miércoles, 20 de octubre de 2021

Metáforas en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Dorotea sobre metáforas, mi participación es este texto.

Ha llegado el otoño. Las nieves del tiempo han calado en su corazón, y hasta en sus piernas. Cuando llega al bosquecillo, con su alfombra de hojas y de recuerdos medio confusos, las ventanas del alma se le llenan de nombres de quienes ya partieron. Las suyas, recordando, no son lágrimas de cocodrilo. Son lágrimas amargas, densas, sobrecogiendo la mirada hacia dentro.

Cuando regresa a casa, mi trabajo en un calvario, porque me cuesta cada día más recomponer su ánimo, intentar que sonría o conseguir que coma algo. Hasta es costoso que se avenga a estirarse un rato para hacer una cabezada, siempre corta, ante la tele mientras yo arreglo la cocina. Mi padre tiene un dolor de ausencia más grande cada vez que octubre llega a su fin. Hoy me ha preguntado cuándo iremos al cementerio.

Yo estoy entre la espalda y la pared. Por un lado, pienso que le irá mal encararse de nuevo a la foto de mi madre en la foto de su tumba, pero, por otro lado, no llevarle, implica el riesgo de que crea que no quiero ir.

Palabras: 184

domingo, 17 de octubre de 2021

Naúfrago varado

 


Ha pasado un año, pero sigue siendo una incógnita por qué lo hiciste, si lo hiciste. Dicen que cuando supiste que eras un náufrago en el islote que tuviste que fabricarte, no perdiste del todo la esperanza en que algo  pudiera salvarse de tu naufragio personal. Creíste plausible que, como un geranio a destiempo, los celos hacia Roberto, el usurpador, pudieran quedar atrás para ti. Rogaste porque Eva regresara a tus brazos. Te aferraste a la idea de que aun siendo un timorato crecido en un barrio del extrarradio, te habías cultivado entre bragas de seda y apartamentos de diseño. Figurarías de nuevo, tal vez incluso para ella, en el mercado de los solteros apetecibles, como un gato de angora refinado, que puede exhibirse en los salones de Sarriá.  Entraste en meses de recogimiento, te reíste con el contratante de los hermanos Marx, nuevamente adicto a las pelis antiguas. Te vestiste, superando tu reciente apego a los grises y negros, de rebelde sin causa, con un look de motorista venido a menos que encontrabas austero en el espejo, como cuando en tu infancia coqueteabas con ser el cowboy más serio de nuestro bloque de protección oficial.

Algo falló en tus engranajes, bien entrenados para defenderse, algo se te rompió cuando Eva se convirtió, ya definitivamente, en quimera. Tu vuelo fallido desde la cima del Pedraforca pudo ser accidental, y creo que, en definitiva, perseguías tu sueño de abrir las alas y huir de nuestro maldito barrio y sus miserias. Brindo por ti, amigo y vecino, cuando la hora de las “aventis” se nos escurrió entre los dedos, y los años, sin saber cómo. 

Las palabras marcadas en negrita son las elegidas para un texto, como ejercicio de un taller de escritura.

Palabras 274


jueves, 14 de octubre de 2021

Dos frases, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogéminis, dando a elegir el uso de dos frases, mi aportación es la que sigue

Me habían advertido. Ese antiguo convento que transformaron en hospedería, tenía, según las malas lenguas, como mínimo un fantasma. Unos dicen que bromista, que llevaba a quien traspasaba una puerta de trampantojo pintada en una pared, a otra dimensión, o a otra época. Otros, los más, decían que, tras la puerta de adorno, había el esqueleto de una mujer que fue emparedada con su hijo reciéen nacido en el siglo XVIII, una monja que obviamente, no mantuvo el celibato.

Agoté el disfrute de mi ducha redentora, con la sensación de que alguien me observaba, y, como suele pasarme, la imaginación se me disparó. Con el albornoz blanco bien cerrado, descalza, y con el pelo aún mojado, hice amago de abrir esa puerta de mentira. Que no se abrió, y que dejó flotando en el aire un aroma a colonia Heno de Pravia. Por la mañana pareció estar abierta y la abrí, pero, por supuesto, sin rastros de lo que alguna vez fue vida, a tenor del olor.

Me instalé en el escritorio. Escribía el capítulo en el que la escritora descubre cómo un cuerpo decapitado es encontrado en el remanso de un riachuelo, cuando una tela húmeda me rodeó la cara, quiero creer que fue real, aunque saberlo no cambie nada, porque sentí el aroma de colonia mucho más intenso.   Llamé a recepción. Una mujer me convenció de que ese dibujo no era más que eso, un dibujo. En la noche soñé con una tela sobre mi cara y desperté sudorosa y agitada. Miré a la pared del dibujo. Palpé la pared por donde debería haber unas bisagras, pero no hallé nada más que el propio dibujo.

Hice la maleta, y dejé le hotel.   Que otro descubriera la verdad sobre el antiguo convento.

Palabras: 293


domingo, 10 de octubre de 2021

Súbitamente, el otoño

 

El bosque estaba ahí, esperando. Llevaba un par de días oteando el horizonte, notando que la brisa se intensificaba. Sintiendo cómo las hojas, de día en día, iban perdiendo el verdor para transformarse en cientos de variedades de ocres. Viendo cómo algunas de ellas, díscolas e impacientes, se precipitaban sobre el lecho de tierra, asustando con su descenso a alguna hormiga diligente.  El sol había brillado intensamente días antes.

Pero al fin escuchó unos truenos, lejanos, como de un eco tardío y envolvente. La lluvia hizo su aparición. Atropellándose, como desbocada, dejando caer el agua a borbotones. Con esa puntualidad tan alocada. Había llegado el otoño. El bosque, empapado, le recibió ilusionado.

jueves, 7 de octubre de 2021

Una de caballos, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Myriam, sobre el mundo de los caballos, mi aportación es la que sigue.

Indalecio estaba casi todo el día en la cuadra, donde cuidaba a los caballos del club de polo. Había criado y cuidado a un potrillo negro y movido, noble y de buen porte, que, sin embargo, mostró desde muy pequeño un espíritu indomable. Le llamó “Rayo” y nadie salvo él se atrevió a perder tiempo y esfuerzo en entenderle,  así que, desde la adolescencia del chico, el caballo indómito había sido su único amigo. Le explicó de sus cuitas y sus aciertos, de la soledad que le invadía y de la incapacidad para establecer una amistad medio normal con alguien. Esa tarde intuyó que algo pasaría. Que una tormenta iba a descargarse. Sintió que su fiel Rayo estaba a punto de escapar para ser libre. No le sorprendió no encontrarle en la noche. Los rayos iluminaron a un caballo negro, sudoroso, envuelto en el vapor que producía la lluvia sobre su cuerpo. Las crines adheridas al cuello, la mirada extraviada, las patas inquietas. El joven notificó su ausencia, que parecía no importar a nadie, y pertrechado con un buen impermeable, fue al bosque cercano, donde le encontró mordisqueando hierba bajo un árbol centenario. Le acarició, se miraron, y tras abrazar su cuello, le montó a pelo. A horcajadas de sus sueños, en comunión perfecta, un hombre que sólo hablaba con los caballos, se perdió en el horizonte. 

Unos dicen que cuando ven una sombra de alguien a caballo, galopando por las afueras del pueblo, es que se acerca una tormenta intensa. Otros dicen que, de noche, por las cuadras del club, con cada la luna llena, un alma en pena vaga a caballo, atemorizando a quienes no aman a los animales. Lo único que sé es que, cuando voy con mi perro al bosque, éste ladra al vacío que hay bajo un árbol centenario.  

