de los eróticos que, en efecto, hice fabricar para mi habitación secreta. Secreta no, digamos que recogida. La silla del abuelo de mi marido, sí de Pedro I el Grande, ese hombretón de dos metros con miedo a los espacios abiertos. En el palacio de verano, en su despacho, es donde conservaba las pertenencias más preciadas, entre ellas el sillón de cinco patas.  En todas las crisis que tuve que lidiar, la solución me venía en su despacho, sentada en esa silla, mientras  reflexionaba, mirando los jardines, sobre las posibles alternativas y tomaba las decisiones más importantes. 

A mí no hay quien me quite de la cabeza de que, cuando ya gorda y mayor no pude sentarme en él, la decisión de aceptar a mi último amante salió rematadamente mal, precisamente por no haberlo reflexionado en ese sillón de pensar.





martes, 1 de octubre de 2019

Hatillo de primavera en flor.





Una noche me atrapó, sin luna ni sábana que me protegiera, y me dejó insomne, con la clara voluntad de regresar a mi mente instantes ya olvidados, caricias de otros tiempos, aromas de un pasado. Recopilé los versos que te hiciera,  los textos en penumbra que tu oscuridad susurraba en mi oído, el fular que me regalaste y los besos que pudimos cosechar.  Hice un hatillo. Quería quemarlo en una pira redentora, pero el fuego podía hipnotizar mis deseos de olvidar, de evaporar-te,  de borrar de mi vida la dicha de haberte amado, así que me conformé con hacer un nudo al pañuelo grande y depositarlo en la oscuridad del armario empotrado de mi dormitorio.

Tengo una fuga de agua en el lavabo. El técnico del seguro insistía ayer en que despejara el armario, de norte a sur de mis trastos, de este a oeste de mis cajas de zapatos. Esos que no sé si me podré volver a poner.  Esta noche he soñado contigo, se han escapado los besos  que nos dimos y los que quedaron congelados. Tus manos de azucena, con esos dedos de pianista a media voz,  volaban a mi cintura y a mi cuello, para luego martillear una teclas inexistentes sobre mi almohada. He escuchado el son que nos hiciera reír una tarde, mientras caminábamos, tomados de la mano, por la Avenida de los sueños. Ahí me he despertado y me he asomado al armario. 

El hatillo está abierto. Mientras buscaba el número de teléfono del técnico del seguro, para rogarle que viniera deprisa, porque la humedad del pasillo ha crecido de manera exponencial, he escuchado tus pasos y olido tu after shave. Me he derrumbado contra la pared, sonriendo, sonriéndote, una vez más. El sol llegaba tarde, se había retrasado con mi sueño, pero llegaba iluminando las ventanas del pasado, así que le he dejado preso con la persiana bajada hasta el final. He roto en mil pedazos los versos, dejándolos en el cubo de papel y cartón por reciclar. El fular yace en el suelo del lavabo, y luego irá al contenedor de ropa para pobres. Los besos no los encuentro, pero estarán por ahí, con las caricias de un ayer que no puede regresar. La primavera pasó, me digo, cuando el timbre de la puerta me indica que el técnico puede que arregle el desperfecto y todo vuelva a la normalidad.

Inspirado en Sandra, aunque no sé por qué.    

lunes, 30 de septiembre de 2019

Nunca es tarde



Ahora, cuando he encontrado a Luis, con sus canas y sus pequeñas manías, pero con esa ternura de la espera y el cariño, no puedo hacer otra cosa que huir. 

Me llaman loca. Mis amigas, las pocas que me ha dejado conservar, me dicen si estoy chalada, que si no será exponerme a que el bruto de Juan me parta la cara. 

Que no, que no aguanto más. Que ya se acabó. Que a mi cuerpo le faltan caricias de terciopelo, y a mis ojos una mirada de ser humano y no de fiera en celo, y a mis entrañas un varón que llene el vacío de mis noches y la sed de mi corazón de gata. Que no quiero más. Que ya no me resigno a que mi futuro sea más dosis de lo mismo. Que no quiero mírame un día en el espejo y pensar quién será la mujer hundida y mustia que no se atrevió a volar.  Si es que nunca me hizo feliz. Si es que me engañó su cara de chico bueno cuando decía controlarme porque me quería. Si es que ni en la luna de miel hubo miel o dulzura en sus manos. Que no aguanto su voz de cazalla y su olor a tabaco. Ni sus eructos. Ni sus gritos reclamando la cena. Ni sus burlas cuando me arreglo. Si es que estos años con él se me han hecho siglos. Si es que no quiero verle más mirando mis cosas. Si es que ya no soporto sus zarpas rasgando mis bragas, dejando arañazos en mi alma. Que no quiero más. Ni un minuto más.

Dicen las vecinas que la vieron con una maleta, camino del Metro, y que iba sonriendo, cosa desconocida en ella. Y que iba guapa, como arregladita para ir de boda, caminado airosa. como para comerse el mundo. 

