sábado, 30 de enero de 2016

haikús a un almendro



Lunares blancos, 
algodones de espuma, 
primavera en flor





Ramo en blancura, 
se estremece el invierno, 
bajo la luna




Sol sin escarcha, 
el almendro confunde, 
su blanca savia

Las imágenes son de Aguirrefoto

martes, 26 de enero de 2016

Relajándose en un Aquatonic

   
No se nota pero está separada del suelo, además
-              
La mala racha se inició con su pie derecho, dando un traspié contra una tapa rota y sobre-elevada que había entre el estacionamiento y las instalaciones.  Creí que se había torcido el tobillo, pero todo quedó en rescatar su zapatilla deportiva y  en que se cogiera de mi brazo con fuerza, cojeando, pero alegre.

En el vestidor todo correcto. Muy cara la entrada para tres horas, me dije, pero un día es un día. Así que ataviados con albornoces blancos, el mío estrecho, casquete para el pelo, y zapatillas de papel-tela, y cogidos de la mano, con una Julia temblando pero con la cojera disminuida,  subimos unas escaleras y atravesamos el pasillo de cristales a ambos lados.  Llegamos al torno de entrada. Se atascó con ella adentro. Busqué al socorrista, pero no había pulsador que él pudiera accionar. Se solucionó rápidamente con otro código de barras que bajé a pedir a recepción.

Las piscinas estaban estupendas, y todo iba bien entre jacuzzis de variados estilos, con ese bañador que le estilizaba las piernas, y esos besos que me iba dando agradecida por la sesión de relax. Todo iba como la seda hasta que tuvo sed. Como no podía ser de otra forma fui a por un vaso de agua. Pero no había. El bidón estaba vació, y sin vasitos.

-          - No te preocupe, dijo, luego nos hacemos un café o una cola, y me volvió a besar.  

A las dos horas estábamos con los dedos como garbanzos, saciados de relax y con apetito de leones, así que decidimos ir al baño turco, para acabar luego con una buena ducha fría que nos limpiara el cloro y cerrase los poros.
En el baño turco había, en la entrada, unos azulejos sueltos que me hicieron temer lo peor. Pero tuvimos suerte y no nos cortamos ninguno de los dos. Apreté el  pulsador de agua con eucalipto, pero no salió nada, así que nos fuimos a las duchas. Pero no funcionaban.

Soy de buen conformar, pero ya harto le dije al socorrista, que qué culpa tenía él, pero ¿a alguien iba a quejarme?, que no era manera de tener las cosas. Me dio la razón, por supuesto. Animándonos a comentarlo en recepción.

Al llegar a ese mostrador, antes de cambiarnos, le dije a la señorita, quien ya me tenía muy visto por ese día, que era un fallo enorme no poder beber agua, ni poderse duchar en la zona de piscinas, ni al entrar, porque vaya a saber uno qué arena o suciedades lleva la gente, ni al salir, y Paula, según el nombre grabado en su uniforme, mirando a Julia, un pollito tembloroso en un albornoz enorme que cojeaba a esas alturas, nos hizo esperar un instante.

Llegó la encargada de masajes, sí, hay una zona para masajes y otros tratamientos más relajantes y caros, y ésta nos acompañó a la zona VIP con su garrafa llena de agua y vasitos, y hasta tumbonas ante una piscina pequeña de aguas medicinales.

Nos ofreció ducharnos en unas duchas de aguas termales de esa zona exclusiva y ahí me olvidé del leve enojo por el gasto excesivo ante una Julia desnuda, que me tendía las manos bajo la cascada de temperatura perfecta, y la abracé sin poder evitar una erección no planificada.

Estábamos solos. Sus pechos lucían esos pezones de fresa con la plenitud de su boca en un beso de tornillo, y no pudimos, ni quisimos dejar pasar la oportunidad de amarnos contra el alicatado, impecable y con aroma a eucalipto que nos desbordó el deseo.

Silenciosos bajo el rumor del agua, advertimos tarde unos pasos de zuecos, y casi sin tiempo de ponernos los albornoces, una señora con moño y uniforme azul cielo hacía su entrada en la zona. Saludamos y fuimos al vestidor a cambiarnos, cómplices de miradas y risas en voz baja.

