viernes, 31 de julio de 2020

Pato de goma

Imagen de Bic naranja


Las cifras iban en aumento. Estábamos avisados, pero, como otras veces, confiamos en la suerte. Teníamos preparada la piscina para el fin de semana. La nevera cargada de colas frías, refrescos varios, ensaladilla rusa preparada y pistolas de agua a punto para disfrutar. Sería un principio de vacaciones sensacional, en familia, en la casita de la montaña. Íbamos a comenzar unas semanas de descanso más que merecido tras tanto confinamiento y tanta desescalada.

Mis hijos estaban locos porque vinieran sus primos y jugar juntos, y yo, para qué negarlo, encantada de que mi hermana se animase a venir todo el mes de agosto. Seguro que iba a ser un mes inolvidable, de complicidad de niños y de hermanas, y de recuerdos de otras vacaciones en nuestro pueblo natal. Cuando sonó el teléfono creí que era mi marido, avisando que salía de la oficina, pero no, era mi hermana Lola.

-¿No has escuchado la radio? Me ha preguntado. -Pues no, escuchaba un disco de Sabina.

No les dejan salir de su ciudad, otra vez, por los rebrotes. He mirado el pato de plástico, tan solo en la piscina y sin pensármelo dos veces me he tirado al agua haciendo una bomba. Mis hijos se han puesto a reír, pero con el agua yo he podido disimular mis lágrimas. En septiembre empiezo la quimio, si el virus de las narices no paraliza de nuevo la sanidad.    

martes, 28 de julio de 2020

Laberinto, en jueves

Imagen de Aquí

Siguiendo la propuesta de Mag, sobre laberintos, mi aportación es la siguiente

Me despertó un ruidito, como de roedor diminuto, un cris-cris afanoso en un rincón del dormitorio. Pronto advertí que me hacía una señal para que le siguiera, y mi curiosidad pudo más que mi aprensión. Le seguí hasta un agujero, cercano al rincón, por donde entra la antena de la fibra. Para mi sorpresa, bajábamos por una cuesta oscura hasta llegar a cuatro bifurcaciones.  Allí él ha tomado la primera de la derecha. Iba a seguirle. Resultó ser un ratoncillo parlanchín, simpático, con una charla sobre todo y sobre nada encantadora, hasta que se puso a divagar sobre la muerte y la reencarnación, alegando cobijar el alma de una chica de Reus que desapareció en la playa de Salou hace treinta años, y que no encuentra reposo.

- De momento habita en este cuerpito saleroso, yo mismo, -dijo-, moviendo alegremente sus bigotes señalando su tórax.

Quise seguirle, pero una fuerza me arrastró hasta lo que creí el segundo camino por  la izquierda. Mientras yo avanzaba, su voz se iba haciendo más tenue y más lejana con cada paso, hasta que he llegado a un lugar, como una placita cuadrada, donde, aun agudizando mi oído, no le pude escuchar. Allí había tres cajas, diría de zapatos, por la medida.  En dos de ellas yacía un ratoncillo, estando vacía la tercera.

Quise huir de mi guía,  y del lugar. Caminé sobre mis pasos, pero cuanto más creía estar cerca de alguna salida, más perdida me sentía. Bajo esa casa de campo había un laberinto de túneles, y un cementerio extraño, pensé, qué pésima idea alquilarla todo julio.

Mi pulso se aceleraba por momentos, mis pupilas se dilataban buscando más luz en la oscuridad. Goterones de sudor caían desde mi pelo a mi cuello. No conseguía llegar a ninguna esquina que mi resultara familiar.   A punto de echarme a llorar, un cris-cris flojito me ha despertado nuevamente. El granizo caía sobre la terraza de mi piso, y me he quedado buscando la carita de un ratoncillo en un rincón, pero no, no estaba. Ni su charla, ni su alma ajena. De hecho, por no haber, no hay ningún agujero en mi dormitorio. Espero que tampoco ratoncillos salerosos.  