Ante los niños, que se enteren de quién manda aquí. Siempre me he preguntado qué locura tienen que no se enteran que matando a su ex dejan a sus hijos sin nadie, porque él ha matado a la madre, pero él irá al cárcel.


sábado, 28 de septiembre de 2019

La playa de los sueños II


Llevo dos años en esta botella, desde la madrugada en la que me dormí en una playa llena de botellas con mensaje y cuando, sin saber cómo, me enceraron aquí. No me quejo, sin embargo, porque esta ausencia de libertad me ha proporcionado experiencias imposibles de imaginar. El primer día tenía una inquietud que no me dejaba respirar, pensaba que me faltaría el aire, en primer lugar, la comida o la posibilidad de evacuar en segundo lugar, y la imposibilidad de contactar con mi familia en tercer lugar. Intentaba respirar despacio y hacía cálculos del aire de mi botella, de mi prisión. Con los días entendí que no dormir, ni comer o beber no era un problema. Fue entonces cuando me pude disponer a dejarme llevar, por las mareas de este mar tan pequeño, con la tranquilidad de adoptar la serenidad y los ojos abiertos necesarios para este viaje por lo desconocido.

Calculo el tiempo con ayuda del sol y con hojas de periódico que se acercan a mi exterior. Sigo esperando que alguien me abra, destape el corcho, ahora amarillento, que constituye mi cielo, pero de momento no ha ocurrido. Han pasado cosas, sin embargo.

Una noche me encontraron una bandada de seis delfines. Cómo olvidar verles con sus formas  aerodinámicas, su aparente sonrisa sempiterna y sus ganas de jugar. Me usaron de pelota, y un poco más y me estrellan contra un barco varado ante una playa de Cerdeña. Pensé que iba a marearme, pero no, estaba casi ingrávida en el ascenso por el aire, luego un morro se acercaba de nuevo y me empujaba, sin que nada me molestara. Un rato muy agradable. Acabé en la orilla de Olbia, claro que llaman a esa zona “costa esmeralda”, sus aguas son cristalinas y esconden montones de   secretos, algunos de los cuales pude descifrar.  Allí estuve toda una noche, en invierno, y acabé por volver a estar mar adentro cuando un chaval que iba al colegio al día siguiente me tiró con fuerza, sin verme, a pesar de que yo hacía gestos de estar viva y coleando. Qué edad más bonita. Le había visto escribir un poema de amor a una chica. Por un momento pensé que ante mí, abriría mi botella para meterlo dentro, pero parece que hoy en día con internet, esta forma la deben considerar absurda, y ni se le pasó por la cabeza. Mi botella es verde oscuro, así que igual ni me vio.

Una primavera me pescó un pescador de calamares. Con esa luz cegadora me vi inmersa en un batiburrillo de tentáculos blancos. Sentí la fuerza de las manos el hombre tirando de la red, y ahí, en el paquete de acompañamientos de un buen arroz, iba yo. Bravo, pensé, este tipo me saca de la cárcel, pero no. Miraba el reloj con insistencia. Una lancha verde con sirena iba a su encuentro y nos lanzó, a los calamares y a mi, de nuevo mar adentro. Ellos estaban contentos, cantaban con alegría, era un jolgorio entre escapes de tinta, pero yo quedé flotando, como siempre, en el mar de los olvidos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

El Congreso sin perdón en Jueves



Siguiendo una iniciativa de Gustavo hablando de perdón, mi aportación es la siguiente
Había acudido a un “Congreso de Patología macular y sus retos”  con Pablo. No suelo acompañarle porque, por supuesto, él aprovecha para ponerse al día y casi siempre acabo haciendo turismo yo sola. Esta vez me animé. El destino, San Petersburgo era un acicate imposible de ignorar. Mis hijos tienen quince y diecisiete años. Llevamos dieciocho casados, que se dice pronto. No sé cómo, hemos mantenido las ganas y la ilusión el uno por el otro.

Por la noche salimos. La plaza que toca al Hernitage se ve fenomenal en el atardecer.  Por la mañana él quería asistir a una mesa redonda de su interés, y yo me quedé en la cama. Como a las once, decía una nota informativa del hotel, iniciaban una clase de bailes de salón.  A Pablo no le gusta bailar, y lo comprendo, lo que tiene de buen oftalmólogo lo tiene de nula capacidad de ritmo en sus miembros, o en su manera de cantar. Yo no soy buena bailando, lo sé, pero de vez en cuando, me gusta pensar que tengo un desarrollado sentido del ritmo. El instructor era ruso pero hablaba inglés y español con relativa soltura. Su pantalón era ajustado y a mi juicio, no llevaba ropa interior. Me invitó a acompañarle. Se movía de maravilla, sensual y rítmico, con los bailes latinos en especial.

Más tarde me encontré con él. Cuando me agaché por mirar una imagen de su móvil, un sillón con imágenes inequívocas de falos, me besó en el parte posterior del cuello. No sabría decir si me sonrojé por vergüenza, o por ansiedad. Yo suelo llevar le pelo recogido. Me separé dando un respingo. Pero la conversación era amena y una cosa llevó a otra. Lo cierto es que en un momento dado no pude pensar, ni quise, más que en besarle. Poco después calibré ir a nuestra suite y allí  dejamos de fingir la educada lejanía del ascensor. Sus manos recorrieron mi cuerpo. Me dejé llevar. Me morí en sus brazos, en  la suave muerte de los orgasmos que nacen para explotar generando vida.


