jueves, 31 de octubre de 2019

Lápida en soledad



Cuando   Luis se encontró con la necesidad de ir a ese cementerio recoleto y pequeño tras la iglesia de un pueblo de Lugo, aceptó el reto, pues estaba acostumbrado a seguir a sus instintos y deseos repentinos. Una imagen, navegando por internet, le había llamado la atención, aunque no sabía por qué. Tomó su viejo Seat Toledo y emprendió el viaje hacia el pueblo.  En dos días, en los que aprovechó para conocer, aunque fuera someramente un par de pueblos encantadores, llegaba a las afueras. Según el GPS faltaban dos minutos para su lugar de destino cuando en un pequeño cerro, una  tapia de piedras le llamó intensamente. Con ese verde de las humedades   perpetuas encriptada en su piel, parecía invitarle.  Contenía árboles frondosos, si bien las hojas que aún les adornaban estaban amarillentas, y un suelo de hojarasca húmeda y marrón, entre la que destacaba una piedra a modo de lápida vertical, no parecía un lugar acogedor. Apenas sonaban las seis en un reloj cercano cuando la niebla pareció surgida de la nada. Una portezuela de hierro, baja y sin adornos le ofrecía el paso, así que no lo pensó dos veces.  No buscaba nada en especial, pero algo le atraía   en ese lugar.

Quitó con la  mano los restos de flora otoñal y consiguió leer la inscripción, añeja pero legible. Laura y unas fechas. No pudo  evitar sacar la cuenta.  Quince años y pocos meses de vida. Un escalofrío le recorrió la espalda. Giró para salir en busca del coche y alejarse de ese cementerio para una única lápida, pero la niebla era tan densa que no veía la puerta y acabó por chocar con la tapia de piedras, justo cuando una voz de una niña, que sonaba angelical cantaba su nombre en una canción infantil.

La voz era tan bella que se sentó a escuchar. Entre las sombras, sin previo aviso,  unas manos de niña, enfundadas en  guantes de seda blancos se acercaban a su rostro.  No había nada tras esas manos, o brazos, no supo precisar.   Saltó la tapia baja y consiguió ver, y luego montar en su coche, un bulto blanco entre la niebla. Cuando arrancó la visibilidad se hizo perfecta, y al mirar atrás no vio niebla alguna, sólo la silueta del cementerio especial.

No pudo cenar, pero  se atrevió a preguntar en la fonda por la suerte de Laura, la niña de la tapia en las afueras. El hostelero preguntó por el segundo apellido de Luis, para tomar asiento después, y servirse un vaso de vino. Usted no sabe que su abuela materna era bruja ¿no?

Vamos de entierro en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo la propuesta de Charo, esta es mi aportación. 

Les escuchaba sin poder hacer nada. Planificaban el entierro esquivando horas para que pudiera ser enterrada  a la mayor brevedad posible. El accidente parecía haber sido banal, pero con resultado de muerte, decían.

—¿Por qué tanta prisa?, preguntaban en el tanatorio más de una vez
—Es que su hijo no quiere verla muerta, prefiere el recuerdo en vida. El marido parece que insiste en ello. Apela a que su deseo era irse cuando le tocase, sin hacer ruido. Por eso ni rezo ni recordatorios ni nada, ya ves -  contestaba la hermana, quien entre lágrimas y suspiros conseguía mostrarse entera .

En el aire flotaban lágrimas y susurros, aroma a claveles y a tristeza.,

— Sus favoritas- decía el marido, quien no se despegada del ataúd.

Con la llegada de la noche el tanatorio quedó vacío.  Los ruidos contra la madera, de llamadas primero, pidiendo socorro con la voz y con las manos, y posteriormente de arañazos,  nadie los pudo escuchar.

Tras la noche entera pidiendo ayuda, tenía la boca seca de gritar cuando acerté a dormirme nuevamente, esta vez para siempre. Mi propio funeral  había sido conciso y sin estridencias  ni concesiones. .  

martes, 29 de octubre de 2019

Cincuenta años de internet


Juan quería permanecer en el mundo de los afectos, aun  carente  de calor nocturno. Entró en una red social y una tarde comenzó a comunicarse en mensajes privados con una mujer amarrada a la foto de una flor de lis.   No era su estilo, pero se le despertaron las ganas de mantener contactos con mujeres, de esa forma  anónima, y exclusivamente  en forma virtual.
Los meses pasaron,  dejando aterrizar a otras usuarias, por  el mismo sendero de sus inmensas ganas de comunicarse y su nula capacidad para un cuerpo a cuerpo. Descubrió que darse de alta en una dirección de mail para cada una, era una forma de dar visos de realidad a las relaciones virtuales. Por supuesto, usaba con ellas frases caducadas y de segunda mano, pero parecían funcionar. Como mucho compraba una tarjeta sim  y daba su número de teléfono recién estrenado a alguna, pero cuando la relación virtual desaparecía, tiraba la tarjeta y daba de baja la cuenta abierta para ella. Como a veces los cálculos de movimientos se tuercen, por factores imprevistos, llegó a la red un día una mujer, que se prestó a escucharle en las reflexiones  gestadas en su soledad. 

