sábado, 24 de noviembre de 2012

Arquitectura de una enfermera cualquiera (Premio al mejor relato sobre enfermería de Investif 2012)


Sólo algunos años más tarde, ante el espejo devolviendo su cuerpo embutido en un uniforme blanco, pudo recordar un instante de su vida.
Tal vez fuera esa tarde cuando su vida se declinó, trastocando las líneas del destino. Esa línea que resultó que jugaba con cartas marcadas por los primeros aires de un mes de Junio.

Esa imagen guardada era la de un hospital modernista, con la luz cenital entrando por una ventana, donde ella, cogida de la mano de su madre, recorrían un pasillo con olores desconocidos e indefinibles a esa edad. Olor a sustancias desinfectantes y a un hálito de miedo que le hizo reconocer, por vez primera, el erizado del vello en su piel. Su abuelo, en ese recuerdo, dormía en una cama alta, con una manivela en el lado izquierdo y un tubo insertado en su antebrazo, que salía de un palo del que colgaba una botella de vidrio y una bolsa con color a amapolas desatadas.

La insistencia de su padre para que hiciera arquitectura le había llevado a visitar en la adolescencia museos, catedrales y edificios singulares. Y ella, con el alma dispuesta a abrirse a la vida, con ese olor a melocotón en sus deseos, había afinado sus sentidos en la asimilación de líneas de carga, de espacios recortados al cielo y materiales en continuo avance tecnológico.
Nadie, ni ella misma, podía saber que el destino le jugaría una broma. Nadie pensó que en bachiller sus notas declinasen tanto, a pesar de saber teóricamente, qué quería estudiar. La edad le había desbocado las hormonas- Los ojos verdes de Pablo habían anidado en su corazón de membrillo y ébano, y las horas de estudio eran apuestas de apuntes mezclados con risas y  besos. Su sueño se destrozó con las noches previas a la prueba de selectividad, con los resúmenes a vuelapluma de conocimientos enganchados con alfileres y con los termos de café bien cargado de última hora.

La nota no soportó la matrícula en arquitectura. Ni en biología. Ni en ingeniería alguna. Se abrió una ventana a Enfermería. Y fue en ese instante cuando recordó a su abuelo en la cama de un hospital. Pensó en una mujer que estuvo a su lado luego, en su casa y en su vida. Trajo a su mente la figura de alguien que cada poco llamaba para ir a verle. Ese nombre al que él apelaba cuando se encontraba mal. Esa enfermera que había ido a verle asiduamente durante los cinco años previos a su muerte, entregando su paciencia, su escucha, su sonrisa y esa puerta abierta a las contingencias que la vejez pudiera depararle. Aquella que podía tutearle desde el respeto, y que, según el caso, contactaba con el médico de cabecera, o con el hospital, o con el servicio del Pades...ya al final de los finales.

Y empezó entonces una carrera de obstáculos, hacia sí misma y hacia una profesión que iría alcanzándola poco a poco, hasta llegar a envolverla. Hasta devorar sus anhelos transformándolos en realidades de ensueños.
Con el uniforme de la Facultad llegaron las primeras prácticas en un hospital. Y las primeras náuseas. Y los primeros sudores fríos en las manos. Y los disimulos por parecer tranquila.

El tiempo fue pasando, los miedos menguando... y la ilusión de estudiar fue creciendo.
Un día, mientras estudiaba “fármaco”, en la certeza de la efectividad terapéutica del contacto humano, jugó a inventar un prospecto para un medicamento intangible e infalible. Casi de efectos mágicos. Y entre sus apuntes,  aún se encuentra, en un altillo de un armario, este ejercicio de terapias alternativas:
Prospecto medicinal de un beso-abrazo.
Lee atentamente, con gafas si es preciso, este manual de uso antes de empezar a usar este producto.
1. Conserva este prospecto. Por si tienes necesidad de volver a leerlo. Aunque pareces tener más memoria que un pez de colores.
2. Si tienes alguna duda en la lectura de este prospecto o cualquier otra cosa, confirma que no esté la página al revés, en cuyo caso, por favor, dale la vuelta, leerás mejor
.

1. QUÉ ES UN BESO-ABRAZO. PRINCIPIOS ACTIVOS, EXCIPIENTES Y USO.
Los principios activos son: Fracciones de felicidad 500 mg, conteniendo: 60% de buenos deseos, 20% de achuchones cálidos y 20% de abrazos humanos.
Los excipientes son: Recuerdos por inventar, mezcla seca de buenas risas y tiempo compartido, talco de sabor a esperanza, óxido de Fe de la propia historia previa y una larga serie de restos de mil sonrisas aparcadas.
USO. Actúa como alivio a corto plazo de los arañazos de la vida por su acción venotónica y síntomas de insuficiencia a los malos ratos y los disgustos leves.
Debe usarse en dosis de ataque sólo en contadas ocasiones, no sobrepasando los 200 millones por día en ningún caso. 