domingo, 26 de julio de 2020

Daños colaterales


Imagen de Escribe fino

Fatiha soñaba con que regresara un día en el que su vida no estuviera rodeada de guerra. No pudieron salir a tiempo de Alepo. No por falta de empeño, sino porque su familia estuvo esperando que su hijo menor se restableciera de una herida de metralla. Los meses habían pasado, y el constante sonido de helicópteros, drones avistados en el cielo, cazas lejanos y ruido de bombas era ya su día a día. El colegio quedaba atrás.  La mayoría de amigas estaban en campos de concentración griegos o turcos, si bien algunas habían llegado a Alemania, y hasta una de ellas se había instalado en Noruega.
Esa noche durmió mal, tal vez por la cena, cada vez más parca e indigesta. Su hermano chico, ya totalmente recuperado, dormía con ella. Algo sonámbulo solía llorar o pelearse en sueños, y más de una vez la despertaba, pero en esa ocasión cantaba, dormido, la bellísima canción de cuna que su madre usara para Tranquilizarles. Sonriendo, se durmió, abrazada al pequeño Mustafá. Soñó que los helicópteros en vez de bombas dejaban caer corazones, besos, abrazos, pan caliente y muñecas. No llegó a despertarla el estruendo de una bomba teledirigida, que hizo temblar las paredes que aún quedaban en pie.
Bajo los cascotes, una niña abrazada a su hermano, sonreía. Un fallo en la calibración había confundido las coordenadas. Fatiha y Mustafá engrosarían las listas de los daños colaterales.

miércoles, 22 de julio de 2020

Un rincón en jueves

Imagen del blog Moli del Canyer. Inma

La propuesta viene de la mano de Molí del Canyer. Esta es mi participación.

Me deslizo por el tobogán de los recuerdos. Jubilarme de policía local no afecta a la imagen de esas sillas rescatadas de un contenedor, escenario de un crimen, y de mi vida.

Jannette y Silvina las habían instalado tras las matas verdes que las aislaban de la carretera donde ofrecían sus servicios, hiciera frío o calor.  Era su salita de estar al aire libre. Conocerlas me hizo valorar ese sucio y peligroso trabajo. Cuando nos informaron del hallazgo de un cadáver sentado en una de esas sillas, no pude dejar de pensar en el fin de la pesadilla de Silvina, ni en su boca de alondra, ni en sus muslos de seda. Jannette fue la víctima de un asesinato. La investigación no llevó a ningún sospechoso, pero claro, pasa tanta gente por ese lugar…Silvina no logró echar fuera de sus manos, o su boca, o sus muslos, el terror de saber que podía haber sido ella. Pero yo siempre supe que se salvaría. Del asesino, y de la presión que Jannette ejercía sobre ella. De esa influencia malvada.

Bajo su maquillaje latía que un corazón de algodón de feria, que iluminó mi vida, y que me robó mi propio corazón. Han pasado veintidós años del asesinato no resuelto. Alguna vez me mira como queriendo preguntar, otras veces con miedo, pero la entretengo criticando algo de su aspecto.

Acabo de descubrir a una rumana muy linda, en la misma carretera, con una silla similar, y una boca de alondra, con, seguramente, un corazón de algodón de feria.


lunes, 20 de julio de 2020

Ni Thelma ni Louise

Imagen de Bic naranja

Teo, Teodora en su carnet, había decido huir de su marido, un estúpido que era feliz comentando sus limitaciones, a diestro y siniestro, y hablando de ella en tercera persona estando presente la propia Teo. En su huida, renacer para ser exactos, recurrió a amigos y familiares, y acabó por cambiar de aspecto, por tatuarse, por empezar a fumar y por hacerse monitora de comedor en un colegio.

Cada verano desde su divorcio, no ratificado por juez alguno, porque optó por el “ahí te quedas”, se apuntaba a un club de tenis cercano, esperando que alguien quisiera jugar con ella, pues contra ella era muy fácil, siempre perdía. Así conoció a Luisa, de edad similar y tatuajes del mismo estilo, y con tan mal revés como el suyo. Se hicieron amigas, y compartían un café cada jueves y sábado. Llegaron a intimar.

