martes, 30 de agosto de 2011

Una cara inquietante

Había sido una tarde extraña. Con Adelina no acabaron de entenderse y aún ahora, en su regreso a casa, duda si ella entendió el boceto del vestido que  ha realizado para hacer las primeras hechuras en papel. Sólo posteriormente, con el prendido de alfileres de la tela cortada es cuando puede intuirse cómo quedará una prenda. Hoy trabajaron en uno especial que quiere que forme parte de la “Colección de primavera”.
En el color y tejido se han compenetrado. Seleccionaron de forma coordinada el material para  el resultado de la prenda que está en su  imaginación, y que sí supo transmitir. Los años que llevan juntos hacen que se entiendan con pocas palabras. Paolo no sería el modisto que es sin la complicidad de ella.


Estaba cansado y seguro de que   no sería fácil llevar a buen puerto ese diseño que le ha venido a su mente de manera súbita,  como una fotografía. Una imagen perfectamente definida, en forma de una mujer de mediana edad, bellísima, con zapatos de salón negros de mediano tacón que lleva a su lado a una muchacha con mohín de disgusto.

Paolo lleva  meses decantándose  por vestidos de talle alto, y  el que ahora tiene en su mente es diferente del patronaje que llevan entre manos. Éste es sencillo y en tonos pastel, de talle medio y de un largo bajo la rodilla.

Conduce por la cornisa que aparece hace años en la película “Atrapa a un ladrón “, de Hitchock, como cada noche. La conoce perfectamente. Con la música de fondo de  “Mai il cielo è sempre più blu” toma una curva sobre el barranco y ve en su parabrisas una cara: asimétrica, envejecida, como  dibujada a carboncillo. Repelente. Impactante Es una fracción de segundo nada más pero queda aterrorizado.

Cuando puede frenar y detenerse, confuso y con el corazón todavía acelerado, mira la curva por el retrovisor. Respira el aire de la noche. Confirma la hora y continúa su camino.
Pasaron los meses y con los nervios previos de cada temporada por fin salió impecable y aplaudida "La colección primavera-verano 82". La  pasarela derrochaba elegancia. De la Casa Grimaldi se le pidió el vestido en tonos pastel y  uno de noche, de color  negro y escote palabra de honor.


Al cabo de un año de su  visión, el mediodía del catorce de Septiembre,  al escuchar por la radio del taller que la princesa Grace Kelly había sufrido un accidente al salirse de una curva, sabe con certeza de qué curva se trata. Cuentan que su hija Estefanía la acompañaba, y no duda de qué vestido llevaba la princesa en ese momento. 


A partir de ese día cada noche toma todas las curvas más lentamente. Muy por debajo de la indicada en cada señal. Cada día tarda más en volver a casa y disfruta menos conduciendo . 

Cuando una noche de invierno con niebla, cree ver una mujer hermosa de mediana edad con un sobrio vestido en tonos pastel ante la curva maldita, nota en todo su cuerpo un intenso y doloroso escalofrío, y sin mirar por el retrovisor ni una vez más, decide dejar Monte-Carlo como lugar de residencia. 



sábado, 27 de agosto de 2011

Las gafas de vidrio rosado

Las máquinas que limpian la arena no caben entre las palmeras

Está poniendo doblada la toalla en la arena, la camisola en un saliente del tronco de una palmera de la derecha y apoya las chanclas contra la base de tronco. Abre la bolsa transparente con cremallera y saca el spray de protección solar y el botellín de agua dejándolos al lado del libro cuya lectura inició ayer en la terraza del apartamento.
Tras la aplicación concienzuda de la  loción sobre la cara, cuello y hombros se acerca a la orilla, con el  sol bajo  aún, porque  asomó hace pocos minutos. Nota un tenue calor en  la parte izquierda de su cuerpo. Saluda al horizonte, como cada día, se reconcilia con el universo ante unos pocos, cada día menos, veraneantes en la extensa playa y camina con las olas rompiendo  a la altura de sus pantorrillas hacia el norte llevando puestas las gafas de sol.
Estas son las gafas que compró un día de invierno,  tan luminoso que pedía a gritos una protección ocular.  Entró en una óptica. Ese día estaba con el corazón gelatinoso pero inquieto y triste. Ella se sentía en un estado de  stand-by   indefinible, pero por ningún motivo especial. Tal vez porque seguía aplazando de forma absurda decisiones ya tomadas o porque hay días en que uno ha de hacer un esfuerzo para asentarse en su certeza de estar vivo. 

