De esa bronca yo no entendí nada. El resto de personas
esperando el mismo bus la mirábamos, en parte, yo creo que porque imaginamos
allí, otro lado del teléfono, a alguien que le había traicionado. El bebé del
carrito no lloró, tendría siete meses.
El bus llegó, y me senté junto a una señora mayor, ,viendo cómo las dos
chicas de color charlaban. Era nigeriana también, por lo que supe después. La
había mirado yo, sabiendo que entendía a la joven del carrito, y estaba segura
de que ahora, sin calor por el iere acondicionado del bus,, y ese bebé tan
bueno, hablaban sobre qué había pasado, con un tono de voz casi normal. Se sobrenetendía. Mi
ebook estaba de adorno, por supuesto.
La del carrito siguió en el bus, pero la joven con unas
extensiones preciosas se bajó en mi parada, que de hecho no lo era. Hasta
llegar al punto done yo entré en casa y ella siguió Via Julia arriba, me
desgranó las historia de la mujer con carrito..
Llegar a España tras la odisea de atravesar media África no
había sido fácil ni rápido. Por ese desfiladero de miedos, hambre, sed y dudas
fue violada dos veces, cambiado sexo por agua una vez y llegó a agotar los
rezos a sus ancestros para sentirse protegida de alguna forma
No fue viajando y sobreviviendo siempre sóla. Sí había
encontrado a quien unirse en leves periodos de su periplo negro y
achicharrante, pero el último gesto fue solamente suyo. La patera apenas era
una zodiac de mediana eslora donde hacinados veintidós subsaharianos habían
subido tras abonar la friolera de 500
euros, el menor precio del que pudo ser informada.
Zadinga llegó a las Canarias y se pudo zafar de una
repatriación ineludible gracias al factor suerte y su condición física, puesta
a prueba desde hacía seis meses. Se infiltró en un casa refugio de una
asociación cristiana, donde le proporcionaron un trabajo de cuidadora de un
anciano. El problema era la documentación, de la que carecía,por lo que obtener
un NIE demoró seis meses más. Espabilada, al poco tiempo hablaba español y
había ahorrado lo suficiente para un billete a la península. Mi joven con
extensiones me ponía al día de su vida peninsular.
Iniciaba el año 2025 en el aeropuerto de Barcelona con tantos
sueños como los que ya nacieron en su Nigeria natal y con la documentación en
regla. Encontró trabajo en un bar de Nou Barris regentado y atendido por
sudamericanos. Allí conoció a Sambia, moreno ya arraigado en Barcelona desde
hacía unos años. La relación fue amistosa desde el primer momento, parece ser,
y en la misma primavera de 2025 se reconocían novios. Siguieron compartiendo
piso con un senegalés y un peruano hasta que el embarazo se hizo evidente y
los compañeros dejaron claro que no querían que un bebé les acompañara, así que
les invitaron a irse.
Sambia y ella, sumando los sueldos, pudieron alquilar, con un
aval del propietario del bar para ella, un pisito en Torre Baró, sin ascensor
pero apañado en su humildad. Nació Salvador con la navidad de 2025. El nombre lo eligió ella, quien creía que, en parte, el destino de quien nace deriva del
nombre de pila que le asignan los padres.
Sambia recibió con cariño al recién nacido pero seguía muy
dubitativo respecto a la honorabilidad de su mujer, a pesar de tener una
absoluta certeza de saberle hijo suyo. Era celoso pero le gustaba seguir
mirando mujeres, parece que dejó claro
Zadinga a mi vecina. El cambio de vida de la pareja fue radical con la llegada
de niño. Ella estaba ocupada las veinticuatro horas del día con el bebé y él se
percató pronto de que no le gustaban los niños ni sus molestias, incluso siendo
suyo, o en parte por eso mismo, ya que convivir
se le hizo muy estresante. Desde las primeras semanas tras el parto,
cuando ella sufría mucho tras los puntos de episiotomía, pareció evidente que
esa vida no era la que Sambia deseaba. Le gustaba demasiado ser soltero, no ser
de una sola mujer, me dijo la joven de extensiones..
Pasaron los meses y ella recelaba de cada ausencia de Sambia,
y con razón. Al final sí estaba pasando lo que le profetizara una mujer en Canarias: ellos no saben ni
toleran la inmersión al viejo mundo, ni sospechan la pesadilla que es para una
mujer, y morena..
La bronca sólo la entendió esa joven que me contaba la
historia, el resto, de piel caucásica,
no, pero era un chorro imparable de
voces que regurgitan una queja. Merecida, eso seguro, pensé al grabarla por el
móvil. No sé si volveré a ver a Zadinga, o a mi “vecina” morena, pero me dio
por pensar sobre el pasado de los y las subsaharauis. Y sobre su futuro.

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