Los relojes sufrieron una avería, los trayectos neurológicos se trenzaron como cables mal dispuestos, y la mente analítica de Juan tropezó con su deseo de adentrarse en lo imponderable.  Cometió un error, uno sólo.  Le dio sus datos y quedaron en verse. En un céntrico café, con más curiosidad que deseo de cambiar nada en su forma de operar, se vio sentado, esperando,  con un diario deportivo en la mano. Descubrió, sorprendido, que lo virtual se había escapado del tablero: una dama avanzaba por la diagonal blanca. de su mirada.  Entre una densa neblina resonó, inequívoca, la frase que él solía pronunciar ante los tableros: jaque mate. La mujer que acudió se dio la vuelta hasta desaparecer por la Diagonal.

No supo correr tras ella, ni tenía dato alguno, pues el móvil por el que hablaban estaba fuera de servicio, y la dirección de mail no existía. La desesperación le duró poco, porque en el fondo comprendió que era un jugador como él. Ahora la imagina jugando en partidas de mayor nivel de dificultad, y sólo desea que esa alumna aplicada no se cruce nunca más en el damero de su vida, en ninguno de los sesenta y tres cuadrados de baldosas que le rodean.

Es casi la reedición de un post de 2013, pero me pareció adecuado por la efemérides de hoy.

domingo, 27 de octubre de 2019

Cara al invierno


Tras la última visita  a la playa,  de ayer mismo, y  mientras esperamos al próximo invierno, quién sabe si más crudo,   firmamos una tregua ficticia. Intentaremos, de nuevo, aprender a empezar a descubrirnos, y es que, tras el último verano, se nos abren, no sé cómo algunas puertas de las compuertas de nuestras  esperanzas y deseos, descubriendo que el tiempo nunca está quieto. 

Se empeña en recorrer una y otra vez el reloj, esquivando esquinas y curvas, transformando minúsculos segundos, tal vez minutos, en ratos con flores, con o sin espinas en ellas, a su antojo. Sólo cuando le detengamos, empezaremos a echarle de menos, imagino. Mi reloj de arena parece estropeado, y atrasa. 

En los recovecos de mi corazón bradicárdico sólo tu aliento anima el ritmo de  mis diástoles asincrónicas, y únicamente algún gesto tuyo, pretendidamente azaroso, aunque pudiera ser largamente estudiado, me arrastra a seguir persiguiendo unas horas atemporales por los rincones de esa nebulosa elongada de estos sueños tibios y estos despertares fríos. 

Tu piel de seda me desborda. Tu verbo lento me subyuga y en el instante íntimo y recoleto en el que nuestras miradas se cruzan, casi se funden, el desasosiego se diluye y se hace carne, pero de plastilina onírica, de colores. Mi negrura ante tus manos se deshace en un puzzle irisado, y sólo tus hábiles y aceradas, aun temblorosas manos, conocen la fórmula alquímica que me deconstruye y me reconstruye a intervalos irregulares. 

Me veo, de nuevo, persiguiendo  a través de las noches de tregua que nos damos entre invierno e invierno, la quimera de tenernos, alguna vez, más allá de los sueños.. 

jueves, 24 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perroIII

Imagen de aquí

La mujer de la limpieza, ya en casa, me quita el arnés y casi me saca un ojo. Lleva las uñas pintadas de azul y creo que son artificiales. Y largas. Al menos me quita el bozal sin hacerme daño. Qué gusto. Me pone más agua en el cacharro, un bol metálico que me marea cuando el sol le da de pleno, saca el pienso del armario y pone más en el otro recipiente, también de acero inoxidable. Enseguida se coloca una bata de cuadros y se pone a hacer "sus cositas". 

La aspiradora resuena por el recibidor y el comedor. Me escondo bajo tu cama, Laura. Cuando llega con una fregona, que va metiendo con poco cuidado bajo el somier,  tengo que salir de mi escondite y me acabo colocando en la ventana, apoyándome en el respaldo del sillón  con orejeras. Desde allí vigilo la calle. Ni rastro tuyo. El olor a planchado  me entretiene, y por el agotamiento de la noche en vilo me quedo dormido en el sillón. En sueños persigo una mariposa blanca, juguetona, que me esquiva con gracia. Sé que no quiero cogerla, y menos comérmela. Una vez me tragué una mosca y casi vomito, pero la emoción de perseguirla me fascina. De pronto suena una canción latina estridente. Me despierto. Escucho.