 Palabras 298


domingo, 3 de octubre de 2021

¿Y eso?



Cariño, tenemos que hablar

─ ¿Y eso?
─ He encontrado un preservativo en el Audi.
─ No suelo usar tu coche
─ Ya, pero cuando te fuiste con las amigas a Peñíscola sí que te lo llevaste.
─ Claro, no me iba a ir en el Ibiza
─ Pues ya me dirás qué hicisteis las tres.
─Te voy a explicar un secreto. Lola iba muy suelta, estuvo con nosotras, pero muy poco, capaz que sea suyo. Tal vez lo llevaba en el bolso y se le cayó
─ Puede ser. Me genera curiosidad saber de su amante
─ ¿Y eso?
─ Porque es de color avellana y de talla extra grande

jueves, 30 de septiembre de 2021

El verano que se va, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Molí del Canyer sobre el verano que se nos hace corto, mi participación es la siguiente

Este verano se acaba. Me lo dicen las hojas de los árboles, me lo indica el atardecer más temprano, y hasta mi cuerpo me va avisando. Será la época perfecta para ver La Granja de San Ildefonso, por ejemplo, y que visité en julio, con sus fuentes sin espectáculo alguno. Será el tiempo de ver caer castañas en el suelo, y ver gozosas nubes en el horizonte. De bajar los edredones y subir los ventiladores al altillo de los armarios. De tener a mano rebecas y chubasqueros, calcetines y piezas de abrigo.

Dejaré atrás escapadas, o no, y sandalias.  Atrás los shorts y las camisetas de tirantes, el protector solar en el recibidor, y tal vez las mascarillas. Dejaré atrás días de un sol que me alegraba, y un mar que me mecía, excursiones de cercanía, horchatas y melones. Atrás la luz del verano en tus pestañas, el soplo de caricia de tus manos bajo mi falda. Dejaré atrás la urgencia por encontrarte cuando te encontré. Atrás el despertar de un perro que se propuso destrozar todo mueble de mi casa.

Atrás quedan días de tibias madrugadas bajo la luz de tu voz, pero retomaré el aliento del verano exactamente…mañana  

 Palabras: 200


jueves, 23 de septiembre de 2021

Mentiras para un jueves

 


Siguiendola la iniciativa de Mag, en su Trastienda del pecado, mi aportación es la que sigue

Virtudes había ideado un plan de comunicación con Quique. El más primitivo y analógico. Tendía su colada en el tendedero de su fachada, como el resto de vecinos. Él acababa el trabajo a las cinco, y para llegar a su casa había de pasar por delante del bloque de pisos de ella. Veía su ropa tendida y leía lo que ella decía: Camiseta, tejano y bragas quería decir que podía visitarla.

La relación empezó de la manera más tonta, como suelen suceder estas cosas. Ella vendía su coche, y él buscaba un chollo con ruedas. Al contactar se percataron de que vivían cerca, lo que favoreció que se vieran más de una vez. Al tercer encuentro les sorprendió un chaparrón, y por la cercanía a la casa de él, y esas miradas de días previos, subieron. Un aroma a café recién hecho, y el cuerpo mojado de ella dibujando sus formas esculturales pusieron el ambiente. También influyó ese pelo de Quique, indisciplinado, que le daba un aire bohemio y soñador. Pasó lo que podía pasar. Ni ella dijo estar casada con un policía municipal, ni él reveló que, a semanas alternas, se hacía cargo de una niña en edad escolar. Más tarde sí se comentaron   las verdades entre ellos, pero no al marido ni a la hija.

La hermana de Virtudes llegó de visita, con su vehemencia y continuo ajetreo. Con su risa de primavera y su desenfado perpetuo. Lavó unas cosillas en el lavabo y tendió la ropa. Quique leyó bien el mensaje, así que se plantó ante la puerta con su sonrisa de domingo. Cristóbal, el policía, le abrió la puerta. Quique improvisó una mentira como excusa, pero tan mal trabada, que fueron precisas muchas explicaciones y carantoñas por parte de Virtudes para convencerle de que nada ocurría entre el tipo de rizos negros y ella.

Nunca entendí esa la mentira, aunque les perdí la pista. Puede que la historia se haya acabado, o quién sabe, igual ella pidió le divorcio y recibe clases de hacer de madre impostada.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Sólo aire



Después se extinguían silenciosamente
. Era la consigna. Antes de nada, la jefa había sido muy clara.

─Formaos, volad, alegrad el aire y haced sonreír a cuanto niño veías, pero después tenéis que extinguiros, silenciosamente.

Eva abrió el bote amarillo, metió el palo con aro en su interior y sopló. El desfile de burbujas hizo su aparición. Volaron todas. Algunas se elevaron un metro, otras fueronal suelo con vocación suicida, y algunas otras se estrellaban contra los dedos infantiles.

Acabada la fiesta, el bote quedó en una papelera, con proyectos inconclusos de aire irisado en su interior.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Improvisando, en jueves

Siguiendo la propuesta de Noegéminis, sobre eso de improvisar, mi aportación es la que sigue

Llamaste contento. Esa zona desértica de Argelia siempre con problema de cobertura ya la tenía más que conocida. Improvisabas una escapada a París. La línea telefónica iba y venía, quedando muda poco después. Yo aplaudí en silencio, tampoco me podrías escuchar, según confirmé.

Nos lo merecíamos. Nos lo habíamos ganado a pulso. Poder dejar atrás mi trabajo estresante, y tus entrenamientos, ya tan cercana la fecha del próximo Paris Dakar.  Miré el armario, no era cosa de dejarnos prendas de abrigo. Busqué en Google cómo disfrutar de algunos museos, el Louvre en primer lugar, el Orsay, por supuesto, y cómo no, el palacio de Versalles. Pedí cita en peluqueía y depilación. Actualicé mi ropa interior, todo deprisa y corriendo, pero era nuestro décimo aniversario de boda, que no llevamos a cabo, pero siempre nos dio igual, y bien valía renovar armario, y votos, ya puestos. Teníamos un día escaso para plantarnos en el aeropuerto.

Imaginé que habías apalabrado algún hotel bonito, tal vez en Montparnasse. Me llegó un SMS de tu escudería. Llegabas en la noche, y allí estaría yo, esperándote en el Prat.

Te abracé, ceñidamente, y te besé con ruido y ganas en tu cara, mientras me colgada de tu cuello, agradecida, amantísima, y hasta excitada, (no reconocerlo sería absurdo). Me sorprendió tu semblante, entre divertido y curioso.

¿Pudiste preparar mi maleta? preguntaste

Serán dos minutos, la mía ya la tengo lista.

¿Y dónde vas?

A Paris, ¿no?

Al ver su cara comprendí que, en la llamada, había datos que no entendí, o no escuché, así que disimulé un poquito.

Aprovecharé que tú vas por trabajo y yo iré a hacer turismo.

Fantástico, dijiste algún día podemos comer o cenar juntos

─ Será estupendo rematé yo.

En la noche estuvimos bien, aprovechando tu tiempo conmigo.

Yo improvisé un viaje relámpago con mi amiga Isabela, quien se apuntaba a un bombardero y así pasé el décimo aniversario de boda, cenando  en un romántico bote por el Sena, con un amiga.