Cuando él se derrumbó, con un gesto de placer de niño recién comido, miré el reloj. Pablo estaba al llegar.  Le di un beso al derrumbado hombre que yacía en la cama. El espejo del baño me devolvió las mejillas rojizas de  una Laura que ni recordaba ser. Mientras cantaba bajo la lluvia artificial le oí hablar por teléfono. Desde la puerta del baño me dijo que tenía que irse.

-“Un beso, Laura. Te adoro”, dijo con su voz de tenor.
-“Un beso, Peter”, le grité al aire.

Pablo sigue sorprendido de cómo nuestra vida sexual se ha mejorado desde el Congreso de Patología macular de San Petersburgo, desde la segunda tarde. Yo le doy la razón, hemos mejorado mucho. Nunca le di la ocasión de que pronunciara un "Te perdono". Para qué.



La playa de los sueños

Imagen de Aguirrefotox


Las botellas seguían llegando, con cada ola, para aterrizar suavemente en la arena de la playa. Un cangrejo  vio, patidifuso, cómo un rodillo de vidrio le perseguía con saña mientras él, de costado, aceleraba, con pasión  de superviviente, su paseo matinal. La luna llena aún iluminaba la aurora, cuando empezaron a llegar, de dos en dos primero, de cinco en cinco después, grupos de botellas. Con cada ola llegaban, más y más, desde las entrañas del mar. La luna, aturdida, creyéndose beoda por el espectávulo creado,  decidió irse a la cama.

A las diez de la mañana no cabía ni una más. Toda la playa, del este al oeste de los sueños,  rebosaba de botellas. Muchas  transparentes, otras verdes, algunas  marrones y pocas, como inadaptadas, eran pequeñas y azules, pero todas contenían un mensaje dentro. Llegué a tiempo de ver cómo la última ola henchida de mensajes por abrir, lamía la arena. La quietud posterior me dejó ante un espectáculo absurdo. No podía caminar por la maraña de vidrio y declaraciones de amor, por entre llamadas de socorro añejas de tiempos de piratas. No podía deambular, sumergiendo mis pies entre cartas a los Reyes Magos y oraciones a un Dios con hipoacusia. El peso de tantas palabras con destinatario errado me abrumó. 

El sol debió de ser más intenso de lo que había supuesto, o llevaba muchas horas sin comer. No lo sé. Pero debí dormirme acunada por el arrullo del mar. Desperté de noche, sin hambre, y con la felicidad de saber que todos los mensajes habían llegado a su destino. Supe que el amor soñado había acudido al lado del amante, que el náufrago había sido recatado, que el camión de bomberos había llegado a los zapatos del niño y que Dios había escuchado y sanado a una madre moribunda.  Luego, una mano inmensa me sujetó por las axilas, para introducirme después  en un cilindro transparente y ahora vivo en el mar, con un tapón en mi cielo y esperando que la luna y el oleaje me  permitan llegar a la playa de tus sueños.

Cuántas  soledades encapsuladas, cuántos anhelos duermen, sin saber que al lado, sin tocarse, hay otras miles, formando un mar de gritos y soledades que no se oyen, por multitudes que nos rodeen.

La imagen de botellas con mensaje me la ha prestado Buscador. Gracias.

martes, 24 de septiembre de 2019

Redes del otoño

Imagen de Aguirrefotox


La vi llegar.  Vestía tejanos, ojos de verde aceituna, zapatillas negras y una rebeca azul. Corría, mirando atrás. La imaginé escapando de algún peligro, de alguien con malas intenciones, de unas sombras negras como el alquitrán.

Se sentó en el banco, respiraba alterada. Agachada la cabeza, los brazos sobre las rodillas, la mirada en el suelo. Levanté la vista de mi Vanguardia y no pude dejar de observarla. No puedo explicar lo que vi. De sus ojos  salían imágenes de un río con alameda, que no supe identificar, un patio con naranjos de una escuela, una playa con una barca azul y blanca. De su nariz resbalaban aromas, de arroz con leche, que llegó hasta mí, de salitre y algas, de colonia de hombre y de flor de  naranjas. De sus labios emanaban palabras, "yo también  te quiero", "mi niño hermoso", "hasta siempre"…de sus manos brotaban caricias, jabón La Toja, un anillo de boda, una amapola roja y luego un gato de angora. 

Las nubes se fueron tiñendo de gris y el aire de humedad fresca.  Me tiré el abrigo por los hombros y volví a mirar al banco con la mujer huida.   Regresé a mi  casa, con mi perra, y por el camino entendí. La nostalgia había acabado por  atraparla en sus redes de  otoño dorado.  La tela de araña que se gesta tras el verano, por esta vez, la había devorado.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Mentiras en jueves

Tomado del blog de Juan Carlos, Y qué te cuento

Siguiendo una iniciativa de Juan Carlos, les paso este post, reeditado de 2011, pero que me ha parercido adecuado.

Buenas noches. Me ha costado venir a “ Sinceros Anónimos”. Me llamo Luis y fue mi familia  quien insistió en que debo asistir a esta terapia. Bueno…la poca familia que aún me apoya porque como bien sabéis, la sinceridad es muy difícil de sobrellevar. Como sincero compulsivo soy incapaz de mentir, aunque sea ligeramente, o incluso por piedad. Quizá con vuestra ayuda sea capaz de dar un giro a mi vida y solucionar mi problema.

