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Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas
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domingo, 23 de septiembre de 2018

Mujer con sombrero

Óleo de Kees van Dongen, actualmente en el Hermitage 

No sé cómo he tolerado ser la querida de Pablo. Aunque no, no me he engañado, ni él me ha engañado. Dejó muy claro que con su mujer tenían un acuerdo tácito, no formalizado pero  manifiesto, de matrimonio hasta la muerte a pesar de ser muy convencional en el tálamo, con lo que él tenía permiso para fantasías de cama fuera de casa. Ahí entré yo,  con mis veintidós abriles, la carrera de Arte Dramático cursada en Valencia con el sudor de mi frente  en una pizzería y mi sed por ser actriz.

No, no llegué, es evidente, a ser primera dama de teatro alguno, pero en un casting conocí a Pablo, y como me ofreció presentarme a personajes del mundo de la farándula, me dejé llevar por su donaire y magnificencia en los regalos, hasta aceptar vivir en un apartamento en Sarriá que él paga, por supuesto, y aceptar que él me llame para confirmar qué día o noche me visita.. Algunas veces han sido días, en los que jamás he creído que me quería, eso jamás. Hasta un viaje a las Sheychelles durante un verano hemos hecho en estos veinte años. Dadivoso y espléndido, amén de  ropa y manutención, me ha pagado cursos de cocina, de declamación, de canto, de bailes de salón, o de mis clases de pilates y de mi gym semanales. Actividades para pasar el rato que hemos usado para hacer creer que seguía mi trayectoria profesional.  

Un  profesor, mi tutor de primer curso de  Artes Escénicas e Interpretación, poco a poco se ha ido enamorando de mí.  Me es imposible no considerar dejar a Pablo. He tenido muchos moscones alrededor, que he ignorado, porque no he querido complicarme la vida.  No  amo a Vicente tampoco, aunque tal vez he olvidado lo que es amar, o no lo he sabido nunca, pero las patas de gallo estrenan mi cara, los pechos empiezan a ceder a la gravedad, la ley más gravosa y universal, y empiezo a preguntar al espejo  ¿no merezco hacerme cargo de mí misma?. Cuando Pablo se canse, que lo hará, no quiero a un Vicente en su lugar.

miércoles, 13 de junio de 2018

Decisiones con espinas

Imagen de Aguirrefotox 

Mira que le había dado guerra con la decisión de mudarse. Pablo no entendía demasiado las razones, pero parecía que Ana sí. De acuerdo que les subían el alquiler del piso más de lo que habían calculado, pero no estaba preparado para dejar Barcelona, y no se veía capaz de aceptar que la ciudad de toda su vida le echaba  de su seno. Significaría perder la vida social fáil que llevaba, echar de menos la panadería y el quiosco de confianza y tener que madrugar por llegar a tiempo al trabajo. Esperando que ella llegara tarde de su salida con las amigas de cada jueves, él buscaba inspiración en el pozo de sus propias decepciones y sus triste augurios. Pensando en ella, esperando sorber el amargo cáliz de la derrota, sólo pudo notar la sensación de sus cálidos labios contra los suyos, y ese doloroso llanto en el que deseaba  sumirme, acabó por escaparse al recordar su risa franca. 

Es que ni hoy, que quiero ser infeliz, me vas a prestar un átomo de complicidad, se dijo. Más tarde el mensaje de Ana por wasap adjuntaba una foto de un piso más grande y soleado a tan sólo treinta kilómetros, y un corazón grande con besos. Entonces sí,  se echó a llorar. 

viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona de luto

Imagen tomada de Internet

Desde el día quince son las fiestas del barrio de Gracia. Las calles se engalanan y  los vecinos  se implican en la confección de esos escenarios. Desde primeros de Junio, en la casa Batlló de Gaudí se ofrecen las nits mágicas, donde en tan bello .lugar se ofrece música en directo, visita y consumición a un precio razonable. El mercado de la  Boquería, sito en las Ramblas, es otro clásico de Barcelona.. Ese mercado, así como la propia rambla de las flores y la Plaza Catalunya son atracciones  turísticas de por sí  y punto de encuentro de foráneos y residentes. Pues bien,  Paula, Lola y Silvia, la primera de Sabadell y la segunda de Mataró  habían quedado en Gracia para, con Silvia, del barrio en fiestas, dar una vuelta y callejear por allá. El plan era ir luego a Plaza Catalunya y hacerse un café en el último piso del Corte Inglés, buenas vistas y temperatura óptima, para seguir por las Ramblas y acabar en la terraza de la casa Batlló.

