Para taller de narrativa
Eva soñaba despierta muchas
veces, casi siempre con hombres, pero nunca con su marido. Solían ser de edad
similar a la suya, y con mucho pelo negro, como la misma Eva. Esa mañana, en el
metro, un tipo con un libro en la mano estaba sentado enfrente de ella.
Cruzaron las miradas, pero con la avalancha de pasajeros en Paseo de Gracia, se
levantó un muro de minifaldas y shorts, de bañadores de turistas y de parasoles
como lanzas. Eva llevaba una manzana para media mañana, porque siempre salía
sin desayunar, y así, al menos, aguantaba bien hasta el mediodía.
Con el traqueteo y el aroma a
vainilla de la chica frente a ella se quedó en duermevela, y se le cayó de la mano la humilde manzana verdosa, para
aterrizar, rodando, al lado de una mochila multicolor. La fruta iba creciendo
de estación en estación, aunque parecía que nadie se percataba salvo ella, quien
no pudo recogerla a tiempo y ahora le era inabarcable. En la Barceloneta medía
más de un metro de alta. Con el golpe de una sillita plegable se despertó
sobresaltada. El tipo de enfrente le ofrecía una manzana roja, brillante y
húmeda. Sin pensarlo se la aceptó, sintiendo el sabor de un posible pecado, de
la mano de Adán, o como se llamase el tipo de pelo negro y ojos verdes.