Soy incapaz de mentirle a nadie, ni a propios ni a extraños, ni en temas trascendentales ni en cuestiones frívolas. Me parece inmoral y no puedo evitar ser sincero.

Tuve una novia que procuraba entender que esa sinceridad compulsiva yo no podía controlarla  pero tras varios meses me dejó. Dije que sí a la pregunta “-¿Estoy gorda?”, por citar tan sólo un ejemplo. Ya presentía que mis respuestas le dolerían, pero es que pensar en no decirle la verdad me provocaba un dolor de estómago insufrible. Durante mucho tiempo me consolé pensando que la culpa era suya: si no quería saber las respuestas, ¿para qué formulaba las preguntas? Pero hoy por hoy quizá mi respuesta a su posible gordura  hubiera sido “ estás muy guapa”, que también era cierto.

Los ejemplos son incontables. Aquel camarero asiático me preguntó si lo había tomado por tonto cuando cuestioné su afirmación de que su comida china de mi plato era de gran calidad ...  claro, respondí sinceramente, pero al llegar a casa tuve que ponerme hielo en el ojo izquierdo. Eso sí, hielo de primera calidad.  O aquella amiga que perdí cuando me preguntó si su gato era adorable. ¿Cómo iba a decirle que sí, si era uno de esos felinos sin pelo?. Era horrible y me produjo asco. Mi estrategia de permanecer callado ha fallado: a veces lo toman por indiferencia, o no he podido evitar que un ademán de mi cabeza responda por mí, con lo cual no he tenido más remedio que terminar dando explicaciones por mi gesto y volver al problema de siempre. En fin, gracias por la acogida.

María, la tutora de la terapia, le dirigió unas palabras:
-En primer lugar, darte la bienvenida Pedro. Está claro que tu problema es grave pero entre todos la encontraremos. Ya has dado el primer paso. De nuevo, bienvenido a “Mentirosos Anónimos””.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Esbozos

Imagen de Aquí
He querido dibujarte, con un carboncillo olvidado en un plumier, y con  más pena que gloria. El bloc estaba abarquillándose por el tiempo. He mirado a mis dedos artrósicos y al boceto alternativamente. O me traicionan ellos o los  recuerdos se me  confunden entre los verdugones de los años, he pensado. Tu cara, que ahora encuentro ajena, ni me mira. Arranco el papel, quedando pedacitos en la espiral metálica.  Esa espiral, con su vertical visión del mundo, la que divide la realidad de lo que sucedió.

Quedo exhausto y pensativo ante un pobre esbozo  de ti, arrugado en la papelera, que nada me dice, y con un dolor derramando  escarcha entre mis falanges y aquella instantánea, nosotros, de los dos jóvenes asomados a una noche cuajada de estrellas.

Mañana, en el café de la esquina, tal vez intente volver a recordarte, a recuperar las líneas de tu torso mientras posabas, cantando... esa canción, sí, esa que ahora no recuerdo.

La luna se asoma entre las cortinas y mi necesidad de no olvidarte, de no olvidarme, de no olvidarnos.

jueves, 1 de agosto de 2019

Los tres tenores, en jueves

Siguiendo una propuesta de Dorotea  para este jueves, mi propuesta es para el número tres, que aquí, no son multitud :-), diría la princesa Diana de Inglaterra.


Julio de 1990, en las termas de Caracalla, en Roma 

Cuenta la leyenda que Puccini quiso hacer una ópera con un cuento chino, del Pekin, cuando Turandot, la pura, hija del emperador, ha de casarse con quien resuelva los acertijos que ella propone. Sin embargo, quien no acierte, será degollado por un hacha, rezaba el pregón. Así van pasando los pretendientes, de uno en uno, por palacio, como, igualmente, sus cabezas iban rodando de una en una. Sería muy bella, pero ganas de casarse tendría pocas. 
Un día, Calaf, un príncipe lejano y desconocido, rendido a su pies como tantos antes que él, enamorado de su semblante, logra adivinar los enigmas planeados por la exigente princesa.
  
-¿Qué es lo que nace cada noche, muere cada amanecer para renacer en el corazón?
- La esperanza, había contestado el joven
-¿Qué brilla, es ímpetu y ardor, como una llama, pero no es fuego? 
- La sangre, mi señora.
-¿Qué es como el hielo, pero te hace arder? El hielo que enciende tu llama 
- Eres tú, mi bella Turandot.

Ella rehúsa cumplir su palabra de desposarse con el vencedor, porque es extranjero, alude la princesa. El príncipe lejano, viéndola dudar, le propone un nuevo enigma, que ha de resolver ella. Si adivina su nombre, él morirá y ella quedará libre de su promesa. Los pregoneros buscan por todas partes quien conozca al joven. "Nessun dorma" (Nadie duerma),  iban gritando. Que no duerma nadie hasta saber el nombre. El joven, apostado en una escalera, contemplaba la luna y las estrellas, ansiando que llegue la mañana, seguro de su triunfo y con el alma henchida de dulces anhelos prendidos en las estrellas lejanas, que parecen poder ser tocadas..

Con el sol en el horizonte, Calaf le declara su amor. Ella insiste en que se vaya, pero él acaba confesando su nombre, dispuesto a morir. Ella, al fin,  conmovido su corazón de hielo, proclama que el verdadero nombre de su valiente príncipe, ha de ser Amor.