Palabras: 334

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Los sueños, que sueños son

 

Imagen de Bic naranja

Eva Cercedilla se dejó caer por el tobogán de los sueños anegados una noche, en la que cambió como calcetín dado la vuelta. Había conquistado la esquina de los sueños de Raúl, quien, a veces, desde la marquesina de un paseo marítimo de Cadaqués, le enviaba besos en Arial o en Calibrí.

Eran besos viajeros, dejados caer como hojas de otoño, sin mayor intención que seguir el curso de lo natural de cada estación.  Los otros besos, los de verdad, los robados, o conquistados, los que le dejaban colgado de unos labios en flor, eran para Gisela Masip Villalegre, la chica que desde el instituto abrió la veda a las hormonas desmandadas de Raúl, y de algún muchacho más.

A mil quilómetros de distancia de ese pueblo con mar cuajado de veleros y chiribitas de luz de luna, ella escribía versos de un amor desaforado, sin más afán que dejar salir de su corazón de golosina los latidos enamorados en su taquicardia al galope cuando recibía algún mensaje del otro lado de la península. Raúl calculó mal el impacto, el peso, la puntería certera en el corazón de ella. Siguió esquivando comunicaciones con vídeo, posponiendo encuentros en un futuro que se elongaba como un chicle de fresa infantil. En un comienzo de la relación, el futuro se llamaba “cuando apruebe primero”, y hace poco, “tras la graduación y la entrega de tesina”.

Eva había rechazado a los moscones que atraía su cabezo rubio como un trigo por cosechar, y esos ojos que sabían ver más allá de la piel del otro. En su playa de A Coruña hacia planes de tomar un tren, y por años, quedaron en planes, pero hace días, sin avisar ni a su familia, se plantó en la estación, dispuesta a ver a Raúl, sí o sí.

Se durmió pronto con el traqueteo propio del ferrocarril, y soñó en comida, de hecho eran vagones de comida,  y que al despertar tomó como presagio de que le esperaba el hombre que la llenaría.

Llegó a Cadaqués a las trece horas, y contactó enseguida con él, imaginando su sorpresa y dicha. La realidad es que estaba en Barcelona, con Gisela, en el piso que compartían durante el curso escolar. Y así se lo dijo, aseverando que nunca había soñado con poder estar por ella. Que había sido una estupenda conversadora, pero que nada más.

Eva tomó una habitación en el hotel costero y pasó toda la noche en vela, entre llantinas inconsolables y desaprendiendo ese amor que ella había inventado sin base sustentadora. Por la mañana, tras un desayuno con pescado, reconoció haber pasado de un amor desprendido (sin esperar nada), a un amor desaprendido. Y así, sin más dolor que un tiempo invertido en nada, coqueteó con un turista ante la escultura de Dalí, más provocadora de lo que nunca pensó ser.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

La gratitud, en jueves

 



Siguiendo la propuesta de Dorotea, sobre la gratitud, esta es mi aportación

Paseamos por las callejuelas, batiendo récords de perderse. Sonreías, y yo intentaba mostraste parajes de otra visita previa. Ante mi vista los desconchados, las grapas enormes sustentando las plantas de casi todos los edificios, y que intentaba que no vieras, porque era tu primer viaje a la ciudad de las góndolas. Esa senectud tan poco elegante calándome en los huesos, me llevó a rememorar ese amor desprendido, sin necesitar ni esperar del otro. De alguna forma me sentí como una bola de árbol navideño sin sustento, un pajarillo mirando un nido que ya no está.

Me casaré y vendré de luna de miel aquí. Será mi condición para casarme soltaste a bocajarro ante San Marcos.

¿Y ya sabes con quién?

Me da igual dijiste pero vendré aquí con quien sea mi marido.

Me hizo gracias tu inocente alegría, me llenó de ternura esa ilusión al ver la ciudad de tus sueños.

Inmersas en esa iluminación tan pobre y escasa, que nos llevó más de tres veces a un canal sin puente, (con tantos que hay), la lluvia nos pilló tras unos truenos, desbaratando el romanticismo que tú querías llevarte.

El tipo que nos ofreció su paraguas, quedando él sin cobertura, nos recordó a Paul Belmondo de mayor. Nunca podré agradecer a nadie un gesto tan caballeroso con dos turistas perdidas, empapadas y con el Google maps averiado bajo la luvia. Consiguió que hasta la tormenta fuera hilvanada en el romanticismo que tú esperabas, y que yo sabía que se va a pique.


Palabras 243



domingo, 5 de septiembre de 2021

Saliendo a la avenida de la vida

 


Entre besos de Klimt y un blanco y negro de Casablanca, los vi desde mi guarida. Tras quedarme atrapada en un charco de alquitranada textura, sin más deseo que invernar tras ese verano cargado con balas de bellezas y recuerdos caducados, había encontrado una oquedad con vistas a la calle.

Perros y niños, flores y autobuses paseaban ante mi mirada, casi siempre perdida en nostalgias sin nombre. Mis ojos siguieron a dos niños con pelota, gritando consignas de un fútbol    que parecía presto a renacer junto a los colegios e institutos. Los perdí en la esquina del supermercado. Con la sonrisa levísima aún enfundada en mi boca, la pareja apareció de la nada.  Qué gozo de amor en vena, qué ilusiones en sus brazos, inexpertos tal vez los de la chica, qué belleza de química amorosa.

Ese beso de él me trajo a la memoria tardes de lluvia y caracolas, cuando la primavera seguía viva bajo mi falda y las ilusiones costaban una fracción de segundo. Cansada de rumiar lo perdido, me levanté y salí a la avenida, fresca de nuevo, degustando el aire de un domingo que se abría a mis ojos para ser vivido, y así, con esa fe en el presente, me puse a escribir.  


Me uno a Bic naranja, cuya imagen me motivó y caló. Esa astenia post-vacacional estaba queriendo atraparme, pero será que no :-) Ojalá todos hayamos tenido un tiempo de descanso reparador.

viernes, 27 de agosto de 2021

Con Demiurgo, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Demiurgo para este jueves, mi aportación, usando una de sus imágenes para tal convocatoria, es la que sigue

Sonia había terminado los estudios de diseñadora gráfica con más pasión y esfuerzo que vocación definida. Le gustaba la belleza. Y el arte.  Su madre había sido muy clara, le pagaba los estudios siempre y cuando aprobara todo. Ese Madrid vital es muy caro, pero había conseguido compartir piso con dos amigas, estudiantes como ella, pero que eran ayudadas por sus padres en su totalidad. Sonia encontró dos casas para a ver limpieza, y dos servicios de canguraje para niños, así que con ello tenía para pagar su parte de alquiler. 

El trabajo de becaria en una revista de moda era su gran oportunidad. En la oficina observaba a las compañeras con cierta envidia. O eran buena actrices, o eran muy felices, se decía cada día. Pablo colaboraba con la revista y era un fotógrafo sensacional. Estuvo con él un par de veces en su casa, y cuando era razonable que estuvieran en la suya, no tuvo otra ocurrencia que usar las llaves de una de las casas en las que trabajaba para hacerse pasar por su propietaria.

A las tres de la mañana, tras una sesión de sexo glorioso, le despidió, alegando un dolor de cabeza súbito y migrañoso. Pablo aceptó irse, y Sonia se puso el delantal que usaba allí y se puso a limpiar las manchas de mojito de la alfombra.

