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sábado, 8 de marzo de 2014

Noche con jazz

Óleo (Google),  De Sarah Jenkins Cool-jazz

- Sigue escribiendo, tú sigue el hilo.- le dije (había leído un borrador con ganas de crecer)
- Te dejo música-, me dijo, poniendo un CD de jazz, de John Coltrane.

En esa media hora las notas deambularon por las paredes, llenando la oscuridad de melodía. Derramaban notas de saxo y trompeta entre las teclas de sueños, esos  de fantasía confitada entre caricias de la noche. 

Sin partitura, él siguió dibujando en el aire notas de compases inventados, acabando por escribir un beso de miel y té, que pudo engarzar en un papel. Ese que quedó sobre el escritorio, huérfano hasta la madrugada.

Las siluetas de los besos de corcheas, quedaron sujetas al lápiz de las manos, alimentando la dulzura de una noche con jazz.

viernes, 7 de marzo de 2014

Día 8. Mujeres bajo la luna

Foto de bosquimana. Foto de Google

Los materiales estaban por doquier. Cada uno con una composición química. Cada órgano con una finalidad. El plan perfecto para un salto cualitativo estaba en marcha. 

En la cuna de un continente oscuro, las fuerzas de la evolución danzaban, bajo una piel de mujer.

Por adaptación al medio, o por necesidad de subir escalones para no quedar pegada al suelo, Eva fue adquiriendo la redondez de la luna. Sin ser esfera, sino sinuosamente curvada.

Adoptó las suaves formas de las olas, o de los campos de cereales al viento, para poder sentir el trémulo mecerse de las hojas, y de las olas. Sin ser débil, sino flexible.

Incorporó la adhesión de las enredaderas, para poder fijar raíces. Sin renunciar a poder dejarlas morir, sino pudiendo mudar de suelo.

Adquirió la mirada de un ciervo y la suavidad de una pluma, para poder ser caricia y canción de cuna. Sin perder la dureza de diamante, sino usándola para resistir las inclemencias.

Llegó a enfrentarse al rojo ardor del fuego  y la blanca frialdad de la nieve, para ser calor o sombra. Sin quemarse, o ser de hielo, sino fundiendo las emociones en el devenir de los tiempos.

Las mujeres, descendientes de Eva, como esculturas imperfectas de mil materiales, hemos de estar orgullosas de ser complejas. Lo necesitamos para seguir avanzando, sin desfallecer.

Las zancadillas siguen merodeando, como las fieras, bajo la noche estrellada, de un continente, ahora infinito.


Óleo de Omar Ortiz
Felicidades a todas las mujeres. Por ser.



lunes, 3 de marzo de 2014

La fiesta sigue en el viento

Antes de que viento arrancase su vaivén de fantasía


Tres confetis esperaban en un rincón de la avenida. Se habían unido tras caer de unas solapas. El que parecía mordido, e imperfecto, comentaba con el verde que qué barbaridad de multitud. Ambos habían salido de una bolsa, llevados por un niño disfrazado de pirata, y estaban fatigados de un vuelo rasante, que acabó sobre los espectadores de una acera cuajada de gente maquillada.

La serpentina rosa, desatada, colgaba de un rosal, tomando el sol, dejando que el papel se columpiara al son de una trompeta que ya acalló su  voz, hace dos días.

La funda de un caramelo de regaliz y menta estaba alicaído. Tan flaco y tan olito cerca de la papelera, que no llegó a abordar.

Los pétalos de un geranio rojo se sentían desvalidos, sobre una lámina de un banco de madera.

El viento empezó a soplar someramente. Se puso  a hacer cosquillas a las ramas de la mimosa que vive tras la reja. El arbolillo comenzó a derramar granos de amarillo por la acera, empezando entonces la animación. Miré la escena de puesta en marcha de la ventolera.

Los confetis voladores se dispusieron a bailar con la serpentina, haciendo garabatos en el aire. Cuando pasaron sobre el banco, se les unieron los pétalos. Y tras ellos, el papel del caramelo. Vi el fondo de colores hacia el cielo, en un baile de fusión  en remolino.

Con el cabello en franca indisciplina,  las alas de las faldas en volandas, y  un poco de esfuerzo en cada paso, el viento de tramontana me ha dejado un ritmo de aire a carnaval en la mirada.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un día de campo para Álvaro

Foto de Google.

Le llevaron al campo a los seis años. Tal vez no era por primera vez, pero es la que recuerda como tal.

Las nubes les habían ido siguiendo por la carretera, hasta que en un tramo de sol, tomaron un camino de tierra. Uno estrecho y con baches que salía hacia la derecha,  que les acabó por dejar en una pequeña explanada, ante un casa solitaria. Álvaro la encontró inmensa y fascinante, pero sus padres hablaban de la dejadez de unos primos. Hablaban de óxido, de telarañas, de la muerte de alguien, (que él sintió, más que lejano, invención de mayores), hasta que su madre sacó del bolso un objeto de metal, que resultó que era una llave.

