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lunes, 13 de octubre de 2014

Haiku de hombre


Foto de Ludovic Florent. Tomada de Google


Anclado a proa
el marinero llora
buscando un faro

Densa la noche
siente irrescatable
la luna esquiva



domingo, 12 de octubre de 2014

Lola, porque la vida sigue

Imagen de Google


Lola llegó contenta. Me dice que la paciente está consciente, a pesar de seguir grave, pero que está bien. Mi hija ahora estará trabajando. Quién sabe si riendo con las compañeras, y yo quiero e expresar que ando más tranquila, como seguramente muchos españoles.

Bravo por Teresa. Me alegro mucho de que su gran corazón, y su mejor sistema inmunitario la dejasen entre nosotros. Me hace feliz. No la conozco de nada, pero cuando pueda hablar tranquilamente y entre todos puedan detectar qué ha pasado, o qué ha fallado para que ella se contagiara, todos estaremos más seguros.

Ya ven, me preocupan aún muchas cosas de este asunto, porque ya se sabe, nadie dimitirá por los fallos que se hayan producido, pero pienso en el perro. Ya me dirán…
Lamento que Excalibur ya no esté cuando ella pueda regresar a casa, porque los perros hacen unos recibimientos que son como fiestas de cumpleaños cada vez que uno regresa.  Dan esas bienvenidas tan festivaleras…yo creo que no son como otras mascotas, sino más fieles, y más humanos, que muchos humanos.

No es que yo sepa que ella se recuperará. De hecho nadie lo sabe, pero yo creo que se salvará. Y es que en ocasiones, la vida nos deja lo que vale la pena. Sólo en ocasiones, pero miren, yo creo que esta vez será así.

Entre lo que he aprendido con todo esto, y que sé que los sanitarios tienen muchas defensas, porque están en contacto con muchos virus y bacterias, pues pienso que es una mujer fuerte y que sale de esta. Y los tratamientos, claro…pero tengo mucha fe en que ella se cura. Porque hay personas que trabajan con firmeza y deseos, más que con medios, y esta mujer se presentó voluntaria. Eso dicen al menos. Señal que le gusta su trabajo, y le pone buen hacer.

Teresa seguirá llenando de fragmentos los escalones oscuros de su memoria. Recordará  si es que llegó a tocarse o no, con el guante. Ya fuera la nariz, o la cara, o la frente, o simplemente nada. Porque igual no se tocó nada y nadie estaba con ella al desvestirse, ni cámara alguna filmaba esa sala. Así que, o se acuerda ella, o no se sabrá si intervino en  el contagio.

Yo espero que un día de estos, podrá dar los primeros pasos para olvidar esta pesadilla, y podrá sonreír, a pesar de que el vacío de Excalibur lo notará muy grande. Porque cuando uno no tiene hijos pero sí mascota, se les quiere mucho más que a un animal cualquiera.


Brindo por su recuperación, que espero sea total, Y les dejo, que si no me duermo pronto, cuando regrese Lola, al alba, me encontraré sin fuerzas para mirarla bien. Y quiero ver, como esta mañana, por el arrebol de sus mejillas, que este trabajo le está enseñando mucho, y la mantiene sana como una manzana.

Como ese fruto perfecto que desayuna siempre tras un buen tazón de Cola-Cao con pan tostado.

Las hojas

Foto de Internet


La tarde susurraba
colores de escapista.
Las hojas de los bosque
esperan ya la brisa
que juegue a desvestirlas.

viernes, 10 de octubre de 2014

Lola no emigra

Foto de auxiliar clínica alemana. De Google.

Lola llegó bien. Parece que ha dormido como los ángeles, será por el cansancio. Desde luego no he apreciado signos de pesadilla alguna. Su primer día en el Carlos III ha sido tranquilo, y se ha sentido protegida. Y yo ando contenta. Ya aliviada, hoy dormiré como una marmota, porque la noche la pasé en vela escuchando la radio, por si la paciente moría y estuviera mi hija con ella. Porque ahora, desde ayer, he aprendido mucho de ese virus africano. Y sé que en las últimas horas es cuando los fluidos son más virales, y más capaces de contagiar.

Su compañera está en Alemania. Tiene su edad y está contratada para un trabajo por tres años, contratada en origen, como Dios manda. Uno que implicaba cobrar dos meses sin ejercer de manera independiente. El objetivo de ese "regalo"sin "trabajar" cuidando de pacientes, es el que se les ofrece como forma  de inmersión lingüística. Porque de alemán...qué pocos sabemos nadie por aquí,, ¿verdad?