Los jueves es el día en que se reunían en el  taller de escritura de un casal, pero en Agosto estaba cerrado, así que habían decidido organizar un encuentro estival con todos los participantes, aunque al final sólo las tres habían podido apuntarse `a pasar  una tarde de ponerse al día paseando.

Hoy, en sus casas, recuerdan el terror vivido en la Plaza, cuando vieron llegar más y más coches de policía y ambulancias, así como la confusión posterior. Algo gordo había pasado ante el Liceo, ante el mercado, en la zona peatonal central con un Miró dibujado en las baldosas. Sí, algo gordo había pasado, que gente con la mente atiborrada de odio, rezumantes de rencores e ideales putrefactos, habían decidido sembrar el miedo en la ciudad condal. No hay un lobo solitario. Otros lobos en Cambrils se habían estado afilando los dientes.

Las tres han pasado la noche en vela, porque además del dolor por lo ocurrido, el conductor de la furgoneta enajenada, sigue en paradero desconocido. Se había dado a la fuga.

De Internet 


martes, 18 de octubre de 2016

La vejez se construye de a poquito



Se llama Rosser de Casamatjor y vivo con ella. Oigo cada noche cómo se queja en sueños, cómo levantarse a hacer un pipí es una  maratón de angustias de esquinas y de picaportes, porque el presupuesto nuestro hace inviable hacer reformas en el viejo piso de la calle Alcolea. Tan viejo como mal aprovechado. Tan húmedo en invierno como asolado en verano.

Ella, con sus noventa y seis años, la que sobrevivió a los bombardeos de una Barcelona sitiada. La misma que fue a robar fruta a los huertos del Prat ante los disparos de los payeses que les gritaban…”que us doni de menjar la Generalitat, roixos de merda”. Esa mujer de veinte años que en la España Industrial se reventó la espalda en telares que ni un hombre de cuarenta años podía manejar, se niega a recibir mi ayuda.

La oigo encender la luz, quejarse en cada movimiento en la cama matrimonial que se niega a cambiar por una articulada que nos prestan en una ortopedia de Sants. Yo me levanto, cada noche, le ofrezco mi brazo, que rechaza. Luego le acerco el caminador con sillita incorporada, pero me dice…

-   -  ”qué bleda ets filla meua, ja sé anar al wáter jo soleta”. Y me manda a mi cuarto, colindante al suyo, por supuesto.

Me niego a volver a mi casa de Nou Barris hasta que la vea más repuesta de la operación de prótesis de cadera, pero ¿qué esperar de una mujer que ha bregado con la muerte?, con el hambre de comer tortitas de salvado y agua?, con el estraperlo, con el afeitado de cabeza y el aceite de ricino por hablar catalán?

¿Cómo enseñarle a pedir ayuda, si cuando, quedándose viuda, fue ella quien giró en la cama a su marido, que se desangraba por una ulcera de estómago?. Ella llamó al médico de toda la vida.

- “ Soc la Rossser, afanyis, que en Joan es desagna, com un gorrí decapitat”.

Hoy, como cada noche desde el alta por la operación, me quedo sentada en mi cama, escuchando sus pasos tambaleantes, luego la cadena del wáter, y por fin su regreso a esa cama que es un rosario de gruñidos y espasmos. Y cuando al fin siento que se volvió a dormir, me pregunto si he sacado la fortaleza de mi madre.

Y ahora, echando la vista atrás de mi propia vida, sé que sí.

PD, lamento mi catalán horrible

jueves, 7 de abril de 2016

Ateneu para hermanos de letras


En el patio interior del Ateneu, hay musas que dormitan y viven junto a los peces de colores del pequeño estanque interior.

Les gusta sentarse sobre las flores para escuchar cómo los escritores se quejan de unos personajes desalmados y egoístas. Les oyen quejarse del precio del café y de las aspirinas. Quejarse de editores que sobrevuelan promesas que nunca cumplen y condiciones de avaricia y explotación del talento ajeno. Quejarse de las facturas de la librería. Quejarse de las compañías que escatiman besos a cambios de buenos versos.

