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martes, 29 de diciembre de 2020

Baile de disfraces por Fin de año.

 


Mis preparativos para la fiesta de fin de año convocada por Dulce habían acabado. Necesito poco de nada para sentirme segura, pero con un antifaz tan delicado, me esmeré un poco más que de costumbre en mi vestimenta y peinado. Dejé mi pelo suelto, con los rizos como agua, sobre el que flotaban diminutos collares de nácar y lapislázuli. Luego comprobé que, al reírme, producían un efecto de baile blanco y azul sobre mi negra cabellera.

Me abrió la puerta de la mansión un hombre con librea y peluca blanca, y enguantado, quien me ofreció una copa de champagne. Al fondo, el salón lucía profusamente decorado, con detalles de carnaval y de invierno. El anfitrión, quien iba de grupo en grupo saludando, se acercó a mí, saludándome afectuoso. El baile posterior, entre mesas con exquisiteces de buffet libre, fue magnífico. Bailé con tres hombres enmascarados, a cuál más divertido, ocurrente y educado. El champagne tal vez se me subió un poquito a la cabeza, sin ir achispada, porque me sentía liviana como una pompa de jabón, irisada y volátil, voladora y risueña. Subí hasta el techo, donde las lámparas de lágrimas reflejaban los miles de colores del apogeo de la fiesta. Desde arriba observé 'un momento. Luego vi a mi segundo compañero de baile.

Como no podía quedarme en el techo, ni quería, me coloqué a su lado, y después seguí bailando con él como una media hora. De conversación amena, de ojos negros enmarcados en la máscara, su voz y su mirada fueron subiendo en intención, y me pareció agradable. El anfitrión había propuesto un juego. Desde el primer momento. Consistía en que alguien robara algo y luego todos averiguásemos al ladrón. Vimos el anillo, con una cabeza de león grabada, y que dejó junto a una ponchera de plata, de adorno en una de las mesas.

Su tamaño nos daba opción a bolsillos y escotes, y tras las campanadas, llegaba el desafió. ¿Quién había sido el ratero? El hecho de buscar los unos en los otros fue divertido y un tanto picante, permitiendo la ocasión que más de una búsqueda acabara en alguno de los sofás y sillas del salón.  Para mí no había duda, lo había visto desde el techo, así que sabía quién era el “caco”, pero no era cosa de empezar el año haciéndome la lista, mejor me hacia la tonta y jugaba, como los demás, a encontrar el anillo perdido y hallado en…Solo el anfitrión lo sabe porque los secretos, cuando se dicen, dejan de ser secreto


  

domingo, 27 de diciembre de 2020

Proponiendo preposiciones

 


A mi sueño llegaron mil medusas,

ante la duda de nuevos lenguajes.

Bajo la brisa de tu voz que embruja,

cabe pensar que fui quien las llamaba.

Con mis temores, de ser ese agua, 

de liquidez marina y sin fisuras .

Desde la orilla, o desde la nada, 

durante el silencio del cielo en llamas,

en mi mente,  agua junto a tus versos,

entre   olas de agua desbocada,

hacia un destino sin nombre ni reloj.

Hasta no saber si eras real o no.

mediante las auroras boreales,

para despertar de un sueño gélido,

por tenerte, como norte de mi voz,

según mis recuerdos, te sentí cerca.

Sin palabras te eché en falta de nuevo.

So pena de saber que nunca te vi,

sobre mi miedo a perderte, me caí.

Tras mucho tira y afloja, desperté,

versus seguir dormida, un día más,

vía persianas que  se abrían al sol.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Navidear, en jueves, con reunión inmaterial

 


Siguiendo La propuesta de La piazza de las lunas, de  Cas, mi aportación, un detalle navideño, es esta.

He abierto el ordenador, con su pantallita blanca, y ahora reflejando unas bolitas navideñas. Al instante he recordado un anuncio de navidad de hace décadas, y cómo elegía un mantel para estas fechas. En él, ponía, y pongo para los blogueros un aperitivo que espero os guste. Coloco un bol con besos de mazapán, otro con abrazos de turrón, unos sorbitos de caricias, raciones de variados tamaños, con sueños y esperanzas, con expectativas y deseos, con logros conseguidos, con curiosidad intacta, con ilusiones renovadas, con variopintas sonrisas y amaneceres con mar.

