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domingo, 23 de octubre de 2016

Se acerca el invierno

Foto de Aguirrefoto

Ya revienta el silente hormiguero.

Se intuyen las pisadas mordisqueantes
de sus patas por mis piernas.

Ese ir y venir tan laborioso
de  sur a norte, de mis sueños.

Y hasta la pálida luna 
hace extraños aspavientos,
cuando las amapolas voladoras
emprenden su negro vuelo,
al dejarnos resbalar por las auroras
de un rayo fulminando ya el silencio.

De una en una parecen anodinas
pero en manada, cual lobos, 
de mordisco a destellada, 
bien que nos quitan la vida


Amores caros, amores fugaces

Interior del Palacio Güell. Barcelona. Foto de mi autoría


El divorcio de Paula le había dejado con el entrecejo fruncido, un sabor amargo en el paladar, y una cuenta corriente tan escuálida como la radiografía de un silbido.

El piso se lo quedaba ella, y Pablo debía pagarle la mitad, de poco en poco. Ese trato le permitiría alquilar un piso, con opción a compra, que aunque un poco anticuado, estaba en Sants, y le quedaría, por tanto, más cerca de su trabajo.

Quedó con su amigo Lucas, de hecho su único amigo, y la primera vez que se encontraron, tras el divorcio, en ese bar de la Diagonal,  sólo pudo explicarle, entre cervezas Coronitas, qué tanto le había dolido, pero en el fondo, qué tanto le aliviaba  dejar atrás esa historia de diez años de islas irreconciliables.

-      -  Y suerte que ella no se animó a tener un hijo. Porque habría sido muy duro para mi.
-     -   Si, menos mal. Porque igual habías sido un padrazo y ahora estarías hecho polvo.

Brindaron con una última jarra y quedaron en verse más asiduamente, como así fue.

Lucas le invitó a una exposición de talentos emergentes y allí le presentó a María Luisa Gracián, la decoradora de moda en Barcelona. Mujer alta, con una gabardina entallada con su cinturón y un look en blancos y negros que le dotaban de una elegancia que resaltaba su estilo sobrio y femenino. Del que quedó prendado, imposible negarlo, así como de sus manos, de pianista.

Como sin querer, le comentó sobre su piso actual, y de su deseo de reformarlo, aunque fuera un poco, para hacerlo más confortable. Y ella, encantada, se dispuso a visitarle para tomar medidas, y valorar, juntos, qué podían hacer para mejorarlo.
Ese día, ella con el metro en la mano, su cabello rubio recogido en un moño que a ratos sujetaba con el lápiz, tomaba notas sobre una libreta, y durante la comida, que pagó Pablo, le hizo ver un boceto de los cambios que ella imaginaba.

Entusiasmado porque esa reforma le permitiría estar con ella, aceptó encantado las ideas que plasmaba y explicaba, quedándose en cada minuto, más abducido por  su belleza,  y por su inteligencia,  práctica y elegante.

Ella le presentó un presupuesto un par de días más tarde, durante una merienda, que de nuevo pagó él, y luego aceptó hospedarse en un hotel sencillo pero muy cómodo que María Luisa le aconsejase, mientras durara la reforma.

Cuando la acompañó a tiendas de suelos, de mármoles y encimeras, de pinturas y de papeles pintados, verla así, vivaz y etérea, mientras se movía como pez en el agua, sólo consiguió enamorarle más y más, hasta que la invitó a su hotel con una excusa boba, y ella a aceptó, pasando una noche inolvidable.

Pablo ya había pedido dinero a sus padres para los primeros gastos de la reforma, pero cuando, ya acabadas las obras, ella insistió en tirar los muebles, un poco sí que se asustó. Irían de compras de mobiliario.  Ya lo creo.  Fueron, en efecto.

¡Y qué muebles!, todos ellos de diseñadores en alza. Cada pieza, cada silla, o mesita, complemento o simple percha, era una loa al buen gusto, a la simplicidad y a unos precios desorbitados.Pero ya él no se podía echarse atrás, y ella estaba "en el bote". Se imaginaba a los dos en su nido de  amor, a pesar de que ella vivía en un ático de Sarriá.

En el banco le concedieran una hipoteca sobre su casa, a quince años y con un interés muy bajo. Y sin saber cómo, se vio firmando una condena, justo a  tiempo para poder abonar la totalidad de esa reforma por amor, y lo que debía a sus padres.

