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viernes, 18 de abril de 2014

Nos vemos en Macondo, Gabo


Hoy en Macondo andan de luto. Muchos de sus habitantes llevan rosa amarillas en los ojales, ante un revolotear de mariposas de la luz persiguiendo a un espíritu fresco y orgulloso en busca perpetua de la savia de Meme. El dentista de gránulos homeopáticos pudo escuchar las campanas a muerto, pero preguntando  por la calle de los turcos nadie le pudo confirmar quién era el tal Gabo, o por quien doblaban a duelo, en manos de un anciano que a base de chocolate conseguía levitar.

Melquíades lo había anunciado, en su caligrafía de arañitas en tendederos de ropa, pero el Coronel Aureliano Buendía,  José Arcadio y Rebeca no han querido volver al pueblo  tras enterarse de la infausta noticia. Remedios, esa descastada sin leche familiar, consiguió fugarse del convento, al tener el presentimiento de la muerte de alguien importante, y ha acudido a las exequias. La superiora del convento de la ciudad de las mil iglesias y sus palmones de Semana Santa, no pudo disuadirla de que la caída del cántaro de agua, ni la bajada a la tierra entre sábanas, de Remedios la bella, eran meras coincidencias.

Hoy Macondo está más triste que en la epidemia del insomnio, y menos húmedo que en los años de la lluvia inmisericorde. Aunque han llovido pajarillos, que andaban desorientados, a nadie le importó, porque una Úrsula del tamaño de un bebé, con sus 158 años, regresó nuevamente del camino que siguieron los gitanos del circo, con unos gritos de foquita acatarrada, pregonando que al fin, los pergaminos no reflejaban el final de una estirpe, sino el nacimiento de otra. Minúscula y activa, se aferró al cadáver caliente de un Melquíades reencarnado en un anciano normal, con voz de poeta, vestido con guayabera, y sin tufo a plomo, atanores ni piedra filosofal.

Ahora, que ambos sabían el camino del más acá, porque las tumbas figuraban en los mapas de la muerte, volvían a ser uno. El alter ego del sabio circense y mago, se adentraba en silencio bajo la piel de un tal Gabo, que le dotó de la puerta del otro lado del espejo.

Descansa Gabo. Te sigo viendo desde los Ojos de perro azul de mi mirada.

En esta “Crónica de una muerte anunciada’, mientras los acontecimientos cotidianos nos remiten a desenterrar ‘El amor en los tiempos del cólera’, todos nos unimos para escribir, huyendo de la desidia. ‘El coronel no tiene quien le escriba’ queda descartado, porque “Vivir para contarlo” nos lleva de la mano a temas atemporales, ‘Del amor y otros demonios’.
Hemos asistido al “El otoño del patriarca’, entre vientos de “La hojarasca”, donde los “Funerales de Mamá grande”, quedarán chicos, entre un “Relato de un naufragio”, y esas “Memorias de mis putas tristes”. Al final, este “Vivir para contarlo”, es la suma de “Doce cuentos peregrinos”, que nos acompañaron, a través de las palabras y del universo que creó,  por la senda de una literatura de cabecera. Permitiendo conjugar la realidad latinoamericana, en compás de fantasía, con la imaginación osada y la forma descriptiva de un mago de las palabras, armado, simplemente, de la varita mágica de una pluma irisada de pavo real. Descansa Gabo. Lloraremos tu partida ante un buen café aparcado mil veces cerca de un tomo desgastado, del cuatro libro que ha pasado por mis manos, de tu “Cien años de soledad”

La última entrevista, para La vanguardia He dejado de escribir, 2006

jueves, 10 de abril de 2014

Mares de virtualidad

Óleo de Modesto Trigo Trigo

Cada uno era el botón negro  sobre la otra esfera blanca, buscando la policromía de un deseo a punto de levantamiento de armas. Ese que discurría entre líneas, y bajo las líneas de flotación.

Se leían entre risas pletóricas, mientras  derramaban aquellas confidencias que atesoraban para sus encuentros virtuales.

Vestían de Arial cinco frases  de  seducción, con hilos de fantasía, donde la bata de estar por casa eran  medias negras, y el pijama, un ligero con blonda blanca.