Recogiendo la cocina de los sueños, me he vestido de noche y estrellas, de nubes con pan, y aquí os dejo, con  la mesa puestas, donde las palabras han sustituido a las miradas. Porque en nuestra atmósfera bloguera, los latidos llegan, al menos en mi caso, a los corazones, donde habitan las palabras.

Buen provecho

Imagen de Aquí

domingo, 20 de diciembre de 2020

Felices fiestas, y "El delantal"



Planes medio recolocados, aplazados, deconstruidos, abortados o no, que estos días no perdamos de vista que la Navidad es mucho más que las costumbres. Tal y como está el virus, en mi familia haremos un vermut  en día laborable, para vernos los hermanos únicamente. Atrás o pospuesto queda el encuentro de ellos, más los sobrinos y nietos.

Les dejo mi última participación en el concurso Relatos encadenados de La Ser, acabando el año como lo empecé, es decir, sin que hayan escogido ninguno de los textos que he enviado. Empezaré el próximo con un libro de relatos inéditos, que saldrá por Reyes más o menos, y que he disfrutado escribiendo. Ya está en maquetación y se titulará Besos usados en hilera. Gracias por leer, por dejar latidos en esta página tan blanca, desde donde va mi sincero afecto a todos vosotros. La vida es corta, vivamos. Feliz Navidad 

El delantal

Estas humedades que me están matando, me tienen harto, y sin saber qué hacer . No sé quién me mandó comprarle el delantalito blanco, ni qué afición le cogió. Tal vez por los lagartitos bordados. El reúma me anda rondando más de cerca cada día. Desde que perdió su delantal, anda llora que te llora, mi amada lagarta.


Desde Reus, (árbol de Navidad de la plaza del Mercadal), vuestra amiga Maripau González



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Tarta de chocolate en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Lugar de encuentro, sobre DULCES, mi aportación es la que sigue. Lamento no saber hacer repostería. Y que el texto nada que ver con receta culinaria alguna. 

Invité a un escritor insigne y laureado. Me dijeron que no tenía hambre jamás. Que se alimentaba de yogurt con miel, besos con frutas y algunas flores de lluvia, pero preparé, por si acaso, una tarta sencilla de chocolate. Se presentaba así, diciendo que era frugal en sus comidas, ligero y etéreo como una pompa de jabón, con más espíritu que presencia, y más literatura que física. La verdad es yo no diría que comiera poco.

Con los postres, mi tarta simple, me pidió un carajillo de Baylis, y unos aromas de lujuria, en dosis homeopáticas. Ante conceptos tan vagos le eché un poco de más de licor en el café. Con los efluvios espirituosos su mirada de tenor venido a menos, se transformó en miradita de toro en celo.  Con los destilados pude comprobar que sus musas revoloteaban en pos de altos designios de locura poetizada, menos castas que las que ahora puedo nombrar.  La verdad es que, si bien parecía inofensivo en estado de normalidad, se le nublaba la carne cuando destilaba sus poemas, persiguiéndome por el salón. Con vergüenza ajena y ganas de echarle, le pude mantener quieto,  más o menos en un rincón, entre un ficus y la tele.

Fuera de sí, de no, de este y de oeste, y hasta fuera de aquel eje en el horizonte que se llamaba Estambul, no cejaba en intentar tocarme. Porque con versos hechos de cantos de sirenas, se le llenaba la boca de agua, de burbujas y de chocolate de mi tarta. Al final de los finales, era un bluf de poeta que sonaba a globo desinflado cuando el alcohol le desataba la lengua y los instintos. Le había invitado para hablar de mi novela, y había cocinado, raro en mí, un postre y todo, pero cuando le escuché roncar en la siesta, me dije que el insigne literato, era un hombre con más brillo que sustancia, y ya pude seguir escribiendo mi nueva novela, con el ruidito rítmico de su digestión. Le eché una mantilla por encima, no se resfriases el premiado escritor.