Le pareció escuchar el timbre de la puerta. Imaginó entonces al amante mirando por la mirilla. Luego, al llegar a su casa, hizo un collage de la posible escena. Sin haber dormido, en la oficina, le mandó un mail a Pablo. Esa relación sembrada en la mentira, tenía los días contados. O no.

 

Palabras:277


viernes, 20 de agosto de 2021

!Chas!...yo estaba allí. En jueves

  

Imagen de https://www.esquire.com/es/actualidad/cine


Siguiendo la propuesta de Mag, La trastienda del pecado, mi participación es la que sigue.

Cuando Norma Jeane abrió los ojos, con ese cansancio infinito, y ese túnel con la luz al final, ¡Chas!, yo estaba allí. Cada mañana llegaba a los ocho para hacer por ella esas cosas que se le resistían, esas cositas domésticas que veía como montañas inabordables desde su mente inquieta, pero poco dada a la realidad y tan predispuesta a echar el vuelo. Ese día tuve un presentimiento, y acudí a las siete. Tal vez mi presencia cambió su vida y la del cine de la época. Corría el año 1962 y, sin mí, la musa de Hollywood habría pasado a la historia, con la madurez espléndida de sus años dorados y ese cuerpo que luego, como todos sabemos, fue perdiendo tersura y curvas inquietantes.

Aquella mañana, muerta de miedo la puse boca abajo. Con su cabeza colgando de la cama,  le metí dos dedos en la boca. Vomitó un líquido amarillento y con un olor ácido muy desagradable. Luego le fui dando pequeñas cachetadas, mientras la llamaba a gritos.

Llamé a una ambulancia y a su tercer exesposo, Arthur Miller. Éste me pidió que no avisara a nadie más. El equipo médico que vino haciendo sonar la sirena, le hizo tomar, por la fuerza, carbón activado, y la colocaron una vía, con un suero que describieron como “fisiológico”. Al llegar Arthur me eché a llorar. Mi musa real y personal, casi consigue su objetivo.

Le dolía la vida, le arañaba el corazón la ausencia de amor infantil, y tanta lucha por salir de su círculo de miseria era una lucha perdida de antemano. Porque era titánica. El resto es historia. Desapareció de la vida pública. Con los avances en la medicina conseguí un cambio de sexo y pudimos escondernos en una granja de Minnesota. Sin pretensiones de fama, y menos de pasar a los anales del séptimo arte, hemos sido felices.  Como es sabido, al final nos encontraron. A mí no supieron ponerme nombre, y esa foto de Marilyn entrada en carnes, y con setenta años, se hizo viral, lo que la sumió en una nueva depresión.

Cundo ella murió, el año pasado, perdí ni norte y mi sur. Realmente perdí la razón única de mi existencia. Hoy haré lo que hizo ella hace ya tantas décadas. Quiero reposar en sus brazos por siempre jamás. Yo, su mucama, me iré de este mundo con la pregunta que nunca he sabido responder. ¿Qué hubiera sido si Marilyn Monroe hubiera muerto esa noche de aciago  recuerdo?

Palabras 416

jueves, 12 de agosto de 2021

Mirada de colores, en jueves


Siguiendo la iniciativa de Dorotea , Ojos que nos ven, mi aportación es la que sigue

Los niños me mareaban. Es verdad, pero me gustaban. Él, o ella, se acercaban sigilosos, con cara de expectación y rubor en las mejillas, y yo sentía un cosquilleo de felicidad . Les costaba guiñar un ojo, y yo me dejaba acomodar bajo su frente. Me consideraban magia. Ya ves tú, unos cristalitos de colores sin más fundamento, pero él tenía cinco años, y ella cuatro, y todo les resultaba fascinante, mágico y maravilloso.

Yo me dejaba hacer. Con tan poquitos cristales no podía formar unas figuras extraordinarias, pero claro, a ellos les bastaba y sobraba para sentirse felices por un instante. Lo que no sabían es que yo intentaba siempre que se formasen más y más diseños. Ni sabían que yo los miraba a ellos cuando me dejaban apoyado en horizontal. Era, y soy, un simple cristal transparente, así que los veía perfectamente cuando jugaban a esconderse, o cuando jugaban con una pelota suave. La nena quería que su muñeca mirase a través de mí, y le explicaba lo que veía, según ella.” Como flores que se van cambiando”, le decía.  Yo supe desde siempre que la muñeca no la entendía, pero me temo que no le importaba. El niño me usaba de catalejo. Me colocaba en su carita e imagina islas en la lejanía. O elefantes en una sabana. Alguna vez me  usó como palo, pero llevaba meses con ellos sin mayores problemas.

Un día quedé a merced de un cachorro de perro. Madre mía, me clavó sus dientecitos como agujas y quedé con agujeritos por todas partes. No sé cómo, acabó por romperme, y ví cómo mis cristalitos de colores de dispersaban por el suelo. No riñeron al perro, sino al niño, por dejarme en una mesita tan baja. Con una escoba, empujándome implacable, llegué en un cubo junto a cosas inservibles. 

Ahora vivo en un descampado, que llaman vertedero, y mis cristalitos siguen reverberando al sol. Yo sueño con que alguien me encuentre y repare, para seguir mirando a los niños, desde mi mirada poliédrica, irisada y juguetona.

Palabras:339

sábado, 7 de agosto de 2021

Lago en verano

 


Imagen de Bic naranja

Cuando me ascendieron a comisario, el día en el que cumplía cuarenta, poco podía pensar que mi primer caso fuera una suicida. No quise ver el cuerpo hasta saber un mínimo de datos. El forense tardaría una hora como mínimo.

Una señora duerme en el agua había dicho la nena que dio la voz de alarma.

Dijeron que se alojó con un nombre que resultó falso, que la recepcionista de esa tarde estaba estresada y no le pidió el pasaporte, ni una tarjeta bancaria. Contaron que llevaba tres días hospedada, y que salió poco de su habitación durante la estancia. Las señoras de la habitación contigua chismorrearon que creían haber visto a un hombre que entraba en la habitación de la finada, si bien en el interrogatorio manifestaron demasiadas contracciones y dudas sobre el hecho.

Olga Smith, nombre con el que se registró, parecía ser del este de Alemania por su acento. Los informáticos pudieron confirmar que la última llamada recibida era de un teléfono prepago y que el resto de comunicaciones eran a una docena de números, ninguno de alguien que pudiera decir nada importante. No tenía familia alguna, según se dedujo. Tampoco amigos, o novio, o esposo, o amante. 

Cuando miré su rostro me quedé helado. Era Helena, la rubia de mi verano en Madrid en un postgrado de la Complutense. La imaginé sentada en la cama, con la ventana abierta, contemplando el precioso paisaje suizo con el lago reverberando destellos de un sol estival. Le supuse una vida solitaria. Recordaba perfectamente que hablaba poco, por miedo, según me dijo, a “La Stasi”, donde su padre trabajara durante décadas. Siempre pensé que era producto de su fantasía, aunque no pude conseguir localizarla cuando me dejó.

Recordé su mirada ensimismada, su español de academia y sus muslos de alabastro. Lo último que supe de ella, hace veinte años, es que se fue precípitadamente, rompiéndome el corazón.  Ahora, al verla inerte, volvieron a mi mente las noches de luna y vinos, de caricias rompiendo los miedos de ella y mi propia impericia. No comenté a nadie que la conocía, si es que la conocí alguna vez.