Se intuían tentando colinas, descendiendo a muslos perlados, artesanos con manos de trapecista, y besos de mago con chistera y sin varita.

Dibujaban con Calibrí palabras de amor imaginado, con pespuntes de ilusión, donde el chándal era un esmoquin negro, con toques de pachulí.

Se acariciaban entre hilvanes de puntos suspensivos. Dibujaban en cursiva, con interrogantes y sin signos de admiración, dejando que los mensajes reflejasen vainicas de deseos prisioneros en las cuartillas de plasma del ordenador.

Los barrotes confinaban un máximo de cien palabras donde nadar, entre los seis mil quilométros de océano de soledades, por donde navegar sin timonel.

Cuando descubrieron el tapiz de nudos gordianos que habían trenzado durante dos años, se rindieron a la necesitad de encontrase, para desatar las letras, y anudar los brazos de la realidad.

El falso licenciado alquiló un departamento y un auto, dejando atrás los reproches por un dispendio que no podía abordar.

La señora de la limpieza pidió un crédito personal para el viaje a Cancún, sin reserva de hotel, y con ropa interior de estreno.

La realidad les encontró con el paso cambiado. Entre palabras extendidas a mamporros, los mejores amantes resultaron dos desconocidos, sin nada que compartir.

No llegaron a subir de la mano  a esa terraza, con vistas a ese  océano  caribeño, cuajado de los retozos de Tahoma  subrayados, ante un plasma incorpóreo de irrealidad.



jueves, 3 de abril de 2014

Barbero vocacional


Mi padre era barbero  y mi abuelo también lo fue. Desde pequeño he vivido en la barbería del barrio. Mi casa estaba arriba de ella. Conserva el cartel giratorio rojo y blanco anclado en la pared. Aunque me he deshecho de muchas cosas, sigo conservando ese cilindro bicolor que era mi guía cuando regresaba a casa, y el sillón para niños que tanto esfuerzo le costó  encontrar a mi padre. Cuando lo trajeron, yo tenía unos cinco años.  Me subía a él con dificultad, a escondidas, porque mi padre decía que no era para jugar, pero yo me refregaba en su espalda cuando la tensión se apoderaba de mi calma. Y eso sucedía muchas noches. Sobre todo cuando mi abuela Herminia contaba historias de niños ahogados, o perdidos, o enfermados, por desobedecer  a los padres. Repetitiva ella en sus cuentos con moraleja.

No  imaginen un sillón elevable, porque no lo es.  Tiene forma de caballito de carrusel. Es negro, musculado, brioso y altivo, y sigue hipnotizando a los niños, cuando conseguimos que se monten en su grupa. Me es útil para poder cortarles el pelo sin que se muevan demasiado. Está deteriorado por los flancos, por espuelas invisibles, pero sigue imponiendo su perfil desde el rincón.

Hay algunos momentos en que disfruto mucho con mi trabajo. Tras haber pensado cambiar de oficio, me sigue siendo muy grato ser barbero. No lo cambiaría por nada.

Uno de esos momentos especiales, es cuando el corte de pelo de un niño, lo piden a navaja. Dirán que la combinación de pelo infantil recién lavado, con los afeites de barbería, no tiene nada de especial. Pero ustedes no saben hasta qué punto tiene un toque a naturaleza incitante. Me hace subir un centímetro los talones para inundarme de un placer a siesta. Es por ello que suelo demorarme, pero dejo una cabellera esculpida a navaja, que les aguanta tres meses. Y las madres tan contentas. Tengo una tarifa de niño muy económica, pero es porque disfruto con ellos. Les veo llenos de asombro por todo. Con miedos injustificados y risas excesivas por cualquier cosa, y algo en esos ratos me deja al abrigo de las nubes continuas y de los sinsabores de la soledad.

Otro momento único, es cuando me piden un afeitado, y puedo usar las toallas calientes. Tener a un hombre con la imagen de su cara tapada, ablandando la barba, me produce una sensación de poder absoluto. Posteriormente entran en escena las brochas, con el jabón de afeitar, y mi navaja barbera. Me hace encogerme un centímetro en los talones, adentrándome en el olor a secretos, que yo pudiera desvelar.

