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martes, 28 de enero de 2014

Cosas de perros.

Esta preciosa dálmata se llama  Sushi. Foto de Internet.

El primer día que la vi con su dálmata, me sorprendió cómo lo paseaba. Un estilo peculiar que llamaba la atención.

Pensé que sería nueva en el barrio. Bien es cierto que hay gente con canes que no volvemos a ver, sin embargo, a la mayoría de propietarios de perros acabas por encontrártelos.

Se me ocurrió que la joven señora tendría algún problema muscular en su brazo derecho. Hacía movimientos bruscos, como causados por descargas eléctricas. En cambio, su perro caminaba calmado, husmeando poco y tranquilo. No tiraba de ella en ningún momento.

La volví a encontrar días más tarde, en la misma zona. Estaba sentada en el banco más cercano a los rosales, con su dálmata macho sentado. Ambos al sol. Mi perra se acercó a oler del suelo,  y se dejó oler posteriormente por el bello dálmata.

La señora parecía amable. Simplemente hacía gestos clónicos con su brazo derecho, que no sujetaba nada.

Me dejé abordar, dejando sueltos a los animales. Su mano derecha sujetaba algo que ejercía mucha fuerza. Tiraba de ella. Era tan evidente, que no pudo evitar explicarme qué pasaba.

Mi perra, que se volvió invisible- me dijo en voz baja, acercando su cara a mi oído.
Yo medio de broma la dije- pero ¿y cómo fue eso?
Pues de un día para otro- contestó la señora.

Me explicó su incredulidad y sorpresa inicial. Revivió los tropiezos con un bulto móvil, e incluso cómo la sorprendieron al principio los lametazos del setter en las piernas. Pero ya había poco que decir, porque yo estaba notando la cola de algún animal sobre mis tejanos, y luego la arena que se dispersaba tras escarbar, seguramente por una micción muy cercana a nosotras. Sobre la raza, sigo sin poder afirmar nada, pero el resto era innegable, porque tuve que quitarme el zapato por retirar la arena que entró en él.

Reconoció que la decisión de comprar un dálmata (-con pedigrí, por supuesto- expresó cómicamente) había sido para disimular, claro.
Según dijo, Afrodita ladraba de forma muda para todos…, menos para ella.

-Imposible de aguantar en el piso- reconoció con un gesto en la nariz que denotaba olores posteriores.

Ahora nos encontramos algunas veces. Nos quedamos mirando a los perros. Charlamos del tiempo, y ambas rogamos porque Afrodita no vuelva a su adicción de llevarte palos a los pies, porque sería difícil de explicar la telequinesia-como dice Paula.

Yo tampoco dejaría suelta a Afrodita. Ni me acercaría al recinto para perros.

Desde que conozco a Paula, me ha dado por confirmar la consistencia corpórea de mi perra, antes de salir con la correa en mi mano.




jueves, 23 de enero de 2014

Escaparate de academia de baile





Me llama la atención la academia de bailes de salón de la avenida. Es como un escaparate que me gusta ver al pasar por esa acera. De techo a suelo la limpieza del cristal deja pasar la luz, y salir las imágenes.

Nunca me he parado ante los vidrios que componen la entrada, porque ya el baile no me interesa para aprenderlo. Me gusta ver bailar, y hago lo que mis pies pueden ante muchas melodías. Pero nada más.

Se ve un mostrador pequeño y rinconero, frente al que hay una mesita blanca, y tres sillas adosadas a la vidriera.
En una pared, bajo fotos de parejas bailando, hay otras tres sillas. Al fondo se ve una puerta de doble hoja.

Según la hora, tienen las sillas más o menos ocupadas. A menudo, si embargo, están vacías.

Ayer, pude ver qué hace ese señor, que por tercera semana consecutiva me tenía intrigada. Una pirámide de cáscaras de pipas, en un platillo de plástico, sobre la mesita redonda, me habían hecho suponer “supuestos”. De tiempo y de buena dentadura, cuanto menos.

Había optado por la espera de una hija con sentido del ritmo, o una novia amante de un ritmo rumbero que desahogar (tal vez la dueña del tinglado).