Luisa acabó explicando su historia, diferente a la de Teo radicalmente. Su marido era Javier, y seguía casada. Él era un alto cargo de la mayor empresa de vigilancia del país. Viajaba mucho y tenía la afición de hacer, cada fin de semana, circuitos de bicicleta de horas. Se sentía mimada, cuidada y consentida, pero no era feliz. Por rebeldía se hizo tatuar y se tiñó el pelo, a ver si así llamaba la atención de Javier, cuyo comportamiento era de asertividad siempre.  Todo lo que ella comentaba o proponía le parecía estupendo, si bien en la cama estaba como poco motivado, siempre.

El día que captaron en la imagen, acababan de quedar en ir a París las dos solas. Sin avisar a nadie, conduciendo el Mercedes de Luisa. Lo primero que hicieron fue tirar los móviles por las ventanas, antes de llegar a La Junquera, muertas de risa, y saboreando por anticipado perderse en los salones de Versalles.

El ex de Teo se enteró del viaje y la denunció por abandono de hogar. Javier denunció a Luisa por posible desaparición o secuestro. Ellas, llegando a le Champs Eliseés  buscaron hospedaje, y dejaron los DNI en recepción del hotel. Para su sorpresa, a las dos de la noche llamaron a la habitación. Una policía de la Interpol las acompañó a declarar a la gendarmerie del distrito X, donde amaneció el día con tres mujeres tronchándose de la risa. La aventura había acabado, “que viva la aventura”, dijeron las dos españolas.  

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miércoles, 15 de julio de 2020

Por Internet, en jueves

Imaggem del Blog de María José 
Siguiendo la propùesta de María José, sobre Internet,  mi aportación es la siguiente


Sebastián había iniciado la relación con Paula sin muchas pretensiones. Con la idea inocente de pasar el rato. Su rotura de menisco le mantenía inactivo, y al no poder hacer paseos ni demasiadas salidas, qué mejor que internet para socializar, se dijo.  Se atribuyó treinta y cinco años, y adjuntó las fotos de Facebook de su sobrino Ismael, un chico excelente con un aspecto bárbaro. Bien parecido, alto, delgado, y con cabellera castaña que solía llevar sujetada con una coleta, le pareció una imagen que bien podía ser la suya a la misma edad, si no fuera porque no creció tanto, ni mantuvo el cabello, sus entradas eran evidentes desde los veintipocos. Como soltero, a sus cincuenta y cinco añitos, podía permitirse el lujo de curiosear en la Red de relaciones, como le aconsejara un compañero de oficina.

Paula había entrado en el chat por la insistencia de su cuñada.  Viuda desde joven, no le interesaba lo de buscar nueva pareja. El hijo único se había emancipado a los treinta años. Llegó un día en el que se vio sola. Con las carnes fofas, las canas en aumento, las arrugas a un ritmo vertiginoso, y cierta nostalgia por la imagen de su juventud, perdida parcialmente, en pos de criar al chaval, se veía gastada, ajada. Decidió adjuntar las fotos de su cuñada, tan insistente en que experimentara. Bastante más joven, con una sonrisa de escándalo, a diferencia de ella, quien era portadora de una prótesis superior que sujetaba a la encía cada mañana con el Corega, le resultó una imagen que bien pudiera ser de ella misma, veinte años antes, cuando aún los verdugones el tiempo no habían hecho estragos.
Pasaron las semanas, las conversaciones se fueron haciendo más amenas y personales, llegando un momento en quedar en verse, en la granja chocolatería Petrixol, del barrio gótico.

Ella parecía buscar a alguien de aspecto atlético, pero solo vio llegar a un señor, calvo y bajito que se instaló en una mesa, quien miraba a todas partes al llegar, pero que pronto estaba zampándose un “suizo”, y oteando hacia la puerta. Hizo que el café con leche le durase más de una hora, pero Sebastián no acudió a la cita. Él esperaba ver llega a una mujer con una sonrisa fresca, melena con rizos y de una edad casi joven, que no llegó a aparecer. Cuando se marchaba, con la certeza de un inconveniente de última hora por parte de ella, miró de refilón, y vio a una mujer sentada sola. “Demasiado mayor”, pensó, y acabó por salir de local. Pocos minutos después, Paula cerraba la puerta del bar tras de sí. “Ya contactemos en la noche por internet” se dijo. 

La noche les pillaría con mil preguntas sobre quién faltó a la cita, y ninguna, o todas, encontrarían respuestas.