Entró decidida y pidió unas gafas de sol con cristal rosa. Había sólo dos modelos y uno estaba diseñado claramente para el esquí, así que la decisión fue fácil. Estaban ahí para ella. El efecto al probárselas fue  instantáneo,  porque su ánimo cambió de forma parecida a dar la vuelta a un calcetín. Se adaptaron a su cara como hechas con el molde de su hechura facial.  El precio no la desanimó aunque no estaba en sus planes, ni remotamente,  gastarse ese dineral en unas gafas de sol. Salió de la tienda siendo la misma que en sus mejores momentos, y desde entonces las lleva en el bolso igual en verano que en invierno, porque sólo ponérselas cambia el color con que mira todo: los edificios, las nubes, las sombras…, hasta las mariposas blancas se alegran cuando se las pone, porque adoptan un tono lúdico y la invitan a bailar.
Al llegar a la altura del hotel, donde suele haber más gente en la playa,  da media vuelta  y regresa por la orilla, dejando sus huellas una tras otra  en su sombra alargada, jugando a esquivar la lengua suave de las olas en la oscura arena, y a la altura de su oasis se sumerge en el mar de frías aguas todavía . 

Da unas brazadas, permanece algunos ratos flotando ingrávida, en un dejarse mecer tranquilo y sale del agua renovada y húmeda como recién nacida, y lista para echar a vivir. Se pone la toalla por los hombros para recuperar el calor, y tras estar sentada con las piernas cruzadas mirando unos minutos al mar, se quita las gafas que prende cuidadosamente en la parte superior del biquini para nadar, las seca y las guarda.

Después extiende la toalla y sigue leyendo desde el punto de libro que le regaló su amiga días atrás. Es blanco, con un simple dibujo que alude a un café.

domingo, 21 de agosto de 2011

El cuadro interminable.


Referencia de Google



Armado con el anhelo de perpetuar la imagen de una costa donde alcanzó a oír el mar dentro de él se encaminó a la única tienda de objetos para artistas de su ciudad. Se dirigió a un dependiente, el mayor de los dos que atendian el establecimiento. La impaciencia de Rodrigo fue neutralizada de inmediato con el aplomo, la serenidad y la experiencia de ese hombre que entendió la sed intesa con la que llegaba un joven desgarbado, de mirada luminosa y gesticulando con unos dedos delgados, flexibles y  de uñas impolutas.

El muchacho requería información: iba a pintar un cuadro. Ante las preguntas sobre las técnicas y materiales para hacer una pintura el dependiente respiró hondo comprendiendo que ese adolescente tenía una idea fija: reflejar algo. Pero desconocía por completo cualquier base de pintura. Si había hecho Bachillerato algún dibujo artístico habría hecho, con acrílico o carboncillo, pero poco más debía conocer sobre materiales ni perspectivas, ni unas mínimas nociones sobre otras técnicas, por supuesto. Con la calma de ser  veterano y la ventaja de que tan temprano no había ningún cliente aceptó el desafío de saciar el hambre que ese joven mostraba en su mirada. Con el bagaje de las innumerables veces que había atendido a deseos súbitos y violentos de ser pintor le condujo a paso lento por la nociones mínimas de las diferencias abismales  entre el óleo y la acuarela o el carboncillo y el acrílico.

El chaval era todo oídos, y en su mirada había deseos de captar todo lo que de forma didáctica, sencilla y honrada el dependiente le iba explicando. A media mañana se había decantado por el  óleo, y de la marca Winton  concretamente porque el aglutinante permite una infinidad de pigmentos de color, según le explicaba con persuasión ese gran dependiente. Como le advirtió que eran muy superiores en gama y calidad que otras marcas como Amsterdan o Goya y ya que se sabía, cada minuto de forma más innegable, un simple principiante; aunque tenía un  bajo presupuesto no dudó en que era mejor trabajar desde el principio con productos que pudieran ofrecer el mejor resultado con su nula experiencia.

En cuanto a los pinceles le explicó pacientemente que había de muchas variedades de pelo y que cada tipo de de pelo tiene unas características que se adaptan a unos trazos u otros y una capacidad de absorción concreta . Rodrigo acabó  decidiéndose por una gama de pinceles de pelo de oreja de buey poco surtida, uno de marta  Kolinsky por si necesitaba hacer trazos de precisión y por último uno cuadrado o de Gussow de marta roja. Esperó a que le armaran la tela en el bastidor y llegando a casa se puso manos a la obra. Su boceto a lápiz empezó a nacer justo después de comer. Era a finales de Agosto, en una tarde de jueves. 

Durante dos días estuvo encerrado en su habitación. De alguna forma difícil de explicar todo su tiempo se  le iba en  el trayecto entre su corazón y la tela, desde el retrato de la sensación ante las olas a sus inexpertos dedos. Se acercaba y se alejaba de la tela buscando el sentimiento que quedó incrustado cerca de la playa de Saint-Malo cuando tras escuchar “los bagadoù” con sus gaitas bretonas anduvo por piedras escarpadas huyendo de algo o buscando algo con el ahínco de su juventud naciente y su ebullición hormonal.