Pasé diez minutos más tarde de la hora habitual.

El señor, en la acera, metía el plato con su carga de cáscaras en una bolsa. Bien anudada la echaba en una papelera cercana. Y se iba caminando, hacia el sur.

La señora, de una treintena, bajaba la segunda de las persianas, cerrando con la llave de seguridad un artilugio endosado en la pared del inmueble.

La treintañera se puso a mi lado en el semáforo que va hacia el norte. No dejé de mirar el simbolito rojo ni un momento. Cuando se iluminó el hombrecillo verde, ambas cruzamos, cada una a su paso.


lunes, 20 de enero de 2014

Cámara 1

Por la derecha entró en la imagen un señor con una cazadora gris. Se cruzó con una mujer que caminaba ligera, pero que al reconocerle se le echó a los brazos, desembocando en un abrazo muy cordial.

Tras él, se separaron un poco, sin dejarse de tomarse de las manos. Ella le contó lo que parecía ser un resumen de sus ocupaciones para el día, con movimientos de cabeza, y sonrisas varias. Él sólo asentía, subía un poco las cejas y sonreía.

Cuando ella miró el reloj, se separaron, dándose un nuevo abrazo. Este fue  muy ceñido, y largo. La cámara captó cómo ella decía adiós con la mano enfundada en el guante rojo, mirando sobre su hombro, mientras avanzaba deprisa, con su bolso en bandolera, hacia las escaleras, para el trasbordo de línea.

El señor llegó al andén, poniéndose al lado de otro hombre, conocido sin duda. Le contó cómo una señora que no había visto en la vida, le acababa de abordar en el pasillo de la máquina de fotos, del metro de Paseo de Gracia.

- ¿Seguro que no la conoces?, dijo el del sombrero.


- Ahora sí- contestó el hombre de gris, mirando atrás.

Se acumularon más viajeros, hasta la llegada del convoy que ambos tomaron, sin dejar de charlar. 


sábado, 11 de enero de 2014

Olor a lavanda


El Jardín del Artista en Giverny. Monet

La petición de sus mejores amigos le había llenado de satisfacción y extrañeza. Querían que redactase un pequeño recorrido por su amor hasta llegar a la boda, y consideraban que nadie como él podría plasmar ese camino tan largo como seguro.

Primero les agradeció la confianza, ante unos platos ya vacíos y un vino dando sus últimos adioses en las copas. Pero se negó en redondo. No sólo no lo veía adecuado, sino que la profunda amistad con ambos, alegó, no podría producir más que un dulzón escrito de amor, un confitado de adjetivos que sería incapaz de leer.

La fecha de la boda se acercaba. En una tarde, estrenando un sol primaveral, le vinieron a la mente diversas imágenes de luchas y espinas entre los novios. Escenas observadas de ternura, que había presenciado, y un sinfín de anécdotas de las que había sido testigo, que en su conjunto abarcaban esos años de relación. Ese camino que estaban haciendo juntos.

Era imposible que tantos detalles no llevasen a una ceremonia social de unión, porque era el sino de esa pareja. Parecía lo lógico, tras los encuentros sin brújula que los guiase.

Lo sintió de una forma tan cierta, que casi le pareció como una revelación mística. Con una lucidez tan meridiana, que casi podía tocar cada palabra sobre un papel. Era una sinfonía de cariño, deslizándose hacia el compromiso, entre olas de mar de fondo, y espejos de calma chicha. 

Se sentó, sin encender el ordenador. Cogió la Montblanc, que en su deslizarse sobre el papel le acompañaba la respiración, cuando escribía a vuela pluma, y pudo hacer de corrido un texto de no más de quinientas palabras.

Contenía la exquisitez de la sencillez, los afectos más sinceros. Acogía  las alegorías más bellas , y las mejor escogidas.

Faltaba algún signo de puntuación, pero decidió revisarlo más tarde. En la ducha dejó que el agua resbalaba por su espalda, apoyado en el alicatado, con sus manos asentadas e inmóviles en la pared. Con la cabeza baja.