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lunes, 13 de julio de 2020

Hacerse mayor

Imagen de Miles Johnson del blog Bic naranja

Odiaba las matemáticas, desde siempre, no había conseguido entenderlas. Su madre se había empeñado en que hiciera unos deberes imposibles, tres folios, nada menos, con ejercicios donde calcular áreas de círculos, triángulos, y varias figuras geométricas más. Por la tarde había mirado, desde la ventana a sus amigas, jugando en la playa. Esperó la inspiración para atacar los ejercicios, pero en vano. Sintió, casi literalmente, sus neuronas derritiéndose como una vela encendida.

La noche se coló de estraperlo por las persianas, sin que se percatara del tiempo que llevaba sentada. No podía evitarlo, recordaba el verano pasado, sin hincar los codos, tan libre como las palomas, siendo aún una niña. Pero ya había empezado el Instituto, por desgracia, y le habían insistido en que  ya era mayor.

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sábado, 11 de julio de 2020

Cambios paulatinos


Imagen de Bic naranja
Llevo semanas despertado con la sensación de haber caminado sobre hierba, y que mis pies, sin zapatos, se han lastimado por pisar alguna piedrecilla que se interpusiera en mi camino. Jubilado como estoy, no me importa estírarme luego un rato, y descansar del ajetreo de la noche. Últimamente también sueño que me despierto en lo alto de un árbol alto, del que me cuesta bajar. He acabado por ir a un psicólogo, quien no encontró razones ni explicación para mis sueños. En vista del poco éxito, me animé a visitar a una adivina, quien no adivinó el significado de mis sueños, ni lo que me traerá el porvenir, porque me pintó un futuro almibarado que no puedo identificar conmigo.
Hoy he salido al jardín, con mi tablet, esperando que internet me brinde información sobre lo que me está pasando, porque hasta han cambiado mis gustos por la comida. Ahora sólo me apetece fruta, cosa rara en mí, que soy de comer mucha carne. Los ventanales del comedor han reflejado a un gorila con una tablet, aunque estoy seguro que no soy yo.


miércoles, 8 de julio de 2020

Camino a otra normalidad, en jueves

Imagen del blog, "De amores y relaciones"


Siguiendo la propuesta de Myriam, en su blog  De amores y relaciones esta es mi aportación. Que es una continuación de otro relato de jueves, Aventura imposible

Llegó Julio. Se reabrieron las fronteras, los aeropuertos dejaron ver pequeñas y tímidas colas para abordar los aviones, aunque todavía en cantidades ridículas. Decidí que no quería aplazar más mi viaje. Por suerte. me concedieron un aplazamiento del circuito contratado en enero, y que pude soñar por anticipado y allí me fui. Empezaba la temporada de lluvias, que dura unos seis meses, y que en parte condicionó algunas excursiones, pero, sobre todo, una sensación de sofoco en las tardes, y la humedad reinante, con sus mosquitos.

El paisaje soñado era exacto al que viví, salvo que el guía no se llamaba Rafel, sino Lope Otón Solís y tenía seis primaveras menos que yo. No hubo feeling desde Tortuguero, sino desde la primera noche, en San José. Tal vez es que las parejas iban a lo suyo, y las familias, que hay que ver cuántos papás quieren que sus hijos vivan todo, todo y todo hay por este mundo de Dios, pues ahí andaban, con sus tablets, buscando información de flora y fauna para sus retoños. Estábamos como dos náufragos, solos en la isla perdida.
  
En verdad era la única integrante del grupo de españoles que viajaba sola, y sus ojitos, tras dos Margaritas que me sentaron fenomenal, me resultaron tan atractivos como su labia. Había cursado Turismo, en la Universidad Central de San José, y estaba versado en la historia española y sus monumentos. No es que fuera lanzado, es que yo había aplacado mis temores y mis manías sobre mi físico y la cruel ley de la gravedad.