Como andamos medio de vacaciones, un texto sencillo, que no deja de tener moraleja, además de unas voces de ensueño. Estrenamos mes. Que sea gozoso y dulce. Deseo un feliz verano a todos, y mejores vacaciones a quienes las disfruten. Si ven que este blog va a medio gas, no teman, que nos leemos a la vuelta. :-)

domingo, 21 de julio de 2019

Ese bar Europe, de Montmâtre

Imagen de Aquí


El bar Europe es un lugar pequeño, recogido, y diría que obsoleto, que se alza bajo las escaleras de Montmatre. Entré porque el calor me venció. Había dos parroquianos, de turismo, igual que yo, imaginé por las pintas, seamos correctos, por las hechuras indumentarias. La camarera, supuse propietaria, era mayor, o así me pareció, pero amable. Ese bar tenía como adorno único una lámina de Van Gogh, lo que me pareció estupendo, ya que me encanta este autor y en especial este dibujo. Al salir de aseo, uno de los parroquianos, ruso creí, vociferaba con su acompañante ante la solitaria lámina. Dolor, se titula.

Subiendo las escaleras, miré hacia abajo. El bar, bistró en realidad, se veía con precisión, pero observé un brillo inusual en su rótulo. Quizás el anís o el calor me afectaba a la sesera. Llegué arriba, donde me quedé un rato, sin entrar en la Basílica.  Recorrí algunas callejas. El sol se batía en retirada, y el azar hizo que volviera a pasar por el mismo bistró, con necesidad de usar su lavabo.

La mujer de antes secaba unas copas tras el mostrador. Tosí, para llamar su atención y me miró con unos ojos de pasado cargados de nostalgia. Pedí un pastís Ricard, y cuando salí del baño, el tiempo era otro. No puedo definirlo de otra manera. Había bullicio, hombres sentados y hablando,  acaloradamente, y no sé cómo, mientras  degustaba mi bebida, sentada en una mesa y con los ojos como platos, tuve la certeza de estar asistiendo a una de las veladas de primeros de siglo veinte. A este lado del Sena, algunos pintores se hicieron cómplices, amigos, amantes, seguidores o protagonistas de una corriente artística, e ignoro la razón, yo estaba allí. Creí reconocer a Camille Pissarro, y tal vez a un joven Pablo Picasso, quien discutía con Modigliani,  y otros artistas que no supe reconocer. Cuando se abrió la puerta, un Vincent gesticulante entraba con Matisse. Sólo faltaba Degas o Toulouse-Lautrec, me dije. Parece que mi cuerpo no estaba allí, aunque yo sí.

Cuando me cansé de escucharles, sin poder decirles qué futuro tendrían, salí a la noche.  Le Chat Noir estaba abierto, se escuchaba el piano desde fuera. Vi a las parejas, vestidas de época, entrando en lo que luego sería Le Moulin Rouge, y me sorprendió el olor a gas de las farolas. Me recosté en un banco y me dormí. Al despertar estaba en este año del presente, agradecida del fresco de noche. Regresé, confusa, al hotel.

Hoy he regresado al bistró. Había un hombre de mediana edad. Las paredes estaban decoradas con láminas de Van Gogh, unas cinco o seis, pero sin rastro de "Dolor". He preguntado por la señora de ayer, y el tipo me ha respondido, por el aspecto  que yo recordaba, que tal vez fuera el fantasma de Sien (Christina Clasina María Hoornik). Parece ser que, según este propietario desde hace dos décadas, de vez en cuando, cuando se acerca el aniversario de su suicidio, le da por molestar a los clientes del bar Europe, legado de un tiempo huido. Cuando me decía esto, me dió por recordar. La imagen que yo vi no es ninguna de las tres copias que se exponen, ahora estoy segura de que es la copia perdida, de la que le habló a Theo, desde la Haya, en sus cartas. Tengo la certeza de que seguirá perdida para siempre, con su trenza hacia adelante y ningún decorado.

Recordamos a Charles Aznavour, en su tema La boheme. Pudimos brindar por los dos perdedores, por Vincent .y por Sien. Luego han entrado dos parejas de ingleses y me he despedido de Claude. Y con ello, de un tiempo que pude entrever, en un atardecer de Mayo, en París.


jueves, 18 de julio de 2019

Metamorfosis en jueves

Imagen de depositphotos

Siguiendo una iniciativa de Camino del cuento sobre una metamorfosis, participo con este texto.


El sol hiere el cristal. Las persianas no pueden corregir la aurora, ni ese sol implacable que me deslumbra, que hiere mis ojos, tras  una noche que no sé si quiero dar por terminada. El sueño era muy hermoso. Soñaba que comía y comía.  En la caja de zapatos, con mis docenas de hermanas  orugas, devoraba  las hojas de morera. De  forma implacable, de manera metódica, sin darnos un respiro para pensar, pero no sé si lo necesitábamos. El niño de la casa nos había estado  llevando hojas robadas a los árboles de ese parque cercano. No eran caricias, pero nos permitían comer.