La muchacha de la playa dijo llamarse Henriette y le dio un beso en la mejilla cuando él le entregó la pamela que el viento había hecho volar. Con su “merçí” se le subieron los colores y sus ojos le hechizaron pero cuando, coqueta, le dio la espalda se sintió un intruso en su cuerpo y le invadió un estado de desasosiego que no supo reconocer a sus dieciséis años. Sólo acertó a  comenzar a caminar hacia el norte, subiéndose a piedras que le arañaron las rodillas  pero le calmaban el corazón, aferrándose a su instinto de abrir la caja de su alma efervescente. Se fue acercando a la rompiente para notar el agua como un aspersor sobre ese cuerpo que no lo sentía como propio. Con una furia y una determinación sin precedentes se iba alejando de la playa de forma rápida y peligrosa. Cuando al fin se sentó  sobre una roca miró al mar y comprendió que iba y venía con la cadencia de su respiración y la fuerza de sus latidos. Allí permaneció un tiempo indefinido, callado e inmóvil, observando cómo las olas chocaban una y otra vez sobre las rocas y cómo se despertaba en él  la necesidad de guardar en su retina la imagen para no perderla nunca más. Como queriendo plasmar en una fotografía lo que se abría como una rosa de  jericó en su interior. 

No estaba ausente por el mar, ni en absoluto por la chica rubia de la playa. Estaba absorto, con sus sentidos abiertos, en una roca concreta. Esa roca que desde poca distancia observaba y a la que una ola, nunca la misma pero siempre igual le daba y le quitaba vida, la cubría de agua y la dejaba emerger. Todo estaba inmerso en un ritmo cadencioso que le tenía hipnotizado haciéndole sentir en sincronía con el  Universo entero y que de forma inequívoca le conectaba con el sentimiento de ser él por vez primera: de forma imposible de comparar con la imagen de un espejo o con las opiniones de sus compañeros, o con las de sus amigos o con la de sus padres. Era él. y lo sabía.

Las vacaciones acabaron pronto. No volvió a encontrar a Henriette ni por la playa ni por el pueblo pero ciertamente en los años posteriores no llegaría a recordarla jamás. Llegó a León con la foto exacta de lo que quería sentir una y mil veces: la vida que late en las olas. La que le instaló la conciencia de ser quien es en unos minutos. Esa que le desterró de la infancia y le abrió a su identidad. Aquella que en su retina no dejó de latir. 

Empezó ese cuadro hace treinta años y fecha de hoy sabe que no podrá darlo por acabado jamás.

viernes, 19 de agosto de 2011

Una rosa en la 402



Se entrecruzaban las palabras y se acababan las frases mutuamente. Llegaron a hablar por hablar de la posibilidad remota de ir a Suecia para poder ver en directo la batuta de Gustavo ante la 7ª Sinfonía de Mahler  que dirigirá en Septiembre. 
De forma súbita y extraña, en el silencio de la noche,   un conjuro de paz interior se acomodó en cada célula de sus corazones  y  de forma inequívoca  se apoderó de ambos la certeza de hallarse ante su alma gemela: la sensación de haber  encontrado algo valioso y reconocido al mismo tiempo.
A la altura de Colón empezó la madrugada a jugar con sus largas sombras en una complicidad ya instalada entre ambos y sin posible  marcha atrás. Ante ellos el Tibidabo señalaba el cielo con sus luces  en  la noche que moría ante un mar preñado de amanecer. A su espalda el mar con los veleros, catamaranes y las llamadas “golondrinas” para paseos turísticos. En el frente "La Rambla". Siempre despierta, siempre cambiante, siempre hospitalaria, variopinta y a medida de cada anhelo.
Entre churritos y besos se sentaron en un banco y ella se dejó tomar por el hombro quitándose el reloj de la muñeca. ¿Por qué mirar al pasado? ¿Por qué cerrarse al futuro? Ignorando cualquier miedo anidó su cabeza  y  cerró su mente al pasado. Ese instante  tan grato en el silencio  con que ese gesto y la leve presión de la mano de Luis  le regaló a Laia  un sosiego que nunca antes  había sentido: el natural roce de  pieles en un sencillo entrelazado de dedos, en un fácil acomodo de cuerpos y en un presente. Y nada más.
El tiempo, cómplice y curioso, se detuvo en seco. La elasticidad del tiempo se confabuló en la albada para que las saetas callaran al son de unas manos que defendían la libertad de estar ahí, y no en otro sitio, en ese instante y no en otro instante cualquiera. En esa mano tibia de tacto suave que encajaba dedo a dedo en su piel blanca y acogedora.
El sol avanzaba con calma  y la luz se entretenía guasona  con el pelo de Laia y con los negros ojos de Luis y por un rato el viento jugó a ser tornado y los papeles subían en el aire y las hojas en los árboles se mecían con fuerza y sus cabellos subían hacia su boca y él con gesto firme y dulce los acomodaba tras la oreja de Laia. Todo sin mediar palabra: la eternidad concentrada en un sólo segundo.