Sí, me dije, ahora que ya estoy en edad de merecer un descanso de complicadas complicaciones, de bajarme del romanticismo de ese matrimonio sin chispa, por qué no dejarme querer. Y vaya si sabía querer. En mi opinión, tenía cuerda para rato. De día ambos estábamos muy formales. Pero de noche, se presentaba en mi cuarto con detallitos y risas. Tontunas, nimiedades, como algunas flores que no había visto ni volveré a ver, o un bombón de maracuyá, cositas sin más, pero siempre pertrechado con esa sonrisa pícara bajo sus ojos de color miel diluida, que, con su cabello marrón, conformaban un conjunto llamativo. No es guapo, pero con un no sé qué que me gustó.

He regresado más delgada, tal vez un quilito de menos, sin alharacas de báscula, pero con una piel luminosa. Y tersa. Duermo muy bien. Chateamos cada noche de aquí, tarde de allá. Le he invitado a que venga en otoño. Quiero mostrarle la Sagrada Familia y el museo del Prado, que adora.  Lo que no sé es cómo le explicaré a mi marido que estaré unos días en Barcelona y otros en Madrid. Suerte que,  igualmente, no se animaría a viajar.

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domingo, 5 de julio de 2020

La piedad

Imagen tomada de Bic naranja


Subí al metro, cuando aún no se había ordenado el uso de mascarilla en este medio de transporte. Tenía que ir a Correos, a trabajar las cuatro horas que mi contrato eventual me pautaba. Los periódicos, la radio y la tele seguían comunicando, de día en día, el número en aumento de muertos por este virus nuevo, caprichoso y cruel.  Los hospitales, al borde el colapso, eran evitados, incluso cuando los ciudadanos tenían síntomas preocupantes.
  

Era imposible no fijarse en ella, aguantando a ese hombre, seguramente su hijo, perdida en su dolor y la incógnita de dónde acudir. Nadie parecía darse cuenta de su desamparo. Me ofrecí a sujetar a ese cuerpo inerte, o a pedir ayuda. La mujer estaba ausente, en un universo lejano. Cuando contestaron por el aparato, queriendo saber por qué había pulsado el botón de auxilio, sólo se me ocurrió decir que nos había entrado en el vagón un virus enorme de indiferencia.  

Alexey Kondakov ha usado  el lienzo de LA Piedad de  William Bouguereau para su composición

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jueves, 2 de julio de 2020

La escalera, en jueves

Imagen de Santo Domingo, de Plasencia

Siguiendo la  propuesta de María José, con una escalera como protagonista, mi aportación es esta.

Paquito miraba hacia arriba, calculando cuándo podría ir solo por la calle. Cuándo le dejarían que se organizara el tiempo, y así hacer los deberes a su ritmo.  Cuándo sería mayor para que no le persiguiera su madre cada noche con ese “lávate los dientes”. Cuándo le dejarían de controlar su hora de dormir, o de comer. O de salir con quién quisiera, a jugar, y cuándo regresar a casa. 

Un día le dejaron elegir película en la tele, otro día le pidieron opinión sobre el destino de vacaciones. Fue pasando el tiempo, y un día tuvo que elegir los estudios a cursar, y otro día hubo de evaluar a esa mocita morena  que le hacía “ojitos” en la cafetería de la Universidad. Así, poco a poco, iba subiendo, peldaño a peldaño, el camino ascendente hacia la independencia, hacia la madurez, y hacia la libertad.

Don Francisco había cumplido los ochenta años. Había recorrido el piso superior, y visitado cada rincón, de cada dependencia. Se había asomado a todas las ventanas, y llegado, con la vista y con las piernas, a lugares que escapaban de sus previsiones previas.  Había escudriñado desvanes y sótanos, mares y puertos. Se había perdido bajo faldas cercanas y extrañas, tras esperanzas maltrechas y por estrenar, entre decisiones de envergadura y opciones del día a día. Sentía que las rodillas le pesaban una barbaridad, y los hombros, y las entrañas.

Mientras iba bajando esas escaleras de un antiguo  convento, despacio, y sujetado a la barandilla,  vio  a un joven que le recodara a un espejo de antaño, quien las subía. Se miraron a los ojos, a mitad del camino, de bajada para uno, de subida para el otro.

-Quién pudiera subir, como tú- dijo don Francisco, sonriendo.
-Quién hubiera visto lo que usted ya vio -dijo Paco, apeado del nombre infantil definitivamente.