Una tumba con un nombre ajeno, sin nadie que la acompañara, salvo yo, guarda su secreto para siempre. Qué soledad de entierro, qué tristeza, me dije. Y mi vida siguió.


miércoles, 4 de agosto de 2021

Humos y penumbras para un jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogéminis, sobre penumbras y humos, mi aportación es la que sigue, agradeciendo a Dagmar la imagen que formé en mi mente con sus palabras. 

Mi padre había conseguido su edén particular. Al fin.  Llevando en su carpeta esas patentes tan inverosímiles como “la tapa caliente de wáter”, huyendo de una esposa masoquista y tres hijos que cuestionaban la viabilidad de sus quimeras, así como sus delirios de grandeza, y con esa labia que Dios le dio, había comprado veinte mil hectáreas de selva amazónica colombiana.  Cuatro años después, un pastor de la Iglesia del Séptimo Cielo y de Adviento Florido había contactado con mi madre. O íbamos a rescatarle, o un enjambre de hormigas culonas acabarían con él. Sólo yo hablaba español, así que me tocó ser el ángel de la guarda de un padre, al que amé, cómo no, pero que era responsable de tanto dolor en mi casa como recuerdo desde siempre, desde niña.

Entre humos y penumbras, sobre un jergón de paja con olor a rata muerta, fui a liberarle de las garras del olvido, de las fauces de su desvarío, de sus nubes de alcohol con fantasías versallescas. Vi una sombra menguada de esa planta regia de mis recuerdos. Me topé con la frustración de no poder abandonarle, me discutí con la rabia de verle así de estropeado, como reloj arrumbado en un rincón umbrío, sabiendo que era el resultado esperable de su vida de fanfarrón, usando la paciencia, el dinero y el amor de su esposa adicta al victimismo.

Al rato de mirarle, sin convencerle, me picaron los ojos. Se había declarado un pequeño incendio en la hacienda. Conseguí llevarle en un jeep asmático hasta el poblado y allí, con dos, o cinco cervezas, logré venderle la idea de poner un zoo en nuestra propiedad familiar, en Zug, el cantón más rico de Suiza. Un hidroavión que tuvimos que pagar había hecho su trabajo. En el aeropuerto, con dos diazepanes que le metí en su café, los aduaneros le encañonaron.  Tuve  que usar mis encantos, y todo el dinero que quedaba de la venta a contramano de su finca, para que algún abogado consiguiera salvarle de la cárcel. El revólver estaba cargado (para defenderse en la selva, me dijo, pero muy tarde). Ahora, en el centro de Reposo, hace fuegos para recordar el humo de su paraíso perdido.

 

Palabras 359


jueves, 29 de julio de 2021

Ese alter ego, en jueves



 Siguiendo la propuesta de La trastienda del pecado, Mag, mi aportación es la que sigue

Hoy sí que sí.

Bueno, eso lo dices tú

Claro, es la cuarta cita, toca.

No sé por qué te empeñas en creer que en la cuarta cita toca. Recuerda a Susana, en la primera cita pasasteis la noche juntos.

Una excepción que confirma la regla. Dime si no, con Paola ni en la quinta cita, claro, que no hubo más.

Hasta tú sabes que una cuarta cita no quiere decir que acabes con final feliz, claro que, ahora te empeñas en tu teoría porque Lola está para chuparse los dedos.

Lo está amigo mío. Pero me hace reír, es inteligente, y no me digas que esa manera de mirar no te hace sentir cuán viva está.

Vale, y ese lunar que tiene cerca del labio, que un poco de morbo sí te da. Mucho circunloquio para no reconocer lo obvio. Que te inspira, no lo niegues.

─ Pelín de concupiscencia, vale, no lo negaré.

─ Estoy seguro que no caerá esta noche. Es más, no te llevas al catre, Diego, y si no, al tiempo. No eres su tipo. Te mira así porque es miope.

─ Me tienes harto. Estoy hasta los cojones de ti. O paras de ser mi Pepito Grillo o…

─ ¿O qué?

El puñetazo en el espejo le dejó una herida en los nudillos. Se puso un poco de Betadine y las tiritas transparentes. Se perfumó, dándose el visto bueno en otro espejo y llegó puntual a la cita con Lola.

Cuando llegaron a su casa, tras unos preliminares más que apetecibles y una velada estupenda, Diego no puso conseguir ni una erección medio pasadera. Su alter ego, para variar, le había boicoteado una aventura que prometía. Ya en pijama, a sus cincuenta primaveras, "un día u otro conocería a su media naranja", se dijo cabizbajo 

Palabras: 294

 

 

martes, 27 de julio de 2021

Mini vacaciones

 


Muy mini vacaciones. Leeré. Veré museos y paisajes, escalaré silencios de miradas compartidas, y si nada lo impide, desconectaré de un perrillo que da mucho trabajo :-)

Pasadlo bien, es gratis. Nos leemos a la vuelta, y si no sabéis qué poneros... poneros felices.


 

viernes, 23 de julio de 2021

Amanecer en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Molí del canyer sobre un primer amanecer, mi aportación es la que sigue.

Entretuviste tus miedos dejando que el peso de los años no te venciera. Yo disfracé mis ganas de sol con abalorios brillantes de efímera belleza. Cuando en la noche nos encontramos, como dos ciegos, construimos un ventanal al palpo, una obertura que mirar juntos, tal vez, cuya entidad estaba sólo en nuestra mente.

Tú pusiste las notas de tu guitarra herida, yo los aperos coleccionados en el devenir de mis tiempos. Tú desliaste los sueños que nunca llegaron a ser. Yo abrí el caudal del delta de mis ríos.  Tú dibujaste gaviotas a punto de echar el vuelo. Yo compuse versos de amaneceres marinos y caracolas de mar. Tú amasaste nidos de golondrinas, con barro de tus heridas. Yo amasé besos dormidos bajo mi almohada. Tú señalaste un cielo cuajado de estrellas tibias. Yo señalaba el mar, como un Colón indeciso, como la ruta hacia el ocaso.

Pasaron las horas, descerrajamos la brisa, deshicimos la niebla de las incertidumbres    a mamporros. Nos pusimos en pie, pero, anquilosados los miembros, trastabillamos hacia la ventana recién armada.  Como niños inexpertos, abrimos los portones con más fe que habilidad, con más esperanza que experiencia, con más humildad que sabiduría.

Nos sorprendió la mañana, con ese amanecer esquivo, que al fin apresábamos entre las manos, ahora unidas. Miramos juntos ese mar en calma ansiado, ese paraíso perdido, ese mar que construimos, con las manos.

Palabras: 230

miércoles, 14 de julio de 2021

Lo inexplicable, en jueves

 


 Siguiendo la propuesta de Dorotea, sobre cosas inexplicables, mi aportación es la que sigue


Se llamaba Marta pero la llamaban Julia, nunca supe si por un desacuerdo entre los padres o porque ella decía llamarse así, pero cada vez que voy al pueblo alguien cuenta la anécdota de la nena, quien, con cinco años, cayó al pozo del tío Facundo.

