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miércoles, 16 de enero de 2013

Crema de virutas de einhorn

Gentileza de flyngteacher


Me despertó el frío de la noche invernal con su sonido a viento entre las rendijas de mi persiana y de tus ojos tibios. Esos que ahora me miran, aún en estado de despegue. Con mi delantal de fresas, en la cocina. Entre fogones de almizcle y posos de una noche sin pausa entre envites de amor y einhorns de Enero entre los abetos del bosquecillo.

¿Y tú me preguntas que qué preparo?..
- Una crema de flor de calabaza y pétalos de rosas.
¿Qué más podría decirte?

Mientras dormías aún, recogí del congelador los pétalos de aquellas rosas que me regalaste por mi cumpleaños. Salí luego al huerto y corté con alicates de dulzura dos hojas de calabaza rociadas por el hielo de este invierno en los paisajes y primavera en flor de nuestros brazos.

Me esmeré en cortar en dados diminutos pétalos y pistilos, dejé reposar el caldo de virutas de cuerno de unicornio y cabellos de cronopios, y ahora hago un sofrito de besos y copos de nieve, a fuego de levísima ignición, para que la base del caldo deje ir las propiedades y vitaminas de cada componente del desayuno.

Cuando me alzas en tus brazos, crujen las maderas con tus termitas derrotadas, se desbordan los aromas entre las paredes de azulejos de trencadís y Dog mueve la cola avisando que el hervor está punto de producir una inundación de besos por toda la cocina. 

El desayuno de amor invernal, entre cremas de vegetales henchidos de amor, nos lleva a apagar el fuego de los fogones, abriendo las espitas de nuestros corazones sedientos de piel y olas en busca de un suave aterrizaje lamiendo la playa de nuestros deseos cumplidos.


lunes, 14 de enero de 2013

Eva derrochando luz.


Siempre sostuvo ser de natural enamoradizo, alegre de modo propio y con un ligero déficit auditivo que conllevó más de una situación incómoda y unas docenas de jocosas.

Cuando Eva entró en su vida, las palomas se mudaron del granero, porque ella llenaba el aire de gritos desaforados que inundaban primero su boca, luego su vientre y acababa desbordándose por toda la casa, el viejo establo y hasta el bosquecillo circundante, a cualquier hora. Cuando los pequeños alaridos de Juan se unían al vaivén de sus acordes venusianos, el sosiego de las ramas se quebrantaba, las hojas se enrojecían y las avutardas salían en busca de acomodo entre sus alas y una quietud imposible, conformando nidos de equilibristas cada vez más lejos de la masía, y de la vida exultante que Eva dejaba ir en amorosos cantos a la muerte por vivir.

Los idus de Marzo se llevaron a Eva por donde había llegado, esa carretera secundaria de un valle perdido en Ourense, y él emprendió la afición de coleccionar piropos. Llorando quedo.
Por atraer a la luna a su rincón encantado del cuarto de arriba, para cobijarla entre la niebla verde  pasto, que olía a cielo azul en su agonía.

Llegó María. Por la misma carretera comarcal sin asfalto ni salida. María de sus pecados y sus absoluciones, con sus ojos azules y místicos de novela post-romántica. Su rotundidad a la hora de evocar con desdén los arrumacos más suaves y tiernos, le llevó en volandas a paraísos prohibidos de aroma a mar sin arrecifes ni corales. Sin brisa ni levedad de olas antes de atracar en muelle inventado de fuego y llamas.

María de Todos los Santos Pecadores, María cual meretriz sin alcancía, María destrozando las colchas en sus juegos sin cortapisas, sin poder impedir que Juan buscase a Eva tras sus pestañas y su cintura. Persiguiendo la locura de escapar para escaparse de un abrazo opresivo que le devoraba sin medida. 

sábado, 12 de enero de 2013

Sus cuarenta y diez.

La cifra que había de cambiar la década, le sacudió en la cerviz al sonar el despertador.

