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sábado, 15 de octubre de 2016

Llovió cuanto quiso


Te quedaste arriba, en el dormitorio, calculando que yo, entre el bastón y la humedad, no me animaría a salir a dar una vuelta por la playa vacía, en ese pueblo costero solitario bajo el agua que a ratos parecía una sábana de líquido redentor.
Se oían los truenos, ¿recuerdas?, y me dijiste- mujer, espera un poco, que igual luego clarea.

Te quedaste, mirando luego desde la terraza qué tanto me atrevería a acercarme a la playa, e imagino que pensando que hay que ser necio del todo para dejarse empapar cerca del mar, cuando el agua te rodea ya por los cuatro puntos cardinales de la piel.

Lo que no sabes, es que en Agosto, a partir de la segunda quincena, muchas tardes solía llover, y que yo era especialmente feliz nadado, paralela a la costa, precisamente en esas tardes, cuando el agua hacía huir a los bañistas y me quedaba yo sola, inundada de mar entre mis piernas, y glotona de un agua dulce que recoger con mi boca.



No sabes tantas cosas…y es normal que sea así. No en vano hace sólo dos años que nos conocemos. Las tardes, y las madrugadas. Las estancias en tu casa o en la mía, nos han dejado hablar de unos pasados muy ricos, sí, pero imposibles de pormenorizar.

Los viajes, cuidando de mi rodilla, que parece ya el cuento de nunca acabar, nos han permitido compartir muchos recuerdos, muchos nombres de familiares, amigos y situaciones laborales, pero claro, ¿cómo puedes saber que me chifla bañarme cuando llueve?, ¿que soy agua entre las aguas de unas playas, o unos ríos que nunca son el mismo mar ni el mismo agua?. Inconvenientes de habernos buscado por tantos años hasta encontrarnos. No haber podido saber más de esas pequeñas manías o grandes fobias.

Jaja: te pareció absurdo mi pánico a los insectos. ¡Ellos tan pequeños y yo tan mayor!, pero ya ves, un día u otro tenías que saberlo, y fue en La Ciudadela aquella tarde , mientras una avispa burlona merodeaba alrededor de un seto protegiendo a unas rosas. Y te sorprendiste. Pues esto es algo similar. Habiendo pasado toda mi adolescencia veraneando en Comarruga, la sensación de la lluvia frente al mar, me hace latir en deseos de tocar la arena que va rompiendo cada ola, así que no podías saber que con bastón y paraguas, también llegaría a jugar con las olas muriendo en la orilla.



-       -    Claro que me  mojé. Tobillos enteritos, hago chop-chop te dije al entrar en la habitación del   hotel
-      -     Veo que al menos trajiste chanclas, respondiste.

Me preparaste un baño caliente y fuiste a buscar una chocolatina. “Traigo chocolate y besos”, dijiste desde la puerta del aseo.

Que nunca nos falten los besos, que no te canses de guardarlos para mí cuando no estamos juntos.

El resto ya lo conoces. Hoy tendré que salir de paseo contigo con calcetines bajo las chanclas, pero nos conoceremos un poco más. Y tú más tarde me enseñarás las fotos que me hiciste desde este balcón prestado.

Te dejo esto escrito mientras sales de baño. Iré bajando. Espero que hoy, como ayer, en  el buffet libre haya churritos. Te espero allá. 


Perfecta imperfección



Su mes de vacaciones sería perfecto para dejar atrás una imagen tan vista como anodina. Se había cansado de pasar desapercibida en toda reunión social. Su plan era simple: ponerse unas extensiones del mismo tono que su color natural, y dejarse practicar un implante de mamas. Y qué mejor que aprovechar este mes, dijo a su hermana, que es en el que ofrecían financiación sin intereses. El centro médico  se anunciaba en muchas paradas de bus, en esos  rectángulos para propaganda por toda la ciudad. Y Lucía los veía tanto  a la ida como a la vuelta de su trabajo como dependienta del Zara.

Le ofrecieron cita para una primera visita el día uno de mes, y mientras esperaba turno, pudo ver las paredes llenas de diplomas y asistencias a  congresos de quien sería su  cirujano. No tenía miedo a la anestesia, ni a la recuperación, porque ya se sabe..."que para presumir se ha de sufrir"

Los vendajes dolieron una eternidad y resultó más incómodo de lo que creía, pero al mes ya caminaba pudiendo mover los brazos sin dolor en las axilas. En ese tiempo le había crecido el pelo lo justo para ponerse unas extensiones. De cuarenta centímetros. Y de pelo natural. Carísimas, eso sí, pero por algo había trabajado como una burra. Así que salió de la peluquería saludando a una desconocida que le sonreía desde el espejo.

Hubo de comprarse sujetadores nuevos, y también unos deportivos especiales, porque cuando intentó volver a hacer running, el bamboleo de su delantera  le producía un  dolor que nunca había conocido. También hubo de comprar productos para el cuidado y mantenimiento de su nueva cabellera. Artefactos,  cremas, mascarillas y rizadores que consiguieron que el  proceso de arreglarse para ir a trabajar pasara de cinco minutos a media hora.

Tenía tantas ganas de enseñar su nuevo look, que deseaba acabar sus vacaciones la última semana. Al fin llegó el primer día de su vuelta al trabajo. En el bus notó ciertas miradas hambrientas de hombres, y de envidias femeninas, y se sintió como en volandas de una revista de moda. Todas las compañeras la felicitaron efusivamente, y alguna incluso miró su propio pecho, como para comparar. Puede que contribuyesen las plataformas de sus zapatos negros, en ese atuendo escogido para su reentré, pero  su ego se elevó un palmo y medio, o más, al confirmar que no pasaba desapercibida, sino que era admirada. ¡Y de qué forma, por algunos ojos viriles!