Con pequeñas variaciones, los ancianos del lugar recuerdan el suceso con la misma historia. Dicen que la niña era vivaracha, lista y movida, sin un ápice de miedo y con enorme curiosidad. Parece ser que un día, en un despiste de su madre, y de Facundo, quien solía tener tapado el pozo que alimentaba el melonar, Julia se inclinó a mirar en el interior, calladita ella. Rubia y golosa, creyó ver un chupachup en él y no se lo pensó dos veces. Se inclinó un poco más, hasta caer al fondo, con un ruido de peso muerto y esa reverberación del sonido por el cilindro pétreo. Nadie la echó en falta hasta tarde, pero ella no gritaba tampoco. Se había asustado, más por la oscuridad y la humedad que por haber sufrido mucho daño. Observó a su alrededor y vio a una ninfa pequeña, parecida a “Campanilla”, la que viera en la película Peter Pan, así que el susto se convirtió en tranquilidad. La nena contó que ese personaje, amoroso y amable, le fue colocando los pies, de paso en paso, en su ascenso hacia la luz, hasta el brocal.

Nadie pudo explicar cómo consiguió salir sola, pero lo cierto es que llegó a su casa empapada y con un hambre de lobo. Por mucho que sospecharon de algún vagabundo que fuera de paso por la zona, nadie consiguió que diera otra versión que la que quedó como auténtica, a falta de otra posible explicación coherente. Inexplicable, acabaron por decir todos.

Pasaron los años y Julia, o Marta, se fue a Madrid a estudiar periodismo. Allí sigue, sin regresar al pueblo más que de manera esporádica, y se niega a relatar nuevamente el suceso infantil. Se ha especializado en investigar aquellos lugares donde dicen que hay fantasmas. Y es ella que sí cree en lo inexplicable.

 Palabras: 350


martes, 6 de julio de 2021

Sherlock Holmes, en jueves

 



Imagen de la Vanguardia. Siguiendo la iniciativa de Campirela sobre el sagaz detective, mi aportación es la que sigue

De pequeña me gustaba leer las obras de Sherlock Holmes y su amigo Watson.   Para crear su personaje, me dijeron que Arthur Conan Doyle, se inspiró en un profesor que había tenido en la Universidad de Edimburgo, durante sus estudios de medicina.

En un viaje a Londres, ya adulta, quise visitar el piso que compartían, el número 221B de Baker Street, pero no existe. Eso sí, hay un museo, y  está en el número 239.

Cuando regresé a casa, tras un viaje de una semana, me sorprendió que encontrasen tan tarde el cadáver del regidor de cultura de mi ciudad. Un soltero empedernido, quien tuvo la ocurrencia de enseñarme un huevo de Fabergé. Me dijo que llegó a sus manos tras una rocambolesca aventura con una rusa pirada con quien estuvo a punto de casarse hace dos décadas. Sé que no está bien, pero si vieran el huevo, uno de los ocho perdidos, lo entenderían.

Lo planifiqué para que encontraran al muerto a los dos días de mi partida, dándome la coartada perfecta, pero España no es Londres. Ni tenemos un comisario al estilo Sherlock Holmes. Han acusado a un chatarrero que tenía en su poder unos atizadores de la mansión, y que habían visto merodeando por allí. Fue muy fácil acusarle de asesinato, pero no de robo.  

Mi novio se empeñó en venir a casa de madrugada, y luego nos preparó una copa de Bayleis. No parecía tener intención alguna de un reencuentro apasionado, pero lo achaqué al calor bochornoso de la noche. Hablamos del asesinato del que teníamos conocimiento, y al fin, apurando la copa, le confesé que estaba bien.   

Estoy tranquila, querido “Watson” le dije ahora la cicuta que preparaste no es detectable en anatomía forense alguna.  Eres un genio, gracias.

Elemental, querida Susana me respondió Lucas pero dame el vaso que lo lave, porque no quiero dejar pistas.

Con un mareo de campeonato le vi llevarse el vaso, escuché su trasiego por la cocina y borrosamente advertí cómo agarraba el huevo, se lo guardaba en un bolsillo y salía de mi piso sigilosamente. Recordé, antes de dormirme, que mi médica de cabecera me advirtió, hace pocos meses, que, con mi cardiopatía, podía morir en cualquier momento.

Mierda, me dije, ni autopsia me harán, este tío es realmente un genio.

Palabras 387

jueves, 24 de junio de 2021

Escribir, en jueves



Siguiendo la iniciativa de Molí del canyer sobre escribir, mi aportación es la siguiente

Llevo un rato contemplando, absorta, la pantallita del portátil. He abierto un nuevo documento word. De pronto, aparece una letra. Luego otra. Las siguen otras más. Parece que se deslizan por un tobogán y vayan a caer a una sopa, o una piscina, que en este caso es una página que fuera blanca y que se va llenando de simbolitos en tinta negra. Forman palabras. Luego se van separando o juntando formando frases, acabando por ser expresiones con estructura gramatical. Son párrafos que reflejan ideas, o sentimientos, o historias, inventadas casi siempre. Ahora veo cómo se forma el cuento de un lápiz infantil, que dibujara letras en un cuaderno de caligrafía "Redondo", con el recuerdo de la mano de nena presionando con el entrecejo fruncido. Se esforzaba por escribir bien. Era una niña buena.

Pasó el tiempo, llegó la universidad, y la prisa por toma notas fue elongando los trazos, hasta formar palabras casi imposibles de identificar. Luego hizo su aparición la máquina de escribir, con los papeles de calco, los típex como borradores ante los errores, y los folios que tenían que tirarse por errores muy gordos. El tiempo siguió su curso y el ordenador llenó los escritorios. Esas teclitas me hechizaron, ya que, mágicamente, sin tinta, sin papel, sin más soporte que una pantalla, escribían. Pudiendo corregir todo, absolutamente todo. Se acabaron los borrones de las plumas estilográficas, los dedos sucios del calco. Se acabaron los folios arrebujados en las papeleras, se acabaron los errores, y hasta los fallos ortográficos, gracias a unos correctores muy listos. Me los imagino en el ordenador, enanitos diminutos y diligentes, esperando a que me siente y empiece a meter la pata. Entre ellos se explican mis despistes, mi hambre al comerme letras o conjunciones, y cuando guardo el documento, se me ocurre que abren alguna cerveza y bailan en ese espacio pequeño del teclado, esperando que vuelva en otro momento a seguir haciéndoles trabajar-

Compruebo que los pensamientos se transformaron en este texto que justo ahora concluyo. 

Palabras 328


lunes, 14 de junio de 2021

Campo de trigo

 


Este Van Gogh es de 1888

Sebastien se había criado en  la finca familiar, con un padre maltratador, una madre ausente, no porque no la viera, sino porque contaba lo mismo que una silla en un rincón, y unos cuervos que vigilaban los campos desde que tenía memoria. Llegó la época de la siembra, como cada ciclo de renacimiento. El nuevo aparato, llamado radio, desde hacía poco adornaba el único mueble del comedor de su casa.  A través de la cajita mágica había escuchado poemas, y canciones, y noticias. A través de la cajita, su madre sonreía de tanto en tanto, y alguna vez, pocas, canturreaba y todo, algo nunca visto por Sebastien. Era un mundo enorme y desconocido lo que se abría ante él.

Por su experiencia, las crías de cerdos o patos se formaban tras uniones de animales, pero los retoños de trigo, o centeno, o cebada, se formaban por plantar su semilla en la tierra, esa tarea de la que dependían para su subsistencia. Tuvo una feroz lucha interna para decidir si sembraba trigo, con lo que su padre había cargado el saco que tenía que aventar, o si sembraba melodías. Acabó siendo muy justo, la mitad del campo lo sembró con cereales, y la otra mitad con notas musicales.  

