martes, 30 de junio de 2020

El punto

Imagen de Aquí

Había nacido un  punto. Se subió sobre una i diminuta y desabrida,  y esta letra, ya contenta,  se dispuso a volar. Se colocó luego bajo una "oreja", y la frase se ofreció a cuestionar. Se elevó, poco después,  sobre una "ele" anoréxica y empezó a asombrarse, exultante. Encontró a un compañero, y se instalaron, resueltos y tomados del hombro, sobre una u perdida en la cigüeña de la torre. Posteriormente se asoció a una "coma" excesivamente leve, y le alargó el silencio.
Acabó tras dos amigos y ahora deja abierta la puerta abierta a...que con punto y seguido se mantenga el arrebato o,  a que, definitivamente, acabe el texto. Y se cierre el libro. 

Al final era lanzarse al vacío, tras el final de los  finales, o dejar una maroma, sujetando su pie al lomo de un libro en blanco, tal vez como invitación a empezar a escribir.

jueves, 25 de junio de 2020

Mudanzas en jueves


Imagen del blog de Molí del Canyer

Siguiendo la propuesta de Molí del Canyer, mudanzas, mi aportación es esta: 

Era lo mejor, levar  anclas y mudarse  a otra provincia. El coleccionista  había trabajado en su pequeña tienda por más de  veinte años. Había tenido la oportunidad de conocer a bastantes vendedores, la mayoría particulares y casi todos con expectativas excedidas sobre el valor de sus monedas. La numismática  le había permitido conocer a  muchas mujeres que llevaban a tasar las monedas a  escondidas de sus maridos, y a otras que eran solteras, a menudo con mercancía de orígenes oscuros. 

Al  reabrir su tienda, tras el confinamiento, la última mujer soltera que se puso a tiro, quien llevaba una moneda muy valiosa, para pagarse un viaje sola a Cancún, le había resultado tentadora, como la tres anteriores. Su estrategia había sido la misma. Su cuerpo, bien gozado gracias al burundanga,   estuvo unos días en el congelador, como las otras clientas. Había descubierto un lugar, cerca de la playa dels Capellans, más que oportuno para hacerlas desaparecer.  Lola pesaban demasiado, pero logró enterrarla, con la distancia de separación de dos metros entre ellas, y con la mascarilla puesta. Cuando una mujer de unos setenta años preguntó por la moneda que Lola le había pretendido vender, entendió que un día u otro se le tenía que acabar suerte, era hora de hacer el petate y mudarse.

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sábado, 20 de junio de 2020

La sombra que se fue



Mi padre me había llevado a pasear por las Ramblas, cuando no eran ese parque temático que recorren los cruceristas, ni el Liceo se había restaurado. Bebí de la fuente Canaletas, sobre la que me explicó la leyenda que afirma que beber de ella implica no irse jamás de Barcelona. Como llevábamos pocos meses, los justos para que mis padres encontraran acomodo de instituto para mi hermana y para mí, me negué a creerlo. Entendía poco ese idioma, si bien me sonaba  a un francés extraño, y echaba de menos a mis amigas del colegio    de monjas de mi ciudad tierra adentro. Además seguía enojada, porque no me habían dejado comprar unos libros, como castigo por haber seguido leyendo de noche, con una linternita bajo la sábana.

Nos detuvimos ante un portal enorme, entre una niebla que me impedía definir los contornos de la puerta, ni precisar el número del inmueble. Apreté su mano, tirando, como si él fuera ajeno a la prisa que yo manifestaba por regresar a casa. Un tipo que parecía un vagabundo nos dejó entrar, y saludó a mi padre. Me miró como calibrando mi edad, o mi sexo, llevaba el pelo corto y mi inseparable tejano, pero más que incómoda me sentí valorada. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.  La sombra del viento, de Ruiz Zafón.

Mi padre, y el guardián,  siempre supieron que había robado un libro, el que más almas tenía, porque era el que más personas habían leído. Lo que nunca supieron es que dejé uno mío,  Mariana Pineda, de Federico, y que jamás pude recuperar. La vida me permitió, años después, llegar al callejón, y a la casa. Pero el guardián se había convertido en un portero automático de una pensión sin nombre, o uno que no puedo decir, porque es el título del libro que robé, hace ya tantas y tantas vidas.  


jueves, 18 de junio de 2020

Fragmentos de novelas, en jueves

Imagen collage Neogéminis

Siguiendo propuesta  de Neogéminis para este jueves, sobre el uso o inspiración de algún fragmento de novela, que ha tenido la paciencia de armar en un collage. He optado por el último.