—Bien, todo bien.       Sí, ya saqué a Bruno de paseo.      Sí, mujer, tranquila.         No, no es molestia, lo he hecho con gusto.     Vale.        La espero pues. 

Tu voz al fin. Suspiro. Ella ha dicho mi nombre. Eso implica que has preguntado por mí. Eso es que vuelves pronto. Eso es que vienes. Me emociono. La ilusión me desborda pero la tranquilidad también. Noto el cansancio de la tensión y subo a tu cama. Por encima del suavizante huele a ti.

—¿Dónde vas caballerete?
—Pues ya lo ves, a ponerme en su cama, a descansar, que he pasado un miedo de aquí te espero, pienso mirándola.
—Baja, perro malo, que acabo de cambiar la colcha…será posible… qué perro más malo. No quiero bajar. Estoy exhausto. Quedo en duermevela. Creo que ronco porque la señora asoma la cabeza y me mira, sin reñirme esta vez. Sonríe. Me desconecto un poco.

Son las dos cuando escucho tu cafetera destartalada de coche viejo. Monto guardia en la puerta, muevo la cola, quiero ladrar, pero me contengo, gimoteo bajito. Pronto abres la puerta. Llegas y te abrazo, y me abrazas. Se me escapan gotas de orina. Te obligo a que te quedes conmigo agachada un ratito. Meto mi morro entre sus manos. Sonríes, me acaricias la cabeza. Te emocionas y los ojos te brillan un instante.

—Hola mi chico guapo. Ya está, ya estoy aquí, cacho guapo, me dices. 

Te dejo levantar, te sigo hasta el cuarto de plancha. Saludas a Lupe, me acaricias de nuevo, dejas el dinero de la señora y ésta acaba por irse. Yo soy feliz y como con apetito los crispis de colores. 

Las 17 horas. Te sientas a escribir en el estudio. Estás a punto de leerme lo que has escrito, pero al mirarme decides que salgamos y cierras el portátil. Pelas una manzana para tu merienda. En la cocina  me das la piel cortada a trozos, la vida es bella.  Te escucho ducharte luego. Huelo tu champú. Susurras una canción de amor. Te vistes, me siento a mirarte.  El reloj marca algo que debe querer decir que es mi hora de pasear. Te calzas, me preparas. Estás a punto de coger la gabardina azul. Todo es un mundo mágico y hermoso a tu lado hasta que, preparados para salir de paseo, suena tu teléfono y empiezas llorar. 

Dices varias veces las palabras "Papá", y "Hospital". Estás temblorosa. Te resbalas por la pared para dejarte caer al suelo, deshecha. Sollozas y yo me rompo por dentro, Laura. Ignoro qué es papá, No comprendo qué ha pasado que te afecta tanto. Intento lamerte, pero me rechazas. Deja de importarme salir o no. Solo existes tú. Vulnerable, indefensa, pequeña. Me estiro a tu lado. Te miro, moviendo mi cabeza un poco, por captar qué puede estar doliéndote. Te miro, Laura, pero  no sé qué hacer.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perro II

Imagen de aquí


Miércoles 9 horas. No sé si ha pasado un día, o sólo una noche.  El sol ilumina ya la cocina, donde mi cacharro de agua sigue como lo dejaste, Laura. Miro por la ventana y busco, entre los olores de la calle, el tuyo. Luego agudizo mi oído, por descubrir el sonido de tu Mini. No hay quien confunda ese ruido como de tos permanente, porque siempre te olvidas de llevarlo a tapar un agujero del tubo de escape.
Se oye el llavín de la puerta, y emprendo una carrera por el  pasillo, y me tropiezo con la pata del paragüero, y al fin llego a la moqueta justo a tiempo para ver a esa señora que viene a casa y deja olor a lejía y suavizante. Me decepciono, aunque sabía que no eras tú.

—Hola Bruno, Voy a sacarte a pasear. Ya sé que tu amita no pudo, a ver... busquemos la correa…
—Al menos me sacará, porque tengo pis desde hace horas, pienso.
Le muestro con el hocico el lugar de mi correa. Se hace un lío con las cuerdas, me pone el arnés tan mal que no puedo caminar. Una pata me la ha metido por el cuello. Rectifica.
—Cada cosa en su lugar por favor,¿no lo ves mujer?. Igual mi mirada ha sido útil. Me coloca bien el aparato del cuerpo al fin. Luego el de la boca. Con lo poco que me gusta a mí el bozal. Que ni sé para qué me lo ponen, si yo no muerdo ni he mordido nunca.
—Bueno, Bruno, calma. Ahora cogemos el botellín de agua y nos vamos al parque.  
—No pluralices, que yo no cojo nada. Pero vale, a ver si salimos y puedo husmear tu aroma de una vez, pienso.