Para todas las taquillas, unas cincuenta, hay dos secadores de pelo. No sé qué pasaría, porque luego no pudo explicar qué había hecho. Oí un grito. Julia, con su melena empapada, sujetaba un secador cuya base dejaba ver unos cables pelados. 

- Nada, un pequeño susto. Otro día- me dijo riendo, mientras se soplaba en un dedo y cojeando levemente- me llevas a la playa.

La había recogido en la estación, donde su tren había llegado puntualmente, por una vez, y mi ilusión era llevarla a esos baños termales porque andaba muy estresada con su trabajo de traductora, y siendo tan friolera, supe que pasaríamos una mañana inolvidable. Como así fue. 

Su tren salió de la estación con cuarenta minutos de retraso, cosa habitual, pero la relación había avanzado por caminos de aguas inexploradas que ahora sabíamos surcar, en complicidad.

viernes, 22 de enero de 2016

Sobrevivir al treball de recerca

Imagen de Google

Laia se concentró nuevamente ante otro café. Aún había de hacer unas correcciones de última hora en su “treball de recerca”. En ese segundo curso de bachillerato, desde el inicio, tuvo la certeza de que, como una nebulosa que sobrevolando su cabeza,  su trabajo de búsqueda era tan fácil que lo había pospuesto semana tras semana, para ponerse a ello en vacaciones. Pero en Navidades conoció a Pablo, y los tiempos corrieron en su contra. Los besos sustituyeron a los libros, los abrazos a los apuntes y las caricias a los documentos Excel.

Con los restos de concentración que le quedaban redactó las conclusiones y unos agradecimientos de pega, para dar por concluido ese “maldito trabajo” en el instante en el que escribió en la portada el nombre de su instituto y el curso presente.


En la copistería insistían en que no sólo había un documento pdf titulado “Treball de recerca”, y que era el que le habían entregado y que debía pagar, pero no vio con sorpresa que no era el suyo. Éste versaba sobre La Ilíada en vez de su tema, "autoimagen en mujeres de 15 a 40 años". 

Mirando el reloj calculó cómo recuperar e imprimir tres copias, una en color y dos en blanco y negro de su trabajo. Pero a contrarreloj. Había de ser antes de que sonara el final del recreo y los tutores recibieran los documentos, debidamente encuadernados, que supondrían una décima parte de su nota final de bachiller. 

Le gustaba la sensación de último instante, la taquicardia de ser descubierta, las cosquillas de correr un riesgo, pero esta vez, al recordar que el pen driver suyo era idéntico al de Pablo, dejó de sudar y comenzó a   reír.  

lunes, 18 de enero de 2016

Madre especial

De Janssen. Tomada de Internet 

En el instituto, la tutora de segundo ciclo de la ESO ya había comentado en el claustro de profesores que Eva María de Todos los Santos era una muchacha muy adulta para sus catorce años. Según le había explicado su madre en la única reunión que mantuvieran sobre el curso de sus estudios, ya comentó que siempre había sido una niña muy seria y responsable.

Tal vez influyó que se hiciera mujer de manera tan temprana, y que su aspecto emanara una aureola de feminidad desde que inició la ESO, dejando como a niñas de párvulos a la mayoría de compañeras, y no digamos a los compañeros, quienes con sus doce o trece años ella veía  como hermanos menores, o más lejanos, como habitantes de otras galaxias. Eva estaba embarazada.

Su equipo de atención primaria atendió a la menor, acompañada de la madre, y puso en marcha estamentos de protección que garantizasen confidencialidad para una segura interrupción de embarazo. La sorpresa fue que la propia Eva María había buscado esa gestación. Explicó que había yacido con un hombre de veinte años, que no quiso identificar, al que amaba desde muy pequeña, y que había calibrado los contras, los miles de contras que encontraría en su decisión de buscar quedar embarazada en el único encuentro con él que iba a tener.