Cuando nadie queda en el patio y el silencio se deja ver, hablan entre ellas. Son musas de edad indefinible, entre quienes igual encuentras hoy una con miriñaque que otra con short plateado, pero todas ellas charlan con los peces. Y todas saben volar sin artificio de escobas ni de patinetes quiméricos. Hasta sin alas…ellas vuelan y parlotean.

A los escritores de la planta segunda, en la biblioteca de regia estancia, llegan restos de susurros de ellas, y de las flores, y de los peces, en forma de fonemas. Llegan a veces finales de cuento bastardos, y hasta cuentos de final feliz enteros que parecía sobrevolar sobre los anaqueles de libros para aterrizar en el  lápiz de un hombre de pelo cano, o una chica de jean azul.

Del silencioso claustro llega también el aroma a agua y a campanillas. En ocasiones, cuando uno se sienta junto a la ventana, justo cuando apoyas el lápiz en un papel, notas cómo un ejercito de palabras se disponen en orden de batallón, en el alfeizar,  para empezar a romper filas luego, y ponerse a jugar después. 

Se las percibe  haciéndose tropezar entre ellas, se las oye reír. Se dan codazos los adverbios con los adjetivos. Se tronchan de la risa las tildes, y hasta las mayúsculas pierden el aplomo cuando los artículos determinados se ponen a jugar al corro de la patata girando alrededor de una goma de borrar Milan.


En ocasiones, uno deja de escuchar el chibarri de las palabras a su aire, cuando pone el punto final de su cuento inventado en una silla de Brcelona.

martes, 24 de noviembre de 2015

Esperando un metro

Tomada de Internet

Se cruzaban cada día en el mismo metro. De Sants a Virrei Amat, en un trayecto de poco más de veinte minutos. Ambos iban al trabajo, y eran lo más diferente que uno podía imaginar.

Ella, de unos cincuenta años, vestía en tonos pastel, le sobraban unos quilos  y portaba siempre un libro de lectura. Él, de unos veinte años, llevada rastas recogidas, vestía pantalones de cintura más que baja inexistente, unos piercings, y presentaba una extrema delgadez. El joven se calzaba los auriculares nada más agarrarse a una barra del convoy, o si podía sentarse, con los auriculares puestos igualmente, jugaba con un pájaro  obús que había de destrozar a unos cerditos de la pantalla de su Smartphone.

Una mañana chocaron, literalmente, por dejar sentarse a una señora con bastón, y por vez primera supieron el uno del otro.

Desde ese día, sin acuerdo tácito, se esperan en la parada de Sants, sin esperarse de manera expresa, se esperan el uno al otro para abordar un vagón. El que sea, de la línea cinco, la de color azul, para viajar juntos. Ahora, en esos minutos, se comentan las noticias, y desde ayer, se muestran algunas fotos de los móviles de cada uno. Las de ella son de Laia, su hija, de veintitrés primaveras exultantes, y las de él, son de Lego, un gato asilvestrado, rubio y necio que se anda instalando en  el patio de unos bajos de una casita de la calle Vallespir. 

Eulalia Soler i Formentera es una mujer de pelo cano, curvas en declive y mirada de primavera tras las gafas de ver. Para ir a trabajar a una tienda de La maquinista, toma el metro cada día, desde que se trasladó a la calle Vallespir, del barrio de Sants, donde vive con su hija Laia, estudiante de biología, con vocación de musa y cientos de pecas por reivindicar cada verano.

A esta mujer le fascina leer narrativa, de no importa qué autor ni qué narrador omnisciente o cuasi interno le hable. Porque espera que la lleven en las alas de la imaginación hasta mundos donde perderse para acabar por reencontrarse.  Desde que un día chocara con un joven en el metro, recuerda una y otra vez a aquel primer novio, con sus dedos de pianista y su atuendo de hipee que dejara perder, o perdió por los recovecos de las obligaciones y los laberintos de la vida.

