sábado, 12 de enero de 2013

Sus cuarenta y diez.

La cifra que había de cambiar la década, le sacudió en la cerviz al sonar el despertador.

Cuando fue un cuatro  quien marcó la decena previa, sintió que lo más impactante de su vida, casi con certeza, lo había emprendido ya. Con las fuerza intactas, los hijos aún bajo su capa española , un trabajo para desarrollar  en velocidad de crucero y el espejo recordando que lo mejor de sus musculación seguía intacto y que ni una cana deslucía su cabello negro rizado.

Ahora, con el cinco robando el lugar de cuatro, se miró en el mismo espejo, con unas gafas de un mayor aumento, pero de menor alegría.

El cabello clareaba por la coronilla y las canas debutaban ya en la barba tras arrasar las sienes.
El abdomen quería emprender una marcha hacia otra talla y hacia un perfil con aspecto de cinco gestante. 

Dobló las rodillas al salir de la bañera y un clic amenizó el movimiento de una de ellas.
Se ató los cordones de los zapatos notando por primera vez una presión en el dedo pulgar del pie derecho y se abrochó el cinturón sobre la camisa de cuello con botones. Y fue consciente de la dificultad de encajar los ojales diminutos, sin dejar que la corbata se acomodase como a los treinta. 

Eva dormía, como siempre a las siete, con su cara de niña, soñando azaleas y ventanas mirando al mar. Se sentó y acarició de nuevo el perfil de su cara contra la almohada de su juventud inconclusa, oyéndola rehogar una sonrisa, arqueando la pelvis, desperezando el aire, iluminando el cuarto y la mañana.
Se le abrazó al cuello, colgándose de él con un beso de fuego y luz  devolviendo en un instante, la intensa sensación de que la vida no podía herirle.

Le devolvía intacta la certeza de un eterno amor sobre las aguas movedizas de una arena de mar, que estaba por descubrir aún la derrota de su destino.

Tiñendo de azul índigo su piel con aromas de anhelos y de mar, como sirena sin escamas y cabellos de  vientos por descubrir. Esa melena sin trenzas, ni diademas, ni abalorios para sujetar su color anaranjado entre rizos de amanecer en flor. Sin fecha de caducidad.


8 comentarios:

  1. Yo quiero un cumpledécadas así, aunque en mi caso ya sería el seis.
    Por cierto, yo que tú intercalaría una erre en la palabra "baba". Te lo pide un barbado cincuentón.
    Abracitos.

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    1. Gracias. La r entre la baba se había mostrado juguetona y acertaste con ella al juego del escondite de la díscola consonante.

      Pues deseo que cuando el seis desplace al cinco, que tu cumpledécada, encuentre entre tu barba entrecana la frescura de un cuatro en a piel por seguir habitando en un tres de esperanza.

      Un abrazo.

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  2. A partir de una edad la vida no deja de herir.
    Hasta que un día te mata.

    Besos.

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    1. A partir de una cierta edad, la vida deja de herir. Nos permite obviar el sentido del ridículo. Nos abre las alas para ser quienes somos. Nos importa un pito el qué dirán. Pero sobre todo, nos recuerda que en tanto que efímeros, no podemos despreciar la oportunidad de vivir. De seguir jugando. De calcular la mano de cartas que del mazo de ellas nos tocó en suerte y sacar mejor partido.

      Por cumplir años. Y décadas. Un abrazo.

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  3. Mientras el amor no tenga fecha de caducidad, todo es más llevadero...

    Un abrazo, Albada.

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    1. Ese artilugio inventado no cumple años Sara. Porque no existe. Se construye y se alimenta sólo de día en día.
      Mi protagonista sabe que sin Eva, la vida es posible, pero que sería otra vida.

      Un abrazo.

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  4. Este mismo año me toca cambio de decena y es inevitable pensar. Me ha gustado mucho tu descripción.
    Por cierto que te tenía un poco abandonada y me he pasado un buen rato poniéndome al día. De todas formas, para que no vuelva a ocurrir, te he puesto entre mis favoritos.
    Un abrazo.

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    1. Es inevitable hacer un minibalance. Yo no huyo de ninguna cifra. Me complace cumplir años. Será que ese día me percato de que no me he quedo por cumplirlos!!!.
      Creo que a los 100 ya me habré cansado, pero no lo juro, por ese día me encuentro ante el espejo una anciana maravillosamente lúcida y entonces me de pereza bajarme del tren.

      Un abrazo.

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