miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hablemos de libros, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Inma, del blog El molí de Canyer, Hablemos de libros, en jueves, mi aportación es la siguiente. Ninguno de los libros que nombro han "caído" este verano, pero traerlos aquí ha sido un gozo.

Esa mañana, en esta “Crónica de una muerte anunciada’, mientras los acontecimientos cotidianos nos remiten a desenterrar ‘El amor en los tiempos del cólera’, o de este Covid empecinado, todos buscamos leer o escribir, huyendo de la desidia. Buscamos un libro que nos llene y nos vacíe.


‘El coronel no tiene quien le escriba’ queda descartado, porque “Vivir para contarlo” nos lleva de la mano a temas atemporales, como este presente, insistente en no hacer planes. ‘Del amor y otros demonios’ acaban siendo las temáticas más fáciles, y a la vez más valoradas.
Hemos asistido al “El otoño del patriarca’, entre vientos de “La hojarasca”, donde los “Funerales de Mamá grande”, quedarían chicos, entre un “Relato de un naufragio”, y esas “Memorias de mis putas tristes”. Al final, este vivir sobreviviendo, es como la suma de “Doce cuentos peregrinos”, que nos acompañaron en otras tardes , a través de las palabras y de ese universo que creó,  por la senda de una literatura de cabecera y de los sueños. 
Conjugar la realidad latinoamericana, en compás de fantasía, con la imaginación osada y la forma descriptiva de un mago de las palabras es un mérito inconmensurable. Armado con la  varita mágica de una pluma irisada de pavo real, Gabo nos supo llevar por su universo oliendo a café. Como ese que ahora descansa, nuevamente, al lado de su “Cien años de soledad”
Palabras: 231

jueves, 24 de septiembre de 2020

Encuentro con mi pasado, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Mag, la Trastienda del pecado, mi aportación es la siguiente. 

El encuentro con mi pasado llegaba, puntual, por mucho que yo no quería. Mi abuela materna me dejaba en herencia una caja de galletas que yo husmeara siempre cuando iba a su casa. Me la hizo llegar una tía mía, casi mi segunda madre, y una semana después del entierro de mi adorada abuela, cuyo nombre heredé y con el que estoy muy satisfecha. No quise abrirla hasta que estuve sola en mi cuarto, con un helado de "capuchino" en un bol, entre mis rodillas, y apoyando la caja metálica en la mesita de noche.  

Salió, en primera instancia, un grillo, como los que mi abuelo cazaba y guardaba bajo su boina. He sonreído, y he dejado que se escondiera en un rincón. A la noche ya veremos si me hace gracia su sonido, pero el recuerdo de mi abuelo ha sido tan grato, que igual le perdonaré. Al grillo, a mi abuelo nada podría perdonarle porque sólo me hizo reír con sus cuentos y sus maneras galantes y presumidas. 

El recordatorio de mi comunión me ha sorprendido, porque no lo recordaba. Y con él, ese aroma de arroz con leche que sólo mi abuela cocinaba. Se ha expandido, anulando el aroma a café y caramelo, sustituyendo a los sonidos de la calle, de la tele, y hasta de mis latidos. Ese aroma ha llenado cada rincón de mi cuarto, y de mis manos, y de mi escalera. Ha llegado a la calle, colándose por el hueco del ascensor, y ha llegado a mi ventana, como llamando. He abierto de par en par, y con su levísimo aroma de lavanda, mi abuela y ese olor, me han acariciado la cabeza, como cuando yo, de niña, soñaba con monstruos futuros, y ella guardaba mis miedos y mis risas en una lata de galletas.

 Palabras: 301 

Más relatos jueveros


lunes, 21 de septiembre de 2020

De mis versos y tus recuerdos

 


Hacía fresco, el mar en calma.

Me senté y escribí un poema

sobre la arena de aquella playa.

No recuerdo ni un solo verso

Pero sé que me impactó

la cadencia de los fonemas.

 Y cómo, de estrofa a estrofa,

se encadenaban las palabras.

 

Me levanté y me di la vuelta

dejando el poema cara al mar,

esperando que una ola lo borrase,

porque intuyo que ocurrirá

-si es que no ha pasado ya-.

Y borrará todo cuanto te escribí

sobre todas y cada una

de las orillas de tu recuerdo.