Sus ojos, de un verde esmeralda huido, se enmarcan en un azabache de noche por disparar, como los de  aquel amigo del primero de carrera. Siendo de la edad de su hija, y a sabiendas de que estas conversaciones, ahora diarias, no son más que un pasatiempo de trayecto, no puede evitar saberse viva cuando se sientan juntos.  Tan viva como el gato que él le muestra, haciendo travesuras, o tan palpitante como su propia hija luciendo poses cómicas, en esas imágenes que acaban por compartir en un metro cargado de soledades.


viernes, 30 de octubre de 2015

Te llevaré el mar




He estado paseando por un cementerio. Este tiene la particularidad de estar en un barrio que actualmente, que se ha transformado mucho, quedando el pobrecilo tocando a un centro comercial y a un edificio de oficinas.



Pero no creo que a los habitantes de este lugar les preocupe la ubicación de sus tumbas o nichos, la verdad. Me ha gustado un trozo dedicado a poder enterrar las cenizas. Porque en polvo nos hemos de convertir, y el sueño de volver  a la tierra ha de ser asequible a los deudos de la ciudad, sin temer contaminar bosques lejanos. 

También me han gustado alguna esculturas, en posturas cotidianas, porque nos recuerdan que allí nos esperan, sentados, para seguir conversando sobre el sexo de los ángeles, o sobre la metafísica de un más allá que nos lleva atados a un muy acá que desaprovechamos muchas veces. Porque nos esperan donde todos llegaremos, no tienen ni tenemos prisa. 




Me ha impactado una lápida decorada con música y pistola. Tal vez porque no son conceptos que yo de entrada hubiera puesto junto, pero sin duda, ha habido quien sí ha vivido entre los compases de unos trastes de guitarra y el resonar de alguna bala entre bambalinas. Les dejo la imagen, porque confirmen que no lo he imaginado, que bien pudiera. 




Hasta mañana, poca gente hay, pero un señor trajeado ponía una foto en un nicho. Era de la playa de la Barceloneta.  

Me ha comentado que alguna vez hubo un pueblo casi incomunicado, en las montañas de Ávila, donde hubo una casa antigua, con abuela vestida de negro y abrazos enharinados de hacer pan. Donde también hubo una despensa con chocolate siempre a punto para el nieto catalán de visita.

Ha traído, como cada año, una ración de culpa en su corazón, porque nunca hubo tiempo para que la abuela viera el mar. Se la trajo a su casa de San Andreu demasiado enferma para llevarla a ninguna playa ya. La marea se la llevó entre esos abrazos marinos que soñaba. Los que olían a las olas de los últimos rumores de un adorado nieto.




miércoles, 28 de octubre de 2015

Reinventarse o morir

Imagen de un parque de Nou Barris


Por sexta vez se le había caído un plato de la bandeja en ese domingo. En esta ocasión había sido uno pequeño, con sus aceitunas danzarinas, una a una resbalando, para rodar luego sobre la acera bordada con hojas, ante la tienda elitista del Paseo de Gracia. No me importó en absoluto que dos de ellas quedaran sobre mi regazo y una más hubiera hecho puntería en mi bolso colgado de la silla de aluminio, porque la leve humedad se secaría en un santiamén.

Le vi agacharse de inmediato para recoger los frutos verdosos, pero fue evidente que se sabía observado por Juan, el camarero jefe, quien había accedido de mala gana a que le contrataran para los fines de semana.

Anselmo había agotado la prestación del paro en 2013, y con sus cincuenta y cuatro años eso de reinventarse, que aconsejan como solución para encontrar nuevos trabajos, no le había funcionado. Si bien había podido trampear la situación los primeros meses con pequeñas chapuzas, ahora sabía que su futuro laboral no era incierto, sino de un color negruzco como las nubes que asomaban ese Octubre por encima de la ciudad, amenazando con un diluvio de agua que acabaría con los más pequeños sueños que aún guardaba, de remontar su situación.

Ignorándonos por completo, miraba de reojo donde estaba Juan continuamente, mientras se concentraba en la recogida de aceitunas, que acabó colocando junto a los fragmentos de plato en su bandeja, ya libre de nuestras cervezas, de unos bocadillos y de unas patatas bravas. Nada nos dijo para disculparse. Me pareció que murmuró un “perdone” en voz muy baja y con la mirada vidriosa, cuando saqué a manotazos las olivas de mi falda, pero no puedo afirmarlo.