No tengo hijos. De hecho no me he casado, pero tengan por seguro, que si mi hijo quisiera seguir mis pasos, le animaría a cambiar de oficio. Porque en mi barbería se oyen muchas cosas, se imaginan en gran cantidad, pero se viven muchas menos experiencias de las que yo creo que acabarán por suceder.

Cuando llegó el señor canoso, con barba de unos días, y unas ojeras malvas, me sentí tentado de ofrecerle una toalla caliente empapada en cloroformo, para permitir su descanso.

Se tomó a bien que le ofreciera afeitarle. No, no teman, que no tengo cloroformo en la barbería. Pero le vi tan relajado, tras la toalla que había aderezado con unas gotas de aceite de almendras...que jugué con mi navaja ante su cuello.

Llegué a tenerla a un par de centímetros de su piel tensa por la extensión de las cervicales. Parecía roncar flojito, así que, ante la ausencia de nadie en el local, y tras cerrar las cortinas de la ventana, acerqué un poco más el filo. Un poco más unos minutos después, pero eso no debo decirlo.

Era una tentación que nacía bajo mis manos, por primera vez, pero tan poderosa que me tenía hipnotizado. No miraba su bolso, ni la billetera que asomaba del bolsillo interior de su chaqueta colgada, sólo podía mirar la nuez que iba haciendo unos movimientos rítmicos y pausados.

Tuvimos la suerte de que sonara su móvil. Salí precipitadamente de un estado anómalo, para decir.-¿todo Bien?, mientras le ayudaba a quitarse la toalla de la cara.

Todo bien, por tanto, procedí a un afeitado muy apurado, del que quedó más que satisfecho, por la propina que me dejó. No le volví a ver. No era del barrio.

Cuando unos meses después llegó un joven rubio, me sorprendió que solicitara afeitado y corte de pelo, por esa barba no compactada aún por  la madurez, y por ese color  tan claro que me llamó la atención, porque no abunda en hombres con un pelo marrón oscuro.

Era bellísimo. Su perfil contra la claridad de la ventana era perfecto. La nariz recta, en ese rostro joven y sano era impensable en mi barrio. No pude demorarme más en el corte de pelo, porque empezó a mirar el reloj, que marcaba la una, hora que suelo cerrar para comer, y me explicó que había de tomar un avión a las cinco.

Cuando le puse la toalla, tapando con ella sus ojos, y su nariz, y su barbilla perfecta, me senté sobre el caballo negro.

Por mirarle. Desde la grupa de mi alazán de la infancia le contemplé. Ante el impulso de acercarme me contuve lo que pude, y sólo cuando no podía evitarlo más, me acerqué, con la navaja en mi mano, que brillaba con destellos ante un sol que orillaba la ventana. Estaba con las cortinas abiertas, y podía ver la calle, con sus mil ruidos, y movimientos de regreso a casa de los niños del colegio cercano. Tomé su carnet y apunté sus datos. No sabría decir por qué. Lo cierto es que guardo en el bolsillo de mi bata un papel doblado.

Ante la tentación de acercarme con ella a su cuello, la tiré contra la pared, con tan mala fortuna que impactó en la esquina del mueble de los afeites y lociones, rebotando luego hasta la grupa del caballo de cartón piedra, produciendo un áspero sonido a madera carcomida. Con el golpe, el joven se incorporó, quitándose la toalla de la cara bruscamente, y luego salió corriendo de mi barbería, amenazando con ir a la policía.

Me asomé a la calle, y pude ver que hacía gestos a un taxi que pasaba a unos metros. No llegó a mirar atrás en ningún momento. Seguramente fue directo al aeropuerto, pero, aunque se fue sin pagar el mejor corte de pelo que jamás volverá a tener sobre sus facciones de príncipe al galope, no sabrá nunca que yo sé dónde vive. 

Yo haré porque no sepa jamás quién le despertará un día, con una navaja en el cuello mientras le contemple dormir.


viernes, 28 de marzo de 2014

Persiguiendo quimeras.

Autorretrato con paleta. 1906 de Picasso. En Mapfre de Madrid actualmente.