Era Octubre.  Le despertó  el frío de la noche invernal, con su sonido a viento colándose entre las rendijas de las persianas y de los  ojos tibios de ella. Se puso un delantal. Era legendaria su fama de desaliñado. Y es  que, por una vez,  ahora que al fin el cartero le había comunicado la llegada de una carta para él, quería llevarle el desayuno a la cama, limpio y pulido, como el  coronel que una vez lució gallardo. Se puso a recitar el salmo que usaba para acertar el tiempo de  los huevos pasados por agua, y volvió a mirarla, allí, dormida, ajada por los verdugones de la vida y las  promesas pospuestas mil veces. El gallo, desde el corral, se dispuso a cantar, con el aliento de los últimos alimentos que los viejos escatimaron de su propia dieta. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas.

Amaneció despacio. Sigilosamente. Casi de contrabando. Ella se desperezaba. Él se  atrevió a alzarla en sus brazos, con la poca fuerza de sus músculos gastados. María se dejó hacer, con la pregunta en su mirada y el ánimo reverdecido. Crujieron  las maderas, con tus termitas derrotadas. Se desbordaron los aromas de nostalgia, entre las paredes de azulejos desconchados. El gallo de marras apareció en la puerta del cuarto deslucido, como alarmado. Si el cartero no había errado, y era lo más probable, el coronel al fin tenía quien le escribiera.

Palabras totales: 258
Imagen de Internet


martes, 16 de junio de 2020

La naturaleza humana

Imagen de Isabel M. 

Los humanos hacía tiempo que habían desaparecido de la zona, tras la lluvia ácida del accidente en la planta nuclear. Gorpof no quiso abandonar ni su casa, ni a su perro. En los treinta años que hacía que vivía solo, había recibido una única visita. La de un científico inglés que anduvo midiendo con su aparato la radiación, y que no se atrevió a compartir un té con él. Pero le preguntó si era feliz tan solo.

— Hombre, he pretendido construir un paisaje a mi medida, y el resultado me está compensando de la soledad, de momento. Las abejas de tres ojos polinizan estupendamente, como puede ver, y la radio me acompaña todos los días.  

Cuentan que el científico, quien había filmado al tipo y su jardín, hizo una tesis brillante, cum laude, y que un día regresó, sin protección alguna. Le había parecido un edén perfecto para  desintoxicarse de tanta estupidez humana.  

Imagen de Isabel M. 




domingo, 14 de junio de 2020

Estrenando

Imagen de Alibaba

Siempre como nuevos. Están como recién salidos de una revista. He adquirido una habilidad de desinfección, que ya quisieran para sí muchos hospitales.  Cuando regresan de jugar a fútbol, a Luis y a Julian, les hago desnudar y les meto en la máquina. Tiene dos programas, aunque el extrafuerte no lo he probado aún. Les animo luego a expulsar las palabrotas y el estrés de los deberes. Los mellizos duermen como angelitos. Parece que les estreno cada día. Me falta probar con el gato y con los zapatos, pero de esta semana no pasa.

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jueves, 11 de junio de 2020

Un cuento de rebotica, en jueves

Imagen del blog de Dorotea

Siguiendo la propuesta de Dorotea para este jueves, mi texto es el siguiente:

El anciano boticario, quien nunca cursó farmacia en facultad alguna, le ofrecía un pequeño recipiente a una mujer que iba en silla de ruedas. Acabé por preguntar a la farmaceútica, la titulada y propietaria. Al fin me explicó cosas a medias de lo que sabía de ese auxiliar de farmacia que tenía contratado. Seguramente es cierto que pasó arduas jornadas entre libros y montañas de pergaminos , para hallar las fórmulas científicas que ayudasen a ser feliz. Su meta.  También pudiera ser que buscase en diversas disciplinas y que, cansado de no hallar en la química de la tabla periódica lo que andaba buscando, se internase en la alquimia y el arte de hacer brebajes, diseñando al fin un bebedizo para ofrecer en copa chica compuesto por: deseos de no mentirse en tres noches de plenilunio, un ramito de albahaca rociada con besos de colibrí y un pellizco de risas desde el rincón de la infancia. Me dijo que lo descubrió pronto, pero que le dejaba hacer porque  parecía funcionar en los clientes, y ninguno dijo haber enfermado tras usar esa pócima.

Seguía perfeccionando su receta, y siendo un solitario, lo pude imaginar en las noches entre alambiques  y probetas. Cuentan en el pueblo que un día quiso configurar el curso y el caudal del riachuelo con un vaso de plástico azul. Primero recogía el agua, y la analizaba, y luego la regresaba al mismo río y al  mismo sitio. Estuvo todo el día confirmando que el agua parecía químicamente igual pero  no era la misma. Desde entonces, según explican los que le vieron llegar con el autobús de la capital, las tragedias de amor menguaron, y ahora, hasta el médico del ambulatorio le consulta alguna vez. Sobre todo si hay amores no correspondidos que tardan en curar. 