2. ANTES DE RECIBIR UN BESO-ABRAZO
No uses UN BESO o ABRAZO

 - Si eres alérgico a los regalos intangibles.         
3. CÓMO RECIBIR UN BESO-ABRAZO
Pues no se ha descrito postura o ánimo concreto. Al final…pues cada uno sabrá. La vía de administración suele ser dérmica pero al final prevalece lo que el corazón le dicte.

4. EFECTOS ADVERSOS DE UN BESO
Se han descrito:  subidas de ánimo, sonrisas de necio, ganas de llamar por teléfono, necesidad de cantar a grito “pelao”, silbar en la ducha tontunas varias y otras manifestaciones leves de euforia.
Si observas algún efecto adverso, pero de verdad adverso para tu salud, consulta con el Servicio Nacional de Toxicología.

Al final sus prácticas resultaron duras y tiernas. Aderezadas por centenares de sonrisas y docenas de lágrimas.
Durante esas prácticas obligatorias, pudo vivenciar diversas experiencias para las que ningún temario ni profesor podían haberla preparado. En una tarde de Septiembre, durante su estancia en la UCI, halló a un hombre recuperando una segunda oportunidad de ser feliz. Se llamaba Manuel, y  comentaba feliz  que un infarto a los cuarenta le hacía hecho cambiar de prioridades. Ahora, explicaba entre tubos y esperanzas tecnológicas, trataría mejor que nunca a su cuerpo y afirmaba  que la vida le trataría mejor que bien a él. Eva, su esposa, defendía que no cambiaba un minuto de su vida actual por una hora de entonces, justo antes del infarto. Explicaba que aceptarían de buen grado los cambios de turno, como un trabajo llevadero para ambos, sin sorpresas, sin agobios, y sin mal humor contenido. Veían posible reírse juntos y jugar con los chicos, como consecuencia inevitable de este susto. El estrés que llevaba el hombre le había estado a  punto de matar, y ambos lo sabían.
Cuando a él le hablaban de la suerte de estar vivo de pura casualidad, por la temeridad más bien, de un conductor de ambulancia, él asentía muy serio con la cabeza, burlón y sonriente, porque había ganado esta batalla a la vida.

Los años la permitieron descubrir que mantenerse en pie depende de mil factores, entre ellos el de querer seguir en pie tras las caídas, porque todo el mundo de vez en cuando se cae. Había observado renaceres de gorriones tendidos en la calle, en las aceras de la vida inhóspita, y ahora sabía que la energía oscura que reside dentro de cada ser humano,  a veces, en  un ataque se subjetividad incontrolable, le hace elevarse del suelo, a pesar de los parpadeos, anquilosamientos y dolores tras las caídas.
Aprendió que todo el mundo puede tropezar con una corriente cálida que le devuelva la capacidad perdida de volar, tras los aterrizajes sin ruedas ni frenos. Porque a veces desaparece el temor a retomar el vuelo, y a estrellarse una vez más.

El tiempo siguió arrancando las hojas de los calendarios, y cuando empezó a intentar describir sus competencias, descubrió entre enojada y divertida la cantidad de ellas que son intangibles y difícilmente medibles. Recuerda las intangibles.
Se ha oído mil veces en la ducha con el dial en la emisora de "toca curro", sin importar la hora y sin pestañeo de calendario.
Sabe cómo regalarse una dosis extra de leche corporal con olor a coco y alegría. Friccionarse  primorosamente con ella los dedos de los pies para que aguanten, sin perder el paso, la melodía que llegue. Friccionarse las manos para no dejar caer las expectativas que depositen en ellas... y los bíceps, para aguantar el peso de otras cargas sin que las agujetas le devenguen intereses.
Reflexiona ahora, cómo, con los años, ha pasado revista a los espacios, los estados de ánimo, los registros de actividad, los materiales y enseres que conformarán las jornadas, mirando especialmente el armario de los sueros isotónicos de manzanas verdes, y el stock de viales de dosis de ataque contra la desesperanza.
Porque para encarar el día ha de encarar un universo de estreno diario con el uniforme y el ánimo a punto, sabiendo que sus herramientas más preciadas abultan poco: miradas cómplices en el dolor ajeno y oídos libres de prejuicios o tapones.
Ha  estado trajinando en la batea de acero inoxidable productos varios: guantes de quita y pon para las manos que nunca son de usar y tirar, pomadas y ungüentos contra el desánimo, gasas de esperanza, esparadrapos varios para fijar guiños de empatía, pinzas para agarrase a la vida, desinfectante de miedos, congojas y desasosiegos varios, y artefactos variopintos por catalogar.
Llevando siempre, año tras año, dos contenedores de residuos: uno rojo para tirar las lágrimas del dolor y los suspiros que alivian, y otro amarillo para los sueños rotos que se han de volver a tejer, y que ha de manipularse con precauciones adicionales.