Más poemas

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Insumisos en tiempos de Covid-19


Imagen de El comercio
Siguiendo la iniciativa de Molí del Canyer, sobre la insumisión, mi aportación es la siguiente:

Nunca pensé que el concepto de insumisión lo tendría tan cerca. Era el concepto de no hacer la mili , hace décadas. Los insumisos. Esos hombres jóvenes eran declarados prófugos, por no acudir a la llamada del ejército, obligatoria. Poca broma con ese término, según mis recuerdos. 

Sin embargo, ahora que empezaron a obligarnos a llevar la mascarilla, por no contagiar de un virus nuevo, se usa nuevamente. Si sentíamos bien, pero estábamos contagiados, era una manera de no contagiar, y no dudé en su uso. Me compré de tela con filtros cambiables, de farmacia, azules y blancos, y de tela sin filtros. Los azules y blancos los uso al revés, porque lo blanco tiene como hilillos diminutos de celulosa, imagino, y me producen tos. Claro, la gente se giraba y me miraba mal. Las gafas de sol se quedan enteladas, con un vaho producido por uno mismo, aire que respiramos tras expulsarlo, si bien es nuestro propio dióxido de carbono. 

Con la pandemia hemos descubierto que hay gente que tiene de solidaridad a nivel de un cero patatero, y cuya capacidad de ponerse en el lugar de los demás en nula. Abanderados por un cantante , hijo de una muerta por el virus, se congregaron unos miles de tipos en Madrid. Poca gente, porque en otros lugares de Europa hay movimientos de insumisión a las normativas anti covid   mucho más extendidos y activos. Lo que me molesta es el término in-sumiso, porque no me creo sumisa, sino responsable.

Palabras:250

martes, 15 de septiembre de 2020

El que avisa no es traidor

Imagen de Aquí
Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. No hubo manera de que dejara de repetir una y otra vez “que el arma es de verdad”. Al quitarnos los disfraces descubrimos que tanto el furibundo Rambo, como el Freddy Kruguer de la tarde eran reales. Ella siguió avisando hasta que el juez dictó su levantamiento de cadáver y el de otros cinco mujeres-policías de la rúa del Carnaval. .


domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
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Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La nena, un monstruo para un jueves

Imagen del blog de Neogeminis.
Neogéminis nos propone esta vez un tema apasionante: los monstruos,  y mi aportación es la esta:

Recogerla fue nuestro sueño cumplido. Una nena sana, de tres años, en esa casa de acogida, nos esperaba con los bracitos abiertos, pidiendo upa. En casa todo fue fenomenal, si bien era muy exigente desde el primer día, pero lo achacamos a la necesidad de sentirse segura, y a que quería probarnos, en amor, o en paciencia. Su madre había intentado matarla.

En el parvulario nos llamaban cada dos por tres. Pegaba, escupía, tiraba del pelo..., pero no la vieron haciendo esas perrerías hasta muy tarde. Ella sonreía, con su cartita de niña buena rubia e inocente. El psicólogo del centro se dio de baja poco después de atenderla y aceptamos cambiarla de colegio. Disimulaba muy bien, como comprobamos cuando, poco después, con cuatro años, mi marido tiró de ella, por miedo a que la atropellasen, y ella se hizo la muerta. La llevamos al hospital, pero no tenía nada a pesar de los llantos desgarradores que daba ante el médico, quien, de entrada, llamó a Fiscalía de menores, sospechando maltrato. La nena afirmaba que la tiró hacia un coche. Aclarado el tema, no sin largas explicaciones, nos la llevamos a casa. Aquella noche llamó su madre biológica. No sé cómo supo de nosotros, quizás alguien del hospital le dijo.  Me explicó que ella quería la nena, pero que la había dado en adopción porque no podía con ella. Mientras yo escuchaba, la nena me miraba, con una mirada que me produjo sudor frío.

Esa noche alguien metió el secador de pelo en el baño, y mi marido se electrocutó en la bañera. La nena dijo que la había despertado yo, con mis gritos, pero puedo jurarle, Sr Juez, que estaba en la puerta, sonriendo con esa maléfica sonrisa. Cuando me puso una trampa para tropezar por la escalera decidí hacer lo mejor para todos. Y sí, sea diablo o monstruo, ya descansa en paz. Con los dos padres, el biológico, y mi marido.

