La música inundaba el viñedo, a esa hora maldita en que el día se precipita al sueño de la noche con zapatillas de algodón.
Tras kilómetros por entre viñas, sol, risas y melodías, la luz ya jugaba con las sombras en la piel y las colinas, en su pelo y en el leve relieve de sus hombros. También en el reloj de muñeca de una repisa de hotel.
En ese auto años cincuenta, descapotable, granate y ligero como pompa de jabón, se detuvieron en el arcén. La vista alcanzaba una viña sin límites, con unas uvas oscuras, entre azul, violeta y sueños nocturnos.
Sólo querían caminar entre los surcos sin dejar de oír la melodía, tomados de la mano. Pero al alejarse, la música se escapaba por las ventanas del aire. Él buscaba formas de conseguir que la música fuera audible más allá de unos metros, y con una navaja suiza cortó unos racimos, maduros, pesados, húmedos y relucientes.
Consiguió sentarlos a horcajadas en la palanca de cambios, sobre la radio de dial manual y, por aquellas casualidades de la física, de alguna forma difícil de explicar, la noche se confabuló con ellos, dejando que el silencio se tiñera de unos compases sin final.
Pasearon bajo la noche incipiente sin decir nada. Con la certeza de que ese tema sonaría una y otra vez, para atemperar sus corazones ante una puesta de sol, en el Languedoc francés.