domingo, 11 de diciembre de 2011

Cita a ciegas 2.

Óleo de Daniel Cuervo

Ya suponía que no acudiría a la cita. Los puñados de palabras intercambiadas en los dos meses de intensa correspondencia, le habían puesto en alerta.
Los cuentos de hadas le habían atraído de niño. Las princesas existían en su mente con rasgos indefinidos, pero portadoras siempre de manos delgadas e increíblemente blancas.

La vida se había ocupado de desmantelar los trucos y espejismos de los primeros amores. A estas alturas de su vida conocía los andares, y la forma de mirar, más allá de las mujeres que acaban vomitando tras una copa que les abre el alma. Las que acaban regresando a sus enajenaciones tras abrocharse la falda y recoger a duras penas sus pertenencias, entre las que nunca faltan el sentido del ridículo, ni un romanticismo colgado en la percha de la puerta de sus ojos. Este lo recogen cuidadosamente para hacerlo invisible en su vida cotidiana.

Esta mujer parece poco habladora, muy pudorosa, y de forma independiente al número de personas que la rodean, siempre está sola. Él sospecha que es tenaz, y que seguramente fue una niña fantasiosa, capaz de fabricarse un universo a su medida donde aislarse de un mundo que le parecía hostil. La imagina distante, y poseedora de un secreto que nada ni nadie conseguirá arrancarle.

La noche antes, y por un acuerdo tácito de no intercambiarse foto alguna, habían concertado el primer encuentro en la entrada de un teatro céntrico. Ella postulaba decididamente porque no llevaran indumentaria ni complemento alguno que les hiciese identificables. Se mostró terca en la certeza de que se podrán reconocer entre la multitud, como ella es capaz de notar un garbanzo entre colchones. Cuando él escribió, en el último momento -“llevaré una revista Time”, no llegó a saber si ella lo llegaría a leer..

Con media hora de antelación, hoy entra en un bar, desde donde puede ver el teatro y pide un café con leche que toma sin dejar de observar la calle. A las 12 en punto está ante el teatro, mirando la acera, a un lado, y luego a otro. Una mujer se acerca a la cartelera. Su aspecto es cuidado. Cuando él la mira para llamar su atención con un gesto de interrogación en su mirada, ella al instante baja la vista, y se aleja sin mediar palabra.

Con la revista enrollada en la mano derecha mira el reloj y a la gente, alternativamente, y cuando el frío le cala los huesos se aleja hacia la boca del metro.

Ella bajó del taxi inquieta y se rompió un tacón. Aun maldiciendo al tipo que con su coche en doble fila impidió que llegase a una hora razonable, mira la acera, se detiene, se acerca a las taquillas y vuelve a mirar su reloj. Le imaginó muy puntual. Poco dado a cuentos chinos. Ve una revista que yace en la papelera.

A él se le había olvidado, que la garganta es quien juega a cara o cruz el tono de un sí o de un no. Y salió cara. Subió las escaleras y atravesó la calle, para contemplar, fascinado, a una mujer con un zapato en la mano, haciendo contorsiones ante la entrada del teatro. Con la otra sujetaba el bolso. y se subía el cuello de un abrigo azul marino de paño. Su cabello colgaba asimétrico por su cara y ante la imagen no pudo evitar sonreír. 

Sin haberlo previsto, se encontró escondiéndose tras un poste de publicidad municipal, y sólo quiso seguir ahí, sin moverse, observándola. Era una película para él, que sin pretenderlo se había convertido en un espectador privilegiado de una función cómica en plena calle.

Ella le vio en uno de los movimientos de su cabeza, y se quedó mirándole. Quieta, con la mano del zapato dirigida hacia él. Ambos rieron, muertos de frío, por un borrón, en la primera línea de un cuento por leer.

4 comentarios:

  1. Fantástica descripción de una cruda realidad, envuelta por un haz de melancolía, con una guinda de humor. Un micro hermoso.

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  2. Gracias Alfred por leer y comentar. Los cuentos de hadas tendrán que irse adaptando a las nuevas tecnologías y formas de comunicación, pero la esencia tiene un qué sé yo que sigue cautivando.
    Un abrazo.

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  3. ¡Qué relato-regalo tan encantador! :-)

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  4. Levemente. Gracias por tu visita, tu lectura y tu comentario.
    Eres muy amable.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.