El equipo de salud mental se movilizó. También el de atenció a la dona. Se llamó a la asistente social para que valorase la idoneidad de un posible parto y los cuidados que el bebé y la propia madre necesitarían. Los padres rezaron. Hablaron con el párroco del pueblo, quien a su vez quiso charlar con la menor. En las tiendas y paseos empezaron a cuchichear que la niña sudamericana estaba embarazada, y se inició una polémica sobre quién podría ser el padre.

La tripa de Ava María avanzó, sin dejar de asistir al instituto, donde sacó las mejores notas, y un día de Mayo, con el calor trepando por los campos de cultivo del pueblo, la niña se puso de parto. En ese momento reaparecieron las conjeturas de paternidad y se acervó la crítica  hacia la madre de esa niña que había decidido ser madre. Se cebaron más en ella que en la propia hija, sobre todo porque ambas seguían asistiendo a misa todos los festivos. Se había considerado de alto riesgo esa gestación, y por eso fue atendida durante todo el embarazo con controles muy a menudo, sin encontrar en ninguno problema alguno. El día de su llegada, ese bebé, fruto de la obstinación, nació de manera normal. Madre e hijo estaban bien tras el nacimiento y ella demostró una pericia en el cuidado del recién nacido que hubieran deseado para sí muchas madres, de esas madres primerizas que cumplieron los treinta años hace tiempo.

El niño suplió los temores de toda la familia por alegría, y pasado el tiempo, una muchacha de veintiún años aprobaba las oposiciones de Magisterio, en lengua  extranjera, y con un niño al que nadie conocía, y del que no hablaron las malas lenguas, se instalaba en un pueblo de Lleida, donde fueron felices por siempre
   


viernes, 15 de enero de 2016

La novicia

Monasterio de Vallbona de les Monges

Siempre he identificado lo de ser novicio con juventud. Con ese iniciar en un futurible, en un deseo a materializar dando un primer paso.

Hoy, sin embargo, he conocido a una novicia de sesenta años. Me resistí a creer que ese velo blanco obedeciera a tal condición, pero en una congregación de ocho monjas, sólo dos llevaban tal atavío, siendo negro el velo de las demás monjas.
Mi curiosidad me ha llevado a preguntar, si tal vez ese color obedecía a otra etapa, además del noviciado, pero la abadesa me ha dicho que no. En efecto, María Pilar, ahora la madre Misericordia, en homenaje a una Virgen policromada que guarda el monasterio desde el siglo XIII, es novicia.

La única hija de una mujer de enraizadas creencias, mirada limpia y dolores tempranos de artritis, ya tenía vocación religiosa desde la juventud. La vida, en esos vaivenes que trae el destino, siempre en aras de unos designios divinos que los hombres, a veces, ignoramos, la llevó a estudiar Magisterio, y ser una profesora de Primaria feliz con su trabajo y la dedicación a su madre enferma.

La vida también le trajo a hombres que traían mensajes de amor, e incluso uno de ellos materializó un noviazgo con su objeto de deseo, en este caso, esa mujer de ojos de gacela y melena de azabache, pero Dios, que todo lo puede, y todo lo sabe, hizo empeorar a doña Leonor, dejando al novio a merced del tiempo de espera a que la madre amada diera un respiro a María Pilar.

Resignada  con sus niños en las mañanas en el aula, y las tardes con su madre y sus potingues, la vida la llevó a la tibia y monocorde vida de cuidadora perpetua. Un día, cuando los calendarios marcaban los noventa años de doña Leonor, ésta no despertó. 

María Pilar, entonces, dispuso todo para arreglar sus pocas pertenencias, despedirse del colegio, de las calles, de ese barrio donde se sentía en casa antes de llegar a la suya y dejar las llaves del caserón del siglo XVII en la Notaría.


Con sus sesenta abriles, una maleta con libros, dos pañuelos que su único novio le regaló y miles de recogimientos postergados, llamaba a la puerta de la congregación de  monjas de Vallbona de les Monges, para cumplir con su vocación. 

En el claustro, caminando con cierta cojera, entre sus hermanas, la vi pasar ante la capilla de una Virgen policromada con un inmenso manto.  