Su cometido no es en un Hospital, sino en un servicio de cuidado domiciliario. En su caso, a dos ancianas mayores y que viven solas. Tienen patologías crónicas parcialmente invalidantes, pero sin demencia ninguna de ellas. En los domicilios les obligan a hacer tareas de cuidadora sanitaria y del hogar. Justo a la hora en que acaba su jornada, en el domicilio de la segunda, no ha conseguido dejar de sacar a pasear al perro de la paciente. Según dice.

Lola me ha explicado que llora cada noche, pero que no puede quejarse, ni preocupar a su familia, porque tiene un trabajo. Tampoco puede regresar, porque su contrato le penaliza si se regresa antes de los tres años que firmó. Cuando más aguante, menos le penalizan del total de las ganancias que ha de percibir en ese tiempo. Yo creo que se adaptará, pero esta juventud... todo lo ve como una montaña.

Judit nunca se sentirá  alemana como los franfurts de los perritos calientes!.- dice mi hija, haciendo broma.

Lola es una de tantas licenciada, (graduada, ya que son cuatro cursos ahora en España pero antes eran lo que llamaban licenciaturas) cuyo cuarto curso nos ha costado 2.800 euros. En ese curso final trabajan ocho de los nueve meses. Mi hija lo hizo en jornada laboral normal en cinco servicios. Sin cobrar, por supuesto, sino pagando. Hacen el trabajo fin de carrera y trabajan, y no hacen nada más. Nos llamó la atención el precio, pero la tutora es muy maja y ha ayudado mucho a la chica en su trabajo. Sí que es más caro que los cursos anteriores, pero explican que lo es por el seguro de responsabilidad civil y penal que se ha de contratar, que lo gestiona la Universidad (ante posibles accidentes durante esa formación de prácticas laborales, que es lo que son). 

Lola no emigrará. Ni se contagiará. Hoy se pone en marcha el protocolo como está descrito, y ni ella ni nadie ya estarán solos ante el peligro. Ni al vestirse con el traje de seguridad. Ni al desvestirse. Ni durante el tiempo que están en la habitación.

Parece ser que tras los avatares de la gestión, se dará información diaria a la población, se dotará al personal sanitario de los medios necesarios, e incluso de soporte psicológico si lo necesitan.

En el Zara le guardan su puesto de trabajo de los sábados. Hoy podré dormir cuando la vea marchar, con su coleta negra, su blusa azul y una sudadera, porque llueve en Madrid.

Al fin llueve en Madrid


jueves, 9 de octubre de 2014

Enfermeras de la crisis

Foto de Google, De esta crisis de ébola en el Carlos III, con la auxiliar enferma

Les quiero hablar de mi hija Lola. Estudiante de un Máster en la Complutense. 22 años. Cargada de vida por abrir.

Hoy ha llegado a casa contenta porque podría trabajar de enfermera tres semanas. Qué ganas por Dios, qué alegría que me he llevado.

Mientras se duchaba, porque parece que ha de hacer unas cosillas antes de entrar al turno de noches, le he pedido que dejase la puerta abierta.

Mamá…mira que no falte paracetamol en casa- me ha gritado bajo el ruido del agua.

Sí mujer, siempre hay, Te duele la cabeza cielo?´-le he preguntado mientras planchaba su blusa preferida.

No mami, es porque no falte!- Me ha constado con voz de canto.

Acabó la carrera en Junio. Tiene una vocación desde niña. Yo no quería que estudiara enfermería porque es muy lista. No es porque sea su madre, es que le cuesta poco memorizar. Yo estoy segura de que puede ser una estupenda neumóloga. Ya ven, desde chica que eso de escuchar el respirar de la gente le fascina.

Si hasta con los dos perros que hemos tenido ha hecho de todo para cuidarlos, diagnosticarles…bueno…si es que las muñecas estaban medio gastadas de tanto auscultarlas. No les digo más. Lo cierto es que su nota de Selectividad ha sido muy alta. Pasa de 8, por lo que hasta el último momento pensé que se matricularía en Medicina. Cosas de madre.