La metamorfosis ha  sido larga. En el capullo, en esa oscuridad insonora, donde parecía que nada pasaba, el tiempo había roto los esquemas de las formas.  En ese estado casi invernal, de apariencia anodina y dormida, el reloj se había puesto en marcha. Poco a poco, mi cuerpo tubular fue creando apéndices, antenas diminutas y unas patitas cortas que luego tendrían alguna utilidad. Lo más extraño es cómo se han formado unas telas que me envolvían la mitad del cuerpo.

Me ha costado romper la capa de seda que fui tejiendo hasta envolverme. Mi cabeza ha tardado en salir, y me duelen los hombros por el esfuerzo de sacar esas membranas, que poco a poco extiendo, para confirmar que son alas. Mi instinto me ordena que eche a volar así que se sequen. Mientras, miro a la mujer dormida, quien me recuerda a alguien.

En la misma habitación hay una mujer que sonríe en sueños, saca la cabeza del embozo de las sábanas, y como mariposa soñada, emprende el primer vuelo. Ha tomado la mejor decisión, porque, tras dos décadas, ha decidido huir de su maltratador.

domingo, 14 de julio de 2019

Barquitos de papel

Imagen tomada de Aquí

Había llovido, como un sonido sin tregua. Como una fiesta del cielo. Como una lluvia de Abril. El dial de una radio lejana traía unos compases de un tiempo dejado atrás. De unas canciones de juventud y arrumacos. De una infancia tardía. De un velero bergantín.

Un ser grandioso dejó que su mano fuese el mar, para que en ella la magia de unos barquitos de papel tomaran cuerpo. En el océano de las inquietudes, esos salvavidas de papel eran una nuez donde navegar sin miedo, hacia el muelle de otros destinos más calmos, donde poder descansar.

De uno en uno fueron llegando las naves. Al rincón de los espejos de un mar en calma chicha. Cada una traía una historia de latidos que explicar. Cuando estuvieron reunidos, charlaron sobre las manos que les habían confeccionado, y de cada pliegue que les hicieran en su satinada piel de imprenta.

Se contaban entre ellos sobre palabras de tinta. Aquellas que los dedos de unas manos habían escrito. En folios de insomnios, entre escenas de tormentas, rayos que rasgaban las noches y paraguas que no se abrían.

Los poetas podrían haber reutilizado sus papeles desechados, cargados de poemas caducados. Sin embargo, de hoja en hoja, y de barco en barco a la deriva, habían formado un mar de letras sin sopa, un mar de estrellas sin cielo, un ejército de versos sin soldaditos de plomo que arrastrar.

Alcancé a ver cómo la calma vencía a la aflicción de las palabras perdidas, y era hermoso, ahora, ver navegar a ese ejército de versos no publicados, en un cráter de luna imposible, hecho de lágrimas suicidas, vertidas en cualquier mar.



miércoles, 10 de julio de 2019

Calor que nos derrite, en jueves


Siguiendo una iniciativa de Molí del Canyer, les paso mi aportación sobre el Calor para este jueves 11 de Julio, mañana :-). Es que no estaré libre.

Sabía que era mala idea, que Egipto no es  para el verano, pero el precio era irrisorio, las ganas de volver muchas, y es que Abu Simbel me había fascinado, y no quería renunciar a pasear de nuevo ante los colosos, y asombrarme con la conservación de los interiores, magníficos. Ese Ramses II y Nefertari, qué maravilla. Ella muy adelantada a su tiempo, una preciosidad de templos. Recomendable, sin duda.



El bus tenía que recogernos en el hotel, a las veinte treinta. Clara, mi compañera de viaje, ni familiar ni amiga, había caído víctima de las diarreas  del viajero, así que me aseguré de que no le faltase agua y medicación y llamé a la habitación de las dos colombianas de la excursión, Marita y Eloisa. En recepción las tres hispanoparlantes esperamos al resto del grupo, brasileñas, en total diez mujeres. Dios me perdone, pero desde lejos la escena parecía un harén alrededor de ”Jhony”, el  guía egipcio.

El chofer llegó sudando, empapado El guía y él discutían, en árabe, así que no entendíamos, pero era evidente que el primero quería hacer su trabajo de llevarnos, y el segundo parecía señalar demasiado al autobús. Con los hiyabs colocados como sabíamos,  y siguiendo las instrucciones del guía, quien aconsejó mojarlos antes, fuimos saliendo. Los cuarenta y dos grados eran como una losa sobre mis articulaciones. Previsible, pero no esperábamos la sensación de las zapatillas pegadas al asfalto. Reverberaba algo como un espejismo. Cada paso era como pisar un chicle El autobús rojo parecía arder ante nuestros ojos. Con el aire acondicionado, en pocos minutos nos dejó en la explanada de la entrada.

Dios, no podíamos prestar atención, por más agua envasada que íbamos tomando. Los interiores nos dieron un respiro, muy leve,  pero el aforo para el espectáculo era sobre piedra, al aire libre, claro. Nos  fuimos al bar. Imaginen nueve mujeres occidentales, las brasileñas con sus curvas. Para los locales éramos todo un espectáculo, mucho mejor que el que nos iban a mostrar. Apuramos  el tiempo por ver si sería más soportable lo de sentarse, al hacerse de noche, pero mucho más no era. Los cocodrilos no se atrevían a sacar la nariz, y si había lagartijas, que no lo sé, yo no vi ninguna.

