jueves, 15 de diciembre de 2011

Llamada perdida.

Vétigo, obra de Antonio Sánchez-Gil


Me sentí envalentonada porque la imagen de mi espejo de baño, dejó que la niebla se dispersase. Me vi magnífica. Espléndida. Acabada de pintar por pinceles de marta y pigmentos de arcilla.

Cuando la tenue luz de la mañana, con la magia de una promesa, fue calentando mis horas, incluso aquellas en que ya no te esperaba, me destruyó el instante en el que el impulso de mi corazón te había olvidado. 

Porque era ocasión de abrir otra puerta a la vida. Ocasión para pasar página y rehacer lo vivido. De acomodar en mi almohada la levedad de tu talle para enterrarlo, y no sufrir más por la hoguera de mis sentimientos caducados.

La llamada perdida en el móvil me recordó, por un breve instante, que sólo estabas a diez horas de avión. Pero no eras tú quien llamaba.

Me pilló pensando en ti cuando sonó. Descerrajé el candado de un baúl intangible, para recuperar la brisa que creí olvidada. Esa ahíta de aroma de playa y canela, de sal y agua, que quedó prendida en mi pelo cuando te amé. Por última vez. Cerca del mar

Ya no sé qué debo hacer, porque me cuesta, y cómo me cuesta olvidarte.

2 comentarios:

  1. Los grandes amores resucitan siempre. O casi siempre. Aunque los sepultes bajo cien promesas. O los encierres bajo mil candados. Una vez desterrados, vuelven envueltos en ese polvillo que se cuela por las entretelas del alma y echan allí sus raíces de nuevo germinando en cualquier rincón olvidado de tu corazón. Y, de vez en cuando, una melodía de entonces o una llamada inesperada en el móvil, como en este caso, vuelven a regarlos de nuevo y entonces crecen súbitamente, hasta robarte el aire, como plantas gigantes en una pequeña habitación. Saludos

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  2. Gracias por tu lectura y tu reflexión Francisco.
    Como tú opino que, por mucho que el tiempo avance, al final de los finales el amor tiene una magnitud en el ser humano que permanece en el tiempo.
    Los grandes amores pueden volver a revivirse a través de cualquier situación.
    Un saludo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.