Cuando fue un cuatro  quien marcó la decena previa, sintió que lo más impactante de su vida, casi con certeza, lo había emprendido ya. Con las fuerza intactas, los hijos aún bajo su capa española , un trabajo para desarrollar  en velocidad de crucero y el espejo recordando que lo mejor de sus musculación seguía intacto y que ni una cana deslucía su cabello negro rizado.

Ahora, con el cinco robando el lugar de cuatro, se miró en el mismo espejo, con unas gafas de un mayor aumento, pero de menor alegría.

El cabello clareaba por la coronilla y las canas debutaban ya en la barba tras arrasar las sienes.
El abdomen quería emprender una marcha hacia otra talla y hacia un perfil con aspecto de cinco gestante. 

Dobló las rodillas al salir de la bañera y un clic amenizó el movimiento de una de ellas.
Se ató los cordones de los zapatos notando por primera vez una presión en el dedo pulgar del pie derecho y se abrochó el cinturón sobre la camisa de cuello con botones. Y fue consciente de la dificultad de encajar los ojales diminutos, sin dejar que la corbata se acomodase como a los treinta. 

Eva dormía, como siempre a las siete, con su cara de niña, soñando azaleas y ventanas mirando al mar. Se sentó y acarició de nuevo el perfil de su cara contra la almohada de su juventud inconclusa, oyéndola rehogar una sonrisa, arqueando la pelvis, desperezando el aire, iluminando el cuarto y la mañana.
Se le abrazó al cuello, colgándose de él con un beso de fuego y luz  devolviendo en un instante, la intensa sensación de que la vida no podía herirle.

Le devolvía intacta la certeza de un eterno amor sobre las aguas movedizas de una arena de mar, que estaba por descubrir aún la derrota de su destino.

Tiñendo de azul índigo su piel con aromas de anhelos y de mar, como sirena sin escamas y cabellos de  vientos por descubrir. Esa melena sin trenzas, ni diademas, ni abalorios para sujetar su color anaranjado entre rizos de amanecer en flor. Sin fecha de caducidad.


miércoles, 9 de enero de 2013

En la rebotica de las recetas.



Puso en el diminuto mortero dos dracmas de chocolate, tres pizcas de esencia a rosas y dos dientes de león bien trinchaditos.

Con el pistilo de vidrio y quebrantando todas las promesas y juramentos hipocráticos, obtuvo una pasta anaranjada que dejó reposar. 

Permitiendo que el oxígeno y el tiempo hiciera su tarea, se tomó un baño de hinojo y salvia, entonó un aria y salteó de sonrisas los azulejos del baño. Con un albornoz a sotavento de un mandil con bolsillo de quita y pon, siguió la segunda parte de la receta.

Tenía que buscar el punto justo de cocción. Ese almíbar ambarino estaba destinado a llegar a la temperatura adecuada. Calentó un mechero de alcohol,  y con una cucharilla de plata fue removiendo hasta que un aroma intenso se desprendió, quebrantando los latidos de todos los habitantes del bloque siete.

Cuando miró a través de la gota a punto de hebra fina entre su índice y su pulgar, contempló a través de ella, la perfección de Eva desnuda, entrando a la cocina.

lunes, 7 de enero de 2013

Circuitos de la tarde

Anclando la cabeza en tu antebrazo, empezaste a dibujarme.
Tus dedos recorrieron mi labios ya huérfanos de carmín.
Seguiste el trazo de mi mentón, perfilaste unos párpados cerrados,
rodeaste  mis lóbulos y mis pendientes, perfilaste luego mi nariz.

Las manos se tocaron, las pieles se encontraron levantando anhelos
y la tarde se fue desgranando en caracolas, en olas de suspiros,
dejando aparcadas las farolas de todos los olvidos,
tomando la ruta sesenta y uno de este a oeste del ocaso,
saltaron mil esquirlas por los aires, dinamitando las compuertas.
Sentimos las hormigas recorriéndonos los pies de sur a norte,
y hasta la pálida luna hizo extraños aspavientos
cuando las amapolas voladoras emprendieron el vuelo,
al dejarnos resbalar por las auroras de un rayo en el silencio.