Claustro donde románico y gótico se encuentran.

miércoles, 13 de enero de 2016

Humberto, ese hacedor de cuentos


Hace dos años, en octubre de 2013, inspirada en las cúbicas burbujas de jabón de Humberto, escribí un relato sobre un hacedor de burbujas. Porque sus relatos, escuetos, impecables y cortos, irisan la mirada de la imaginación al leerlos. 

Parecen efímeras burbujas de aliento que nos inunda, pero la sensación de vida que irradian, no nos deja indiferentes, sino que nos sumergen en la relectura o rumiación de lo leído. Contiene textos jocosos, sin más. ¡Ni menos!. pero he gozado de joyitas cuya digestión implica mil poliédricas lecturas, o un abanico de ventanillas por las que llegar a una interpretación, esa exacta de estamos buscando en el conjunto. Él juega con las palabras y con los conceptos como prestidigitador. Esa es su magia.

Sepan que el primer día que vi su trabajo, no recuerdo la fecha exacta, pero hablo de unos tres años, ya en la primera ojeada me atrapó el halo que desprendían esa palabras hilvanadas en color verde sobre fondo negro. Me gusta tanto la hoja en blanco que se va habitando de letritas en negro, que me impone eso de leer sobre fondo negro, pero ese atrezzo no impidió que me cautivara la lectura abierta, exacta y estricta de sus párrafos.

Estuve en su presentación de hace dos años, y pude conocerle. Ahora, con su “Ecos de la nada" en mi e.book”, le agradezco el privilegio de presentar este nuevo libro, ramo inmenso de relatos a cuál más interesante.

Sin duda, como bien dice, será una reunión de amantes de los manojos de frases que buscan unos ojos donde anidar, sean lectores, o sean escritores de esas cosas que se dan en llamar relatos, o cuentos,  o pequeños experimentos literarios. Será un placer compartir un rato con él y los amigos blogueros, lectores ávidos de buenos ratos y tanta gente de bien que quiera acompañarle, leerle, y vivir un momento especial en su carrera.

Será el día 20, a las 19h, Llibrería de la LLuna, Carrer Ferlandina 32, de Barcelona





      

martes, 12 de enero de 2016

Estudiante de belleza

Imagen de internet

Eso de querer ser peluquero o esteticista imagino que es una vocación que uno siente, o los de alrededor atisban. Para impartir ese grado formativo de primer grado, hay academias, que, a cambio de que te atiendan personas en formación, pueden ofrecer precios más que competitivos. Si buscas excelencia, y experta pericia, tal vez hay opciones mucho más fiables.
Son las peluquerías y tratamientos estéticos que yo utilizo, y la verdad, salvo contadas ocasiones de impericia, no puedo quejarme.

En la que uso ahora, más cercana a mi domicilio que la que utilicé durante cuatro años, las estudiantes de primero, este curso ya hacen segundo. Y a algunas, las conozco por su nombre. Me llamó la atención en un corte de pelo, una chica de cabello más que llamativo, un perforador de oreja, un par de piercings y unos ojos como rayos. Esos labios como arrecifes, y una risa que echaba a volar a las palomas.

Hace peluquería, por lo que hasta hoy no he vuelto a verla. Su rostro es tan parecido a una chica de anuncio de la Coca-Cola de este verano, que, al preguntarle si había hecho algo de grabación, enseguida, y con risas me ha disparado

-ahhh, jaja, la Coca-Cola. Que nooo!
-Pues reconozco que pensé en ti al verlo, ya ves.
-Mucha gente…pero no.

Es una academia pequeña, pero con ambientes, cómo no, muy diferenciados entre lo que es estética y peluquería, y yo he pasado a que me hicieran la manicura. Una excentricidad que de vez en cuando me permito, así que no he podido disfrutar de esa muñeca de anuncio. Ni se oía su risa, ni hoy sus ojos echaban luminarias en la mañana, ni esparcía ese halo de juventud reventona como clavel de agonía.

Curiosamente, dos alumnas, una actuando sobre otra, se partían de la risa, con sus cosas, pero riendo para dentro, sin soltar las carcajadas que reventaban en sus bocas. Y la que me atendía, no paraba de pedirles que parasen.