Paula, por esas cosas de la vida, y de la crisis, tuvo que aceptar la realidad. Ella debía volver a casa de su madre, viuda y con espacio de sobra, porque le rebajaron el sueldo. El pacto cambió y ahora era  Pablo quien debía quedarse con el piso y pagarle a ella la mitad. Eso sí, firmando ante notario el compromiso mensual, porque, enterada de la relación de su ex con aquella decoradora de moda, no iba a dejar pasarle ni un mínimo retraso.

Poco después de inaugurar su nuevo piso, cual bombonera exquisita, María Luisa le comunicó que al fin se casaba con su novio de juventud, quien había reaparecido en su vida, y le rogaba asistiera a su boda, porque, según le dijo, habían tenido una relación inmejorable con él.

Él hoy busca inquilino para su piso de casado, paga a duras penas la hipoteca y el alquiler de la bombonera. A veces se retrasa en su pago. Sí, del pisito que acabó saliendo en las portadas de las revistas de decoración.

No hay amores baratos, es bien sabido, pero haciendo cuentas, esta pasión hacia la musa de Barcelona, le había salido muy caro.

sábado, 22 de octubre de 2016

La espera que desespera

Imagen de Mateo Guerrero

Pablo,  mi marido, ha traído un pasquín tamaño cuartilla, el pobre mío se cree que su dolor de rodilla será una artrosis para operar, y el dolor le desespera. Lo que no sabe es que en la radiografía que le hicieron en urgencias por dolores de tripas, apareció una masa con metástasis que nos pillará sin cobertura médica cuando ya  no hay nada que hacer. 

Y sin seguro de vida, que ese es otro cantar, ¡porque vaya viudedad me va a quedar!, y qué nada de jubilación, todo sea dicho.

Usted que habita en esa sala de espera sin esperanza de la Seguridad Social. Sí, usted que lee a diario esas noticias de decesos mientras alguien  esperaba una operación de pulmón. Sí, usted que hace meses que le pidieron la resonancia de una  rodilla dolorosa, o de unas cefaleas de tamaño de un melón,  y que sigue esperando. Usted que ahora anda mirando seguros de salud, con o sin copago, para saber de qué mal ha de curarse, no deje pasar este pasquín.


Somos su solución. Nuestra clínica “ Juventud eterna!, de Barcelona y Madrid, y el mejor cuadro médico de la historia de la medicina, en todas sus ramas, estamos a su disposición por un módico precio. Qué nos diferencia, se dirá, pues que iIncluimos en el listado de especialidades las flores de Bach y la quiropráctica. La psicología, acupuntura y rezos a María. No lo dude más, doble el papel, y métaselo en el bolsillo, o mejor aún, llame desde la sala de espera del ambulatorio al que ha ido.  Como ve, es un teléfono 900, gratuito, y le orientamos en qué póliza le conviene.  

Imperfecciones y revoluciones


Tras el verano, Ana María, cansada de ser ignorada, tomó medidas. Con una cinta métrica, para ser precisos, aunque el lector ya lo imaginará. Ya con sus extensiones de cuarenta centímetros en el pelo, y con su copa C en el busto, se calzó unas plataformas en los pies y acudió a la oficina.

Qué revolución entre los compañeros de “Seguros duraderos”. Qué conmoción entre las chicas. Qué ojos se le pusieron a su novio cuando fue a recogerla. Qué bombón de revolución.

En Navidad, después de varios incidentes en la cama con su melena de Magdalena, y dolores en los pechos en la postura del “perrito”, dejó atrás las extensiones que le quedaban, y se dejó media melena. No obstante, con poses menos bamboleantes en la cama, y con unos sujetadores especiales para hacer footing, seguía contenta. Algo ofendida, porque las miradas no fueran a sus ojos, preciosos, sino a sus pectorales, pero contenta a fin y al cabo.

Por Semana Santa, regresó a la clínica “La belleza eterna” y se deshizo de las prótesis.

Llegó la exuberante primavera,  y su novio al fin le pudo explicar que la seguía queriendo, pero que había conocido a otra mujer, lamentando que fuera él, y no ella el responsable de la ruptura.  Ella hizo como que entendía. Él hizo como si dijera la verdad.

Cuando días más tarde se cruzó con ellos, no pudo evitar una sonrisa. Aquella joven lucía una larga cabellera, seguramente de extensiones, mientras caminaba sobre unos zapatos rojos, de tacón de aguja, que la obligaban a aferrarse al brazo de él. Ana María, mirándoles, se dijo
- Sí, son falsas.