Ella  modula la su voz y cansada por un largo día, le propone suavemente despedirse. Él asiente en silencio y paran un taxi donde él la ofrece su bolígrafo y ella anota en la mano un número de nueve cifras tras buscar un papel que no aparece en la maraña de objetos de su bolso.  La lógica,  siempre ilógica, se atenaza en el escote de ella y se encarama a los puños de la camisa de él.
En la acera giran, bailando y tarareando un fragmento del concierto que Gustavo dirigirá  mientras él ciñe su talle y ella toma su hombro, durante dos, siete o tal vez infinitos segundos.
Llegan girando en silencio a la puerta del hotel. Ella duda un instante pero Luis está esperando sin premisa previa alguna. Tiene su móvil anotado en la palma mano, tiene todo el tiempo del mundo para descubrir qué esconde esa mujer que le preguntó la hora ayer, en ese mismo lugar. El hoy de pocas horas es donde quiere instalar su tiempo de espera y expectativa y se despiden con un beso breve pero intenso ante el ascensor. Laia hace el gesto de mirarse en el espejo por costumbre. Al otro lado de esa imagen reflejada está tan sólo ella, y ahora lo sabe sin ninguna duda. En la 402 sigue una rosa en un envoltorio azul dándola la bienvenida. La noche cierra el telón. Mañana ya debutó en la calle y cierra las cortinas para no dejarlo entrar.


jueves, 18 de agosto de 2011

Sitges y mejillones con Dudamel





Llamó a su madre, que cuidaba de Wini para informarle de que se quedaba en Barcelona  un poco más. Sabía perfectamente que  Luis podría no volverse a cruzar en su camino, pero no ignoraba que de hecho su vida estaba parcialmente vivida a sus 42 años. Tras una relación de montaña rusa y un matrimonio que naufragó desde el momento en que a los pocos meses ella entendió que él no buscaba esposa sino madre, la vida le había sonreído, y con creces. Sus logros en la empresa Borges habían propiciado hasta tres menciones de  revistas especializadas  y esa ausencia de compañero de vida le había proporcionado  más recompensas que sinsabores.

Con el  coche en  el parking, el jacuzzi sonriendo en su piel, y la certeza de que estaba de paso por la ciudad en el peor momento  para hacer turismo, se planteó quedarse unos días. Sabía que no era  tanto por el festival de Peralada con su “Locomotora Negra”, por mucho que le encantase el jazz, como por la chispa de vida que encontró en el corazón de Luis. Le había hecho sentir tibias y suaves mariposas en el estómago, esas que creyó guardadas bajo siete candados desde su segundo enamoramiento, y concluyó en que ra bueno dar un margen al destino. De hecho, la enajenación mental hacia Pablo, la había transformado en sorda, ciega y lerda. 

Comió tranquila y sola, reconociendo al  buen chef de comida vegetariana. Hizo una visita extensa por la exposición del Palau Robert, tocando al hotel, y cuando la tarde perdió el calor húmedo de un  Agosto en Barcelona  guardó en una bolsa  un bañador , el  libro de Isabel Allende con ese mundo de Maya,  una toalla y un protector solar, y se dirigió al sur. Siempre opinó que Sitges es una ciudad libre con vocación de pueblo de pescadores. Su conocida aceptación de gais  y una cala guardada en el recuerdo fueron la razón para esta escapada a la realidad palpable. Llegó a las 7 de la tarde, aparcó donde lo hicieran una tarde con su marido, y bajó a la cala por la vereda escarpada de tierra. 

En la cala diminuta había una docena escasa de personas. Ni rastro de turistas neuróticos. Se dio  un baño tranquilo y posteriormente, tumbada en la toalla, cerró los ojos. Recordó un cartel de la exposición: el panadero hace pan, el zapatero arregla zapatos, el escritor escribe.
No llegó a dormir pero entre-soñó que era ella el centro de la exposición y que Luis se llamaba José Luis, y que le abría una cama inmensa de una noche que no acababa jamás entre un azul de seda que la esperaba abierta bajo la luz de una farola. 
El sol paulatinamente iba haciendo cosquillas a las sombras, y el libro era el objetivo de los ojos de Laia , pero su mente estaba en el hall del hotel.

Un último chapuzón, unas últimas brazadas para encarar el presente y casi anocheciendo se quedó sola en la cala. Sin palmeras ni agua dulce sintió la paz de un oasis al quedar desnuda entre rocas de silencio y apresto. Ante un mar calmado que en ritmo lento, muy lento,  lamía sus pies descalzos, llamándola con un hilo de suave cadencia –“ven…….ven…….ven….

Se dejó mecer por un oleaje inmerso en “calma chica”. Sus pezones rosados, sus muslos vigorosos y los dedos de los pies, mordisqueados  por alevines risueños, le recordaron lo bello que es navegar a vela y lo indescriptible de saberse agua en el agua, saberse sal en sus saladas aguas. Se dejó fundir en el mar de su tiempo, de su ahora, de su cuerpo y de su alma. Hasta que, sin cálculos previos, salió al rato, hasta la playa, iluminada por una luna de estreno.