Le vimos avanzar con la bandeja aún en alto por los restos del destrozo, con pasos muy cortos, hacia la barra de diseño. Le observamos luego con las espaldas encogidas, ante un tipo de una edad inferior a él, quien le señalaba y nos señalaba con ademanes bruscos, hablándole con un tono de voz que destacaba sobre el murmullo de la vida en el Paseo. Entretanto, el camarero empequeñecía segundo  a segundo, con sus manos aferrando el filo de la bandeja, ya vacía, ante sus piernas, mientras iba bajando la cabeza, y sin levantar la vista en ningún momento.

No había pasado ninguna tragedia, y estábamos dando cuenta del tentempié bajo el toldo amarillo en un domingo otoñal, cuando a los pocos minutos nos trajo otras aceitunas, en una bandeja más pequeña, donde además  portaba un café para prepararlo con hielo, para la mesa de nuestro lado.

El tintineo de la taza contra el platillo, del hielo contra el contorno del vaso largo, y de la cucharilla sobre el metal de la bandeja, me hizo pensar en qué música más discreta acompañaba su temblor de manos.

Escribo esto ante la aceituna casi seca que aterrizó al lado del libro que llevo, de Saramago, en mi bolso viajero de historias para no pensar.
  


martes, 27 de octubre de 2015

Padres y café en el Gótico


Papá y mamá sacaban a pasear a los niños, para llegar a un bar donde el café es magnífico. Donde tienen siete variedades de té y donde recogerse en el Gótico, en un oasis de silencio varado, como una isla, en medio de ese trajín de las zonas turísticas con tanto museo, edificaciones eclesiásticas y sonidos de un gótico, o de un barroco, en manos de aspirantes a solistas por los rincones de una  acústica sensacional, que nos atiborra los sentidos.

Les vimos ponerse los niños en sus piernas, y pedirse dos refrescos, mientras nosotros, desterrados de un museo  con tarde gratuita, pero ya repleto en su aforo programado, nos dejábamos llevar por la conversación de nuestras actividades cotidianas.

Cuando la mamá me pidió el agua que acompaña al cortado, ese vaso pequeño cuya función es enjuagarse la boca, para poder deleitarse con los aromas y sabores de un café recién molido, por supuesto se lo di.

Nos quedamos viendo cómo lo ponía en el suelo, para dejar que sus hijos bebieran. Nuestra cara de estupor fue menor de la que ponía el camarero, ese tipo experto en no mirar a los ojos cuando le llamas, pues está al tanto de tus demandas telepáticamente. Sí, esa virtud del oficio que aprenden desde que son contratados, sin haber hecho los estudios reglados de Formación Profesional de Hostelería, pues creo que los que tienen título oficial son expertos en no obrar de manera telepática, sino abiertos al entendimiento oral, o por señas. Creo, que no afirmo.

Con la cuenta en un vasito, como pergamino redentor, íbamos a la barra, a pagar, cuando el feliz padre, justificando a su mujer, tuvo a bien mostrarnos la habitación de los niños. Su móvil estaba plagado de fotos de los niños jugando, durmiendo, haciendo monadas o posando simplemente bien sentaditos en un jardín privado.

En la pantalla de su Samartphone un cuarto con peluches, muñecos silbadores blandos y dos preciosas camitas con edredones grabados en rosa y azul los nombres de Cuco y Cuca, nos sacudían la mirada, para la eternidad de toooodo el resto de tarde.

Seguimos paseando por el barrio Gótico de una gran ciudad. Mirando unas paradas tipo mercado que había en la plaza de la catedral. Habíamos visto cómo, una de tantas parejas, lucía sus mejores galas paternales en unos perros, caniches enanos en este caso.


Tal vez porque el amor cobijador y protector se manifiesta siempre, con o sin hijos, con o sin sobrinos o hijos de vecinos, y hay que darle salida para no reventar.

La tarde otoñal se dibujaba en el aparador de la cecería más antigua de la ciudad de los prodigios, dando pistas  de bosques lejanos con olor a hojas caídas, más allá de las murallas de los olvidos.


domingo, 25 de octubre de 2015

Sueños egipcios



Ayer fue uno de esos días entre bobos y pesados que uno desea que acabe…y resultan tener 25 horas, por el cambio de horario otoñal.