Salimos, dejo que ella lleve el paso, porque por mí estaríamos corriendo hacia la zona donde mi olfato me dice que has cogido el coche. ¡Vaya!, me paro en seco. El árbol del parquing lo ha orinado ese rottweiler del barrio. Dejaré mi marca, y que se jorobe, me digo. Levanto mi pata todo lo que puedo. Me duele la cadera. Disimulo, aunque cojeo un par de pasos.

—Bien Bruno, ya tenemos un pipí. Ahora tiro un poco de agua por encima, dice. Me salpica con el agua, que me da en un ojo, y un poco se me mete por una oreja. Me sacudo fuertemente y se asusta.
—Pero ¿qué te pasa, bonito?, ¿te has mojado?, ¿hay una mosca por aquí?

Da igual, ella pregunta sin dar tiempo a responder. La ignoraré, me digo. Quiere llevarme al parque cercano pero yo quiero ir siguiendo tu olor. Giramos hacia la calle donde seguro que has estado, lo huelo. La mujer se incomoda, se resiste, pero al fin me sigue. Sí, el Mini ha estado aquí, en un hueco que ahora ocupa un Kia pequeño. Queda el levísimo aroma de tu colonia y de tu pelo, pero de ti ni rastro, como es normal. Defeco. Me da enorme vergüenza, así que le doy la espalda por no ver qué cara pone. La bolsa azul la despliega con impericia y torpeza.  Con un mohín de asco recoge y tira luego a la papelera la bolsita de marras. Yo quiero volver a casa. Huelo a que una perrita muy linda está cerca, pero ahora no tengo ganas de dialogar con ella. Ni de jugar. Insisto en ir a casa. La mujer parece incómoda por mis tirones de correa pero se resigna. ¿Y si has vuelto, Laura?, me ilusiono. Tiro de la correa ante las quejas de la mujer. 

—Vale, como quieras. Nos volvemos, Bruno, no se hable más. Ya has hecho "tus cositas".
—He hecho qué cositas. ¿He jugado?, ¿He perseguido a algún gato?, ¿Me he revolcado por encima de un rastro de lombriz?. Es absurdo. No vale la pena, me digo, volvamos y ya está.

martes, 22 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perro.

Imagen de Aquí


Se hace tarde y te sigo buscando, hasta ahora sin éxito. He pensado que no estuvieras en el estudio, escribiendo, y no te hayas percatado de mi presencia, como otras veces, cuando me siento a tu lado.

—Cuando,  a veces, me dejas apoyar mi cabeza en tus rodillas, soy feliz, recuerda el can.
—Pero es que me das calor, Bruno. Te pones muy pesado.
—Anda ya,  si disfrutas leyendo tus textos en voz alta, no lo niegues. Hago como que te entiendo. Siempre. De hecho soy el primero que sabe lo que vas escribiendo. Deberías  contratarme de escuchador y crítico, a pesar de que te despierto a lametones que odias y te rompo alguna cosa con mi rabo.
—Jaja, no te vengas tan parriba, que eres un chucho. Guapo, eso sí, dice Laura, mientras me zarandea los mofletes, y yo me dejo querer. Qué tacto el tuyo, qué gusto tu aroma, recuerda el viejo perro.

No, no estás en el estudio. Tú igual no lo sabes, pero puedo ver tus letras en los papeles que, en ocasiones, imprimes, y que sin entender en absoluto, disfruto de tenerlos ante mi vista porque me hacen recordarte así, concentrada ante el portátil, meditabunda a veces, sonriente otras, pero siempre feliz ante estas teclas. Sí, yo también las presiono, con cuidado, y veo en la cosa esa blanca que llamas pantalla que aparecen simbolitos.  Lo raro es que tú te enfadas, así que casi nunca lo hago ya.

El dormitorio está arreglado. Qué pena, al menos podría acercarme a ti a través de tus pantuflas, o del pijama, que sueles dejar tirados por el suelo. Pero no. Ayer te vi con un vaso alto, con hielos que sonaban, tomando un trago de un alcohol, que apestaba, por cierto. Eso hizo que te pusieras como eufórica y empezaste  hacer una maleta, pero con prisas. Estaba claro que no era un viaje planificado con Nicolás. No has imprimido lo último que  escribiste, pero dejaste encendido el portátil y veo líneas de letras, cada vez más alargadas, hasta escaparse como un hilo continuo de cometa, que desde mi punto de vista está viajando por las paredes del piso, que baja luego hasta el sótano que no tenemos, y me pongo a perseguir tu estela.  

Me froto la cara, me concentro,  y en un parpadeo, alcanzo a identificar tus huellas de  zapatos sin tacón, el halo de tu fular mal apretado, las alas de tu gabardina azul  sin diques. Y tu agobio, tu tristeza, y dos lágrimas perdidas en la moqueta del recibidor.