Su padre y yo la hemos animado siempre a llegar donde ella quiera llegar. Y para ser sinceros, no nos ha dolido ni un euro de los gastados en la niña de nuestros ojos.
Toda la carrera pensando que tendría salidas profesionales, porque justo es la primera promoción de Grado, porque el curso pasado no salió ninguna titulada, pero no. La llamaron para una residencia de ancianos, dos semanas, cuatrocientos euros, turno de noche. Un hartón de trabajar porque hay menos enfermeras de las que tiene que haber, pero venía toda contenta. Explicaba de pe a pa todo lo que había vivido, sus logros, sus rabias, sus miedos y sus cuitas.

Ahora estamos contentos pues aunque el Máster es muy caro para nosotros, mi marido hace horas y yo he buscado otra casa para hacer faenas. Todo porque Lola tenga el futuro que se merece.

La he visto salir de la ducha, con su pelo aún mojado, la sonrisa iluminando la casa y esa sonrisa picarona que pone cuando está a punto de hacer una trastada.

Me he sentado a su lado en la mesa y hemos comido. Ella con ese apetito que Dios le dio, y yo levantándome a cada rato para que su comida sea perfecta. Con el yogurt, insistiendo mucho, me ha comentado que el trabajo es en el Carlos III. Que ha de ir a las seis para un cursillo de seguridad y protección de Riesgos Laborales.

Me ha debido ver la palidez y la cara que se me ha puesto, porque jocosa y animada, levantada y acariciando mi cara me mirado a los ojos, diciendo mimosa

- Maaaami, es una buena oportunidad. Las enfermeras de la sexta planta no quieren trabajar con la paciente. ¡Compréndeloooo!.  Es mi oportunidad, porfi…no te preocupes.

Nos hemos abrazado, porque ella ya sé que no, pero yo...yo sí tengo miedo. 


La he visto partir a las cinco, con su coleta negra, su tacones bajos, su sonrisa colocada y su blusa plisada blanca. 



Blanca, como mi esperanza.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Excalibur, un perro al fin

Excalibur, perro de Teresa. Foto de Google

No sabemos ahora si el perro está vivo o muerto. Excalibur ha estado en la terraza, preguntándose dónde están sus dueños, desde ayer. Ha comido, pero echa de menos el contacto humano, porque no conoce otro de mayor valor.

El concepto del tiempo no lo tiene muy claro, pero supone que algo les ha pasado. Lo que ahora no entiende es por qué se acumulaba gente en la calle desde la mañana. Luego han entrado unos hombres de blanco, casi iguales, que olían a miedo. Le han pasado un lazo por el cuello, le han pinchado en el cuello, y antes de dormirse pudo sentir un bozal que le apretaba sobre su hocico. Tiene sed, pero no está enfadado. No entiende qué quieren esta gente, que le hablan con tono suave, pero sudan.

Tal vez ha soñado que le cogían en brazos. Que le metían en una furgoneta con olor a miedo y lejía, y que alguien con traje blanco le miraba desde el asiento delantero.

Sueña luego que mucha gente se abalanza sobre el furgón, que alguien gritaba por dolor en un hombro, y unos gritos de queja.

Pero ahora ya está dormido, en una oscuridad de dudas, donde sospecha que su destino no es el parque del barrio, para pasear y perseguir mariposas.


Teme que si se duerme del todo, pero del todo del todo, no volverá a ver a Laura y a su José, su única familia.

martes, 7 de octubre de 2014

Mujer del Hurakán Cóndor

Foto de Google. Es muy excitante esta atracción. Me encanta

A sus cuarenta y cuatro años, lo de Port Aventura fue la mejor manera de desconectar de esa fiebre que la tenía algo cansada, pero a la que no concedieron la menor importancia. ¡Así olvidaba los días de trabajo en la habitación del padre Manuel!.

Dejaron atrás los días de agobio por ese trabajo. Ese maldito traje que era imposible de llevar más de media hora, quedaba atrás. Con su color diferente por dentro que por fuera. Con sus miedos a un virus extraño y pendenciero. José estaba disfrutando de ese veranillo en Costa Dorada, dejando a su vez atrás un problema de pistones.

Les vi hacer cola en Hurakán Cóndor. Ella estaba con miedo de subir y con ganas de hacerlo. Es la atracción que más le llamaba la atención según me dijo. Ni Dragon Khan ni nada. Lo de ver desde muy alto y dejarse caer en caída libre le producía unas cosquillas en el estómago anticipadas.
Me atreví a decirle que si quería mi abanico, porque sudaba profusamente, pero no lo quiso, y nos limitamos a hablar del calor que hacía para ser ya primeros de Octubre.