Llegué desde el aeropuerto con más cansancio que hambre, lo reconozco. No me había sorprendido que Pablo no me hubiera ido a buscar, porque ya sabía que andaba tras la firma del contrato de esa campaña de publicidad, que llevaba tiempo persiguiendo como un perdiguero.

La cama para mí sola -pensé. No pensé en llamarle. Ni me pareció extraño que tampoco lo hiciera él, para preguntar por el viaje con mi familia. Últimamente estábamos algo distanciados. Mucho trabajo y preocupaciones por su parte, y cierta desgana por mi parte en perseguir sus quimeras. 

Me agarré al asa de la nevera pero no pude asomarme más. Un folio con su letra estaba sujetado con el imán de Menorca, esa salamandra que compramos en Julio, tras una discusión tonta. La reconciliación fue muy dulce, y tras ella, nos sorprendimos cogidos de la mano, buscando un erizo de mar, rosáceo, que no pudimos hallar.

El mensaje era conciso. “No pienses en un infarto, querida. Me has demostrado tantas veces lo nada que te importan mis proyectos, que he acabado por creer que en verdad no tengo talento. Seré feliz si tú llegas a serlo. No llames al SAMUR, porque no me encontrarán vivo. Un último beso. Pablo.”

No podía ser. Dónde estaba. Miré en el cuarto de invitados, a pesar de que encajaba más con su estilo haberse echado en la cama, para que yo lo viera enseguida. Y no. Había dormido sola en la cama inmensa. Me puse a mirar en el aseo auxiliar, en el armario empotrado, y hasta salí a la terraza con el albornoz aún. No estaba.
Empecé a creer que era una broma. De mal gusto, pero una broma. Miré bajo el somier, esperando que saliera a confirmar que era una broma, pero sólo unas pelusas incipientes me salieron a dar la bienvenida.

Llamé a su amigo Rubén. No podía decirle más que la verdad. La intención era preguntar de forma disimulada si sabía algo, pero no pude aguantar el llanto y, entre hipos, le dije que estaba asustada, y muy preocupada.

Se brindó a venir en un momento, dejándome el consejo de que me tranquilizase, que tomara algo si tenía por casa, me hiciera un té y le esperase. No tardó, pero se me hizo largo, con una jaqueca a la vista, y aquella ansiedad que me devoraba.
Al verme en albornoz me acompañó al dormitorio, cerrando la puerta cuidadosamente, para que yo me vistiera. Pero empecé a abrir los cajones de su mesita de noche.

No puedo decir qué buscaba, porque no lo sé. Los nudillos contra la puerta me recordaron que debía vestirme. Cuando nos sentamos en la sala, Rubén había hecho café en la Melita, y un olor a sábado iba impregnado la casa, porque calentaba en el microondas el agua con una bolsita de té, y traía unos croissants en una bolsa de papel, oliendo a despertar.

Repasamos juntos lo que sabíamos de los dos días últimos de Pablo. Ambos ignorábamos si había formalizado el acuerdo con el marchante.
Leímos la nota pausadamente, y no puedo culparle por mirarme de un modo interrogante. 
No-dije. -Yo no estoy saliendo con nadie. 
Era absurdo. Nuestra relación era muy sincera y abierta en ese sentido.

Pablo en más de una ocasión había tenido modelos para sus obras. Algunas mujeres muy bellas y bien proporcionadas, habían venido a casa. El tema de posibles celos por mi parte, o por la suya, era un tema totalmente fuera de lugar. 

Lo que yo quería saber es dónde estaba. Vivo o muerto, pero dónde. Y le quería vivo. Deseaba tanto que fuera una broma, o un ataque de necesidad de que yo estuviera por él, como tanto le gustaba, que me agarré a la certeza de que dos noches sin mí se le habían hecho muy largas, y era una forma de pedirme que no me alejara de él.

Que no contestara al móvil podía indicar que no podía contestar. Me planteé si no podría estar secuestrado. Rubén pacientemente iba desmontando mis posibles explicaciones. Él llegó a la conclusión de que Pablo había escrito la nota con la intención de dejarse morir en el piso, pero que cambió de opinión posteriormente.

