Los niños con sus juegos gritan
a la orillita del mar
con sus gorros y lociones
para esquivar tanto sol.
Unos ingleses, supongo,
parecen lagartos necios
estirados en tumbonas,
tostándose por ambos lados.
En el chiringuito un tipo
no sabe cómo agarrar
seis vasitos con sangría,
y el camarero sonríe.
Dos chicas hacen top less
mientras ríen y comentan,
pero una mira, con disimulo
a un musculado bañista.
Yo sigo leyendo,
a la sombra de mi oasis.
Un poemario de mujer
vestida de soledad.
Al descubrir que mis musas
andan durillas de oído
me reconozco, en la arena
como una mujer con vistas al mar.