Lo que más me llenó el alma ese día, mucho más que las imágenes, un poco infantiloides proyectadas sobre los inmensos templos, fue que Clara estaba mejor, y que la piscina enorme del hotel nos acogió, nuevamente, remojando las seseras, derretidas, tras un día de calor. Se habían superado los cuarenta y cinco. La locura absoluta para el cuerpo humano, porque las neuronas recalentadas se hacen sordas, y lerdas.


domingo, 7 de julio de 2019

Esa última cena

Imagen de Aquí, vale la pena leerlo
Tenía ganas de volver allí, porque la última vez que estuve en Milán no daba abasto a interiorizar tanta escultura, pintura, rincón, palacio e iglesia. Un poco menos agobiante que Florencia, pero también  con un exhaustivo recorrido por el renacimiento. Esta vez me hice con la entrada, que como sabemos, es de veinticinco personas por vez,  y está muy solicitada. La famosa última cena, que Leonardo realizó entre 1494-8, fue pintada a la entrada al refectorio de la congregación. Como podía darse con el genio, pintó la escena "al seco", temple y óleo sobre el yeso, directamente, y no “al fresco”, cosas suyas. Tal vez tuvo láminas metálicas de oro y plata, como testimonio de la voluntad del artista, pero el tiempo dejó claro que el deterioro empezaría pronto.  La restauración más reciente ha sido en 1999 donde varios métodos científicos han intentado restaurar lo posible, eliminando las pinturas aplicadas para restaurar el fresco.

Sí, he ido a visitar “La última cena", que no está pintada en la noche, sino que representa triadas de apóstoles a ambos lados de un Jesús nada laureado, y sin cáliz. Solito, qué solo se le ve. Claro, con alevosía y premeditación, imagino. Todos los apóstoles y él mismo dan la espalda a unas ventanas en las que se ve un paisaje de atardecer. Hombre, es grande, con un ancho de hasta ocho metros y de altura de unos cuatro. Impresionar, impresiona, más por lo que se ha dicho de esa obra magna y las posibles curiosidades despertadas tras el best-seller, me parece. Pero es verdad que no soy nada entendida.

Había cenado muy pronto, y no sé cómo, me dormí, tras un banco. Dejé que una cabezadita me tomara de la mano y sobre las nueve me desperté súbitamente. No he creído nada del libro de Dan Brown y sus teorías heréticas, pero teniendo la oportunidad de gritar y que me sacaran, la dejé pasar. Mandé un wasap a mi marido, avisando que no me esperase, y cuando hube constatado que los monjes se habían retirado, me puse a mirar con detenimiento. No soy alta, o sea, que las cervicales se me han quedado tibias, pero bueno, al regresar a Barcelona ya iré a la osteópata, me dije.


Súbitamente apareció un duendecillo, de debajo del mantel. Sin más.
-"Jajaja, salía riendo y bailando. Qué imaginación tenéis los del siglo veintiuno. - dijo-. Que si María Magdalena, ay pobre María, confundida con un San Juan tan tierno. O esos rasgos amenazantes tan elocuentes de un san Pedro, quien sería pilar de esa escuela de pensamiento y religión futura.  Jajaja, esa ausencia del cáliz, ay si superarías que Leonardo contempló pintarlo  y decidió que no, que no  quería hacer una representación de las misas y su trasmutación de pan y vino. Y qué me dices de las manos, qué señalan y qué no. ..

-"Lo que hablan son las manos, eso sí, -le dije-. Opino, como Goethe, que sólo un italiano podía pintar manos tan expresivas, tan charlatanas. Él sabía que sólo un alma caliente  podía pintar un cuadro como éste, pero dime ¿porqué las triadas?

- "Hija, qué incultura, me respondió, jugueteando con el nudo del mantel, - Mira la Primavera, de Boticelli, y en muchos otros cuadros de la época. Las figuras se entienden mejor si las agrupamos de tres en tres. Al lado derecho de Cristo están Juan, Judas y Pedro, fíjate, no se precisa de física cuántica para entenderlo".  Me molestó un poco, la verdad

- Me sorprende que me hables del fresco y no de lo que has visto en estos..¿quinientos años?. Creí que la pintura me diría más cosas, pero no. Me las estás diciendo tu, pero no me explicas los avatares de su preservación.

- " Pues yo creí que sabías usar internet, querida. Ahora te dejo, me voy a dar una vuelta por el lugar. Hago rondas diarias, ¿sabes?, mírate algo de esta obra, pero con la mente abierta, y si quieres, vuelves y charlamos. Pero no hables de mi presencia bajo las faldillas, es nuestro secreto. dijo haciendo el signo de silencio con su boca. Shhh, desapareció, raudo, tras una puerta, que yo encontré cerrada.