Me convenció de que seguramente era una pérdida de tiempo, pero él preguntaría en los hospitales, si habían ingresado a un hombre por intento de autólisis en las últimas horas.

Sobre el cuantas horas atrás, teníamos dudas. Mi teléfono marcaba una comunicación con él el viernes a las diez con veinte de la mañana. Y eran las doce del sábado. Ese era el margen. Algo más de un día, tiempo más que razonable, para poder preguntar por él.

Me dejó en el convencimiento de que antes de la noche Pablo habría dado señales de vida, o simplemente abriría la puerta. Me dio una pastilla blanca para estar más relajada y me aconsejó no salir de casa, y llevar el móvil encima.

Llamé a mi suegra. No quise decir nada. A la espera de que ella me dijera a mí. Pero nos limitamos a quedar en que ese domingo no iríamos a comer a su casa, porque Pablo necesitaba descansar. Yo comenté de mis sobrinos y de mi viaje, y ella de su artrosis, sus medicaciones, y las visitas a los especialistas que tenía pendientes.

Recuerdo que empecé a tener sueño, pero miraba la cama, y me entraba tan congoja, que me estiré en el sofá, con la intención de descansar unos minutos, para después deshacer la maleta.

Me despertó el móvil. Estaba tan segura de que era Pablo, que cuando la pantallita se iluminó, creí que había soñado. Pero su nota seguía en la mesita. En equilibrio, y a punto de caerse, porque la había releído docenas de veces, antes de quedarme realmente grogui.

Me hubiera gustado tanto poder decir que Pablo estaba en casa…pero no era así. ¿O sí?. Rubén estuvo muy atento conmigo, y me comunicó que nadie había sido atendido con ese nombre en ningún hospital de la ciudad, que estuviera tranquila al respecto.
Pero vamos a ver. ¿Cómo iba a estarlo, si una nota de suicido me había estado esperando en la nevera a mi regreso de un viaje?. ¿Qué había hecho yo para provocar esa nota? 

Recordaba momentos en que habíamos discutido, claro, por temas económicos, o por razones domésticas. Incluso me avergoncé de haberle desanimado a que fuera a Uganda, para hacer una especie de ejercicio espiritual de luz, que pretendía necesario para poder buscar la inspiración ante una luz, que en Barcelona no encontraba entonces. Me vinieron remordimientos de todo tipo. Me sentí ruin, ordinaria, insensible, materialista…y yo qué sé. Culpable de haber envilecido su vida. 

Sin dejar de llorar bajé al parquing. El coche estaba allí, pero nadie en él. El motor llevaba tiempo apagado, porque la chapa del capó estaba helada. Como yo.

Cuando me cansé de agarrar el teléfono, y parecía que los ojos ya no me dejaban ver, regresé al piso. Al meter la llave tuve la corazonada de que Pablo estaba dentro, y hasta un leve olor a él parecía venir de la puerta.
Pero todo estaba oscuro. Había caído la noche mientras yo había estado encantada y absorta, apoyando la espalda en la rueda delantera de un Polo blanco.

Quería hacer algo. La policía no parecía que pudiera ayudarme, pero tal vez sí, así que llamé. Me informaron que una desaparición puede formularse, aunque no hayan pasado  dos días desde que no se sabe nada de alguien.  No podía seguir encerrada. La maleta estaba deshecha, la casa impoluta, y todo en orden. Incluso los papeles, y el estudio de Pablo, estaban en orden. Milagrosamente.

Cuando confirmé que tenía el móvil recién cargado, cogí un bolígrafo y dejé una nota, en la nevera, sujeta con el mismo imán de salamandra. Sólo puse “No te muevas Pablo. Quédate. Todo puede arreglarse.”

Conduje por las calles del Eixample. ¿Con qué objetivo?... no puedo precisarlo. Sé que algo me movía a dar vueltas por sitios por donde habíamos estado en bastantes ocasiones. Pero no entré en lugar alguno. Rubén iba llamando cada ciertas horas, y se ofrecía para lo que fuese.

A las seis de la mañana del domingo, con ninguna necesidad de dormir, pero agotada, aparqué en la finca y subí al piso. Esa vez no esperaba ver a nadie allí. Ni las sucesivas veces, que a centenares, se fueron sucediendo.