Vi nuevamente una cucaracha, en la misma estación de metro donde ya he notificado tal huésped en dos ocasiones. Mi temor atávico a insectos en general es manifiesto, pero ahora lo domino, por lo que sin ningún tipo de aspaviento lo volví a comunicar a la jefa e estación.  Se salva de mis miedos las mariposas, imagino que por bellas y voladoras, y el escarabajo pelotero, ya ven, porque le debo ver yo como que un reciclador eficiente y un contumaz trabajador.

Ayer también, mi vecina me preguntó si había escuchado sonidos de su perro en su casa, pues les han entrado a robar, por la puerta. Y no, escucho tanto ruido a veces, que no distingo ladrares de perros, o ruidos de niños en cocinas.

Me senté en los asientos de movilidad  limitada, con la mirada a ratos puesta en una pantalla de tele que llevan algunos convoyes, y a ratos en mi libro, que no me atrapa de momento, pero a quien le daré una oportunidad más.

Súbitamente apareció de la nada una ranura vertical, por la que me empujaron a entrar no sé quiénes, pero ahí estaba   una esfinge con la cara de mi vecina, un ibis momificado y un pez momificado también. 


Reconocí en él a uno de los peces de colores del patio del Ateneu, quien me había mirado el otro día con intensas ganas de habar, boqueando, y me pregunté qué faraón amaba tanto a un pez de compañía, o lo que me resultaba peor, un besugo por comida, para llevárselo al más allá de un más acá.



Nadie contestaba en esa enorme pecera donde algunas personas miraban imágenes de una vida cotidiana en el Egipto de los grandes dioses egipcios, pero cuando me volvía a sentar, yo era de piedra. Negra. Poderosa. Eterna.



El sonido de wasap me trajo al vagón, que llegaba a la Plaza España, donde, si el tiempo me deja, visitaré una exposición de los animales en Egipto 






sábado, 3 de octubre de 2015

Tren de cercanías para Trump

Playa de Comarruga, antes de tomar el tren que pude tomar

Trump es un perro grande, negro y mimoso como pocos. Viaja cada viernes en un tren que le lleva a Calafell desde Barcelona, donde convive el fin de semana con tres perras. Él es de Alba, y las perritas (Lala, Lola y Lila) son las perritas de Laia, la amiga de Alba,  la dueña del can y compañera de asiento en el tren de cercanías de ayer tarde.

Es de cercanías, sí, de esos que permiten perros con cadena, y bicicletas, y que intento coger poco porque como para en todas las estaciones y apeaderos del recorrido, para llegar a Reus parece que se me hace muy pesado eso de tanto parar para cien kilómetros y poco más de trayecto, pero ayer había vaga de Renfe. Ignoro si de personal de máquinas, de tierra o de aire, pero la situación era que de una a tres de mediodía circulaba uno de cada tres trenes. Era imposible para mí llegar a hacer rehabilitación a una hora prudente con el que había, único, en el periodo del mediodía, así que me llegué hasta una estación de tren más cerca de Barcelona, y que sé que es nudo de trenes, Comarruga en la mirada, para bien siempre.

En Barcelona la tarde se escapó de prisa, entre rehabilitación y el café, té para él, con mi mejor amigo. Con esas complicidades de libros y lecturas, cotidianidades y aprecio franco sin asomo de grisuras.
Zapatillas en rehabilitación


El regreso, por la segunda franja de vaga, de siete a diez de la noche, me pillaba de pleno nuevamente, sí que tomé el tren tranvía casi, y me pareció un viaje de los mejores que he hecho en estos meses.

No tiene comodidades,  pero sí dos pisos, y tiene na variedad de usuarios que me permitió conocer a Alba y a Laia. Laia suele ir en coche, pero ayer había estado buscando la carta certificada que había recibido, de Tráfico según la cual ha de hacer un examen para recobrar su carnet. Puede conducir hasta la fecha de ese examen, pero llevando el papel consigo…y lo ha perdido, o cuanto menos no sabe dónde estará. Aprovechaba a regresar a su casa en tren, coincidiendo con su amiga.
Tren expreso, pocas paradas, y no dejan entrar perros sin transportín

Trump lame a más y a andar desde que le esterilizaron hace unos años. Mi antebrazo es testigo de sus ansias mimosas. Las manos de un señor vestido con gorra y que tiene dos perros, pues también han sido recompensadas con mimos efusivos, aunque se han salvado otros viajeros de tales muestras de cariño por el control de la correa ejercido por su dueña. 