Era liberador. Tanto, que las lágrimas rodaban libres por sus mejillas sin el menor gesto de dolor.

La certeza de que Elena era, y sería feliz, le llenaba de un sentimiento puro de olor a lavanda. El mismo que les inundara, cuando niños todavía, él atacaba a las abejas en un juego infinito, donde ella tenía pavor a los insectos y él se sentía el héroe que velaría por su felicidad por el resto de su vida.

Ahora, que el silencio de su risa ya se olvidó en su corazón, y que las punzadas eran volátiles, y explotaban como pompas de jabón, se pudo secar con brío. Y con una cierta dosis de rabia, que no supo identificar. Y con el pelo aún empapado, vestido solamente con una camisa sin abrochar aún, fue a pasar a Word el escrito.

Cuando cogió el folio, para apartarlo, y poder escribir sobre el teclado, éste se iba disolviendo. Empequeñeciendo, haciéndose liviano y quedándose en nada, hasta que en su mano izquierda, un amasijo de frases en color negro destiñó su piel, sin dejar más rastro que una suciedad húmeda y salada. Sellada para siempre.


miércoles, 8 de enero de 2014

Escaparate con perro

Les vi paseando. El setter con la empuñadura de la correa en la boca, y un señor con trenca negra. Con sus manos manos sujetadas entre sí, a la espalda.

Los escaparates estaban iluminados, y en la calle peatonal había gente suficiente como para no dejar suelto a un perro, pero parecía ser la forma de pasear de esta pareja, porque el animal iba al lado del hombre, escasamente a un palmo de sus piernas. Al mismo paso distendido que él. Paseaban por el centro de la ciudad. Ni más ni menos.

Les adelanté y me detuve a mirar una tienda de ropa casual. Las rebajas no perdonan a las tarjetas de crédito, y ahí estaba una blusa blanca, con un floreado delicado. Salpicada de unos degradados infinitos del color violeta.

Resultaba tentadora la maniquí, con su etiqueta a los pies, la iluminación de bombillas de led creando un espacio blanco azulado,  con un rótulo en el suelo. Descuentos importantes . La pose era sentada, sobre un sillón de terciopelo granate. Tan quieta. Tan a punto de escucha. Tan moderada y amable que llenaba el escaparate de tranquilidad.

Recostado , cerca de sus zapatos, yacía un peluche de perro canela, como aderezo de la decoración. Por si les interesa, pero no lo creo relevante, la maniquí lucía una peluca de media melena, rubio platino,  y unos labios pintados en rosa chicle.

Yo iba haciendo cuentas, como ahora tengo por costumbre, en un deseo infructuoso por cuadrar los haberes con los deberes, cuando el reflejo de la pareja heterogénea se acercó lentamente,  al mismo lugar del escaparate,  hasta que se quedaron inmóviles ante la luna reluciente de una tienda en una calle. El señor quedó a mi derecha, y el can tocando la pierna derecha de los pantalones de cheviot.

El perro, sentado ya, dejó caer la correa, y comenzó a hablar. Con esos sonidos que no vocalizan palabra alguna. Sí, esos aullidos flojitos como algodón de besos, queriéndose explicar. Sin más sonido articulado que la mirada profunda. Pero que le confería un qué sé yo de humanidad.

Miré al hombre. Sin más intención de ratificar que el perro estaba suelto, hasta de sí mismo.  
Me miró, con las manos en los bolsillos en ese momento, y amablemente me explicó.

-“En un momento vuelve a cogerse por la correa. Es que hay algo en la perrita que le atrae.”
-“Estupendo”-dije yo. Y entré a confirmar las tallas al interior de la tienda.

La dependienta de los piercings de estrellas azules, al observar que yo miraba hacia fuera, me dijo sonriendo, que desde que cambiaran de escaparatista, la extraña pareja iba cada tarde a contemplar el aparador. Sobre la misma hora. Hacían el mismo ritual un buen rato, y luego se iban.