El tiempo de la rabia fue cediendo al de una tristeza, que sin un cadáver, nadie podía ubicar en lugar alguno.

Pablo se había ido. De la vida. O de mi lado. La realidad era la misma para mí. Él no estaba. Y a nivel legal, mi marido seguía vivo, pero quedaba yo sola para atender a las cuestiones de pagos, y movimientos de tipo social, etc.

Su madre tuvo la fortuna de morirse a primeros del año siguiente, por lo que fue una persona menos a sufrir por su ausencia. Le convencí de una estancia en Uganda con un grupo vanguardista, y ella acabó por irse a la tumba sin saber que su hijo estaba desaparecido.

No era muy conocido como pintor, ya lo sé. Pero su marchante no pudo, o no quiso ayudarme, o ayudarle. Al año ya no atendía mis llamadas. Tampoco las atendía el interventor del Banco donde teníamos cuentas, así que suprimí todos los gastos posibles, y con el salario de educadora de parvulario, estuve tirando entre los ratos de tristeza, de llanto y de esperanzas.

Ayer recibí una llamada desde Brasil. Una voz de mujer me comunicaba que Pablo estaba muy enfermo.

Tuve la tentación de decir mil cosas, pero me limité a  contestar:-“No se preocupe, que iré para allá. Dígale que voy para allá”.

He seguido con mi vida normal, simplemente a la espera de la comunicación de su muerte, por algún medio ajeno al móvil, que tiré por la ventana. Con tener reconocida mi condición de viuda, estafada durante este año de pesadilla, dejaré atrás una quimera:la de que nuestro amor pudiera ser real, entre lienzos pintados con esbozos de genialidad. 

Si han llegado hasta aquí, mi agradecimiento, por su paciencia en la lectura, ya que deseo que ésta, haya sido recompensada en parte. 


viernes, 21 de marzo de 2014

De rondón, la primavera.

Bodegón con flores oreja de ratón y rosas. Van Gogh

El calor iba alimentando las floraciones, depositando astenia en las pantorrillas, pañuelos en los estornudos, y una rebelión sobre los instintos.

Las nubes, juguetonas, empezando a retozar por el cielo, sin dar pistas de cuándo descargarían. Los jerseys jugando con los termómetros, y acercando a la memoria, dónde reposan los paraguas indecisos.

Cuando aterrizaron las primeras gotas , rotundas, entre ese viento oliendo a tierra mojada, se despeinaron sus pensamientos, recordando que la primavera llamaba a la puerta.

Con precisión suiza, la estación de las flores volvía a abrir las emociones a flor de piel, sobre todos los corazones. Hasta sobre los más los ateridos. Por desenvolver




Cosas de perros lazarillos

Imagen de Google
Estaba sentado y tenso. Parecía adulto y educado, mientras olisqueaba el aire entre gemidos. Una ambulancia cargaba a un hombre, atropellado en un paso de cebra. Le sujeté por el arnés especial de lazarillo, y tras consultar con un Policía Municipal, me permitieron llevármelo. Tenía un chip bajo la oreja izquierda. Las llamadas del maltrecho peatón, blandiendo un bastón blanco, fueron ahogadas por la sirena estridente, quedando el animal tembloroso pegado a mi pierna derecha.

Me imaginé el miedo del  hombre en la ambulancia, sin la referencia del perro. No podía entender que no dejaran subir en ella al animal. Me parecía cruel e injustificado, pero no quise seguir discutiendo. Es un labrador color canela, y estaba muy nervioso. Se fue tranquilizando a base de caricias, acabando por aceptar el agua que le ofrecí en mi mano. De aquellas veces en que uno se alegra de llevar un botellín en el bolso.

Di gustoso mis datos, quedando en que contactarían conmigo, para la entrega del animal. Acepté regresarlo donde y cuando me dijesen, llevándomelo a mi casa, a la espera de que desde la policía, la familia, el mismo dueño, o la ONCE, me llamaran en breve.