-No,  que suelten las carajadas, porque se van a ahogar!


Algo le pasa. Tal vez resfriada…tal vez meditabunda…tal vez exceso de fiestas navideñas…esa juventud, explosionando, la volveré a buscar, cuando regrese a la academia de belleza, donde niñas casi, lidian con mujeres con arrugas, con manos y pies artrósicos y deseos aparcados en trenes de vocaciones que a veces se materializaron, y a veces no

domingo, 10 de enero de 2016

Niños que crecen


Él nació a trasmano. Antes de lo previsto. Sin haber sido buscado entre lunas de algodón de esos instintos maternales, siempre alertas con la edad.

Quiso llegar, dando aviso, en la noche de Reyes, como una estrella refulgente, o un cometa con cola de caballo para hacer notar su llegada. Pero hubo de esperar a que el aire pudiera entrar en sus pulmones, en cantidad y forma suficiente para reír después.

Nació menudo, con un peso pequeño y unas grandes, unas enormes ganas de decir “aquí estoy yo”. Le costó hablar, pero nada le costó reír, o caminar juguetón, o echar los brazos para gritar su alegría cuando la madre llegaba.

Prematuro en su talla, en su tiempo, menudo en su desarrollo de niño amado, supo dar la forma a los abrazos de arrullo, a ese dormir con cuentos, a ese despertar con la risa en la mirada que nutriera las ganas de seguir viviendo.

Su abuela decía que su nombre exigía un don previo: Don Eduardo. Hoy cumple veintiún años. Y tiene un don: su facilidad para dejarse amar.

sábado, 9 de enero de 2016

Música en el metro


El metro de Barcelona, como otro cualquiera, alberga en trayectos precisos a usuarios casi diarios. A las once de la mañana, los convoyes van casi vacíos, y eso permite a los músicos que viven de los donativos de viajeros, imagino, poder mover sus amplificadores con ruedas, o si van su sólo instrumento, un desplazamiento por vagones sin molestar a los viajeros. Hay también pedigüeños que explican su situación difícil, sin ofrecer más que su pena a los viajeros, pero este tipo de petición de ayuda no lo tocaré, al menos hoy.

En tres días he coincidido con cinco “artistas” de la música, dos de los cuales he escuchado en las tres ocasiones, y me parece sensacional el hecho de que ambos sean de una edad muy superior a la cincuentena. No se han rendido, me digo. Llevan su edad y falta de trabajo aún con dignidad,

El primero lleva un artefacto que hace de karaote. Se apuntala él, enciende el cacharro y canta, con muy buena voz, temas de the Boss y de Bob Dylan. El segundo es un sudamericano que con un acordeón, que no bandoneón, nos deleita con temas atemporales, no sólo tangos sino corridos, o boleros en su tema musical, que no canta este señor.


Tengo por costumbre, si llevo monedas, darles un par de ellas. Nadie, hasta hoy me había hecho notar esta costumbre, ni como buena ni como condenable, hasta hoy, ya  ven, cuando mu vecina de asiento, mujer de unos treinta, que creí concentrada sólo en su móvil se ha dirigido a mí.

- Perdone...¿Por qué le da?
- Porque ofrecen alegría
- Con poco arte
- Con el que tienen- dije.

Me quedé pensando, pero poco, en el futuro de esa mujer, tan pragmática como bien vestida, tan joven aún para no entender la vergüenza que seguramente pasaron esos hombres la primera vez que, comiéndose su orgullo, se animaron al fin a destilar música por los vagones de un metro de una gran ciudad.  

En parte pensé muy poco, porque tres niñas, cerca de una puerta, bailaron con la música, una de ellas, cual princesa que creía ser. Me llevaron a la realidad de los posibles futuros e inventados pasados, para volar, como la niña, por un sendero de inocencia ante una canción. Como las bolsas rosas de los vagones, que inundan de alegría los opacos mundos de quienes no pueden ver más que lo que ven.



viernes, 8 de enero de 2016

Broche para un empeño


Me llamo Fabiola, como homenaje a la reina europea fallecida recientemente, como decía mi madre para justificar mi nombre. Hoy cumplo sesenta años,  trabajando en la casa de empeños, de la Caixa, lugar en el que llevo mucho tiempo, y del que no deseo irme a otra oficina más "normal", a pesar de que me lo han ofrecido repetidas veces.

