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jueves, 7 de noviembre de 2013

Camus, centenario.

Una enseña de la II República, foto de Internet 

Hoy Google pone un doodle que representa el mito de Sísifo. En este ensayo, Camus juzga el valor de la vida, representando a Sísifo como paradigma de ese esfuerzo inútil del ser humano, representado en un hombre arrastrando una piedra cuesta arriba, en referencia al mito de Sísifo.

Según  Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales, pero fue castigado a los infiernos, por preferir la bendición del agua para Corinto, a los rayos de sol.

Héroe absurdo que nos recuerda lo que valen las pasiones, el precio por seguir su destino es la conciencia. Por eso es un mito trágico, por la conciencia de ser.

Cuando en  su ensayo El hombre rebelde afirma que el revolucionario es aquel que dice no, nos perfila a ese rebelde que derivará en unas formas institucionalizadas, que generarán detractores y críticos, nuevamente. Tal vez visionario de las tendencias y utopías que eclosionaron el siglo pasado y los fracasos en que devinieron.

Camus trabaja el concepto del ratón en su rueda, con ese instinto de supervivencia, tan inútil como absurdo, tan necio como imprescindible. Tan lúcido como inteligente, apuesta por la libertad de saberse vivo. Apuesta por la razón por encima de la inercia de rodar.

Murió por un accidente idiota que aplastó su coche contra un platanero. Murió joven, a los 47 años, con el Nobel  de las letras en su baúl y aún madurando como escritor. ¿Qué hubiera salido de su pluma? No es importante saberlo. Con sus novelas "El extranjero"(1942), "‘La peste"1947) o "La caída" (1956) veo a un hombre, con la mejilla adosada a un gran piedra, y apoyando su hombro para ejercer fuerza, montaña arriba, destinado a volver a subirla una y 
otra vez.

"El primer hombre", que dejó inacabada, se publicó de forma póstuma en 1995.

Ahora, en el aniversario de su nacimiento, cuando el mundo insulta a la dignidad del hombre, me quedo con un par de frases suyas, que me gustan:

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”, y  “la estupidez insiste siempre” .

Para mí, ese escritor implicado en su tiempo, rol que define como necesario su amigo Sartre, está fielmente representado por él, con su lucidez amarga, con su amarga lucidez y su estúpida manera de morir. Aunque dudo que haya forma de morir que sea inteligente y dudo de que esa amistad llegase mucho más lejos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Luz interior, como candela bajo la luna

  

    
     He visitado un edificio peculiar.

 Me dijeron que está habitado por un lobo al que llaman Jony que cata el agua azul de un recipiente de silicio. En ese bol descansa una lasca del Paleolítico superior. El arco de la entrada dirige la atención al objeto loado por Paula, la inquilina de la planta baja, y que no es otro que una estatua de una mujer de mármol, tapada con una hoja de parra.
La escultura es blanca como la nieve recién caída, y luminosa como una candela en las noches de luna nueva.

La portería tiene olas de hierro forjado como celosía y, de hecho, Carlos fue el primero en detectar la especial condición de la vecina de aspecto sencillo, corazón de diamante y luminiscencia de luciérnaga cuando adopta la forma de esfera de cristal irisado.

Cuando el llavín penetra por la cerradura, el llamador de mano de bronce enmudece aún más y entonces sueña con que ella, alguna vez, juegue a reproducir su antiguo esplendor, limitado ahora a ser limpiado dos veces por semana.

Cuando esa mujer cierra tras de sí la puerta principal, los interruptores de luz quedan aguantando la respiración. Sin atreverse a ponerse en marcha, pues saben que ilumina la escalera desde dentro, rellano por rellano, mientras los peldaños se preparan para la fiesta de unos pies que no golpean.

Carlos sale de su cuarto para saludar, inventando la excusa de colocar la tabla de planchar y alinear los cubos de basura que yacen en orden. Por verla llegar. Por decir “Buenas noches”. Por sentir su luz.

En la primera planta vive un hombre conocedor de que la escultura, frente al piso de Paula, ya la vio llegar desde su esmerada pose de Carrara. Y que esa moradora silenciosa  la intuye desde detrás de la puerta, mientras escribe una crónica para del diario de Villamatojos de Arriba.

Este hombre, gran amante de la verdad y para más inri versado en la justicia social, porque la siente propia, no mira jamás por la mirilla. Sabe de su llegada por el sonido de los tacones y la leve luz que se cuela bajo su puerta, casi siempre a la hora de recordar que la cocina le espera. Si puede, sale a desearle que esté bien, como siempre… amable con todos los bien nacidos.