La mujer se había inclinado a recomponer sus medias, y casi pudo jurar que su copa C de pecho era de la misma clínica. Ana María, relajada y feliz, siguió haciendo footing por la vereda del parque de la ciudad, sintiéndose muy cómoda y muy bella siendo quien era.

viernes, 21 de octubre de 2016

Un hola sin hasta nunca

Foto de Aguirrefoto

Este hola no espera un "hasta nunca"
ni este hoy es un "cuánto durará"

Este beso, carente de notario
no contará calendarios
para un "por siempre jamás".

Esta boca sellará la botella
que guarda viejas querellas
listas para enterrar

Este fuego arde  entre cenizas
de ausencias de mil sonrisas
que pudimos  rescatar

Estos abrazos rompecostillas,
nos curan, nos cicatrizan
mil desgarros que curar.

Este voto a las esperanzas
no empaña,  ni nos engaña
las ganas de reintentar.

Este amor pausado y sin alharacas
no es ramo de rosas con albahaca
pero creo que es de verdad




jueves, 20 de octubre de 2016

Tras el paso de Elena

Foto de Aguirrefoto

Al fin libre de ataduras. Elena se había largado al fin con el fotógrafo que insistiera en llamar "amigo", hasta consigo misma, y que la dejó inundada, según le confesara una noche, y entre lágrimas amargas, de una luz de la que él carecía. 
No había tenido tiempo ni paciencia para entender, o ella no habido tenido palabras, o redaños, para explicar, o explicarse, que la realidad que la desbocaba la alegría de vivir, era tal vez una huida, pero lo cierto es que no deseaba seguir casada con Luis, sino con Pablo. 

Meses par él de ver cómo se iba con su amigo a buscar, o cazar, según lo llamaba ella, dependiendo del día, esos paisajes que inventaban o buscaban. Meses preguntando si le traería a casa a cenar, o si quedaban los tres en algún lugar, porque quería conocerle, e imaginando qué excusa pondría cada vez.
- Es una amistad blanca, decía ella siempre, no temas Luis, y no vengas paranoias, por favor- remataba con un mohín de asco de niña de Pedralbes- Buscamos lugares que él quiere plasmar con su máquina y yo con mi voz, y nada más,¡jolines ya, con tanta pregunta!.
Lo que Luis no puede saber es que en verdad era una amistad tan blanca como la nieve. Tan clara como el agua de un arroyo saltarín, que no es consciente de las salpicaduras húmedas que deja en las rocas tras su paso. No adivinó, ni remotamente, las noches de lucha, entre sus pechos de niña, por no dejarse caer en la tentación de ceder a sus instintos, con ese lastre de las  clarisas que pesaba como una cadena perpetua. Todo había acabado entre ellos. Para ambos era cerrar una puerta.
Inició una búsqueda por Internet el mismo domingo en la noche en la que ella se fue, y como un puzzle que de pronto cobra certeza. Tenía un mañana por abrir si desabrochaba el pasado. Tomó diez días de vacaciones, su ordenador y dos mudas, y allí estaba. En las afueras de un pueblo de 600 habitantes, según google, gozando de un aire limpio, sin plan fijo de cómo presentarse, porque igual no le reconocería.

Se había ido a hacer COU a Madrid, con sus abuelos, porque, por supuesto, ni bachillerato se cursaba en su pueblo. Por qué no regresó jamás es algo que no le costaría explicar a Isabel, la compañera de pupitre que le despertó el afán por las trenzas, por deshacerlas, mejor dicho. Ella, y no Marisa, con quien se estrenó en la cama, era la mujer que de manera recurrente se le aparecía en sueños. Quien, en sueños siempre, le llamaba, como aquella tarde de otoño, desde el pajar, para, al acercarse, ver cómo se levantaba la falda, dejando ver las braguitas de perlé blancas. Como en la realidad añeja, en su sueños, tras hacer ese gesto, tal vez de desafío o de aseveración de su feminidad, daba media vuelta y echaba a correr hasta el pueblo. 

Ella, con el olor a goma de borrar Milan y pegamento Imedio seguía viviendo en el pueblo, y era la concejala de cultura y festejos. Bueno, junto con el alcalde, era la única persona que cobraba en el Ayuntamiento.

Le reconoció al instante, y desde la silla, sonrió de oreja a oreja mientras gritaba su nombre
- Pabloooo, ¿qué haces aquí?