No quiero aburrirles, porque, como imaginarán, la lista de anécdotas vividas sería inacabable. He vivido demasiadas situaciones inverosímiles, y algunas de ellas, en verdad tristes, por el desarrollo de algunos préstamos pignotarios (que es como se llama de manera técnica eso de prestar dinero, avalado por unas joyas). 

Hoy ha  venido una señora, la misma que casualmente atendí en mi primer día de trabajo, entonces en lo que ahora es Pau Clarís, y antes Vía Layetana, y no me equivoco, en absoluto, porque el broche con diamantes y esmeraldas me llamó la atención por su diseño, aquel día lejano, y hoy, siendo igual de armonioso y discreto para mi gusto, estaba con   el pasador claramente usado, gastado y manteniendo la rectitud con más deseo que verosimilitud. Pero era el mismo.

No recordaba a la mujer, porque es imposible recordar una cara al cabo de tanto tiempo. Pero sí he reconocido su voz, a través de las pocas palabras que pueden verterse en ese cubículo,  con cierre interior para el usuario y cristal blindado para nosotros, que no sé por qué es tan oscuro. Es donde pesamos y valoramos los objetos. Y donde regresamos las joyas.

Esa voz, aquel día me sonó como una especie de llanto inaudible, y hoy no.  La mujer, cuyo nombre no he querido retener en mi memoria, ha manifestado una educación exquisita y ha comentado qué cambios  ha visto esta oficina de ahora, tras Plaza Catalunya. No había nadie más que ella en toda la oficina, así que hemos comentado algunas cosas del pasado reciente, como por ejemplo el hecho de que se haya podido poner un ascensor.

Cuando salí,  a las tres en punto, la vi sentada en el Zurich, con una cerveza y un diario El Pais. Le he pedido permiso para sentarme, y al fin me ha explicado la historia de ese broche, por el que han pasado tantos años como los empleados en el derribo de su matrimonio,  que ahora, a su edad, cercana  a la mía, da por acabado, a través de ese broche y un anillo de veintiún diamantes que   ahora nosotros, los de los empeños, custodiamos.

Del anillo, jamás me habría acordado, pero al recordarlo ella, me vino a la memoria uno solo, de oro blanco, pero ahora yo he guardado junto con el broche, tres, con siete diamantes de 0,2 quilates cada uno.

jueves, 7 de enero de 2016

Canto feliz


Son las cinco cincuenta de la mañana cuando me despierta una voz infantil, aguda, en un ay, ay, con ritmo. Pienso en pesadillas, tal vez de un niño de unos siete años del tercero.
Oigo que uno de mis hijos va al baño, y que el gato acude a la terraza del patio interior. Sigue, acompasado ese pesar, que se asemeja a un ensayo de voz, y que me impide volver a dormir y me recuerda la posibilidad de ir yo misma al baño.

Cesa el canto. El gato aprovecha para venirse a mi cama, alguien ha ido a la cocina, el silencio luego retorna al patio de luces, la luz de alguna cocina se apaga, y el edredón me cobija, cuando a punto de volver a dormirme regresa el canto de alarmas en voz aguda, en un compás que ya me hace sospechar que no puede ser terror nocturno de niño alguno. No me salen las cuentas, porque los vecinos, menos el del piso en alquiler no pueden estar holgando, o por edad o porque llevan tiempo en el inmueble.

Son las seis y diez, cuando el compás se acrecienta, se acelera, en un gemir que roza el grito, en unos agudos que ya quisieran muchas cantantes. Me recuerda una aria, el gato se asoma al patio de luces, me pongo música con auriculares, se oye una tos varonil forzada, un perro, el del tercero se une al canto cuasi agónico en un acoplamiento imposible, desisto de escuchar a Bach cuando veo que el gato hace amago de querer salir a la ventana, que por suerte tengo con la persiana bajada porque su afán exploratorio le ha llevado, por dos veces, al fondo del patio. Como en un final de orquesta los gritos, ya imparables explotan, en la noche, con un perro gimiendo, un gato  a punto de romper una persiana y desistiendo de dormir más.