Calmados se apaciguaron nuestros pulsos, salimos de la mar,
mojados, sin ver que los coches seguían su prisa... por llegar.

sábado, 5 de enero de 2013

Relaciones virtuales, juegos al fin

Foto tomada de Internet

Juan quería permanecer en ese vacío tan lleno de actividades trepidantes, aún  carente  de calor nocturno. Descubrió en una red social un enorme tráfico de usuarios, y una tarde, de forma natural, y sin intención previa alguna, comenzó a comunicarse en mensajes privados con una mujer amarrada a la foto de una flor de lis.   
Resultó ser demasiado joven, extremadamente visceral y nada dada a conversaciones de calado reflexivo. No llegó a darle ningún dato personal, ni contempló opción de comunicación más cercano, ni más natural. Con ese primer experimento, no obstante, se le despertaron las ganas de mantener contactos con mujeres, de esa forma  anónima y exclusivamente  en forma virtual.

Los meses dejando aterrizar a otras usuarias, por  el mismo sendero de sus inmensas ganas de comunicarse y su nula capacidad para un cuerpo a cuerpo. Descubrió también que darse de alta en una dirección de mail para cada una, era una forma de dar visos de realidad a las relaciones virtuales.

Las hojas del calendario siguieron su deshojar paulatino e implacable. Las usuarias aparecían, él contactaba con dosis de humor ascendente y frases caducadas. Veía con agrado cómo podía mantener una relación ficticia de amistad especial y única con cada una. Cuando acababa la partida, ellas conservaban un mail y en algunos casos hasta un número de teléfono de un solo uso, comprado para la ocasión, en la sección de telefonía de un Carrefour cercano. Ambos nexos eran dados de baja, ya que eran configurados o contratados al efecto para cada una de ellas.

Como a veces los cálculos de movimientos se tuercen por factores imprevistos, llegó a la red un día una mujer, que se prestó a escucharle en las reflexiones  gestadas en su soledad. 

Los relojes sufrieron una avería, los trayectos neurológicos se trenzaron como cables mal dispuestos y la mente analítica de Juan tropezó con su deseo de esquivar lo imponderable.  

Cometió un error, uno sólo. En un céntrico café, con más curiosidad que deseo de cambiar nada en su forma de operar, se vio sentado con un diario deportivo en la mano. Descubrió, sorprendido, que lo virtual se había escapado del tablero: una dama avanzaba por la diagonal blanca. 

Entre una densa neblina resonó, inequívoca, la frase que él solía pronunciar: jaque mate. 

Ahora él la imagina jugando en partidas de mayor nivel de dificultad, y sólo desea que esa alumna aplicada no se cruce en los sesenta y cuatro cuadrados de baldosas que le quedan por vivir.


viernes, 4 de enero de 2013

Niña perdida y encontrada


Se perdió entre hojas de marihuana y sándalo en flor. Rojiza, entre la espesura de su anunciado verdor.

En la penumbra de su alma herida dilapidó sus quince años en avatares confusos de recordar.
Los dispuso en una raya de ansia y amargura cabalgando a lomos de una aventura por domesticar.
En la huida se deslizó al lado más negro, al más oscuro de su razón. Aún inconclusa. Por su edad.


Por emerger entre sus faldas de lino y los rojos collares de coral, por un amor malherido, simplemente se dejó caer.

Hoy, con la mirada repescada de entre las nubes que dejó atrás, me aferro a su imagen de rubia y pálida inocencia.

Esa niña, de estraperlo, anidó en mi corazón. Y ahora que es una mujer, no la volveré a dejar escapar. 


miércoles, 2 de enero de 2013

Tatuaje en tinta china.


Tarde o temprano sabrá que perdura
la tinta que tatuó con su escritura,

de terciopelo y satén las madrugadas
de una piel con aroma a desbandada.

Entonces, temprano, los espejos,
fijarán con tinta china los recuerdos.

Entonces, tarde, y perdidas en sueños
las palabras le llevarán muy lejos.

...a aquella frase en la piel de una mujer.