Era fácil, pero tan difícil decirle cuánto la había añorado, que primero quiso saber si estaba casada, por no romper una paz que no era quien para destrozar desde la distancia del tiempo contado en décadas. La vida no es como las películas. Los amores no son eternos, ni hay escenas de un último minuto antes de tomar un avión, pero hoy, junto a la ventana que deja ver la caída de las hojas en la plaza mayor, la magia ha hecho de las suyas.

El aperitivo duró hasta la comida en casa de ella, y desde la comida hasta el paseo por la alameda del pueblo. El tiempo había traído parejas para ambos, que llegaron para luego irse de sus vidas, y en el otoño de su existencia, haciendo una cabriola, Cupido quiso deshacer el entuerto, y permitir que los dos críos destinados a amarse, pudieran encontrarse al fin.


martes, 18 de octubre de 2016

Dancemos. La danza, más que una forma de bailar

Tomado de internet

A raíz de la presentación del espectáculo de Sara Baras, “Voces”, en el Tívoli, de hace unos meses, me puse a pensar nuevamente en la relación entre  danza y la poesía, porque son disciplinas cuyas analogías nadie puede negar. Ya Paul Valéry, en su” Filosofía de la danza” trataba el tema a raíz de su admiración hacia “La Argentina” (Antonia Mercé i Luque, bailadora de flamenco de la época). Fue una conferencia impartida en  1936, y que sería luego sería publicada en forma de ensayo, y cuya lectura es altamente recomendable.
Trata de verificar que ambas disciplinas parten de la falta de un objetivo formal, en cuanto a la necesidad de comunicarse,  a través de la palabra, en el caso de la poesía,  o de los movimientos corporales, en el caso de la danza.

La poesía libera al hombre del servicio a la "utilidad". Y si recordamos que la palabra “prosa” proviene de “propsus”, ( “en línea recta”), el poema nos aleja de un tiempo real, recuperando un tiempo cíclico, danzando sobre el papel, en donde cada verso o cada estrofa, en su final, nos invita a un nuevo comienzo. Acaba prevaleciendo  la expresión por tanto, y no la función.

¿Para qué sirven la danza y la poesía, podrá preguntarse el prosaico que “va en línea recta”?. Precisamente para liberar al hombre de la necesidad de servir a un objetivo, celebrando, como con otras artes, que la vida sea celebración y gozo, además de planificación de líneas de llegada o metas.

La danza, no nos engañemos, tampoco tiene un fin especificado, aunque tenga un objetivo más o menos definido. Los movimientos, en animales y hombre, como caminar por ejemplo, están orientados a una meta, a un avance, a una narración, donde cada gesto obedece a un plan para llegar a un fin. Pero en la danza, al avanzar sin línea recta, no hay un tiempo pasado, ni movimiento ya hecho que dejar atrás, sino un transitar por un continuo presente renovado.

Así como las figuras alegóricas nos sirven para habitar el presente, en ambas disciplinas uno se pierde. Pero no como quien deambula o vagabundea, esas búsquedas de un propósito al que centrar el objetivo de la acción, sino que, danza y poesía se identifican  con un todo en un presente, donde palabra o verso está para celebrar la voz interna, y todo el cuerpo y no sólo una articulación está para plasmar el movimiento íntimo que  nacen desde adentro.

En la danza se recuperan movimientos de retroceso y de giro que serían considerados rémoras en una acción determinada por un  objetivo. Ese retroceder, o ese girar o incluso balancearse que acompañan al actor, crea el espacio propio y personal sobre ese espacio físico donde se mueve, al son de una música interior.
En la poesía ocurre algo parecido, y es el poeta quien construye su espacio, huyendo del que tiene y le es dado, que sí usa para su comunicación en prosa y sí que persigue un objetivo práctico y útil. Y no busca nada fuera de sí misma, pudiendo recrear una existencia que no se agota, porque no tenía una línea recta.

Es una negación de los caracteres de acciones prácticas, pues en la danza separa los caracteres de los movimientos, haciendo del cuerpo tantas transformaciones  y búsqueda de límites como el poeta cuando usa metáforas o antítesis, cual piruetas para plasmar el alma, usando rimas, o posturas, como lenguaje que nos aleja del mundo práctico, formando, si somos buenos en ello, un universo particular. Exactamente ese lugar  privilegiado que nos atrevemos a compartir.