He llegado al sótano que no tenemos y allí encuentro las palabras en tinta que ayer desembocaron en tormenta, en catarata sin filtro, y que escaparon de la página de Word. Pero tú no estás. Me sumerjo en una frialdad que me es desconocida y busco tu presencia más allá de la calle, a través de la puerta. Llega el reflejo lunar tras las cortinas, pero nada cambia. Mi hambre o mi sed se vuelven esquivas y me duermo ante la puerta, esperando que regreses.


lunes, 21 de octubre de 2019

Michogato

La imagen es de Gatos de Tejada


Es casi medianoche en la  ciudad de Barcelona. La metrópolis cambia de apariencia y de  vestido, con un halo de misterio bajo las farolas del barrio Gótico, entre sus callejones a media luz y la luna asomada por los rincones y las aceras, porque la ciudad pasa a ser de otros actores, cuando los hombres duermen y las presuras se aquietan. Los borrachos salen de los bares de los fracasos, los bohemios aletean sus sueños rotos, los amantes se embelesan en los portales y los gatos salen a hacer su ronda nocturna.

Michogato tiene casa, ahora lo sé, pero le dejaban abierta la gatera improvisada y él era libre sobre el asfalto. Sus ojos amarillos, su pelaje negro, su cola en alto y sus andares de dueño me hacen reconocer que tiene clase. Salía a patrullar por la ciudad, a su hora, y a su aire. Se habrá desorientado persiguiendo algún ratoncillo, o cortejando algún maullido de gata en celo.

El golpe contra la acera me asustó, en un momento en que regaba los geranios medio mustios de mi balcón, de un piso primero de un barrio cercano al centro. Bajé a buscar al minino que lloraba, herido y habiendo gastado una vida de sus gatunas vidas. Tras la visita a un centro veterinario abierto todo el día, le subí a mi piso, donde acabó por acomodarse en un cesto de ropa limpia. Se mostraba torpe y tímido al principio, pero poco después comenzó a mostrar su temperamento altivo y su orgullo felino, capaz de no comer si no lo daba lo que les gustaba, qué curioso, la latita más cara del supermercado: mousse de salmón con gambitas, pena que yo no pueda tener su menú. 

Vi su foto en un cristal. Una pareja buscaba a Michogato, al que llamaban Lucas. La foto no engañaba a mi sincero afecto por el minino. Ya está en su casa, con sus humanos mascotas. Ellos contentos, y yo he acabado por traerme a casa a un jovencito de un centro de acogida gatuna.  Le llamo Michogato también, y no entiende de cascabeles, pero persigue un puntero de luz, con el ahínco de ser un adulto rey de la selva de mi casa. Bueno, de su casa.

viernes, 18 de octubre de 2019

Soneto de mar y amor



Hoy quiero ser mujer de rompe y rasga.
Una mujer cualquiera de tu calle,
que enciende su voz y al mundo apaga,
cuando la luna juega con tu talle.

Abrazo primaveras con mi boca, 
deshago entuertos de la mala suerte
cuando mis labios se anclan a tu roca,
en una suave lid a vida o muerte.

Salgo al balcón orlado de jazmines.
Observo el mar peinado por el viento,
por esos juegos libres de delfines.

Y defiendo tu voz, y hasta mi aliento
sobre los desdibujados confines
de antiguas tempestades de otros puertos


jueves, 17 de octubre de 2019

Andando solo. Aviones, en jueves



Siguiendo una propuesta de Soñando uno de tus sueños, mi aportación es esta.

Paloma regresaba a casa. La aventura de Argentina había salido fallida. Nicolás  resultó ser una buena persona, seguro, pero  la última devaluación dejaba unos precios a sus productos de importación fuera de poder servirse, ni siquiera sacarlos del puerto. Los pedidos  de la empresa habían sido suficientes, y hasta había calculado un treinta por ciento más por una posible devaluación leve, pero  la realidad había sido devastadora.

Ante el panorama, gastos que no podría cubrir, Paloma se imaginó usando cualquier toalla para los pañales de Teo y comiendo de cualquier modo.  Tenerle había sido una realidad preciosa, pero con los nervios de Nico, la relación se estaba deteriorando por momentos. Llamar a su madre le había dejado llorosa, y agotada. Aceptó el pasaje de regreso a Madrid. El peque estaba ya en esa edad de querer caminar, sin conseguirlo. Las doce horas de vuelo fue un rosario de entretenerle,  dejarle moverse, acunarle y espera de que durmiera. Las azafatas estuvieron atentas y solícitas, amables y encantadoras, pero Paloma tenía ojeras, y una tristeza más allá de los sueños rotos.

