martes, 3 de enero de 2012

La lectura.


La vi y esperé unos minutos a que uno de los padres acudiera a recogerla. Mi reloj marcaba las dos y mucho. Mi tren salía a las tres y media. El plato combinado estaba en plena tarea de ser digerido y mi tiempo podía rifarse entre un par de fotos, o unas páginas del libro que me acompañaba, o en un nada de vagabundeo en un invernadero de metal y tiempos muertos entre vías de un tren hacia algún lado.
Esperé segmentando mis miradas entre la gente y la escultura y al fin me acerqué. Le pregunté sobre qué iba su libro y sin desatender la lectura me contestó - “sobre una bruja malvada.”
Y en ese resumen del cuento que había secuestrado a Alicia se esfumaron el dolor de pies y las ganas de café. Se evaporaron las prisas y la impaciencia y hasta el olor sesgado de mi colonia. Se deshizo el enfado por verla quieta rompiendo la foto que pretendía hacer a una escultura. Y se esfumó por encanto el peso de mi vida en cada hueso.
El hechizo de la bruja malvada me llevó, sin pago previo, a unas lecturas de voz de hombre sabio. Esos cuentos sin cuento que deshojaba en las noches el sonido de una voz entresacada de la vejez y el arrullo. De un sombrero con escondites de besos y conjuros contra el dolor. A ese sentarse en el suelo con un sonido de radio de galena en una cocina cercana y a ese relato donde habitaba el miedo a controlar para enseñarme que el miedo puede ser vencido.
Esa bruja malvada, según me refirió, era una mujer que provocaba dolor porque le gustaba ver llorar a la gente. Y dijo llamarse Alicia. Y dijo esperar a su padre que estaba por llegar y que siempre la recogía en ese lugar de la estación.
La dejé donde estaba. Bajé las escaleras del tiempo hasta el presente. Recorrí con mi mejor cara y mi peor temor el tramo al bullicio y la tontuna de prisas y locura por diagnosticar y sabiendo que Alicia, si es que es su nombre, se salvará de la quema de alguna noche de cuchillos largos.
Alejándome de un cuento con final feliz, fotografié un instante mientras me dirigía al andén que la megafonía anunciaba. Con la lectura como compañera en mi bolso en bandolera..

6 comentarios:

  1. La lectura, como unión entre la infancia presente ajena y la propia recordada, dos épocas unidas por un mismo vaso comunicante que ninguna bruja malvada puede romper con un hechizo. Un abrazo.

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  2. Gracias Alfred. La lectura se inicia en la escucha de los cuentos muchas veces. Las narraciones de los abuelos, con tiempo para perderlo en esos menesteres, pueden ser inolvidables. Y auténticas lecciones para la vida.
    Un abrazo

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  3. Mi querida Albada, lectora y escritora. Un placer leerte.
    Un abrazo y besos

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  4. Gracias Luis. Ahí vamos, disfrutando de ambas actividades.
    Un abrazo.

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  5. Feliz año Albada. Precioso e inquietanto relato. Me gusta. Un abrazo

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  6. Igualmente te deseo Francisco.
    Gracias por leer y comentar.
    Un abrazo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.