Llegó el tiempo de ver crecer lo que luego sería su pan. La mitad de las tierras estaban floreciendo, las espigas iban tomando forma y volumen, pero la otra mitad estaba yerma. El padre le acusaba de haber escamoteado el grano para regalárselo  a un labriego cercano que tenía muchas bocas que alimentar. El joven le dijo que esperase, que ya saldría lo plantado, y podrían cosechar mejores frutos, pero pasaban las semanas y ahí seguía el campo sin nada que cosechar. Llegó la estación de la recogida del fruto del esfuerzo de todos los  campesinos, y una zona del campo empezó a agrietarse, dejando escapar sonidos armoniosos, como oleajes marinos, notas musicales que se combinaban en el aire formando sinfonías arrebatadoras, trinos de pájaros que nadie conocía, y cuando la luna llena dejó iluminado el campo completo, Sebastien vio cómo llegaban vecinos con carretillas de grano recién segado. 

Se sentaban y ofrecían sus cereales a cambio de escuchar la música de un campo especial, por escuchar en directo, sin cajitas mágicas, el canto de la Tierra.


jueves, 10 de junio de 2021

Al cine, en jueves

 


Siguiendo la iniciativa cinéfila de Neogeminis, ofreciendo diversas opciones, he elegido un poco de todo. Mi aportación es la que sigue


La radio anunciaba el final de la segunda guerra mundial cuando William había finalizado la estancia en aquel hotel tan inquietante, donde un joven, enfermo mental donde los haya, tenía momificada a la madre. Supo del huésped aterrorizado, la dulce Samanta, en la ducha, y puso pies en polvorosa.

Desde el único bar que permaneció abierto a pesar del conflicto, llamó a Margot. La línea telefónica se mantuvo abierta gracias a ingenieros de la CIA, que tenían en el lugar una célula de espionaje de disidentes, esos comunistas rojos que apoyaran a la URSS.  Ella dejaba atrás al marido enajenado que esgrimió un cuchillo en aquella mansión deshabitada de Florida. Al recibir la llamada de su viejo amigo no lo pensó dos veces, se arregló lo mejor que pudo y partió hacia el bar.

William había tenido tiempo para deshojar margaritas, y apostaba ahora por conquistar a Margot, ya divorciada y libre.

Tras dos copas de dray martinis, agitado, no revuelto, se acercaron más, temblando de impaciencia. La excusa perfecta, se dijo él, ofreciéndole un pitillo. El gesto adecuado, se dijo ella, aceptando. Mirándose a los ojos, intentando adivinar qué les deparaba el porvenir en la ciudad destrozada, apenas hacía falta el encendedor. Lo usaron, sin embargo, para disimular con el humo posterior, cómo, sin tocarse, se desnudaban lentamente

Ni él seguiría siendo vendedor de Biblias, ni ella la esposa de un loco de atar.

 

Palabras 229


lunes, 7 de junio de 2021

El artilugio

 


Si no, me habría vuelto loco. Las instrucciones estaban en diversos idiomas, pero en ninguno que conociera. La máquina auto transportadora me había gustado tanto, que puesta en vertical en mi sala no pude contener mis ganas de viajar. En mi afán por llegar a la cumbre de ese volcán, me metí en el artilugio y toqué, sobre un mapa, la zona donde quería ir . Me desperté ante un mar verde, con dinosaurios enormes ante mí. Creí enloquecer. Al fin acerté a ver un adhesivo del lateral del artefacto, similar a un urinario portátil. Era una máquina del tiempo.

jueves, 3 de junio de 2021

La pelirroja, o Lorca para un jueves

 


Siguiendo la propuesta de  La trastienda del pecado, como homenaje a Lorca, mi aportación es la que sigue

Fue este abril. Una tímida lluvia asolaba la ciudad, dejándola entre nostálgica y cansina. El paseo vespertino me alimentaba las ganas de ver colores, y me senté en el banco de una plazuela, con esa escultura de un poeta con alondra.  La plaza de Santa Ana solía ser un lugar donde leer, pero esa tarde, con la lluvia silenciosa, me quedé sentado, con el paraguas en la mano, mirando a los transeúntes, con su quehacer y su trajín de gran urbe,

Una pareja de jóvenes llamó mi atención. Ella era colores en bandolera, con una rebeca amarilla y una melena pelirroja al viento. Iban cogidos de la mano hasta detenerse.  Se guarecieron en la marquesina de una parada de autobús, y les observé, para pasar el rato.  Ella miraba al chico como una enorme luz que fuera luciérnaga de otra, en un campo de miradas rotas. Él desgranaba el deseo como una margarita. Le imaginé calibrando lugares posibles de pasión. Yo me iba enamorando de la chica, con sus pecas, su luz de amapola entre campos de cemento, y sus manos que apostillaban las palabras. Cuando llegó el bus no pude evitar subir en él. Yo era un enamorado cincuentón en pos de un sueño imposible. Me limité a mirarlos, con esos arrumacos de adolescencia sin límites, recordando mi propia juventud, cuando Eloísa se tronchó de la risa cuando le pedí salir juntos. Aquella lejana primavera, escribí el desgarro de mi corazón, en las páginas de mi libreta de papel cuadriculado.

"Mirando sus ojos me parece que bebo su sangre lentamente, me parece que muero quedamente, cuando ella me mira desde el minarete de su belleza, me parece que mi corazón anda buscando un lugar donde enterrarse".

Echando la vista atrás, esa tarde comprendí, mejor que nunca, que Eloísa no era para mí. Hoy he vuelto a ver a la chica pelirroja. Iba sola, sujetando carpetas y libros. Ha esperado el autobús y la he visto alejarse, como una llama de posibles pecados, dejando a su alrededor un espacio de admiración, que ya nunca podré ocupar. Ni quiero, en este junio que empieza.

 

Palabras: 347


martes, 1 de junio de 2021

Frida

 


Me perdí. Ignoro cuándo, en esta selva tropical del Yucatán. Mi viaje programado incluía varias excursiones, pero decidí inspeccionar por mi cuenta. Buscaba un “cenote” del que me habló un pintor mejicano, medio loco y bohemio. Estaba segura de poder hallarlo con sus indicaciones. Pasé un día de perros, con mosquitos, sensación de humedad y una temperatura que me encogía las ganas de seguir caminando. Decidida a regresar al hotel, en vista de mi fracaso arqueológico, me senté entre matorrales exuberantes y verdes como esmeraldas, así tocados por el sol en retirada. No sé si lo vi, o lo soñé, pero un puma se paseaba a corta distancia, mirando un colibrí. Tal vez la falta de agua me producía esas visiones que no puedo catalogar.

Mientras intentaba pensar qué hacer si el puma se acercaba a mí, ante lianas y plantas, entre los rayos de sol, que ya tímidos, iluminaban las sombras vegetales, vi una mujer de hiedra y verde, de selvática belleza sin artífico, de mirada incisiva como puñales, de madejas de dolor en sus pestañas. La llamé por su nombre, pero Frida estaba estática, como atada de alas y piernas, mirándome así, de frente, rezumando madreselva.

Pude hacer una llamada con la mínima señal de telefonía que llegó a mi móvil. Por eso escribo sobre Frida desde la habitación del hotel, sobre lo que para mí fue una aparición.  Su esencia, su alma, ya libre, revolea por las selvas prietas y lujuriosamente vivas de México, y quiere seguir contando cosas, desde su infinita capacidad de amar y de vencer al dolor .


domingo, 30 de mayo de 2021

Trampas



La rata sonrió en aquel momento. En un año había encontrado veinte trampas con trocitos de queso. Como comida faltaba y tiempo sobraba, había logrado esquivar todas, menos esa. Aquella tarde sentía su abdomen lleno, como la piel de un tambor. Cuando vio al ratoncito atrapado por la cola, le salvó, sin dudarlo. Él la miró con los ojitos ahítos de agradecimiento. A partir de ese momento la vida le sonreiría, se dijo la ratita.