En un instante, el niño dio tres pasos solo, para regocijo de las personas que no dormían. Eran las cinco de la mañana, hora española, y a los quince  mil pies de altura, Teo comenzaba a andar. Sería el único buen recuerdo del viaje de avión que la trajera a Madrid, nuevamente, para empezar de cero, con un niño de la mano.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Revelación en la infancia

Imagen de Internet de aquí

La vieron con su bocadillo, ensimismada en unas amapolas que estaban cerca, entre las malas hierbas de las afueras del parque. Sus hermanas y el abuelo, él con un pañuelo a modo de boina, con esos cuatros cardinales de nudos en acción,  y ellas con los otros bocadillos de chorizo y sentadas, como ella, en unas piedras. Los bancos del parque eran pocos y de láminas de madera y ésta estaba astillada, así que, hasta que los reparasen, el verano pintaba en canchos de granito que usaban de asientos.

La nena, rubia y delgada, con las rodillas  decoradas con pequeñas heridas de caídas previas jugando a policías y ladrones, de pronto de percató de las hormigas, que, a cientos, se iban arrimando a las migas de pan del  espacio familiar. Levantó la vista y vio más y más hormigas, subiendo por el tronco del pino cercano, cargadas de pequeñas pajitas que llevaban a un hormiguero que no había visto, porque de haberlo codificado, estaría comiendo de pie y lejos.  Del salto, el bocadillo voló por el aire, para regocijo de las hermanas y otros niños que andaban cerca, mientras ella echada  a correr, gritando socorro, pies en polvorosa. No iría muy lejos. Se quedaría agachada en algún rincón, existente o improvisado, aterrada y a la espera de que el pulso volviera a su ritmo habitual. Era típico cada verano. Nadie se había asustado más que ella.

Con sus ocho años era conocido su pánico al caos, a no saber cómo o porqué los animales se movían en loco afán. Las abejas también le producían pavor, y las avispas, y las lagartijas, y los renacuajos…para ella vivir  era estar en paz, sabiendo que lo que la rodeaba estaba tranquilo, y que no había amenazas a su alrededor. Un día, sin embargo, sentada en la entrada de la casa de una tía beata, que ponía agua en el plato donde tenía el bote de miel, porque las hormigas no se alimentasen de ella, tuvo una revelación.  

Miró la ordenada fila de hormiguitas laboriosas, en fila india perfecta siguiendo la esquina entre el suelo y la pared, que subía y bajaba de la calle a la casa de la tía. Basilia. Eran hormigas pequeñas, casi rubias. Miró su dedo índice de la mano derecha y constató la diferencia abismal de tamaño entre ella y las hormigas. Estaba sola, como muchas tardes, y así, sentada, en calma, contemplando a las homiguitas disciplinadas, se atrevió a pisar con su dedito a una, que quedó aplastada, y presumiblemente muerta.  No volvió a temer a ningún animalillo, menos a las cucarachas y a los perros, pero un día la vida le daría la oportunidad  de confirmar que también ellos eran mucho más pequeños que su zapato o que su voluntad. Pero eso ya es otra historia

martes, 15 de octubre de 2019

Bajo la tormenta en Barcelona



Los vi, desde mi asiento. Bajo la lluvia y con sus respectivos paraguas abiertos. Ambos esperando el bus cuarenta y dos. Desde el café, y ante mi bebida mientras hacía tiempo y buscaba fuerzas para salir a hacer el recado, me puse a inventar la razón por la que esperaban el bus.

Diseñé para ella un matrimonio infeliz, aunque plácido, con dos chicos de instituto y un trabajo de recepcionista de una oficina del edificio que estaba cerca de la parada. Para él un divorcio   ya reposado y una tarde de compras por Barcelona, ya que llevaba una bolsa de unos grandes almacenes. Cuando los vi charlar imaginé una conversación sobre el tiempo, distendido y cordial El autobús iba con retraso. Parecía que no les importaba, aunque los otros pasajeros hacían gestos y ademanes de impaciencia. La lluvia se tornó más y más violenta por momentos. En la marquesina, un grupo de gente se apiñaba, y ellos seguían con los paraguas abiertos, intentando protegerse las piernas.

En el café entraron dos hombres, empapados, que se sacudían las americanas. No sé por qué pensé que uno de ellos era el jefe, o el marido, de la mujer de la gabardina azul. Esperaba una relación, tal vez profesional, entre la mujer y el tipo de traje gris marengo, pero sería imposible de constatar. Luego el piquete de independentistas se fue desplegando, con sus banderas esteladas y sus carteles de libertad para los presos. No me atreví a hacer la gestión, que no era urgente. Los metros funcionaban, pero los autobuses y trenes no. 