Grité, me dejaron salir, y dejé atrás la iglesia. Y al duendecillo jocoso que vaya usted a saber cuántas cosas nos podría explicar. De la historia del lugar, sin duda alguna, pero también de ese Leonardo adulto. Les dejo, tengo prisa,  tengo cita con la osteópata.  

jueves, 4 de julio de 2019

Cines en penumbra, en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo una iniciativa de Juan Carlos, les paso mi aportación para este jueves 4 de Julio, sobre cines de barrio

Los años setenta aún goteaban censuras descaradas y rollos de celuloide que de vez en cuando ardían, produciendo unos efectos, en la pantalla, de oquedad chamuscada, que silbaban desde el gallinero, con patadas en el suelo incluso, lo que hacía retumbar todo el cine-teatro

El patio de butacas también era oscuro, lo que daba pie a toqueteos varios, besos en penumbra y tal vez promesas de amor eterno. Elena y Luis se sentaban siempre en las últimas filas, para dar cuenta de sus artificios hormonales. Unos artificios discretos, pues Elena seguía yendo al colegio de monjas de la Asunción y aún comulgaba con las directrices de los padres y de los ejercicios espirituales. Ese domingo, al lado de su novio, palabra que ella había acariciado en sueños, tocó con el tacón algo que creyó que era otro zapato, y asustada se lo dijo a Luis, quien notó lo mismo, e imaginó escenas prohibidas. 

Elena no paraba de tirar su pie hacia atrás, pero con cautela. La película iba desarrollándose sin que ella tuviera ni idea de cómo iba el argumento. Tampoco las manos de Luis dejaban mucho margen, porque, tal vez enardecido por lo que suponía que sucedía detrás, deslizaba una y otra vez su mano izquierda por los botones de la rebeca de ella, buscando promesas que imaginaba. Elena estaba en posición de sí, pero no, porque se había dejado besar y eso le bastaba. Tenía pavor a mayores urgencias, aunque en ocasiones, sí las sentía. También sentía curiosidad por saber qué ocultaba ese pantalón, que a ratos parecía que crecía, y eso le asustaba. 

La película acabó y encendieron las luces. Todos salieron, algunos recomponiendo sus ropas. La señora de la limpieza, poco más tarde, encontraba el cadáver de una joven, vestida con falda escocesa y un jersey azul, que resultó ser Marisa, de quien dijeron había sido violada. Un calcetín en la boca y la poca atención de los espectadores cercanos había bastado para que la mala prensa del local hiciera que cerrase a los pocos meses, dejándonos sin cine.  
  

lunes, 1 de julio de 2019

Paquita Vinuesa y yo




-         Estamos perdiendo un tiempo precioso, no soy yo quien le necesita, le dije al  psiquiatra.
-         No se preocupe, que tenemos toda la noche, acabo de entrar de guardia y hasta las ocho no acabo, así que tranquilito y por favor me repite, desde el principio, la historia de Paquita...
-         Vinuesa, Paquita Vinuesa, una niña de diez años que tiene a sus padres cortados a trozos y en su congelador y que parece que no le importa a nadie. Se los va comiendo poco a poco, grité desolado e impotente.

Sí, ya lo sé. Estaba muy enfadado, por la pachorra de la maldita burocracia. Sé que me puse violento y que agarré por las solapas al médico, quien llamó a seguridad. Sé que frente a esos dos armarios me puse de los nervios, porque querían sujetarme y yo no soporto que me aguanten por los brazos.

Al final me dieron una medicación, y pude convencerles de que estaba bien, que ya no imaginaba haber visto cuerpos troceado en ninguna nevera y que había soñado, de manera muy vívida, con una alumna de cuarto, llamada Paquita y que es muy especial.

Me colé tras ella, con la copia de una llave que había bajo el felpudo. La vi sacar de la nevera una pieza de carne.  que me pareció de una pierna de hombre, Luego puso aceite en un recipiente de aluminio, asentó la pieza, y lo metió al horno. La vi entrar en el lavabo, escuché la ducha y me agazapé tras la puerta, con el cuchillo en la mano.

Cuando la hube hecho pedazos manejables, llené con ellos el congelador. En el colegio fui yo quien justifiqué la ausencia de la nena durante la semana siguiente. El resto ya se lo imaginarán. Seguí mi vida normal, no iba a confesar así de pronto ser el asesino de una niña, pero me aficioné a cenar un estofado de carne muy tierna. La vecina de esa familia debió de sospechar algo. Me la imagino mirando por la mirilla, todo el día, y atar cabos.


-   -    No, señor comisario. No tengo remordimiento alguno, le había dicho a otro policía. Era un ser depravado y maléfico, añadí.
-  -      Bueno, pero por qué la despedazó, me preguntaron todos. Y es que tras el policía fue un psiquiatra quien me interrogó.
-       
-  Porque no merecía morir sin sufrimiento. Dije, y lo sigo pensando. 

Por supuesto, al ser descubierto no negué ser el autor del crimen, y ahora llevo dos años ya en el pabellón de crónicos y vivo tranquilo. Algunas noches Paquita viene a verme y charlamos, de todo un poco, pero sobre todo, de las melodías que se escuchan al  masticar la carne humana. Siempre le digo que la suya es la mejor, porque es la más tierna, y suena a arpa, pero ella insiste en que la de su madre era casi dulce, y que cuando la comía, los violines se escuchaban divinos, como de ultratumba, me dice, sonriendo. Ser su profesor ha sido muy duro. Eso sí, los dos tenemos sinestesia, pero dudo que vuelva  atraerme la docencia  

Mi abogado se puso tan pesado, que a punto estuve de planear su muerte, pero a sabiendas de que no sería tan fácil como con Paquita, dejé de luchar por demostrar que no estoy loco. Ahora calibro la textura de quienes me atienden. Hay una enfermera de noche, bajita y de poco más de veinte años que debe saber a gloria. La chica está de muerte.