En el otro departamento, con su letra B en dorado, el músico detiene el metrónomo, deja sus manos reposando sobre las teclas de ébano y marfil, para acercarse a ver cómo la esfera ilumina su rellano, con su sabiduría calma y sabor a luz que no quema. Esa que sólo acaricia las paredes a su paso, para seguir avanzando hacia arriba, entre la quietud que sabe que devendrá en un continuar de partituras, mientras ella seguirá su ascenso por los peldaños.

En el segundo piso reside un hombre que sabe de sí mismo lo que sabe. Con alma lobuna y  gregaria. Es ese vecino que siempre anda dispuesto a echar una mano con la cesta de la compra, el que tiene a orgullo ser quien es. Ese que valora como nadie lo que tiene. La sabe subir, nota esa suave luz por el rellano, pero sigue tras la puerta con sus princesitas. Ellas saben que se siente orgulloso de vivir en ese edificio singular, y que con ellas jamás se siente solo, pero conocen el valor que le da al vecindario.

Al otro lado de la barandilla, en otra puerta B, la esfera se detiene siempre. Porque en ese rellano su luz se entremezcla con la que sale del interior. Igual que todos oyen sus tacones en la subida, y el olor que la esfera va dejando, ella, como esfera, percibe las risas y las caricias de la vida que ilumina esa vivienda. Percibe el olor a mandarinas perpetuo y las conversaciones cariñosas de la mujer detallista y feliz que reina allá, morando corazones como hormigas en el suelo de los mejores pastos.

En el tercer piso vive la mujer de azul y risas. La que siempre lleva a mano la palabra que anima. Aquella que se interesa por todos los habitantes de esta Rue del Percebe. La blanca esfera sabe que no se acercará a mirar, porque considera la ascensión algo tan privado, que aun sabiendo que es el artífice de los prodigios de la electricidad indisciplinada, jamás querrá saber nada que alguien quiera ocultar.

Ante su vecino de altura, ante otra puerta B, la blanca esfera, que llega ya cansada, retoma aire de nuevo. Está habitado por un peluche amarillo. Un hombre tan serio y tan formal que se disfraza de lo que siempre fue, aquel niño que no quiere dejar atrás. Como lleva rato escuchando sus tacones, y notando que se acerca la luz que emana, abre la puerta para desear felices sueños, o feliz descanso, o explicar jocoso algo de la actualidad de la ciudad.

En el cuarto piso, mora una mujer pétrea de convicciones, cambiante como el agua que permanece intacta corriendo siempre. Está  al acecho de lo que hay en las orillas y anda tras la puerta, sabiendo que la esfera luminosa sigue su ascenso. La identifica por  el tímido olor a hierbabuena de las cosas imperecederas. Esas que no ceja en emanar antes de emprender el último tramo hasta su casa.

Justo antes de acometer el último jalón, la puerta B pintada de tres colores, cobija a una vid de terciopelo, como una parra de enredadera que da sombra a los sueños en verano. Es un pintor de pinceles de besos y frases de peso abiertas en canal. Este vecino, el último en desearle un feliz descanso, anda siempre cazando mariposas que pintar de bandas tricolores entre cantos de libertad.

En su ático, la luz de su esfera se mantiene, pero adopta forma de mujer, para ser esa que desayuna vida recién exprimida, con tostadas de sensatez y dos pastillas rojas, para reforzar el hierro que la hace ser magnética, y saberse republicana.

Se deja mimar por el amor de la envuelve y tras despedirse de las estrellas, deja que los sueños la hagan renacer, de luz blanca, al día siguiente.


Amanecí, nuevamente

 
Foto de Internet

Tengo un cuerpo

Dos certezas

Y tres dudas.

El  cuerpo va haciendo con sus genes, su entorno y sus quehaceres.

Una certeza es que, un día yo me habré ido, como sería absurdo obviar, pero más absurdo andar recordando, pues a esa cita nunca se llega ni tarde ni pronto. Se es puntual al estilo suizo de precisión de latidos hasta el último, y ni uno más.

La otra certeza es que cada cuerpo habita, de forma arbitraria una piel que le ha tocado en suerte. Herencia, accidentes y sucesos van conformando esa forma externa que envuelve un ser.

La primera duda es la que me planteo, sobre si la inteligencia artificial logrará llegar a ser de verdad operativa en términos absolutos. Sobre si en verdad un software tendrá la capacidad suficiente, no ya para adaptarse a situaciones cambiantes, sino la de no hacerlo si así lo decide, y equivocarse.

La segunda duda es sobre hasta qué punto la ciencia, podrá seguir invirtiendo en mejoras para la supervivencia en el ser humano, o en fuentes alternativas de alimentación para esta especie altanera pero excelsa, reluciente  y harapienta.

La tercera duda es irresoluble. Es sobre si lo que yo acabo escribiendo en tinta, sea algo más que un producto de dos su-mandos: de física y química de mi cuerpo y mis vivencias,  arriba o debajo de un papel cuadriculado escolar, más un cacharro, tan perfecto por la investigación electrónica, que me corrige las faltas. Pero deja este párrafo en la letra que quiere.