Hemos hablado de perros, y de la dentadura de los canes , de los juegos de estas mascotas y esas cosas que compartimos los amantes de estos animales caseros y casi de la familia. Todo iba bien hasta que Alba recordaba a Laia que el fin de semana pasado las perritas jugaban con una bola de papel, que le pareció que tenía un sello estampado en tinta azul.

Se han bajado del tren el perro, las mujeres y el temor de haber hecho desaparecer un papel importante, cuando, con la temperatura bastante fresca, se han cerrado las puertas del vagón en su estación de tren y me que quedado leyendo en el piso superior de un tren de cercanías ante el mar. Lego me esperaba, y Tat también. Ahora duermen en mi cama, pero me haré sitio entre sus cariños :-). 


Tart, catorce añitos, y Lego, un año, sobre mi cama...claro!

  


jueves, 1 de octubre de 2015

El hombre del parque


Desde Julio paseo a diario por un parque. Me gusta todo él. Y todo de él. Sus lagos artificiales, sus pastos artificiales, sus olivos alineados imposibles de que hubieran nacido en tal disposición,  hasta sus parajes diseñados para hacer picnic, y hasta para fotografiar en un . rinconcillo cuidado que enmarcaría a cualquier retrato de grupo o pareja con un hálito de serena naturaleza domesticada. Pero lo que más me gusta es la gente que hay en él, a las diferentes horas en las que he ido paseando, y en ocasiones, repitiendo el trayecto.






A principios de mes, de hecho el segundo día que salí con la muleta a pasear por ese parque, me llamó la atención un hombre, de unos sesenta años, que caminaba mucho peor que yo. Era evidente que había sufrido un accidente vascular cerebral y medio cuerpo había estado a punto de claudicar definitivamente.

Imagino que, pasado el inmenso susto, los deseos de mejorarse, y los consejos  médicos le habían hecho mella tanto o más que la experiencia de verse tan imposibilitado como hubo de haberse sentido. Nuevos de trinca portaba cinta en la frente para el sudor, unas deportivas fluorescentes amarillas, pantalón negro corto, con raya vertical amarilla, y una camiseta de control de sudor. le había visto sentado, así que cuando pudo incorporarse me vine abajo. No caminaba, de hecho me producía la impresión de que se iba a caer en cada paso que conseguía dar.

Yo, que no estaba para hacer carreras  de velocidad, me vi abrumada por la visión del hombre de la cinta en el canoso pero tupido pelo. No podía entender que le hubieran dejado salir a pasear, de hecho a correr, en tal estado físico. Admiré la entereza y el empeño del hombre, pero me desvié hacia otro lado del parque porque estaba segura de que le vería caerse, de bruces, tan de estreno con su atavío, como estrenando la capacidad de caminar sin artefactos.

Le vi otro día, semanas después. Y me quedé de nuevo abrumada por el miedo a verle caer, tropezando con su propio movimiento de avance de zapatilla deportiva.

Hoy, temprano, le he vuelto a ver. Sé que es él, porque su vestuario es el mismo, pero ahora lleva una muleta, que levanta con cierta dificultad, pero le deja pasear casi seguro. Mientras yo leía, él se ha ido alejando a la esquina donde una mujer de su edad, tendía una sudadera  azul con el borde amarillo, nueva seguramente. Me ha dejado pensando qué fuerza de voluntad tiene el ser humano, mientras  las primeras gotas de una lluvia novicia de otoño, alegraba la hierba cuidada de un parque de una gran ciudad.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

Velada de otoño



La noche se teñía de sones de violines, viola y de chelo, en un lugar que cobijaba la exposición que ahora engalana sus paredes, con unos cuadros tan bien realizados como sombríos de alma. Sin dudar de la inmensa calidad y nula baratija de este autor, me resultaron oscuras alusiones a un alma herida, a la conciencia inquieta y deprimida, y a la certeza de fealdad y muerte en los caminos, así que la disposición para escuchar la música, de “variaciones de Goolberg”, me pillaba  a trasmano de las pinturas. 