En la Cantina, en la zona de México, coincidimos nuevamente. Los burritos son bastante pasables y dejan la puerta abierta a hacerlos más picantes o menos dependiendo si uno se pone salsa con chiles o se limita a una mahonesa. Entendí que Laura se había puesto a discreción de la más picante, porque sudaba, y usaba los pañuelos de papel y las servilletas de la frente  a la boca sin parar. En alternancia casi matemática.

Nos despedimos el sábado, a la salida del aseo del parque temático. José estaba medio piripi en el banco de madera cuando Albert  y yo dejamos el restaurante, que semeja una plaza de pueblo de Cuernavaca vestido de fiesta, con sus guirnaldas de papel y fetiches. La última vez que la vi,  salía del baño, dejando una servilleta arrebujada de humedad en una papelera.

Sé que Laura trabaja en el Carlos III porque lo había comentado en la cola de la atracción. De ella no sé nada más. La edad y sus piernas con varices...y poco más.

Ayer se declaró un caso de ébola en Madrid. En Alcorcón. En una auxiliar de clínica que estuvo en contacto con los padres misioneros que trajeron a España. El resto ya lo iremos viendo.

jueves, 2 de octubre de 2014

Toalla para Martina

Esta imagen es de Google.

Comprendo que parece extraño que vaya escribiendo de avatares domésticos. Lo lamento, porque tengo unos poemas por ahí, a medias, que quieren que les remate, o que les mime, o que les deje volar. Pero, por desgracia, hay actividades cotidianas que me tienen un poco entretenida (y un mucho de confusa).

No es lugar este blog. Lo comprendo. No es un tablón de anuncios de segunda mano, ni tampoco un foro de consultas. Ni del más acá, ni del más allá, pero en alguna parte he de expresar que no sé qué pasa con mis electrodomésticos!.

Mi secadora es ruidosa, como todas, de carga superior, y con bastante capacidad de carga. No me pregunten de hasta qué quilos, porque ese instructivo tampoco lo he leído, pero a lo que iba.

Tengo una toalla que me regaló una amiga, Martina, tras coincidir en un viaje a… bueno, a una ciudad con playa, del norte español. Me acompaña cuando voy a la playa. Casi siempre. Tengo otras, pero esta me la siento como que muy a mi medida. No he tenido ningún problema hasta la semana pasada, en que se la presté a una chica, con la que coincidí en un camping.
Mujer joven, muy partidaria de unas sesiones de magnetoterapia en un centro de medicinas alternativas de Barcelona , y con tal necesidad de ser escuchada, que me tuvo toda la noche de mi último día de vacaciones, al filito de la piscina de un camping. Uno precioso en las Montañas de Prades. Pues ahí sentadas bajo una luna enorme, estuvimos toda la noche. Enterita.

¿Qué tenía el cuerpo de esa mujer?, pues estoy contactando ahora con recepción del camping,  por ver si con los pocos datos que sé de ella me pueden facilitar los datos para ponerme en contacto, porque esa toalla no se seca. No desde aquella noche en que la cubrió por completo al salir de la piscina, helada como la muerte,  y sonriente como una niña por Navidad.

El sol ya asomaba entre las copas de los árboles cuando nos despedimos a la entrada de su cabaña. Entonces me regresó la prenda, mojada, como es normal. Yo no me había atrevido a bañarme en ese lago cuadrado de agua helada, pero ella se zambulló, nadó poco y se mantuvo haciendo el muerto un par de veces. Así, boca arriba, iluminada por la esfera inmensa de esa noche sin nube alguna me pareció una visión extraña, me recordó a algas. No sabría decir si por su melena tan larga flotando o por qué imagen me inspirase. Siempre creí que había sido mi escucha atenta y mis gestos amistosos lo que la dejó tan feliz al despedirse de mí con un beso sonoro, pero ahora no sé qué pensar. Hace una semana y la bendita toalla no hay quien la seque. Ni al sol, ni  a la sombra. Que no hay manera. He probado ese electrodoméstico que intento poner poquito, pero si escribo este post, es porque no funciona.

La secadora hace el sonido propio que hace siempre. El calor que exhala se nota desde fuera, y se respira al abrirla, pero la toalla sigue húmeda y con olor a barro. A ese olor a la arcilla que compramos para las actividades del cole de los niños. Ese olor. De alfarería.

Les tengo que dejar porque ahora intento buscarla en Facebook. También se llama Martina, ahora que me percato, pero el apellido es muy poco usual, y no puedo ponerlo aquí. Ya disculparán.