Sin prisas, con calma, se vistió en la arena  sintiéndose observada  por esa luna inmensa. Sin prisas y sin ansia regresó a Barcelona por las curvas del Garraf,  alejándose de la autopista, de los coches veloces y de los túneles tristes. Con su coche dibujó cada curva a conciencia. saboreando los grados del peralte de cada una de ellas. De su marido aprendió a gozar de las curvas al volante en un “Golf” de quinta mano. Ahora su Mercedes le ratificó en el incuestionable  placer que produce un  cambio de mano manual. Sintió que la segunda y la tercera eran las marchas que pedían esas curvas trazadas sobre el litoral de piedra, y se le hicieron cortas pero gratas, refrescantes y alusivas de otros caminos por recorrer.

Llegó al hotel con más hambre que anhelos, y subió a la 402. No pudo evitar sacudir la cabeza al ver un regalo en la mesa: una única rosa en un envoltorio azul y una tarjeta que decía: “Si quieres que cenemos juntos  llámame” firmado: Luis y un número de móvil.

Marcó un número, que resultó ser el de una anciana, quien insistía en que su hija Pili no estaba, que estaba trabajando. Al segundo intento oyó su voz. Inconfundible, serena, templada. Parecía feliz por oírla. Era un poco tarde para elegir restaurante pero ambos convinieron en verse en el Maremagnum, en un bar de tapas que permanecía abierto hasta tarde.

Tras una breve ducha  se puso base de maquillaje,  brillo labial y un leve toque de rímel marrón. Con su falda pantalón y un foulard de flores tomó un taxi. Le vio inmediatamente  en una mesa de la terraza, con un Albariño en fresco y una flor sobre la mesa. Laia sonreía mientras se acercaba y cuando él se levantó al verla no dijeron nada. Se tomaron brevemente de las manos, sentándose uno frente al otro.  Casi sin darse cuenta ordenaron el mismo menú, así que la carta quedó sin destinatario. Decidieron  mejillones al vapor, mejillones a la marinera y patatas bravas de la casa.

La luna no estaba tan radiante en el puerto de Barcelona, pero en sus miradas había suficiente luz y magia para compensar  su insípida presencia. Él le contó su tarde de forma muy rápida. Había tomado  café con su amiga Rut y se había sentido sorprendido con lo poco que conservaba de la chispa de su juventud. Quizá en los contactos durante décadas él quiso hallar tonos de voz, comas y puntos suspensivos que sólo existían  en su imaginación, o en caducos recuerdos, que en realidad nunca existieron.

Ella le explicó de forma extensa la tarde en la cala de Sitges y su gozo de estar  desnuda en el mar y dejarse mecer pero lo que a él le llamó la atención era la forma en que comentó cómo le gustaba conducir por carreteras zigzagueantes, especialmente  por la noche. Decididamente era más fácil prever la llegada de otro vehículo que circulase en sentido contrario por las luces y trazar las curvas contando con ese espacio de menos o de más, pero él defendía que  en la noche se pierde toda referencia del paisaje. Cuando se cansaron de defender más por broma que por convicción sus posturas se fueron del  bar. 

Con la rosa en la mano y el viento de la noche por bandera Laia se dejó llevar por él a través de callejones de un Barrio Gótico que desconocía. Se dejó llevar por el aroma de ébano y canela que desprendía  Luis, y tras la reja que cierra de noche el pasaje tras la Plaza Catalunya se quedaron mirando una cruz bajo una doble iluminación: la de la farola de la plazuela y la que emergía de la conversación, llena de coincidencias, sobre ese director de orquesta tan carismático llamado Gustavo Dudamel.



martes, 16 de agosto de 2011

" El Quejío", o un despertar de infancia.


En su casa había discusiones a la hora de comer ante una televisión en marcha. Padre y hermano cada día, sin fallar uno sólo, discutían sobre los contenidos que se emitían desde un noticiario llamado "telediaro", cuando sólo había un canal para elegir. El padre sostenía que lo que explicaban era la verdad del país y el hermano parecía hablar de otra realidad diferente, de un país diferente, como si hablasen en idiomas distintos. La madre, ella y otros hermanos callaban.  
Iba a un Instituto donde dos profesoras, la de literatura y la de francés eran las únicas que por su estilo propio y su forma de impartir clases parecían estar al otro lado de los convencionalismos y los dogmas de la “gente de bien”. Sus clases no se las saltaba nunca.
En literatura organizaron dos salidas a Barcelona en el curso 1972-73. Ambas fueron los detonantes de una carga de dinamita que Laia llevaba dentro. La primera salida fué para la ver una representación de "Yerma" en una escenificación rompedora y vanguardista que la obligó a entender el  papel sumiso de la mujer y  la tragedia de ser estéril en ese marco  de rol único  con una poesía cargada de dolor, rabia y desesperanza que le encogió el corazón. 