Por la noche, la tarta de chocolate, con un café con leche, me serviría de cena, más que sobradamente. Él, imaginé, cenaría con alguna escritora joven abriéndose camino hacia la fama de las letras por pagar.

Palabras 386


domingo, 13 de diciembre de 2020

Más dura será la caída



Que vengan por fin a rescatarte. No me importa si estabas con otra mujer. Ni si tuviste que salir por la ventana, con la ropa hecha un reboruño bajo el brazo. He llamado a los bomberos, pero no colaba lo del gatito atascado, así que he dicho la verdad. Te veo en calzoncillos y muerto de frío, pero distingo perfectamente tu cadena en el cuello, con la llave de la alcancía. Allí está lo ahorrado en estos años. Que será para mí. Cuando tenga el divorcio arreglado, ya te lo haré saber, tranquilo. Entretanto puedes vivir con esa amante.

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miércoles, 9 de diciembre de 2020

Historia de un pasado, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogeminis, Mónica, sobre historias olvidadas y reencontradas, mi aportación es la que sigue, y es biográfica, porque, aunque suelo huir de mi historia, no es tan interesante, aquí me pareció oportuna e inofensiva, casi inocente.

Con un traslado apareció la foto de mi primera comunión. Se hacía con siete años, y me había tomado en serio todo lo que me decían en Catequesis, si bien, como iba a un colegio de monjas, con sus Meses a María, rosarios y  el largo etc de usos y costumbres del cristianismo, me era familiar todo.  Mis dos preocupaciones eran, por un lado, no masticar la sagrada forma y la segunda que los zapatos, nuevos, aguantasen bien para el Corpus Cristi, cuando se desfilaba por el centro de la ciudad y debíamos estar niqueladas y radiantes

Lo de evitar masticar fue una angustia vital que duró días, y lo del calzado era porque, junto con el velo, lo estrenaba. Mis hermanas mayores habían hecho la comunión con el mismo equipo que yo, salvo esas dos prendas.   La tarde previa me llevaron a hacerme la foto que encontré, con el flequillo colocado y mirando un poco de lado.

El día señalado miraba la hora a menudo, por eso del ayuno obligatorio previo. No sé cómo pasó, pero un hermano pequeño me dio un trozo de su galleta, y justo en ese momento, se me olvidó el ayuno, y me lo comí. No sabía ni debía confesarme antes de comulgar, nuevamente, si decirle a mi madre, o qué demonios hacer. 

No hice nada. Vestida, llegamos a la catedral, donde con las compañeras del colegio entramos en fila. Habíamos ensayado días antes. La misa estuvo larga y pesada y comprendí que comulgaría sin digerir nada de nada. Me arrodillé cuando me tocó, y temí que la sagrada forma cayera al suelo, porque tenía la boca seca. Por supuesto se me enganchó en el paladar. Rezaba mientras intentaba tragar eso, sin meterme un dedo, para ayudarme. Resumiendo, que acabé tragando una masa fofa que por suerte no mastiqué. Porque habría sido un pecado.

Los zapatos resistieron. Mis miedos persistieron por unos años, y esa foto me recordó que la infancia, mi paraíso perdido, tenía también sus sombras. Al menos en mi caso, por la inoculación de miedos absurdos. Pero cómo los vencí, es otra historia

Palabras:350


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viernes, 4 de diciembre de 2020

Chirrriando



Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce, las mías, de hojalata, se tersaban. Nunca pensé que pudiera sentir, y menos aún enamorarme, pero así ha sido. Cuando me construyeron como personaje del Mago de Oz, en la interpretación del instituto, me limité a ser ficción. Me dejaron arrumbado en un rincón del escenario, y allí he dormido hasta ayer. Con la desinfección por el Covid me han encontrado. Pepa me ha limpiado, y sacado lustre, para llevarme luego al museo donde resides. El flechazo ha sido instantáneo. Y no me importa tu aspecto añejo, sino los ruidos apasionados de nuestros arrumacos, ahora que te encontré.