Así, presa en la estación, entendí la necesidad de libertad que siempre di por supuesta. Reconocí a la mujer de azul y al mismo tipo de cazadora gris, quienes ahora establecían una conversación más íntima, con toques en los brazos por ambas partes, y una mirada que de hora en hora se iba vistiendo de complicidad. Por fin mi tren me trajo a casa, y a ella, quien resultó viajar a mí misma estación. El trayecto me permitió imaginar mensajes, por la sonrisa de ella, del tipo con cazadora y de la tormenta  que, tal vez,  habíamos dejado atrás.

sábado, 5 de octubre de 2019

La playa de los sueños III

Imagen de Aguirrfotox


Este otoño me ha pasado algo muy curioso. Me ha rescatado del mar una mujer, en una playa de las Islas de las mujeres, frente  a Cancún. Ya decía yo que llevaba muchos días a la deriva, viendo cruceros que intentaba seguir por si llegaba a alguna isla del Egeo, pero parece que una corriente me ha llevado al Atlántico, vaya usted a saber por qué leyes físicas que ignoro. Entretanto me vi inmersa en una bolsa enorme de basura, donde he estado unos días. No entiendo cómo somos tan guarros. Junto a mí había botellas de pulque y de ron, de tequila, de lejía o de agua. He conseguido salir y seguir flotando pero no sé si lo soñé o una tortuga chocó con la madeja de basura, lo cierto es que de nuevo me veía a la deriva y acabé llegando a una playa.  

Sí, la playa parecía casi virgen, y me dio por pensar que nadie podría socorrerme. Volvería la marea y me regresaría al océano, pero no. Una mujer pensativa, con pamela rosa y un fular azul se fijó en mí. Me ha destapado, buscando un mensaje, estoy segura, y viendo que mi aspecto era de persona, diminuta, pero persona, ha vuelto a poner el tapón de corcho. Mi voz era acorde a mi tamaño, quiero pensar, porque no me ha escuchado cuando le pedía que me sacara de allí. Desde el océano la he visto sentarse en el  tronco de una palmera derrumbada y mirar hacia donde yo estaba. Parecía sonreír.

Hoy me encontré con un perro, en una lateral de la playa de Cancún. Me ha sujetado por el cuello de  la botella y pensé que me dejaría a los pies de alguien, pero ha golpeado la botella contra una roca y he salido, volviendo a mi tamaño normal. El pobre can estuvo un rato reponiéndose del susto. Desgreñado, y para mí que con .garrapatas, temblaba cuando he echado una mano adelante, por agradecer su gesto.

He llamado a mi casa, donde nadie me esperaba ya, y tengo reservado un vuelo para mañana. El veterinario  ha encontrado bien al chucho, que llamo Robinson, y le ha vacunado y confeccionado su "pasaporte canino". Me alojo en un hotel que acepta mascotas y, limpio ya, Robinson ha resultado un perro mezclado de mediano tamaño, con mirada inteligente y donaire en sus patas. Tiene cinco años, según han calculado por los dientes y sé que él sabrá ofrecerme lo que necesito. Mi mejor versión.      

jueves, 3 de octubre de 2019

Esperando el hatillo de otoño en jueves


Imagen del blog de Moli de Canyer
Siguiendo una iniciativa de Molí del canyer, la espera este es mi texto

Ando esperando el otoño aunque en el calendario ya estemos en él. Las hojas van tomando el color amarillo tibio que quiere virar a marrón. Los días se acortan, dejando las tardes huérfanas de paseos hasta la cena, de baños en el mar, de cervezas que llevarse a la boca cuando el fresco hace acto de presencia. Las noches, que se alargan, dejando el alma inquieta por más horas, a un Morfeo haciendo horas extras de día en día y a los recuerdos montando guardia, asomándose tras el quicio de la puerta.

Ando esperando las castañas y los boniatos, las setas y los homenajes a los muertos, las chaquetas de entretiempo y los dolores de huesos, que están al doblar de la esquina y nos atraparán en sus redes de otoño en la piel.

Por si acaso, he contratado el último crucero de la temporada, no sea que me pille la añoranza de unas tardes de clases que me saltaba, en las que arreglaba el mundo, y tenga que mirarme en el espejo del presente, con las arrugas creciendo, las fuerzas menguando, los dolores articulares en arrebato y las canas a su aire. Más vale prevenir, dicen, no sin razón.



miércoles, 2 de octubre de 2019

Catalina, qué grande

Imagen de Portalnet.cl


Ahora ya qué más me da. Haber pasado a la historia por hacer de Rusia un imperio inmenso, por mi pinacoteca en el palacio de verano o por mi ardor sexual me da lo mismo a estas alturas. Quieren ignorar que fui monógama seriada pero no por mi voluntad sino por el desprecio de mi marido, un al fin alcoholizado Pedro III. Dicen otras almas en pena que se estrenará pronto una serie sobre mi persona, y estoy segura de que no entenderán, ni en siglo XXI que para mí el sexo fue amor en primera instancia, y relax cuando mi actividad política era intensa. Igual lo entienden de un hombre, pero desde luego, de una mujer no pueden entenderlo, y me duele. Les doy una pincelada de mi vida, y les digo qué mueble era sagrado para mí. Igual me ven como la estadista culta y coleccionista de arte que fui, quién sabe.

