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Encontré unas conjunciones perdidas por el laberinto de un espacio parecido a casa encantada.
Unos tiempos verbales buscando acomodo iban y venían dándose con el codo ante una interjección mal colocada, que iba quejándose de cómo podía ser que la hubieran puesto en una fila tan atrás.
Cuando entraron en escena los sujetos, con sus centenares de adjetivos, buscando espacio entre la multitud, sentí que se acercaban unos signos de puntuación errantes, buscando sitio donde pausar a mis desbocadas palabras, dispersas por la mesa, y temiendo lo peor, un rifirrafe entre adjetivos, como era habitual, salí a la calle.
Las palomas aún dormían en las barandillas de ático deshabitado de enfrente y las calles olían a recién regadas por la lluvia suave de la noche.
Desde la acera se escuchaba el guirigay de fonemas y llamadas al orden por parte de un tiempo verbal imperativo.
Escuché cómo unas interrogaciones reivindicaban por qué esa buena mujer se comía parte de ellas, dejando sin poner la primera, con su punto arriba, como un zarcillo de obsidiana, con lo bonita que era.
Cuando regresé del parque y ante la ausencia de disputa aparente , entré en el escritorio con el llavín de mi pluma, que ahora es un tecladillo de tres al cuarto, y si el silencio lo permite, escribiré sobre el mundo de esos pequeños, casi diminutos mundos, que se abren en pocos caracteres, en un intento de ser una historia que contar.
Si sólo quería decir que siempre ponían Don Juan Tenorio en la tele por estas fechas, y recordar cómo doña Inés se mira en la luna, mientras don Juan se aplisa su capa de un negro oxidado por el tiempo!.
Rememorar que había un soplo de luz cautivo de la luna, entre unos limoneros y ante unos olivos.
Esos soplos, que a veces, adormecían los ojos ante la tele de tubo, con un suspiro.