Cuando les vio discutirse con ella, que no lograba abrir una puerta con mucho polvo, le fascinó ese agujero vertical, tan negro, en una madera con pintura tan ajada y desgastada. Preguntó si podía ir a dar una vuelta. Había visto un caza mariposas apoyado en el suelo, cercano a unos geranios. Sucio, con la malla agujerada, pero tentador. En la ciudad no había visto ese artefacto, pero estaba seguro del uso que le podría dar.  

Le dijeron que no se alejase, y contento ante un olor muy diferente a los que respiraba en  la ciudad, se alejó de la casa. Con el palo en ristre, cazaba el aire, a falta de alguna mosca que se pusiera en el camino, hasta que unas gotas de lluvia sonaron rotundas en su pelo.

Se quedó inmóvil, ante un arco iris que relucía por encima de él, inundando el paisaje de olor a tierra mojada y luz, de un sol entre vellones de nubes grises.

Corrió hasta la base, que se alejaba según él iba hacia a ella. Parecía inaccesible, pero estaba ahí, al alcance de su mano. Se lastimó las rodillas al caer sobre la tierra dura, pero corrió un poco más, hasta que cansado, se detuvo. Quedó jadeante, para luego levantarse y quedar erguido, desafiando al viento. 

Sacando valor del daño de sus rodillas, asió con las dos manos el palo de madera, lo sujetó con todas sus fuerzas, y haciendo tal giro que casi le hace caerse al suelo, atrapó el arco iris, que, en efecto, desapareció de su vista.

Ya no llovía. Siguió jugando libre por entre la maleza y las piedras, hasta que sus padres le llamaron a gritos.

Le riñeron sólo un poco, porque parece ser que en la casa habían encontrado las cosas mejor de lo que pensaban. No preguntó nada, ni nada le preguntaron cuando, sin comer, se metieron en el  coche y, entre baches, nubes y algunos aguaceros, regresaron a casa, entre el gris de las aceras, y los edificios como panales de nichos.

Nadie lo supo jamás, pero aunque dejó el caza mariposas tirado en el suelo, ante los gritos de sus padres, había tenido tiempo de guardar en su bolsillo los colores irisados.

Ahora, cuando el olor a tierra mojada le trae algún poso de incertidumbre, o algún pellizco de miedo hacia el futuro, mete su mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón, sacando el tesoro encontrado un día en el campo.

lunes, 24 de febrero de 2014

Palabras entre humo

Imagen de Google

Se encontraron en la cola del paro. Para un día que se había animado a ir temprano, le había tocado en suerte un tipo con papeles que había de apuntarse en el INEM, tras cinco años en una panadería.

Era muy joven, con una carpeta azul bajo la axila, y unos guantes de lana gris. Se puso a explicar punto por punto, el último mes de trabajo. Enumeraba, casi de día en día, la situación con el dueño. Hasta la relación con los clientes, dejando poco espacio para digerir tanta información.

El sujeto del anorak, cansado de escuchar, empezó a defender su espacio, hablando del tiempo. En concreto de la temperatura de las noches pasadas.

El joven seguía con su historia de la panadería, con múltiples detalles, dejando escasos segundos de silencio para respirar, ni él ni a nadie de los que estaban en la cola.

Tras varios intentos educados por desviar la atención, el tipo dijo:

-  Ayer hacía un buen sol. Por fin.

-  Sí, por fin- reconoció el sujeto, avanzando un paso en la cola.

-  Me apetecía mucho ir al campo- añadió el tipo.

-  Normal- respondió conciso el joven. - ¿y qué tal le fue?

-  Pues no lo sé-dijo, tras lo que aguardó tres segundos para aclarar:...- al final no fui.

El joven encendió  un cigarrillo, alejándose un poco del tipo del anorak, quien siguió contando las baldosas puestas diagonalmente, y en las que se apoyaban sus pies. 

El murmullo de unas palabras entre humo sobrevolaba la cola del paro. Si al joven le faltaban papeles, o le habrán dado las instrucciones correctas, ya serán otras preocupaciones las que tendrá que afrontar. Y comentar.



domingo, 23 de febrero de 2014

Páramo en un soneto.

De la obra de teatro Una luna para los desdichados 

El sol ha golpeado mi ventana 
con la pregunta, nuevamente urdida, 
de hasta dónde quedaron derretidas 
las nubes, más que rotas, desgarradas. 

Mi mente ha organizado, con presteza, 
una lista de dudas aclaradas, 
los guiños, las sonrisas, las miradas…
en un dulce racimo de certezas. 

Sin prisa, sin lujuria, sin pecado.
Mi salero y tu pan, nuestros aperos,
asolando temores silenciados. 