Mientras voy despejando las equis de las ecuaciones, me limito a vivir el hoy, con este cuerpo. Llevando en mi pantalón una ridícula libreta de ahorro, donde el haber y el deber llegan a un balance equilibrado.


Uno soportable y asequible,  para este  día que amaneció por unas leyes cósmicas, cuya certeza a veces se me escapan por los agujeros en los bolsillos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Tormenta de iones


En el cuadrilátero inventado, con calzones negro y blanco, se enfrentaban el tú y el yo. Ambos, como simples átomos, en una búsqueda sin brújula de un núcleo más pesado, más denso y de mayor peso atómico.

Cada uno en su rincón, escucharon la campana del primer asalto, desde su escala y su visión. Desde su entidad incuestionable y la conciencia real de sus talentos y sus limitaciones.

Los polos opuestos a veces se atraen, sabiendo de antemano, que hay bailes de iones donde las suman no se suman, pero asumieron el riesgo de las restas.

Los átomos enredados en un puzzle de amor, devinieron en lances de miradas incendiarias, en acercamientos cuerpo a cuerpo, en rendiciones sutiles y en victorias perecederas.

Cuando se produjo la fusión, con la energía liberada, cayeron a la par las dos toallas blancas al centro del ring.

El sobrecalentamiento del tú y del yo, produjo en las gradas un olor a expectativa inconclusa, un silencio sideral a intento fallido.


Ese vacío no desalentó a otros contrincantes a que bailaran el son de las fusiones, donde alcanzar un empate técnico entre unos egos donde quepan por igual, cualquier “tu tú” sumado a otro “mi yo”.

Lluvia y aire, piedra y árbol, sol y sombra. Luz lunar tras los cristales, siempre a punto de dar la bienvenida al nuevo día.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Recuerdos de un...-"¿Bailas?"

Óleo de Juan Manuel A. Fontana

La brisa despertó de su letargo dejando los visillos  de mi piel a su caer.

Las notas se fueron acomodando en la punta de mis dedos de los pies.

Quise bailar nuevamente, saltarme filosofía, sentir esas manos ajenas en mi cuerpo,

cargado de algún tacto de amapolas sobre un teclado de besos y boleros.

Dejando, ambos, suspiros en el aire, pasitos entrelazados, y tibios descansos,

en un choque de zapatos de la máquina de discos, 
                                                              nulos alardes para ese primer "te quiero". 




Ahora diría. "No. No bailo, pero podemos hacer como que sí". 

Hubiéramos perdido las mismas horas robadas al insti y al estudio.

Habríamos bailado los tangos y los pasodobles que no sabíamos bailar,

para acabar acabando igual de rotos, igual de viejos, igual de extraños que en aquel bar.

Mi escritorio de palabras.

Foto de internet

Encontré unas conjunciones perdidas por el laberinto de un espacio parecido a casa encantada.

Unos tiempos verbales buscando acomodo iban y venían dándose con el codo ante una interjección mal colocada, que iba quejándose de cómo podía ser que la hubieran puesto en una fila tan atrás.

Cuando entraron en escena los sujetos, con sus centenares de adjetivos, buscando espacio entre la multitud, sentí que se acercaban unos signos de puntuación errantes, buscando sitio donde pausar a mis desbocadas palabras, dispersas por la mesa, y temiendo lo peor, un rifirrafe entre adjetivos, como era habitual, salí a la calle.

Las palomas aún dormían en las barandillas de ático deshabitado de enfrente y las calles olían a recién regadas por la lluvia suave de la noche.

Desde la acera se escuchaba el guirigay de fonemas y llamadas al orden por parte de un tiempo verbal imperativo.

Escuché cómo unas interrogaciones  reivindicaban por qué esa buena mujer se comía parte de ellas, dejando sin poner la primera, con su punto arriba, como un zarcillo de obsidiana, con lo bonita que era.

Cuando regresé del parque y ante la ausencia de disputa aparente , entré en el escritorio con el llavín de mi pluma, que ahora es un tecladillo de tres al cuarto, y si el silencio lo permite, escribiré sobre el mundo de esos pequeños, casi diminutos mundos, que se abren en pocos caracteres, en un intento de ser una historia que contar.

Si sólo quería decir que siempre ponían Don Juan Tenorio en la tele por estas fechas, y recordar cómo doña Inés se mira en la luna, mientras don Juan se aplisa su capa de un negro oxidado por el tiempo!.

Rememorar que había un soplo de luz  cautivo de la luna, entre unos limoneros y ante unos olivos.