Hubo un chileno, Luis Sergio Cáceres Toro (1923-1946), que destacó en ambas disciplinas. Sobre él, el historiador  Luis G. de Mussy dice que le llamaban «el delfín», y que fue poeta, bailarín del Ballet Nacional Chileno, pintor y un excelente creador de collages y fotomontajes. 

Hay seres dotados de una inteligencia artística tan notable que pueden ser verdaderos ejemplos de cuántos universos recreados pueden habitar en un solo ser humano, pero la verdad es que siendo destacado bailarín o poeta ya debe saber uno por satisfecho, imagino , sin necesidad de pinceles o cámara de fotos. Pues construye un mundo sin más elemento físico que su propia voz interna. Y debe ser una sensación de plenitud inigualable.

Hablamos, en ambas disciplinas, de ritmo, y ésa es la palabra  clave… pero ¿si un verso es rítmicamente yámbico, por ejemplo, las caderas se han de mover de tal modo, y si son versos alejandrinos,  los movimientos serán exactamente la mitad más largos que si el poema es una décima hecha de octosílabos?. Pues  no hay reglas. Porque se opera desde lo pulsional. Y de hecho, hasta Sara Baras, en este homenaje a desaparecidos genios del flamenco, o algunos poetas emergentes, buscan en el espectador (o el lector) a un cómplice para una experiencia estética, pero no desde la formalidad, sino desde la única dimensión rítmica libre, desde la pulsional.

Como danza realmente generadora de universo, me quedo con El Bolero de Ravel, en ese final de película “Los unos y los otros”, donde remata, de una forma alegórica, una trama dramática como el mejor broche final para un film (con Jorge Donn). ¿Quién no vibra con esa melodía interna que nos recorre con su audición?. ¿Quién no construye un universo in crescendo en su alma al ver a los danzantes de tal danza, o con Amor brujo, por ejemplo?

El arte, esa actividad nada práctica y sólo humana, es la expresión poética de la voz interior elevándose  al más allá, desde un pragmático y gris "más acá".


La vejez se construye de a poquito



Se llama Rosser de Casamatjor y vivo con ella. Oigo cada noche cómo se queja en sueños, cómo levantarse a hacer un pipí es una  maratón de angustias de esquinas y de picaportes, porque el presupuesto nuestro hace inviable hacer reformas en el viejo piso de la calle Alcolea. Tan viejo como mal aprovechado. Tan húmedo en invierno como asolado en verano.

Ella, con sus noventa y seis años, la que sobrevivió a los bombardeos de una Barcelona sitiada. La misma que fue a robar fruta a los huertos del Prat ante los disparos de los payeses que les gritaban…”que us doni de menjar la Generalitat, roixos de merda”. Esa mujer de veinte años que en la España Industrial se reventó la espalda en telares que ni un hombre de cuarenta años podía manejar, se niega a recibir mi ayuda.

La oigo encender la luz, quejarse en cada movimiento en la cama matrimonial que se niega a cambiar por una articulada que nos prestan en una ortopedia de Sants. Yo me levanto, cada noche, le ofrezco mi brazo, que rechaza. Luego le acerco el caminador con sillita incorporada, pero me dice…

-   -  ”qué bleda ets filla meua, ja sé anar al wáter jo soleta”. Y me manda a mi cuarto, colindante al suyo, por supuesto.

Me niego a volver a mi casa de Nou Barris hasta que la vea más repuesta de la operación de prótesis de cadera, pero ¿qué esperar de una mujer que ha bregado con la muerte?, con el hambre de comer tortitas de salvado y agua?, con el estraperlo, con el afeitado de cabeza y el aceite de ricino por hablar catalán?

¿Cómo enseñarle a pedir ayuda, si cuando, quedándose viuda, fue ella quien giró en la cama a su marido, que se desangraba por una ulcera de estómago?. Ella llamó al médico de toda la vida.

- “ Soc la Rossser, afanyis, que en Joan es desagna, com un gorrí decapitat”.

Hoy, como cada noche desde el alta por la operación, me quedo sentada en mi cama, escuchando sus pasos tambaleantes, luego la cadena del wáter, y por fin su regreso a esa cama que es un rosario de gruñidos y espasmos. Y cuando al fin siento que se volvió a dormir, me pregunto si he sacado la fortaleza de mi madre.

Y ahora, echando la vista atrás de mi propia vida, sé que sí.

PD, lamento mi catalán horrible