No hay mentiras, ni sombras, ni secretos,
porque la lluvia dejó purificado 
un páramo de amor con un soneto.


Tánatos y Eros, bodegón de Modesto Trigo, la parte de Eros, supongo


jueves, 20 de febrero de 2014

En la gasolinera

Foto de Google.
Levantarse temprano era su costumbre. Sobre las seis le pasaba a buscar un compañero, por la gasolinera cercana a su domicilio, y juntos, charlando un poco, llegaban al trabajo.

Hacía tiempo mirando desde lejos las luces del poste indicador de los precios del combustible de ese día. Ante la oscuridad y el cielo, preñado de estrellas casi siempre, era el momento de enumerar en su mente que todo estuviera en orden en la casa. De no haberse dejado nada: ni llaves, ni móvil, ni cartera, ni fiambrera o agua embotellada.

El cese de las obras le había llevado al paro, en esa edad media en que es tarde para cambiar de oficio, y pronto para  rendirse.

Poco a poco volvió a la gasolinera. Primero iba de vez en cuando, pero pronto pasó a ir de cuando en vez, hasta que ahora, al año de estar en paro, va a diario.

La noche está cerrada a esa hora. El cielo se deja ver en la inmensidad del horizonte, y un hombre de unos cincuenta, abrigado y listo para empezar el día, armado con la cartera, se dispone a tomar café en un bar. Precisamente ese, que la mayoría de días está aún por levantar su persiana. En el fondo, prefiere que el dueño llegue tarde, porque le permite ver la alegría de neón de los precios variables, que alumbran profusamente la noche cerrada.

Luego, repuesto del sueño y del frío, vuelve a su casa, mientras el sol se va abriendo paso entre los edificios y el tráfico, en el extrarradio de una gran ciudad.

El muchacho de la gasolinera, (el único que trabaja allá ahora), esta mañana, al salir de bar, le preguntó que qué coche tenía.

Ninguno- dijo, subiéndose las solapas del abrigo-. No he tenido nunca coche.



jueves, 13 de febrero de 2014

El amor se escribe sin rima

Esculturas de Jassans.
Vivió el amor. Leyó,  devorando de forma incansable, sobre todos los tipos de amor.  
Pasó el tiempo. Se enamoró del hálito de esa tinta, donde la sensación de amar planeaba sobre los personajes, reales o ficticios. 

Llegó a la jubilación entre libros y poesías, los trajines de la notaría, y la trastienda de los museos. La conocí a sus setenta abriles, con su sordera, sus cataratas seniles sin mayor trascendencia,  y no pocos recuerdos,  que en alguna ocasión se avenía a compartir conmigo. 

A falta de hijos, y con un gato esquivo, mis visitas le regalaban un rato de irrealidad, donde abocar pesares, alegrías, y algunas anécdotas  que adornaban su corazón y sus sienes.

Un día, cuando pasaba las páginas de fotos en sepia, de un álbum también en color sepia, cerró súbitamente la tapa y se levantó. Ágil y apresurada, cogió un libro de la estantería de una vitrina donde, desde el primer día que estuve en su casa, yacía un caballito de cristal.

Me entregó el libro, diciendo – La realidad es  que el amor es pura literatura-, mientras reacomodaba  el caballo siempre reluciente junto a un cisne gris perla, de cristal también.  

Como me fue imposible no aceptarlo, lo dejé en la mesilla.  Se titula “Tres metros sobre el cielo”, primera obra de Federico Moccia. Que acabaré por hojear, un día de estos.

No sé cómo, recordé algunas frases que han intentado definir  esa potencia que invade los sentidos,  cuando el amor se atrinchera en los corazones, sin permitir que el desaliento, los verdugones de la vida, y los harapos de la piel, dejen ver la realidad. Entre ellas esta:

Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo? De Pessoa, Fernando.

Yo me digo algo similar ¿Por qué amar a esa persona y no a otra? Porque es así, sin nada que lo sustente más que el sentimiento que el que lo sostiene.

Cuando, con más alquimia que ciencia exacta, se produce la simbiosis de dos latidos, la eternidad  se queda prendida de ese instante.  De forma independiente a la duración del mismo. Porque es eterno en su durabilidad exacta.

Tampoco importa el devenir que traiga la vida a los actores, ni el pasado que arrastren en su pies, porque la potencia de lo vivido, permite un antes y un después. Dejando un poso a siempre, que permite reconocerlo, por revivirlo, aún cincuenta años después.

Según me ha parecido.

Igual sí que como dice Lola, el amor es pura literatura, y como tal, necesario para dar consistencia a la existencia, o al menos, dotarla de un valor añadido. Como decía Stendhal quizás con razón Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente.

Quién sabe lo que late bajo los corazones almibarados de color rojo pasión, los días como hoy, en que la imagen de Cupido  nos obligan a hacer balance de lo sentido... locamente.