Son las seis y treinta, cuando, ya en la ducha, con la puerta cerrada, el grifo abierto, la cascada de agua sobre mi cuerpo y el gato sentado sobre la tapa de wáter, el canto de gemidos vuelve a atacar  sin partituras, con ritmo, con un in crescendo rápido hasta que el mismo perro gime, el gato baja disparado de su atalaya para arañar la puerta, me echo por encima un albornoz para abrirle, y cuando le veo correr hacia mi dormitorio, un estallido de gritos inunda de nuevo la noche a punto de caramelo.

Mojada, aterida de frío, con un gato a mi lado y el rumor de unas toses viriles, un perro a punto de un infarto y una mascletá de gritos, cuando éstos cesan, me pongo a aplaudir.

miércoles, 6 de enero de 2016

Remolinos de reyes

Imagen de Internet

El viento apareció, puntual a la cita con los deseos de los niños y los anhelos de los hombres. 

Llegó a la plazuela, discreto en principio, haciendo rodar una lata vacía de refresco luego, y aliñando un revolotear de las hojas que danzaron hasta el suelo ayer.  

Cobró fuerza a medida que los sueños de los niños de corazón pedían a sus majestades momentos dulces, dejar atrás temores, encontrar los caminos de los acuerdos, y tantas frases coincidentes en todas las edades y credos.


Se alimentó de las rabias venidas a menos, y  de los llantos de pérdidas que remontar, y de las convenciones grandilocuentes que buscaban convivencia y respeto, y así, con tales fuerzas, se fue convirtiendo en remolino gigante que succionaba por igual cáscaras de pipas y lágrimas ya secas, envoltorios de caramelos y plumas abandonadas, facturas pagadas y cartas con final feliz. 

El tornado en miniatura era un llevarse para dejar, de tal manera, que cuando yo salí a la calle, alcancé a ver un remolino con confetis  que iba regando esperanzas, sonrisas, ilusiones, sentires, besos, miradas cómplices y sabor a mazapán.

domingo, 3 de enero de 2016

Estrenando el año con sombras chinescas



Se toparon mientras él salía del teatro, donde hacía de tramoyista de ocasión, y Julia miraba hacia atrás, tras haber trastabillado.
 - El mundo es un pañuelo- dijo Luis, disimulando el rubor que notaba disparado en ambas mejillas
 -Y tanto. Y además sucio- corroboró ella mientras se miraba la suela de su zapato de salón, apoyada sobre el brazo de él.

 “Tantos años coincidiendo bien poco, y ahora, tras verla la otra noche por fin de año volvemos a coincidir. Pero la vida es así de caprichosa”, se dijo Luis, bendiciendo al azar que le podía sobre el brazo la mano de esa mujer que le había dejado indiferente en la adolescencia y que ahora  brillaba. De día, y sin vestido de tubo también. Con el pelo sujetado en una coleta y sin nada de maquillaje, seguía emitiendo una extraña luminosidad.

La comisión de fiestas y festejos del nuevo ayuntamiento, en un alarde de modernidad para hacer visible el cambio de partido al frente, había trasladado el mercado de navidad a  una avenida, dejando la plaza el ayuntamiento para una pista de patinaje sobre hielo, como algunos de Reus de toda la vida recordaban haber disfrutado ya, años atrás. También se habían empeñado en devolver la alegría de la magia navideña por las calles. Con comparsas tocando villancicos, con un contador de cuentos callejero disfrazado de Sabio, o con unos dinosaurios de títere que se ambientaban con una música ambulante que les precedía. Además, como guinda del pastel de ambiente feliz, y copiando esas bellas imágenes d proyectadas sobre fachadas de edificios singulares, este año estrenaban una proyección de motivos navideños sobre el teatro Fortuny, mientras la plaza del Prim, con su figura ecuestre, era testigo de la gente asombrada mirando esos juegos para los sentidos.