Esos soplos, que a veces, adormecían los ojos ante la tele de tubo, con un suspiro.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Desde mi urna


Hoy sé que no irá a columbario alguno. Tan orgulloso de ser ateo, reposo en una urna que le obligaron a comprar, la más sencilla, porque para él igual sería un recipiente hermético reciclado de conserva.

Cuando le dicen que si no le  preocupa no haber respetado mi deseo de alimentar con ellas los pinos de un balcón al Mediterráneo que me vio crecer, y que acabó conmigo, aduce que el alma no existe, por lo que las cenizas que guarda en la casa, por no saber qué hacer con ellas, además de no nutrir, contaminan.

Yo estoy en la urna que le dieron, aún en la caja blanca que le entregaron y que va llevando en los traslados de piso. Siempre la coloca en el rincón de algún altillo, que sólo acaba recordando en el siguiente traslado, con el vaciar de los armarios y cajones.

Tiene razón, de mi paso por la vida queda lo que hice y lo que no llegué a hacer. Lo que dije y lo que no llegué a decir.

En una máxima expresión molecular quedan dos hijos y algunos papeles jalonados de palabras que un día escribí.

Sólo hoy salgo a echar un vistazo por esa vida, supongo que por trasiego de almas que durante estos días andan por todos lados, y que producen una reacción magnética solidaria, por llamar de algún modo a lo que me pasa sólo tal día como hoy.

Ahora saldré a dar un garbeo por este nuevo piso, veré cómo los chicos han crecido desde el año pasado y volverá a extrañarme no verme reflejada en los espejos que encuentre a mi paso. Lo entiendo perfectamente, pero sin embargo seguiré percibiendo mi extrañeza por ese anclaje que queda a la vida mortal, que uno no logra acabar de romper.


Ellos, los niños,  me siguen recordando cada día…todavía.

Antes de regresar a mi urna, miro los restos de unas castañas asadas en un plato del comedor, la cajita de panellets huérfanos que quedaron, y sin más dilación, antes que salga el sol, me regreso a mi hogar.

martes, 29 de octubre de 2013

Soltero y sin compromiso

Obra al óleo de Ramiro Ramirez
Julio tenía una máxima: una mujer para cada aspecto de la vida.

Así era, en efecto. Cuando se instaló en la nueva ciudad que le acogía, conoció a una mujer interesante, culta y con buen humor, cuya relación se basaba en los gustos comunes, ya fuese el teatro, la arquitectura, o esa pasión por Gaudí casi enfermiza que ambos compartían  Tuvieron la suerte de conocerse en pleno apogeo de la vitalidad de Madrid y hablaban a menudo de la propuesta de Barcelona para el 92, donde, por azares del destino, él acabó residiendo. 


Ella dejaba claro desde el primer momento estar casada y ser feliz en su matrimonio con un invidente adorable y tierno, que era su razón de ser. No se quitaba la alianza grabada con dos nombres separados por un punto.

Lucía era consciente de su suerte al poder afirmar que ninguna persona, hombre o mujer, podría competir con la sensación de sus manos y su voz grave. Juan era ese marido que se mostraba siempre amante, siempre generoso, y defensor a ultranza de que ella disfrutara de sus aficiones, que compartían sólo en parte.

Los amigos charlaban de mil cosas, pasando tardes enteras hablando de todo y de nada, hasta que él recordaba la hora que era, la de ir a buscar a Juan, viendo cómo su mirada se llenaba de alegría al saberse cercana a volver a los brazos del único amor que tenía y tendría.

Para la cama le gustaban las mujeres bonitas, armoniosas y alejadas de la veintena, pues considera que a esa edad andan aún perdidas en un campo de minas hormonal que a menudo desencadena discusiones sobre cosas evidentes, o dejan de percibir el estorbo de otras, así que no mezclaba la charla con la cama.

Sí, claro...cómo no, gustaba de la carne firme y de la pasión juvenil que no encuentra momento para dejar los juegos amorosos, pero no se le pasaba por la cabeza mantener una relación con jóvenes atractivas, más que la basada en premisas de química y química, sin física y sin haber encontrado ninguna jovencita  que valiera cambiar de opinión.

Para una relación que pudiera llevar al matrimonio,  aún era incapaz de imaginar, ni podía pensar en tipo alguno de mujer. No había tenido el gusto de haberla conocido, por lo que cuando se  jactaba de seguir “soltero, pero no entero”, como decía al presentarse, era totalmente sincero y honesto en su definición.

El tiempo diría si había una mujer en algún lugar, que pudiera combinar lo importante:que fuera posible la fusión entre aficiones compartidas y la belleza en la cama de un ser de cuatro brazos aullando a la luna un amor con garantías.
Pecado original, de Modesto Trigo, díptico


Entretanto, cuidaba su cuerpo para que no le traicionase su miedo a la soledad al llegar a una edad, en que el espejo le mostrase a un hombre con pocos fondos en su cuenta corriente del juego del amor.