Al poco tiempo, con diez cachorros agarrados a sus pezones, el ratón se mudó a otra casa de campo. Sólo regresaba para robar queso, sin saludar siquiera.

sábado, 22 de mayo de 2021

Normalidad



El ruido del tiroteo consiguió animarles de nuevo. Llevaban desde hacía un año en estado de aletargamiento, con mil precauciones y miedos. La prometida libertad se acercaba. Los jueces de atletismo sacaron sus pistolas y las engrasaron.

Según lo acordado, se asomaron a las ventanas. Llegada la hora, cada uno siguiendo su propio reloj, el tiroteo se oyó hasta el último rincón de la ciudad. Los jóvenes, algunos ante una línea de salida imaginaria, renacieron de sus cenizas de golpe, como en un despertar aplazado, inundando las calles. El estado de alarma había acabado.

jueves, 20 de mayo de 2021

En la sabana, en jueves



Siguiendo la iniciativa de Dorotea, sobre impresiones naturales, mi aportación es la que sigue

Soy alta, lo sé, lo que me da una perspectiva de la sabana más que amplia. Desde mi altura puedo distinguir a los posibles predadores con más o menos antelación. Mi novio, en ese rato de pasión, me dejó embarazada, sin que yo supusiera muy bien cómo iba eso de ser madre.    Pasó más de un año, y un día noté los apremios de un parto inminente. No puedo agacharme, ni sentarme, así que cuando cayó mi hijo desde una altura considerable pensé que se haría daño, pero no. Pronto se puso de pie, ante mi asombro, y caminó hacia mis ubres.

Mi cría un día dejó de mamar, y vi los problemas que tenía para beber del río. Abrió sus patitas en exceso, bajó su cabeza, lentamente, y acabó en el río, lleno de barro ya, ante la mirada de un cocodrilo joven, que, al oír el chapoteo se acercó. Estaba aterrorizada pensando en que le atacaría, pero no, se limitó a ver cómo yo le ayudaba a ponerse en pie. Los años pasaron, otras crías llegaron a mi vida, seguí comiendo los frutos o espinas de lo alto de los árboles y un día vi una jirafa hablando con un cocodrilo enorme. Se me despertó el instinto maternal, y le empujé para separarle del reptil, pero cuando me miró supe que era mi primer hijo. Poco más tarde le vi peleando, con los cuellos, con un contrincante. Quería montar a una hembra joven, como un día fui yo.  

Desde mi atalaya, me pongo a pensar, ahora,  llegando a la vejez, en la vida, sus ciclos, sus estaciones, y encontrando que ya he cumplido mi misión aquí, voy buscando una manada de leones que pueda ponerme fin.


Palabras: 288

domingo, 16 de mayo de 2021

El paraíso

 


A las 22:00, se produjo la erupción. A las 23:00 miré a mi marido. Le vi pálido, y me avine a meterme en el coche, de malos modos. A las 0:00 estábamos a quince km de nuestro pueblo con la esperanza de estar a salvo. A las 3:00 erupcionó el otro volcán, el del sur de la isla. Precisamente cerca de la casa de mis padres, que era donde nos dirigíamos. A las 5:00, sentados en el patio de mi infancia, toda mi familia miraba embelesada ese color del cielo. Inolvidable. Mis padres recordaron el día en que pusieron rumbo al paraíso llamado Hawái. Mi marido y yo nos limitamos a escuchar esa odisea del pasado. Nosotros estábamos viviendo la nuestra. calibrábamos si había opciones de futuro. Y las hubo.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Sensación de soledad en jueves

 


Sumándome a la propuesta de Mónica, en su blog Neogéminis, sobre el "Sind. de la Cabaña", mi aportación es la siguiente

Me reclutaron para un ensayo clínico. Yo, cándida paloma, me dije que, por una vez, bien valía colaborar con la ciencia o la farmacopea. Experimentaban con un fármaco para ser feliz. No sé si comprendí mal el objeto del estudio, o me lo explicaron de manera fragmentada, pero llegada la primera noche, en mi casa, me vi con un bloc para valorar las sensaciones que debía notar con el fármaco, según yo entendí.  Me tomé la primera pastilla, naranja. Genial, me dije, un color alegre.

Imagino que me dormí profundamente y me trasladaron sin dificultad, porque desperté en un cuarto sin ventanas, con una gran pantalla en una pared, un camastro, y, en un rincón, un aseo diminuto. Cada día me han traído la comida, dejándola en una obertura, junto con una pastilla naranja, nuevamente, como la Mirinda. Las imágenes de la pantalla eran paradisíacas. Antes de dormir he descrito las sensaciones provocadas. La mayor ha sido de rabia, porque me he sentido engañada, manipulada, y lo que es peor, encerrada, como un ratoncillo de laboratorio, recordándome ante el espejo a una mujer que un día fui yo.

Dicen que maté a quien me abrió la puerta. Dicen que estuve sólo tres días, aunque anoté como de siete días. Dicen que usé el boli como estilete en su yugular. Dicen que aquel ensayo se tuvo que terminar de manera accidentada, porque los efectos secundarios no compensaban a los beneficios. El médico forense me ha derivado a la unidad de psiquiatría de la prisión. Me tienen en aislamiento porque no me haga daño ni lo haga a los demás, según me explican. El cuarto es frío y sin ventanas, con un catre. Tiene una taza de wáter con un lavamanos diminuto encima. No me dan pastillas. De alguna manera, clavando el bolígrafo, fui feliz, pero no lo reconoceré jamás.

Palabras 297


jueves, 6 de mayo de 2021

De picnic, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Mar, un día de picnic, mi aportación es la siguiente

Lo llamaron picnic. No sé si ese nombre se lo inventaron, pero nosotras lo llamamos “fiesta”. Primero notamos leves vibraciones del suelo, acompañadas de un sonido repetitivo y un olor a tubo de escape. Cuando paran los coches, el bosquecillo, con sus mesas preparadas para barbacoas, se llena de voces alegres, a veces con griterío de niños. Yo prefiero que no hagan barbacoas, porque el olor, y el humo, me irritan la garganta, pero en nuestro grupo, por lo menos diez hermanas prefieren las barbacoas, porque dicen que los restos de carnes asadas les sientan de maravilla. En cualquier caso, la tortilla de patatas está casi garantizada.  Rara vez no queda rastro de algún fragmento en el suelo.  Más de una hermana nos ha de llamar para que la ayudemos a trasportar trocitos al hormiguero.

Nunca pensamos que ese niño fuera tan cruel. Apenas habían salido de los coches, era casi imperceptible el olor a comida que iban sacando de ellos, cuando un niño se ha acercado al hormiguero, se ha agachado, ha buscado un palito y se ha puesto a jugar a meterlo en nuestra casa y ha sonreído. Le he mirado y casi he podido intuir lo que hizo después. Me he salvado de la inundación, sí, pero la desolación de quedarme sin casa entre ese olor a orina tan intenso, me ha dejado mareada. Si encuentro a un buen puñado de hermanas, subiremos por las piernas del chaval y le morderemos cuanto podamos.

 

Palabras: 246

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