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| Foto de Google. Está en la calle Arenal 8 |
Había una vez, hace mucho, pero mucho tiempo, un ratoncito que se dio
de bruces contra un soldadito de plomo que yacía en el suelo, ante un trozo de
queso manchego, olvidado de un bocadillo, en suelo del comedor.
La mala suerte hizo que perdiera de golpe todos sus dientes y le
saliera un chichón en su cabeza, con lo que quedó un buen rato sin conocimiento
por el dolor de cabeza y lo que es peor, con hambre ante unos efluvios de ensueño.
Cuando despertó, en un rincón, se prometió a sí mismo coleccionar
los dientes de leche que se les fueran cayendo a los niños de Primero de todas
las escuelas. Urgió un plan. Cambiaría cada diente por un regalo, en compensación
al disgusto de perder tan preciado y blanco bien.
Desde entonces, los niños ponen bajo su almohada esos dientes de
leche que se caen, casi siempre sin dolor, y mientras el niño o niña duerme, sigiloso y conocedor
de lo que les pueda hacer ilusión, les
deja un presente.
Como no se supo nunca el nombre de tal roedor, le pusieron un
apellido común en España, y es por ello, que el Ratón Pérez sigue llamándose de
tal modo. Llega a ser tan famoso que en Madrid hay una calle dedicada a él.
Daniel, si un día te llevan a esa ciudad reclama que si tienen tiempo, te dejen ver la placa de la foto que te envío.
Por si ya lo intuyes, me apellido es Pérez y este es mi regalo para
el próximo diente que se te caiga. Y no temas, porque cuido bien de toooodos
los que he llegado a reunir.
Ahora tendría para comer mil bocadillos o cientos de frutos secos. Pero ya sólo me alimento de vuestra sonrisa melluca y tierna cuando despertáis,