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domingo, 7 de junio de 2020

Sumando




Nos han mandado en la escuela que hagamos un dibujo de nuestra familia. En primero ya me hicieron hacer lo mismo, pero ahora, en cuarto, cuenta para el examen de fin de curso. Como no vamos al cole, a mi madre le tocará escanear mi dibujo, que esta vez no tiene perro. Jack se murió de viejo. Se lo mandará a la profe de sociales. No sé cómo poner que mi abuelo se nos ha ido al cielo, y mi tío Roberto. Igual los dibujo, y luego los tacho, como rayitas en la pared que luego cruce con una línea. Como sumando.

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viernes, 5 de junio de 2020

Abuelapluma, por Flor.

Imagen de Flor

Es un poco largo pero es un cuento precioso de Flor, quien ha tenido la gentileza de dedicármelo. Espero que os guste leerlo tanto como a mí.

Estaba en la última hora de mi clase de arqueología, cuando una llamada inesperada, de un antiguo compañero de universidad, me llamó algo preocupado. Me puse al teléfono. Lucas me contaba el motivo de su llamada.
— ¡Querida amiga!, te llamo para comunicarte que desde hace unos meses viene acaeciendo un extraño misterio en la biblioteca de mi ciudad, y que poco a poco parece que se está extendiendo a otras muchas bibliotecas de todo el país. Mucho me extraña que no pase lo mismo en las bibliotecas de tu ciudad, por eso te ruego que te reúnas conmigo lo antes posible, para resolver este misterio que nos tiene angustiados a toda la comunidad de las letras y el saber.

Cuatro días más tarde, me embarqué con destino a “Grinchotigualpas*” una pequeña aldea Azteca, que por no estar, no constaba en ningún mapa conocido. Cuando llegué al aeropuerto, mi amigo Lucas me estaba esperando, sofocado y con cara de angustia. Tomamos un taxi y nos dirigimos a su casa, ya que se brindó para que me quedase en su hogar, con su familia.

Lo primero que visitamos fue la biblioteca, y pude comprobar, de primera mano, lo que Lucas me contó durante la cena. Las primeras páginas parecían normales, pero poco después, vi que lo que decía Lucas era verdad. Muchas de las palabras no tenían tildes ni puntuación alguna. Cuando llegué al final del libro, era como si hubiesen desaparecido todas las palabras,  incluso frases enteras.
                                   
Nos pusimos manos a la obra, y hablamos con expertos en dicha materia, y casi todos decían que era cosa de un malvado encantamiento de esa aldea. Los viejos lugareños que, en tiempos ancestrales, hubo un viejo hechicero llamado “Mojoliquen”* , quien odiaba a todo aquel que dudase de su magia y su poder a la hora de invocar a los dioses. En una ocasión, ofreció al gran volcán un sacrificio, tirar a  “Abuelapluma”. Era una anciana santera buena, que usaba su magia para hacer el bien y ayudar a todo aquel que necesitase de su ayuda. Curaba a los lugareños de las maldiciones del malvado hechicero. Cuando la anciana cayó al volcán, su último pensamiento fue convertirse en una lechuza blanca albina, y su deseo se vio cumplido.  Salió volando, y jamás se supo de ella. 
El  hechicero iba perdiendo su poder,  porque los lugareños se juntaban en noches de luna nueva, y, a escondidas, leían libros, de otras culturas y civilizaciones, porque  querían saber y aprender de lo que ponían en los libros de historia etc., Cuando un día Mojoliquen los descubrió,  quemó todos los libros que había en el poblado,  para que nadie leyese nunca más, ni supieran más que él. Hizo una gran sopa de letras,  comiéndose  así todas las tildes y signos de puntuación, y las exclamaciones, hasta que finalmente desaparecían los libros, y hasta las palabras. Lo malo fue que esas huidas se extendieron como una plaga. Y así fue como un conjuro,  poco a poco, hacía que  las tildes de todos los libros de mundo, y muchas palabras, fueran desapareciendo, dejando las bibliotecas con los libros en blanco, o sin títulos, o sin el nombre de los escritores. Mientras esto sucedía, una gran nube de letras salía de las ventanas de las bibliotecas, las escuelas y universidades. De todas partes del planeta, palabras, tildes, y hasta frases enteras se  arremolinaban como una gran bandada de pájaros volando, en una misma dirección.