La segunda obra propuesta estuvo en cartelera unos días de Mayo y se llamaba “El Quejío”, representada por la compañía ”La Cuadra”. Empezó la obra, con  poco attrezzo: unos taburetes de enea, unos cajones y unos actores exentos de ropa flamenca. Negra la tela, negro el pelo, negros los ojos de los cantaores. Sin ninguna raíz andaluza  ni referencia alguna en  cante jondo, esos sonidos como lamentos la desanimaron y empezó a bostezar pero la obra empezó a hablarla, la fue ganando poco a poco con letras , con sonidos de rabia y honda tristeza que eran verdaderos quejidos, con latigazos en el escenario que removieron la dinamita que llevaba dentro, muy dentro. Cuando finalizó la obra la niña que entró ya no pudo salir ni inmaculada, ni sorda ni dormida. "El Quejío" la había llenado y vaciado y ya no sería posible volver a la tibieza de ser simple espectadora del franquismo decadente y cruel hasta el último latido del dictador,  de los coletazos furiosos de la dictadura o de la muerte de Puig Antich  en Collserola.

Empezó a planear perder la virginidad pues la entendió como símbolo de la mojigatería y de modo simultáneo empezó a intuir que en  las revistas y libros de un hermano, esas que la madre buscaba para destruir por miedo a represalias, allí y no en la tele estaba  la verdad sobre la situación política del país. 

Habló con él y pronto, de su mano, recorrió los callejones de las tiradas de octavillas, de las asambleas en las iglesias, de la organización de manifestaciones en Barcelona (en corpúsculos de no más de cuatro personas que a un gesto convenido se unían en un centenar gritando consignas  por la libertad). 

Con él vivió las carreras ante los grises, con sus porras pequeñas los de a pié e inmensas los de a caballo, esas manifestaciones cuya disolución  era casi instantánea. Con él o sus amigos notó cercanas las balas de goma dirigidas a los manifestantes, y lo recordó años  después, con el compañero que quedó tuerto por el impacto de una de ellas. Con todo un grupo camaradas sufrió el descontento de la mejor generación española tras la república.

En casa escondían pelotas de goma, con su punto de acero para el percutor de los fusiles, junto a revistas y libros prohibidos. De hecho, los Reyes Magos llegaban cuando algún camarada iba a Francia, donde había libertad de expresión y traía alimento para  las mentes ávidas de verdades.
Aquel Septiembre fue horrible. Acompañó algunos días a su madre a  "La Modelo" para que las dejasen ver al hermano, pero éste estaba incomunicado por el " estado de excepción" aprobado   recientemente. Días atrás  ya había sido torturado por llevar en el coche propaganda marxista. Ver suplicar a su madre en la puerta y ese olor a miedo la impactaron de forma imposible de explicar. Ese mes fue un mazazo en la casa de esos padres católicos pero para Laia fue el inicio de una franca clandestinidad con su familia. 

Mantuvo su aparente docilidad pero organizó pintadas nocturnas en el Instituto contra Franco y perdió la virginidad porque tocaba y sin amor para mantener el fuego de la coherencia consigo misma que “El Quejío” provocó. Fue la chispa que la sacó del sueño de la inocencia infantil. Jamás volvió a notar nada por el flamenco, ni proponiéndoselo. Sólo esa obra llegó a transmitirle lo hondo de ese sentir gitano y  árabe de tez morena. 

No figura que actuasen en Barcelona pero Laia sí los vio actuar. De forma incuestionable.

http://www.teatrolacuadra.com/Quejio/index.htm

domingo, 14 de agosto de 2011

Hijo del hambre y la humillación en Elna

Me llamo Rubén y nací en la Maternidad de Elna a las 3 de la tarde del día cinco de Enero de 1940.
Me siento privilegiado desde el momento en que fuí concebido con amor desde la enorme tristeza de unos refugiados en el campo de concentración  de Argelers. Mi suerte ha sido que en el momento de nacer existiese una mujer suiza, ordenada y exenta de prejuicios llamada Elisabeth en aquella horrible postguerra inmediata.
Soy de la primera “camada” de niños que tuvieron la oportunidad de nacer en ese caserón cercano a Perpinyàn que una maestra con vocación entre antropóloga y hada madrina convirtió en un hogar. Transformó ese palacete en un nido con suelo y cama en lugar de simple playa, en un lugar libre de piojos y sarna, en un lugar donde con apuros y esperanzas pudieron preparar ropa que ofrecer a los recién nacidos al emerger del vientre tibio de una madre suspendida por el miedo al futuro por la inminente victoria de Franco.
En mi caso, de una catalana que sufría pensando en mi padre cautivo, ansioso y hambriento en la playa y en sus propios padres, en paradero desconocido en esa Francia poco hospitalaria que acogió a regañadientes ese alud de perdedores con miradas extraviadas y corazones encogidos por el hambre, por el trato en la frontera y por el propio frío.
Ellos, mis padres, llegaron en Marzo del 39 a Argelers junto a unas 70.000 personas más. Entre alambres de espinos y vigilados por senegaleses a caballo fui concebido desde la profunda humillación y la desesperanza y desde un amor a destiempo y alocado como único refugio para sus almas derrotadas.
Mi primer invierno, con mi partida de nacimiento donde constaba “hijo de refugiados españoles” y la casilla de nacionalidad en blanco, significó el regreso al frío de la alambrada y el encuentro con una gripe devastadora para los más débiles. Algunos niños logramos sobrevivir: en parte por la ayuda de esa suiza que se hizo acompañar por un pediatra de Perpinyàn y que nos ayudaron a base de cuidados y antitérmicos y en parte porque cuando la vida prende en un cuerpo, se agarra cual ávida garrapata.
Mi madre me habla de "Rocinante", la camioneta que usaban para llevar provisiones desde Suiza, del sistema de ayuda económica personalizada de apadrinamiento de los "niños de la guerra" que Suiza inició con nosotros. También me habla de la Navidad previa a mi llegada que por una conjunción de estrellas la hizo recordar lo que era una Navidad en libertad, la libertad que esa legión de casi medio millón de republicanos tardarían en poder disfrutar de nuevo y que muchos no alcanzarían a redescubrir jamás.
A mis 71 años soy sólo un  francés desde que a mis veintiún años decidí evitar el Servicio Militar de España optando por esta nacional, un francés normal y corriente, que no reniega de ser hijo de  perdedores.
Conocer  a Elisabeth Eidenbenz en la primavera del 2002 me ha permitido reconciliarme con el ser humano en estos tiempos convulsos porque es importante  recordar  que ninguna guerra merece el enorme dolor de acabar siendo, en cualquier caso,  un perdedor. En una guerra fratricida la pérdida es infinitamente mayor porque, se gane o se pierda, lo que en realidad se pierden en  la contienda son los agarraderos en la fe a la humanidad , que es lo único que deberíamos preservar.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Laia y los caprichos del azar