Según le dijo el señor, esa costumbre del perro de pasearse a sí mismo, le había permitido ver las mujeres más hermosas de la ciudad. Incluso las que, a sus ojos, no eran de  cartón piedra. La joven había arqueado los hombros al confiarme la explicación, que a ella le diera, y me la transmitía sin más, con ojos pícaros.

Pero les diré un secreto. Yo creo que es una forma  que tiene para entablar conversación el señor de la trenca. Y que el setter es una excusa, pero puedo estar equivocada. 

En los próximos días pasearé por la zona, por ver a un perro pasearse a sí mismo.

miércoles, 1 de enero de 2014

Bolsa gris cerca del contenedor.

Empecé al año con el paseo habitual, aprovechando la luz que ofrecía el cambio de calendario. Me he ido alejando, cruzándome con algún dueño de mascota y alguna pareja de trasnochadores.

Me llamó la atención una bolsa de basura, que yacía al lado de un contenedor de residuos irreciclables. De rebuig, se llaman. Estaba sobre el asfalto, y tocaba a una garrafa de agua, vacía, de aquellas de cinco litros. Ahí estaba ella. Gris, informe, anudada, anodina y en apariencia, semivacía.

Al paso de un coche rojo a mayor velocidad de la permitida, ha recibido un golpe de aire. No me ha parecido extraño. Por ser primero de año, había muy poca gente por la calle, escasos vehículos, y ninguna señal de recogida de basura por parte de los camiones municipales de recogida.

Las calles estaban en orden. A pesar de algunas bolsas anudadas que no cabían en los recipientes, todo estaba en paz. Me pareció que la bolsa gris se había movido de forma sospechosa, pero tan pronto lo pensé, lo dejé pasar, siguiendo con mi paseo, por la misma acera. Silenciosa y soleada a esa hora.

En un bar aún abierto, en la terraza con mamparas acristaladas, dos mujeres estaban sentadas, discutiendo. Una de mediana edad y con un recogido de pelo desmantelado, señalaba con el índice mientras hablaba, a una muy joven, presumiblemente su hija. Ésta parecía esquivar la mirada, parecía no querer escuchar, pero súbitamente se encaraba a la de mayor edad. Cruzaba sus brazos con fuerza.
Ambas parecían tener signos de ebriedad. La mayor utilizaba movimientos imprecisos y un tono de voz elevado, turbio y tenso. La joven tenía unas ojeras violáceas, y parecía agotada.

Crucé de acera, para alejarme de una posible discusión tardía de nochevieja, teñida de alcohol, y rencores tendidos en una cuerda de colada.

A poca distancia, a una travesía de la escena anterior, un hombre hacía gestos y llamaba la atención de un coche patrulla, que se detuvo. De hecho, si no lo hubiera hecho, le habrían tenido que atropellar, porque elevando sus brazos extendidos, se había puesto en medio de la calle.

El tipo estaba ebrio. Con un evidente tambaleo, señalaba en dirección a la terraza del bar. No podía dudarse de que señalaba en esa dirección y, alternativamente,  a la fila de contenedores de desechos selectivos.   

Yo sabía que fuera lo que fuera lo que explicara el sujeto, no tenía nada que ver conmigo. En todo caso con los contenedores, a los que no me había acercado.

Entré en una sucursal bancaria, para hacer una consulta, y desde el cajero pude observar cómo los dos agentes, fuera del vehículo, muy compresivos al parecer, tranquilizaban al hombre en mangas de camisa.

Le vi seguir por la acera arriba, girando la cabeza un par de veces hacia los contenedores, mientras el coche de policía siguió su camino, hacia abajo, lentamente.

No pude evitar, de vuelta a casa, buscar con la mirada la bolsa gris que en algún momento, me había parecido verse mover.

No estaba. La garrafa de agua vacía sí, pero la bolsa no.

Hace una hora, de pura casualidad, he escuchado por la radio local, que han encontrado a un recién nacido en una bolsa de basura, en el barrio por donde yo paseara esta mañana.

Andan buscando a la posible madre. Acabo de recordar al tipo de camisa a rayas, tambaleándose calle arriba, murmurando entre dientes mientras miraba atrás.