Las lluvias y los truenos dejaron verde la pradera,
con un color a reposo y un aroma a reconquista.
Las nubes del pasado quedaron en silencio,
con la última canción de una lucha en retirada.
Las tardes se tiñeron de amaneceres y soles,
con las certezas descubiertas bajo piel de luna clara.
El manto de verde esencia, cuajado de dulce aliento,
se dispuso a dejarse tejer por esa mujer de espera.
El horizonte se dibujó libre de sombras,
desatascado de bolas de pelo entre quimeras.
Se acercaron de puntillas las más tímidas flores,
los sueños más humildes, las notas más esquivas.
Y con esa tela cargada de esperanza y verde,
con la mejor caída sobre su cuerpo de espuma,
acabó por enfundarse un vestido interminable,
con el que sentir que nada escatimaba su forma.
Dispuesta a torear los ambarinos sinsabores,
con pases de verónica, el aire desatado de las dunas.

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