En verano el tiempo acompaña a hacer turismo. Y lo entiende: existen las vacaciones para todo el que trabaja, abundan  los viajes programados y apetece ver aquellos monumentos o ciudades que se ven por la tele o en las revistas o  simplemente  porque te comentan los amigos...

Son las once y Laia no puede entrar en la Sagrada Familia por exceso de gente haciendo fila, por exceso de agobio entre tanto ir y venir de turistas con cámaras,  por exceso de calor y déficit de paciencia.

Fotografía el exterior como puede,  descubre en la fachada de una tienda de souvenirs unas reproducciones de planos y dibujos de Gaudí que jamás habría descubierto sin el grupo de brasileños con guía que la hizo mirar lo que ellos admiraban y al fin entra en un bar-fleca para desayunar un bocadillo de “pà amb tomàquet” con un jamón serrano pasable.
Hay un lago cercano, diseñado para que se refleje la imagen de la entrada principal con sus torres. Esas torres tienen escaleras como tirabuzones de piedra que ya no permiten subir a los visitantes y que se unían permitiendo ver de cerca los motivos escultóricos de la naturaleza que Gaudí diseñó para la fachada de " El Nacimiento". En el lago hay árboles, agua y sombra.
Se sienta en la sombra. Bebe agua y observa. No puede evitar confirmar que mejor será esperar a Noviembre para ver el interior de la basílica, en un día laborable cualquiera, ni puede evitar fotografiar lo que ve. 

En la entrada del hotel ve a un hombre con gafas, de unos cincuenta, que la miró queriéndola reconocer. Pidió disculpas y le dejó pasar con el gesto con su brazo, ignorando adrede el automatismo que acorta la caballerosidad.
El frescor del aire acondicionado despejó su mente pero la esencia de su colonia y esa sonrisa leve la embrujaron.  Se sintió durante un instante colgada del hilo de un latido quedo y sólo acertó a preguntar la hora llevando visible su reloj azul .
La noche le se hizo corta y sus sombras se perdieron entre un té frío, una charla distendida y un reloj sin saetas. La noche fue alargándose tras una breve ducha y una cena, que no podría olvidar. El jacuzzi la esperaría en la 402.
En la noche cerrada escribe  en un folio del hotel  lo que sentía en ese momento,  justo antes de tumbarse exhausta  pero animada.


-“La tarde se hizo corta y la sombra ya era larga. El día denso pateando la ciudad hirieron mis talones. La risa de los pájaros en el jardín cercano me relajó y la certidumbre del jacuzzi  acunó mis  sienes pero el azar se cruzó conmigo en el hall de este hotel".

A la mañana siguiente despertó más tarde, más descansada y más risueña. La cena con Luis había sido el segundo plato de una coincidencia absurda. Él esperaba a una  amiga que pasaba por la ciudad  y que debía hospedarse en el hotel.
Tras veintiún años sin verse, la imagen de Laia le confundió.
Con su amiga había compartido primero de Psicología, tardes de frío y noches de fuego. Luego  partió a Alemania, donde conoció a su futuro esposo. Durante estos años se comunicaron para felicitarse cumpleaños, nacimientos y Navidades pero por diversas circunstancias los encuentros programados se anularon en el último momento, uno tras otro hasta en cinco ocasiones.
Cuando Laia preguntó la hora él consultó el reloj y se sorprendió de que fuese día 9 ya que desde el lunes su agenda había girado en torno a la necesidad de estar libre la tarde del miércoles 10.
Esa confusión de fechas fue la causa de estar en la puerta del hotel con un día de antelación.
Laia por su parte fue avisada el mismo día de la cancelación del concierto que la trajo hasta aquí, por lo que su estancia turística jamás estuvo en sus planes.
En la charla amena se explicaron experiencias, compartieron gustos musicales y pictóricos. Durante la cena deambularon cómplices por ciudades que ambos conocían y aficiones literarias. Más tarde  compartieron sólo el aire que respiraban y las miradas, secuestrando los sonidos de la noche que los unía lentamente en una comunicación sin palabras.