Ahora, cuando su bata se empapa en llanto ajeno, sabe, que nada puede ofrecer salvo la escucha y cada vez es más consciente que en ocasiones no puede, no sabe e incluso no quiere implicarse en vidas rotas, como aquella vez que le asustó la presión de esos dedos azulados, aquellos ojos inyectados en lágrimas negras y ese rictus roto en la cara de una madre. Se permitió dejar el cuerpo a su merced. Se dejó inundar de llanto la bata, la camiseta y el alma de un dolor teñido de muerte. Y tras unos segundos eternos sólo pudo decir…” cuánto lo siento “mami”. En un silencio ajeno a los ruidos de la vida.

 
La vida siguió su avance inexorable, y la vocación fue creciendo. Y pasaron los inviernos, con sus nieves y sus posteriores primaveras. Y un día de Mayo se encontró como  tutora de unos alumnos en prácticas.

Tener a estudiantes en prácticas cada curso, le enfrenta a variopintas sensaciones, y sin querer o queriendo, a inevitables reflexiones. Le  aposentan en la edad del almanaque, y le confirman que no hay manual para debutantes de la vida, que sacie  la reconocible ansiedad de tener hambre. Inevitablemente recuerda sus propias prácticas. Por eso lo sabe. La invitan a actualizarte en parámetros, conocimientos, procedimientos y guías clínicas. 
Y ahora les mira buscando en sus ipod información o consultando notas de exámenes, con la frescura de los anhelos incipientes.
Les escucha hablar de novios, de aulas y de tutores. Y sabe de qué hablan. 
Ellos ríen y sonríen a menudo. Y a ella haciendo recuento, le salen menos risas.
Ellos a veces se asustan y a ella difícilmente algo ya la impresiona.
Ellos preguntan y escuchan. Y ella les ayuda a contestarse a ellos mismos.  

Ellos se presentan tocando levemente su identificación de la Facultad y ella perdió varias, y una centrifugadora devoró alguna más.
Comparten fiambreras, mesa y botellines de agua. Alimentos y comentarios. Ampliaciones de información... u otras sustancias intangibles.

La arquitectura, como ciencia de construcción de edificios o avenidas, no es tan diferente a la enfermería.
Ella, la futura arquitecta, ha construido una catedral de luces y sombras. De vitrales luminosos y bóvedas de respiro. De criptas y silencios sedativos. Un lugar donde el ser humano se enfrenta, se resana o se investiga para seguir volando hasta intentar ser libre.

Para que, bajo las noches estrelladas, el hombre pueda seguir soñando futuros por vivir. ...mientras existan en su corazón

6 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena, Albada! Realmente hermoso tu relato, se nota esa vocación tan sentida que tienes por tu trabajo, esa que dan los años, la experiencia, el cúmulo de sinsabores y alegrías.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Gracias Sara. Hay aspectos en toda profesión, que devienen de vocación, a acaban por adoptarla.
      Supongo que se ha dejado ver en el texto esa ilusión de hacer lo que uno quiere hacer. Con las contrapartidas que todo avance supone.

      Un fuerte abrazo.

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  2. Albada, en primer lugar, quiero felicitarte por el relato y como corresponde, también felicitar al jurado del premio. Ignoro las demás narraciones que se presentaron, pero intuyo que la tuya tendría poca competencia por muy buenas que aquéllas fueran.

    Mi profesión, también como "trabajador" sanitario (y es que ya me da vergüenza hasta autonombrarme médico, tal cómo están las cosas) me ha permitido ver en el relato no sólo el estilo sino algo más profundo en su contenido, tierno, con toques de un excelente humor y repleto de realidad y nostalgia.

    Un abrazo de Groucho

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    1. Gracias. Estoy segura que hay aspectos intangibles que has reconocido como propios también.

      Ser competente es conocer, manejar alguna aptitud y querer. Y esa actitud, de querer cuidar, acompañar y sanear es a la que quería rendir tributo.

      Aquí estamos, buscando ser competente es el mejor oficio que se nos puede ocurrir. En mi caso, amante de la vida.

      Un fuerte abrazo de Albada.

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  3. ¡Enhorabuena Albada!
    Al leerte te envidio por esa unión perfecta entre profesión y vocación. Por poder dedicarte a lo que realmente te gusta y te llena. Y por conseguir el más difícil todavía. Que con ello otros se benefician, se llenan de nuevo de vida, se consuelan , se cobijan entregándose con la certeza que alguien se preocupa por ellos.
    No cambies, por favor.
    Te mando un container de beso-abrazo, que se que harás un buen uso de ellos.

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    1. Gracias. Como ya sabes, hay fragmentillos, surgidos de mi profesión. Es casi inevitable expresar sentimientos, sensaciones y la inmensa satisfacción de hacer lo que quiero hacer.

      A veces, nuestro destino se nos cruza de formas extrañas. La protagonista tenía que haber sido arquitecta, no era mi caso, pero lo cierto es que no me cambio por nadie. Mi trabajo me hace crecer día a día, y no me imagino haciendo otro oficio.

      Un abrazo-beso sin efectos secundario más allá del cariño.

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