Con el inmenso deseo de poder escuchar desde un limbo de paz dentro de cada espíritu, nos sentamos los congregados en unas sillas plegables, que demostraron ser duras de asiento, para tal velada musical rayando a la hora y media de música excelsa. Inevitable imaginar qué habría  visto esa sala del palacio en otros tiempos, unas sillas sin duda más mullidas y elegantes, para deleitarse con algún “minueto” o música de cámara para goce privado de los señores de la ciudad de los prodigios.



Otrora palacio, el museo rendía pleitesía a esa sala abovedada y barroca, dejando que se usara para audiciones, y el tema de la comodidad de las sillas  pasara por tanto a ser un asunto baladí.




La idea, magnífica, es que semanalmente se ofrecen, todos los sábados, unas sesiones que se han apellidado de “merienda con música” que permiten, por un precio razonable exactamente eso: merendar con música, y acceder a las salas de museo, que en su dos plantas y media   ofrece unas esculturas y pinturas figurativas. Es una propuesta que nos sorprendió cuando la conocimos, y cuyo programa nos cautivó para ese sábado en concreto, así que, obviando en lo posible la comodidad, una cincuentena de personas, todos adultos menos dos niños que acompañaban a un padre, nos vimos ante una mesita con disposición de merendar. Todos modosos, expectantes y con ganas de disfrutar del terceto prometido. 

La merienda ofertada consiste en té o café, junto a unas galletitas variadas, sobre una mesa redonda plegable y blanca como las sillas a juego.



El terceto resultó de juventud en estado de gracia. Me sorprendieron, gratamente, un par de cosas. La primera, porque tenía a esa mujer ante mi mirada y pude contemplarla a mi antojo, fue la ilusionada maestría de la violinista, con esos arranques de miradas previos y aquel cimbreo de torso que mecían y acotaban las notas, sobre todo los “andantes”. Pero lo segundo fue ver cómo llegaba al alma las media sonrisas, que no sonrisas, del muchacho de la viola, quien intuyo, tendría en la sala a alguien muy querido observándole y a quien dedicaba, imagino, tal vez una madre, o una novia, esas sonrisas bajo el bigote de su barba que escapaban entre ataques a su instrumento. De la chelista, como su espalda fue lo único que podía ver de ella, poco puedo decir, pero sonaba bien, la verdad es que muy bien, así que la audición la dimos, yo sin dudarlo y los aplausos que produjeron un bis, por más que buena, a mi entender como notable alto. La idea era continuar observando luego, mientras recogían los servicios de mesa y plegaban mesas y sillas, la exposición temporal. 



Apabullante, inquietamente densa de inquietud, pero de trazo exacto. En el primer piso, como es de esperar a tan loado y controvertido Odd Nestrum, se exhibían una veintena de cuadros, algunos de gran formato, con temas duros, con fealdades casi cruentas, y un par de montajes donde hacerse una idea de cómo ejecuta el maestro su arte pictórico.   .

En la segunda, sus alumnos exponían muestras vívidas, de factura impecable y temática más amable, que dejaban un sabor de boca más dulce en el paladar de las retinas. Siendo acompañadas por esculturas, que me gustaron y que invitaban a tocarlas. Lo siento, las pinturas del segundo piso me llegaron más que las del propio maestro. Esa segunda planta, y lo que fuera un desván, se me hicieron suaves como las mañana de sosl. Con lienzos que uno, tal vez, no se cansaría de ver. 






Resalto el cómo de bien se portaron esos dos niños, de unos diez años, en la velada musical. Me pareció que eran el ejemplo de cómo la música clásica clásica es para todos los públicos, aún sentados de manera incómoda. El padre apenas tuvo que llamarles al orden, y dejó que la niña,  a ratos soñase con dirigir al terceto, cosas que me recordó a alguien...tal vez yo misma. a esa edad.  



En los bajos, en el patio de entrada, la sesión de pintura con modelo, llevaba a su fin. Algunos alumnos habían tomado nota de una mujer vestida, que a esa hora, marcaba ojeras de cansancio e inmovilidad indiscutiblemente hiperrealista.

La noche se abría paso por el barrio donde el museo Picasso congrega a la multitud de amantes del gran maestro malagueño. Nosotros, ahítos de arte, caíamos en la tentación de buscar  un tentempié por cena, por rematar la merienda de un sábado que había colmado mis expectativas de una entrada de otoño en la ciudad de los prodigios.