Laia abre las cortinas sin mirar le reloj, el mediodía luce deslumbrante sobre los plátanos de la Diagonal. Pone el tapón y llena el jacuzzi. Hasta la hora de comer se sacia de sonreír entre burbujas de caprichos del azar.

sábado, 6 de agosto de 2011

Las curvas de Gaudí.

La curvas serpentean en el Park Güell.

Cuando las curvas te esperan tan cerradas y estrechas en el sendero, es que se abre la puerta a un camino hecho a la hechura de tu ritmo. Para  paso lento. Sin ascensos o bajadas bruscas, ni sobresaltos de súbitos cambios que te acongojen el alma.
Permite que te explayes en las vistas, en las texturas de suelo que pisas, en los sonidos que llegan del aire y de los pájaros, de los insectos y del aire que juega con tu pelo. 


Como en la vida, de ascenso continuado, aunque no puedas percibirlo. Sólo al detenerte confirmas que valió la pena cada paso dado en el tramo recorrido hasta el momento.


Ni uno sólo era evitable, ni uno estaba fuera del guión. 

lunes, 1 de agosto de 2011

Un contador de cuentos

El cuento de las cuentas de perlas cultivadas empezó mal. Un sólo tirón infantil, mientras adormecido por el cuento que su madre le narraba un cuento y...¡¡¡tooodas las perlas salieron rebotando por el dormitorio haciendo: clinc, clanc, clinc...!!! y con la cantinela, el niño se durmió por fin, y el cuento pudo acabar bien.

Más tarde, el niño inventó el cuento de nunca acabar. La madre empezaba diciendo: " te voy a contar un cuento" y cada pasaje abría diversas opciones. El niño acabada una alternativa y al día siguiente seguía otro sendero y llegaba a otras divergencias posibles y por lo tanto a otros finales. 


Hoy con 24 años, dice - " ¿Quieres que te cuente  un cuento". Y escribe.

Si existiera el oficio de contador de cuentos, tras una reverencia con su sombrero de pluma verde, se despediría de las plazas arenosas, y de los niños que tironeasen de su capa, y seguiría la vereda hacia otra aldea. Donde de nuevo empezaría a tañer su laúd,  y contaría el mejor cuento, sobre la historia más increíble jamás contada.

Travestismo y fuga

Lola desvela su gran secreto. Le ha costado tantos años de duro empeño, de desencuentros con su padre, de créditos, de  favores, de quirófano y dolor que ahora, frente a Andreu no sabe si zambullirse en su axila para no mirarle a los ojos mientras le dice 
-"Nací Ignacio, lo entiendes amor, ¿verdad?"


Llegó la luna. Pasó la noche entre abrazos , sobresaltos y caricias, y Lola queda dormida con un respirar ruidoso y una paz nunca encontrada.


Se despertó tocando el vacío al otro lado del colchón. Andreu no estaba en la cama . No quedaba ropa en el cuarto, ni rastros en el baño del hotel. Miró la playa desde el balcón. Notó las huellas del llanto en sus mejillas y las dejó correr hacia su pecho siliconado y de respirar tranquilo ahora,  y miró como amanecía en San Savador.


Empezó a soñar otra vida,  mientras una larga ducha le borraba ese vacío instalado en las entrañas. Deja que el agua atenúe  la rabia y se lleve las lágrimas saladas al desagüe de otro sueño roto. Bajo el agua lloró un poco más,  solo un poco más y al rato pudo tararear el " Cant d'els ocells" de Pau Casals, que escucharon juntos anoche y,  en esa larga, larguísima ducha ,reinventó una estrategia diferente: decir la verdad desde el minuto cero. Desde el segundo uno. 


Sin pagar la cuenta todavía, salió a la calle, a pasear con la pamela que compró ayer cogida de su brazo en el paseo marítimo. Y es que la vida le espera, a la vuelta de la esquina de nuevo para empezar a andar. Entiende que la vida sigue y su paso es más seguro, y su mirada más alta y empieza a esbozar una sonrisa sentada en una terraza, leyendo una revista, mientras borra del celular el número de Andreu.  


A través de las gafas de sol mira a los madrugadores haciendo footing en la orilla. Y con los párpados aún hinchados,  sus ojos atisban un desliz del destino que la haga mujer. Porque lo es.