La imagen es de Aquí

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Reunidos o revueltos, en jueves

 


Siguiendo la iniciativa de Dorotea, en su blog Lazos y Raíces, sobre reuniones, mi participación es la que sigue

La reunión no había sido convocada. Era fruto del cese de un viento del noreste de intensidad, más que variable, intensa, y que había formado un remolino policromado en la placeta. El remolino recorrió la plaza levantando bolsas vacías, y papeles arrugados, (uno de ellos una chuleta de estudiante, y un poema de un amor rechazado, al juzgar por la rabia de las arrugas). Levantó hojas caídas de árboles del paseo y dos calcetines, amén de cáscaras de cacahuetes, alguna colilla y una arenilla de dudosa procedencia.

Cuando el viento se fue desvaneciendo, la esquina de la plaza era un batiburrillo, o reunión, que me quedé a presenciar, por mera curiosidad. El diálogo entre los calcetines, uno de deporte, blanco sobado, y bajito, y el otro a rombos azules y rojos, fue un momento mágico.

Estábamos las bolsas y las cáscaras, los papeles y demás, atentos y expectantes porque el viento les había dejado pisando el de rombos la punta del blanco, y temíamos una lucha encarnizada por poseer un trozo de suelo de uso individual.

El blanco decía qué que pocos modos, que en su punta era muy sensible.

El de rombos le contestaba que perdonase pero que el viento y no él, era el responsable de tal ataque, porque a él, ese blanco simple, y la medida bajita del otro le tenían encandilado.

El blanco se estremeció, porque se había sentido soso, maltratado y olvidado en cajones, y su sueño era ser un calcetín alto, con rombos o lunares, o cuanto menos, de un color alegre, como el naranja o el verde explicó emocionado.

El de rombos hizo un esfuerzo y se aposentó un poquito más sobre el blanco, por abrazarle.

Nos quedamos con los ojos como platos, porque en el suelo, compartido, se abrazaban, así, sin mayores artificios, ni citas sentimentales.   

Cuando la barrendera, con esa escoba de fibras largas se acercaba al rincón, tuve la tentación de impedir que les molestara, pero luego pensé qué haría yo con un calcetín blanco casado con uno de rombos. Y me alejé. 

Desde entonces, cuando mi lavadora sigue con la broma de comerse un calcetín, le dejo desparejado en un cajón, y cuando vuelve a salir otro desparejado les juntos y guardo limpios y los uso así, como amantes cercanos.

Palabras 379, un pelín largo

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martes, 1 de diciembre de 2020

Una nochevieja diferente en jueves


Siguiendo la iniciativa de Leonor sobre una nochevieja diferente, mi aportación es la que sigue. 

Esa vez aceptó ir a la fiesta de entrada de año en casa de Blas, porque la última discusión con Laia había excedido su punto de paciencia, y a falta de otro plan, o de mayor presupuesto se vio a las doce y media ante el garaje de su viejo compañero, donde, nada más llegar, Julia brillaba con luz propia. Era cosa de empezar el año, ese 2020 tan redondito, bien, alegre, por una vez en la vida.

Nada tuvo que ver ese vestido de tubo negro ni sus medias con costura, que llamaban a la simetría de un chocolate cimbreante. Tampoco el escote palabra de honor de su atavío. Era su sonrisa, que no podía recordar de las mañanas de estudios de antaño. Brillaba. Sin más. Sopesó el malestar del resto de las chicas ante la evidencia de que ellas parecían la comparsa de una reina. Acabó por beber dos cervezas, charlar con Julia, dejándose el alma prendida de su mirada, y gozando del atrevimiento de bailar con ella. A última hora, inhalando la esencia de mujer que desprendía, ante la cara de Pablo, que siendo amigo, captó el terremoto que su novia producía en él, se despidió de la fiesta alegando haber dormido mal la noche anterior. Se despertó agitado. Ya era 2021, con Julia dormida a su lado.

Vaya despedida de año tan diferente, se dijo en el cuarto de baño. Julia roncaba bajito, no había ni cacharros por fregar en al cocina. Habían estado ellos dos con un hermano de ella y un amigo común. Se tomaron las uvas, brindaron deprisa, y los dos "invitados" se fueron pitando,  por lo del toque de queda.  Miró el reloj, eran las ocho de la mañana.

 -Mierda, gritó- me vuelvo a la cama a soñar con la nochevieja de cualquier otro año.


Palabra 305