viernes, 9 de diciembre de 2011

Cita en martes y trece.

Si algo me trae un nudo a la garganta me niego a hacer caso al momento porque prefiero pensar que puedo pisar la desazón con la punta de los pies. Hasta la reunión general.

Suelo pactar un día y una hora para verme con el dolor, la tristeza y el desaliento. Una cita sin más, por permitir que esas sensaciones molesten al paladar, sólo un periodo de tiempo acotado y circunscrito a un espacio, en la esfera del reloj de mi propio tiempo. Aunque sé que la esfera es variable en función de la impronta que traen en las manos. El disconfort trae con él variados repliegues de risas forzadas, surcos de alguna lágrima o huellas al fin dejadas por ese mal momento. Con su aroma a miedo o rabia y su amargo sabor .

Pretendo apagar con la punta de los pies esa sorpresa invasora. Esa que una página, o una imagen o unas notas de pentagrama consigue introducirse en mi mente como un ladrón de pacotilla, con ruido de estornudo y un disfraz de alquiler cutre.

Acostumbro a convocar a mis fantasmas, monstruos, ogros, miedos varios y letanías por deshojar a las cinco de la tarde de un martes trece cualquiera. No tengo nada en contra de esos días. Más bien es por precaución y comodidad ya que no la marco en el calendario de la cocina, que es el que rige las cosas importantes en realidad. Y correría el riesgo de olvidarme de asistir.

Curso la convocatoria en un mail de artesanía, para cada destinatario escribo en un tipo de letra y color diferenciado y luego las envío, de una en una. Siempre con tiempo suficiente y adjuntando una propuesta de orden del día.

A mi vez me apunto en una libreta roja diminuta, de propaganda de una pizzería, lo que puedo alegar con cada convocado. Anoto cada estropicio emocional que he ido recogiendo por la calle de esta avenida de líneas continuas y discontinuas, de único sentido de circulación. A veces los miedos son reincidentes. Otras veces aparecen nuevos asistentes y en más de una ocasión me sorprendo bregando con fantasmas de un pasado tan antiguo que deberían oler a rancio pero que insisten en salir a escena ( hay divos nostálgicos cuyo afán de protagonismo es insaciable y atemporal. Y son los que dan más guerra) .

Cuando llega el día dejo el piso en penumbra y con las ventanas abiertas. Me acomodo en un silloncito de mimbre verde con un cojín de tela ya gastado y ahí van llegando los invitados, cada uno vestido para la ocasión. Les escucho atentamente. Y luego me escucho a mí.

Al cabo de un rato, a veces largo rato, buscamos un pacto de no agresión multilateral, para que yo pueda seguir hasta la próxima amarga sensación pasando de puntillas por los miedos. Sabiendo que no faltaremos a ninguna cita ni ellos ni yo.

2 comentarios:

  1. Te puedo asegurar, que me ha impresionado tu mensaje para superar los propios miedos y convertirlos en un juego de palabras. Gracias.

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  2. Es una propuesta de táctica, en un jugar por jugar. La estrategia debería ser no tener que hacer reuniones, por falta de asistentes.
    Gracias por leer y comentar. Un abrazo Alfred

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.