Al caer  la noche, ante el silencio de mi móvil, y las imprecisas indicaciones de la policía, decidí llevarlo al veterinario. No había ficha de ese invidente en la Organización Nacional de Ciegos de España. El propietario, un tal señor Pablo Pérez Toscana no tenía un perro lazarillo, pero a esas alturas de la tarde, era innegable que el arnés lo llevaba un perro invidente. Había tropezado de las formas más imposibles de creer, en las zonas más despejadas. Tenía un oído extraordinario, eso sí, pero como confirmó la veterinaria, su ceguera era absoluta.

Me puse unas gafas de sol, personándonos ambos temprano en la mañana. El señor Pablo, hospitalizado en la sala de trauma, es un tipo encantador. Convinimos en que Fénix se quedaría conmigo, hasta que pudieran servirse el uno al otro nuevamente de lazarillos. Se ha mostrado agradecido, porque no tiene familia aquí, pero no les quepa duda, de que soy yo quien está  agradecido, por estos días de convivir con este animal, peludo y tierno.

El temor a que me descubran, me ha hecho ser muy habilidoso en fingir ser ciego, pero disimulando que mi amigo no puede ver por mí. Me gusta tanto ir con los ojos cerrados, que tengo un bastón. El cloc, cloc de la bola por las aceras, me permite cruzar muy seguro las calles, cuando dejo en casa a Fénix.

Mañana le darán el alta a Pablo, y como hemos ido confirmando durante nuestras visitas durante estas dos semanas, se maneja bien con una sola muleta. 

Lo que me tiene apenado, es que me estoy encariñando del animal. Su ceguera no le impide ser muy útil, al contrario. Aún le asusta un poco el sonido del timbre de la puerta, o los graves de alguna pieza de  ópera que dejo con  el volumen un poco alto, pero cada vez hago más cosas con los ojos cerrados. Sin tropezar con él, ni con los objetos de mi casa.

Me dispongo a echar el ojo a un cachorro de labrador que vea perfectamente, para que me ayude a ir por la calle, y por la vida, porque sentir a Fenix tan cerca, me ha llenado de una necesidad que ignoraba: la de ver doblemente.


viernes, 14 de marzo de 2014

Muñecas olvidadas al olvido

Obra muy característica de Jaume Queralt, ya fallecido. Conozco esas muñecas 

Las muñecas yacían en un sofá con más polvo que años devorados al olvido. Estaban, tal vez, esperando un regreso imposible, pues María, la anciana que quedó vagando por la casa callada, no permite que las toquen. Cuando entré en la casa por vez primera me erizaron el vello de las espalda, casi tanto como la mirada de la anciana desgreñada.

El sobrino me explica que, en su vagar ausente entre fantasmas, no deja que toquen esas tres muñecas, ni el piano, ni la cama donde descansan otras muñecas congeladas, y en posturas imposibles. La colcha de ganchillo de cuadrados me recuerda otras colchas de ganchillo. De esas de flores. Ésta alguna vez fue de color palo de rosa, y ahora brinda a mi mirada un asalmonado deslucido. Hay una cámara de fotos de los sesenta secuestrada en un estante de ese cuarto infantil.

Hoy, cuando han llegado los chicos de la ambulancia, para llevarla al centro, en sus ojos había una lucecilla de realidad. O lo soñé. 

martes, 11 de marzo de 2014

Duelo sin fronteras

Rosa negra, de Halfeti, Turquía.


Hay fechas que sería bueno que fueran cifras sin más.

Los 18.000 japoneses fallecidos, por un fenómeno de la naturaleza, y los 191 madrileños, arrojados de la vida por una aberración en la condición humana, nos llevan de la mano hasta recuerdos que no podemos olvidar. 

Las dentelladas del destino, se ensañaron para muchos en un día como hoy. De hace tres y diez años. En paisajes, y circunstancias diferentes, pero con un mismo fin para ellos

En un minuto de silencio, cada víctima nos recuerda que la vida es un paso de baile, cuya última nota, no sabemos cuándo sonará. Mientras los sesenta segundos se acoplan a los latidos, resuenan los sonidos de la consternación.





Mis respetos a tanta víctima de un día cualquiera, que acabó siendo una pesadilla de la que no podemos despertar.