Mi suegra, Anna Petrovna , hija de Pedro I el Grande y de su segunda esposa, que él bautizó como Catalina I, tras haber hecho vida conyugal con ella y no son su primera esposa, no quería saber nada de Rusia. Su hijo, mi marido, sí tenía sangre Romanov, y su tía Isabel I, hija menor de Pedro, sin hijos y su gran delirio de grandeza, no podía dejar herederos, por más que fuese la zarina. La mejor manera de que un Romanov la siguiera en el trono era que regresase a Rusia su sobrino, casado con alguna noble alemana, que resulté ser yo.

Él tenía dieciséis años, y yo quince. Aprendí el ruso a una velocidad de vértigo. Me cambié de religión, y de nombre, tomando el de Catalina. Me empapé de conocimientos de la historia rusa y acepté enamorarme del joven que me habían destinado. Pero pasaban los meses y el matrimonio no se consumaba. No quería que le operaran de fimosis, pero de eso me enteré mucho más tarde.

Fogosa, ardiente, viciosa…hasta inventaron la leyenda de que fallecí por querer copular con un caballo, que hay que ser retorcido para inventarse esa barbaridad. Pero hoy quiero reivindicar otro mueble, que no de los eróticos que, en efecto, hice fabricar para mi habitación secreta. Secreta no, digamos que recogida. La silla del abuelo de mi marido, sí de Pedro I el Grande, ese hombretón de dos metros con miedo a los espacios abiertos. En el palacio de verano, en su despacho, es donde conservaba las pertenencias más preciadas, entre ellas el sillón de cinco patas.  En todas las crisis que tuve que lidiar, la solución me venía en su despacho, sentada en esa silla, mientras  reflexionaba, mirando los jardines, sobre las posibles alternativas y tomaba las decisiones más importantes. 

A mí no hay quien me quite de la cabeza de que, cuando ya gorda y mayor no pude sentarme en él, la decisión de aceptar a mi último amante salió rematadamente mal, precisamente por no haberlo reflexionado en ese sillón de pensar.





martes, 1 de octubre de 2019

Hatillo de primavera en flor.





Una noche me atrapó, sin luna ni sábana que me protegiera, y me dejó insomne, con la clara voluntad de regresar a mi mente instantes ya olvidados, caricias de otros tiempos, aromas de un pasado. Recopilé los versos que te hiciera,  los textos en penumbra que tu oscuridad susurraba en mi oído, el fular que me regalaste y los besos que pudimos cosechar.  Hice un hatillo. Quería quemarlo en una pira redentora, pero el fuego podía hipnotizar mis deseos de olvidar, de evaporar-te,  de borrar de mi vida la dicha de haberte amado, así que me conformé con hacer un nudo al pañuelo grande y depositarlo en la oscuridad del armario empotrado de mi dormitorio.

Tengo una fuga de agua en el lavabo. El técnico del seguro insistía ayer en que despejara el armario, de norte a sur de mis trastos, de este a oeste de mis cajas de zapatos. Esos que no sé si me podré volver a poner.  Esta noche he soñado contigo, se han escapado los besos  que nos dimos y los que quedaron congelados. Tus manos de azucena, con esos dedos de pianista a media voz,  volaban a mi cintura y a mi cuello, para luego martillear una teclas inexistentes sobre mi almohada. He escuchado el son que nos hiciera reír una tarde, mientras caminábamos, tomados de la mano, por la Avenida de los sueños. Ahí me he despertado y me he asomado al armario. 

El hatillo está abierto. Mientras buscaba el número de teléfono del técnico del seguro, para rogarle que viniera deprisa, porque la humedad del pasillo ha crecido de manera exponencial, he escuchado tus pasos y olido tu after shave. Me he derrumbado contra la pared, sonriendo, sonriéndote, una vez más. El sol llegaba tarde, se había retrasado con mi sueño, pero llegaba iluminando las ventanas del pasado, así que le he dejado preso con la persiana bajada hasta el final. He roto en mil pedazos los versos, dejándolos en el cubo de papel y cartón por reciclar. El fular yace en el suelo del lavabo, y luego irá al contenedor de ropa para pobres. Los besos no los encuentro, pero estarán por ahí, con las caricias de un ayer que no puede regresar. La primavera pasó, me digo, cuando el timbre de la puerta me indica que el técnico puede que arregle el desperfecto y todo vuelva a la normalidad.

Inspirado en Sandra, aunque no sé por qué.