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Silenciamos los sonidos de la calle, con
besos de escarcha y mandarina, justo antes de abrir nuestro regalo de aniversario.
El remitente nos resultó imposible de
recordar, pero es que en estos años, los amigos han ido y han venido, como por
una avenida de roces sin identificar, para quedarse los pocos que ahora nos
visitan.
De ese modo súbito, como los relámpagos
en medio de las nubes, se iluminó la tarde de Noviembre, entre la música de un
carrusel de la infancia, que nos llegó por correo certificado.
Cuando los armatostes de hojalata y engranajes
cobraron vida, los caballitos giraron entre las notas de azúcar de algodón.
Reverberaron las cortinas, se acentuó el
sol sobre el lomo de la gata, y las paredes se vistieron de amaneceres dorados,
festoneados de molinillos de papel de charol, de mil colores.
El olor a alegría se expandió por la
casa, derribó en los anaqueles los libros de amargores en las encías, y una lluvia
de risas fue mojando una a una las dependencias.
El rellano se inundó de aire de feria, y
hasta las palomas de la barandilla se asomaban a mirar el prodigio que
iluminaba, el salón de nuestra alegría.
Porque las pequeñas sorpresas de las más
mínimas cosas, siguen encerrando la magia de la mirada que no nos dejamos arrebatar.
Cuando empieza a nevar, sigue la fiesta.
La de nuestras bocas, con voz de infancia, cantando juntos “alegría” mientras
sigue dando vueltas, en guiños de hojalata, un carrusel ante un cristal.