Su madre pronto saldrá del psiquiátrico, por el intento de asesinato de la nena en un horno. Yo, por asesinato consumado, me consumiré en esta prisión donde todas las reclusas me llaman Monstruo

Palabras 356

Más relatos jueveros

viernes, 4 de septiembre de 2020

La vuelta al instituto


Imagen de blog Bic naranja

Martina estaba desesperada. Llevaba tanto tiempo sin ver a Pablo, que ya no sabía ni cómo soportar las ganas de salir corriendo a su encuentro, así que volviera de las largas vacaciones que el joven había tenido. Tan largas, que, en ese pueblo cántabro, había conocido a una tal Maribel. La tablet esperaba que ella la cogiera, y la pusiera en marcha. La vuelta al instituto estaba cada día más cerca. Y con un poco de suerte, el contacto, tras tantas clases por internet, les depararía a todos la ocasión de estar juntos de nuevo. Los empollones, los divertidos, los tímidos y los abusones seguramente volverían a pisar las mismas aulas. Y entre ellos, estaría Pablo. Martina habían elucubrado qué pasaba en ese pueblo costero, había imaginado que ella estaba con él, que dormían juntos y miraban estrellas tumbados en un campo verde. Había descrito los paisajes y las situaciones que inventaba, a pesar de que Pablo acabó casi mudo en sus conversaciones por chat o por videoconferencia.

Llegó la tarde previa al inicio de clase. Sacó la tablet del cajón por confirmar cómo estaba de carga, y ya de paso, recordar un poco lo que habían estudiado en ese primero de bachiller tan extraño. Para su sorpresa, al encenderla, empezaron a salir los paisajes, las situaciones, los abrazos, los apasionados besos que imaginara. Todo estaba en ese aparato blanco que, con un botón de encendido, le permitía revivir lo que ya sintiera estos meses. Animada y feliz, preparó su mochila, sus compases y bolígrafos, su pendrive y su peluchito de pompón sonriente. No podía ser, el wasap del instituto parpadeó, casi a las diez de la noche. La directora del centro tenía Covid, y hasta nuevo aviso, las clases no se reiniciarían de manera presencial.

Pablo siguió chateando con Maribel, su meta era poder ir a verla en Navidad y le importaba tres pitos la vuelta al cole.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Relato de profes, en jueves

Imagen tomada del blog de Dorotea 
Esta semana, la anfitriona es Dorotea, de lazos y raíces y propone escribir de profes inolvidables, por la razón que sea.  Este texto es ficción por completo, ya que he tenido profesores inolvidables, por supuesto. Maniáticos, exigentes, lunáticos, estupendos  y hasta muy curiosos, pero he optado por remitirme a una historia inventada. Mi aportación es la siguiente


Don Álvaro tenía cuarenta y cinco años y para Elena era un viejo. De hecho, le sorprendió saber que tenía un hijo pequeño, ya que pensaba que tan mayor ya no se tienen hijos. Tenía de especial, para ella, su manera de moverse en clase, alejada de otros profes, estáticos en la tarima.

Nunca notó que se dirigiera a ella con especial atención, y además, era malísima en física, asignatura que no era su preferida, y que aprobó por los pelos. A ella le encantaba la literatura y el francés, ambas asignaturas capitaneadas por mujeres jóvenes, novedosas en sus maneras didácticas y que le animaban a escribir.   Los años pasaron. Elena acabó filología hispánica, encontró un novio y empezó a dar clases en un colegio privado. Allí estaba Álvaro, con bastantes canas, pero más interesante que antaño.  Resultó que él sabía de ella, que había seguido más o menos su trayectoria estudiantil y personal.

Cuando se quedaron solos en la sala de profesores, la mirada de él era de fuego y pasión, parecía que quería derretirla con sus ojos, más vivos de lo que ella recordaba.  Se había divorciado de su esposa poco después de ese cuarto de secundaria y vivía solo. Sigue estando por su hijo, casi mayor de edad y dice no haberla olvidado jamás. Se llevan treinta años, y son felices. Cada uno en su materia, combinando física y versos cada mañana, y dejando que quienes piensan mal hagan lo que quieran, porque cuando el amor llamó a sus puertas,   supieron abrirla, quisieron abrirla, sin atender a nada más. Elena ya nunca le ve viejo, y sólo alguna vez, en la intimidad más dulce, le llama "profe", con la mirada de miel y ambrosía.