Una tarde, en el alféizar de mi ventana, por donde miraba la calle, se posó una hermosa lechuza, con una pluma en el pico. Me miró fijamente, como si quisiera hablarme. Entró en mi habitación y revoloteó por la estancia, buscando lo que parecía un papel. En vista de aquel extraño acontecimiento, llamé a mi colega Lucas, quien  se quedó asombrado. Acerqué un folio, y la lechuza se posó sobre la mesa y escribió una extraña frase “Noblezamandarínlordmagnate*. Una vez escrito esto, la lechuza se transformó en un ser humano, volviendo a su estado original , y tosiendo, por las plumas que expulsaba de su boca , nos pidió un poco de agua porque estaba sedienta del largo viaje. Una vez que saciada su sed, se presentó diciendo:
—Soy la última descendiente de “Abuelapluma” y en vista de lo que está pasando en todo el mundo, he venido a ayudaros para terminar con este maldito y malvado hechicero. Con la ayuda de Abuelapluma, y un viejo libro en blanco, con unas palabras en un idioma desconocido para Lucas y para mí, convirtió el libro en una especie de “Caja de pandora” pero con la diferencia de este libro, al abrirlo, dejaba ir un potente tornado que se tragaba todo lo que había a su alrededor durante unos instantes. Pasados cinco segundos, este libro se volvía a cerrar, para no abrirse jamás.

Escogimos la primera noche de luna nueva, para reunirnos en un claro del bosque. Hicimos una pequeña hoguera, y dejamos a la vista el libro que se titulaba “El libro de la Sabiduría”. Esperamos ver al hechicero, quien no tardó en aparecer. Al ver el libro, se le iluminaron los ojos, ya que jamás había visto un libro igual, lo cogió y lo abrió. Las letras que vio  eran unas letras hipnóticas que, poco a poco, poseían al lector. De pronto se oyó un gran estruendo, acompañado de un gran trueno, el cielo se hizo una luz blanca y brillante poco después. El hechicero fue engullido por un gran tornado, mientras nosotros estábamos fuertemente agarrados a los árboles, para no ser arrastrados por los vientos, hasta que el libro se cerró definitivamente. Cuando llegó la calma cogimos el libro y fuimos a ofrecérselo al gran volcán. Una vez allí, Abuelapluma dijo unas palabras y tiró el libro al volcán mientras recitaba un conjuro eterno, que no se rompería jamás. Acababa así:
 _¡¡Que todas las letras vuelvan a su sitio original!.

Poco a poco las letras empezaron a salir de lo más profundo del volcán, y salieron volando como si fuesen pájaros en manada, unas colocándose en los libros que estaban en blanco, y otras conformando libros nuevos, sustituyendo a los  quemados por el hechicero. Una vez que el hechicero hubo desaparecido, llegó la hora de despedirnos de nuestra gran amiga Abuelapluma, que una vez más se convirtió en una bella lechuza blanca y desapareció en la oscuridad de la noche. FIN

Quiero dedicar este humilde y sincero homenaje a mi buena amiga Abuelapluma (Albada Dos)   particular.

jueves, 4 de junio de 2020

Libre albedrío en jueves

El blog de mar
Imagen de Todo colección

Siguiendo la propuesta para este jueves de  El blog de Mar, sobre el libre albedrío, mi aportación es la siguiente.

El tirachinas le había quedado fenomenal. La goma usada la había robado del costurero de una tía abuela. Llevaba las rodillas con mercromina, y se había vuelto a raspar una de ellas, pero ahí estaba, en lo alto del tejado del granero del tío Ambrosio, mirando una paloma posada en un alambre. Tensó la goma, apuntó con precisión, la que creía tener, y al final bajó su arma.

Cuarenta años después, y mil avatares   por medio, de nuevo miraba a su posible víctima. Había aceptado el encargo, los cincuenta mil euros estaban en el cajón, junto a su pasaporte falso. La posición era buena, la mujer estaba  quieta, leyendo su móvil. Hizo lo mismo que aquella vez, usar su libre albedrío.

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lunes, 1 de junio de 2020

Iniciando junio


Se intuyen los abanicos.
Se empiezan a ver helados,
y tirantes, y pantaloncitos cortos.

Se imaginan los gazpachos.
Se empieza a sacar bañadores,
y ventiladores, y chanclas.

Se asoman las cervezas heladas,
las cremas que nos resguarden,
los chiringuitos de playa.

Esperando las toallas en la arena,
la siesta, y las tardes largas, 
los niños con sus cubos y sus palas.

Se acercan los días de gracia, 
las tardes de largas charlas, 
mi corazón, en volandas.