Tomaron un café, en el bar de la plaza, pero él no pudo disimular su  conmoción ante la Julia que acababa la carrera en Junio, y  que, amable y extrovertida, no dudaba en tocar a su compañero, para apostillar los comentarios que hicieron. Hablaron sobre la vida y proyectos de ambos, sobre las parejas de ambos, que por puro azar estaban en el peor momento. Era evidente que él había asistido solo a la fiesta en casa de Blas, y que Julia había ido del brazo de su novio, pero a pesar de él, había asistido sola.
Quedaron en verse a la tarde, aprovechando que él había de hacer un par de cosillas en el teatro y que ella le había comentado lo que deseaba conocer de los entresijos de ese foro de espectáculos.  Era de Reus de toda la vida, pero jamás había visitado por dentro el mayor teatro de la población.

Sin pensarlo, sin buscarlo, pero sin esquivarlo, dejaron que los cuerpos hablasen, contra el cristal del segundo piso. Sin mirar la hora, sin apercibirse  de que el sol se escapaba tan temprano, Luis levantaba la vida en volandas atrapado entre las piernas de Julia, que acompasaba sus movimientos de ballet a las acometidas de un compañero que se había convertido en el único deseado, en el único hombre capaz de hacerla vibrar como ella a su chelo.

Desde la plaza, todos los paseantes pudimos ver la sombra inequívoca de una pareja contra la ventana de ese piso de sombras chinescas que anunciaban la alegría de la Navidad. Esa alegría de vivir

viernes, 1 de enero de 2016

Un mundo para Julia


Luis, se levantó con el pie izquierdo, y desde temprano intuía que algo incómodo rondaba a su alrededor.

Se había retirado de la fiesta de nochevieja a las cuatro, con la sensación de que Julia, esa muchacha a la que le había echado el ojo por primera vez desde que la conociera en el instituto, era el centro de la fiesta. En realidad es la propia fiesta, se había dicho durante toda la noche.

Los amigos comunes, algunos de bachiller como Pablo, habían seguido su camino, y sólo en ocasiones especiales se volvían a ver. Esta vez aceptó ir a la fiesta de entrada de año en casa de Blas, porque la última discusión con Laia había excedido su punto de paciencia, y a falta de otro plan, o de mayor presupuesto se vio a las doce y media ante el garaje de su viejo compañero, donde, nada más llegar, Julia brillaba con luz propia.

Nada tenía que ver ese vestido de tubo negro ni sus medias con costura, que llamaban a la simetría de un chocolate cimbreante. Tampoco el escote palabra de honor de su atavío. Era su sonrisa, que no podía recordar de las mañanas de estudios. Brillaba. Sin más. Sopesó el malestar del resto de las chicas ante la evidencia de que ellas parecían la comparsa de una reina, y acabó por beber dos cervezas, charlar con Julia dejándose el alma prendida de su mirada y gozando del atrevimiento de bailar con ella a última hora, inhalando la esencia de mujer que desprendía, ante la cara de Pablo, que siendo amigo, captó el terremoto que su novia producía en él.

Se despidió alegando haber dormido mal la noche anterior.

Cuando salió por la mañana, estrenado el año, con su pullover gris, se acercó a casa de Blas, el anfitrión, aunque sin saber por qué. En la esquina había dos coches de policía, uno de los municipales y otro de los mossos, y un joven llorando a gritos.

A las nueve de la mañana, sólo unos jubilados montaban guardia en los bancos de la avenida y comentaban lo malo que es el alcohol, que había dejado  dos jóvenes entrando el año fatal. Uno se había ido discutiendo con una chica preciosa, vestida de negro, porque se había portado como una flor llena de miel para los hombres, según dijo el anciano con cayado y gorra negra, pero que otro había quedado sentado en un escalón de un supermercado.

Lo que Luis vio fue a los cuatro policías ayudando, imaginó, al mecido en llanto, a volver a levantarse para poder seguir andando hasta llegar a su casa. Pero en la acera un cartel pudo verse durante todo el día. Si bien nadie dijo haber visto pintar el suelo.