Lástima que se le enganchó el pelo al ayudar a subir una cremallera. Aquella prenda era dos tallas inferiores a las medidas de la clienta, pero lo solucionó yendo al aseo, y en un periquete. Se recogió la melena en un gracioso moño. Y así la siguió llevando en horarios laboral, para no tener percances indeseados.


Lástima también que su amigo, el primer fin de semana tras sus "vacaciones" le sugiriera hacerse una cola de caballo durante los preliminares orales del amor. Y luego le pisó el pelo con el codo, tras un gran polvo. Por supuesto, fue sin querer. Simplemente se giraba para mirar, bien apoyado, a la mujer hermosa que yacía junto a él.  Ya henchidos de amor con cama,  a Lucía le dolían ambos pechos, y su cabellera, una caricatura ahora, en el espejo, era un adelanto de lo que le costaría volver a colocar sus mechones y recobrar el aspecto natural de su melena de estreno.

martes, 11 de octubre de 2016

Deberes imposibles en otoño

De Google


Los niños duermen, son las 9,30 de la noche, y, como otras veces, le han dejado la urgencia de unos deberes para ella que ya verá si podrá cumplir. Está poniendo jabón en el estropajo de la pica de la cocina

No, si es que no hay manera. ¿Cómo voy a encontrar a estas horas la libreta que necesita llevar mañana?, a ver. Ya me dirás…sólo queda abierto Carrefour…y dime tú cómo les dejo para ir en coche a por la maldita libreta con anillas.

Si es que les digo mil veces que no dejen para el último momento lo que han de llevar al cole. ¿Es que no entienden que trabajando de tarde se hace imposible buscar en el último segundo? Les dan un papel…y ella mira…me lo da el mismo día, pero este crío…no hay manera. ¡Si hasta me entero de las excursiones la noche antes!, pues ya me dirás cómo va a llevar el chándal del cole limpio.

Que esa es otra. ¿Por qué narices han de ir con el chándal del cole?, en fin, que mucho concertada y que sólo da clase una monja, pero ojo qué tiparracas con la coña de su bata y su chándal  de las narices. Y feo. Porque es feo. Y mira…para ella no sirve el que le quedó chico a Pablo, porque lo cambian cada tres años. ¡No vaya a ser que un hermano pueda aprovecharlo!…qué morro tienen.

Claro, que también podían haber dicho en la lista de enseres lo de esta carpeta. Porque bien que dicen “tantas de papel cuadriculado, tantas de doble línea, tantos lápices…”¿y luego resulta que  al mes de cole ya estamos con que necesitan otra con anillas? Haberlo dicho ¿no?. Pero no. Les dan el papelito para dar a los padres y hale, tan panchas ellas.

Y esos deberes…pero si hace cuarto por Dios…¿no podían poner menos deberes? Tanto concertada, tanta excusa de que pagamos más porque están una hora más…¿ y no pueden hacer ese repaso en esa hora?. Todavía un día lo expongo en la reunión del AMPA porque…si hasta la nena tiene deberes…y hace P4, ¿qué quieren? ¿Que hagamos los padres de profes? Y mira…si hay padre, mientras uno vigila deberes otro hace cena y baños, pero así…lo ponen difícil las buenas monjitas de Dios.

En fin. Ya friego los platos, me ducho y a la cama. Con suerte, el quiosco de la esquina tenga alguna. Me suena que tiene lápices,… pues igual tiene alguna carpeta, aunque con cuatro anillas no sé yo… Y claro, la papelería que hay al lado del cole abre a las nueve. Qué tontos, por Dios. Eso sí, tienen todos los libros que piden cada fin de curso para el siguiente. Yo creo que sólo ellos los tienen en Julio, algún chivatazo, o “convenio”, digamos.
Qué cansada estoy. Creo que tengo más varices, ahora que me desnudo…sí. En el Zara me paso demasiado tiempo de pie. He de cambiar de turno, si no acabaré enferma, ya lo verás.
       
 Uff que ganas de ducharme y dormir. Mañana veré qué invento

Con lo chulo que es jugar sin hacer deberes!!!!

sábado, 8 de octubre de 2016

Pócima y azul

Imagen de Aguirrefoto

Aníbal jugaba con las palabras desde que, en el instituto, confirmara que ninguna chica se fijaba en él. Con su gordura, y su cierta asimetría facial, hasta el espejo le gritaba que su cara no era normal. No es que se viera feo, es que lo era. Parecía fruto de una mala broma, o de una elucubración de un Dios de segunda mano. Sí, era diferente al resto de los mortales y eso le hizo introvertido y experto en buscar tácticas de conquistador, hasta llegar a inventar un bebedizo de amor que le echara una mano para conquistar a alguna alma gemela, bella, como la suya.

Una noche, adulto ya, se sintió, como otras veces, un auténtico chamán, y entre anuncios de turrones, mientras  todos por la calle andaban con preparativos navideños, se dijo que bien valía un amor de quita y pon que le devolviera la mirada azul de los estrenos. El efecto duraba poco, y era lo que más le gustaba de su pócima. Ese sabor dulce en los labios de ellas se acoplaba como horma a los zapatos, a sus palabras vestidas de gala y apremio, orladas  de promesa y eternidad.

Nuevamente, jugaba con las palabras, entre sonetos y chupitos, en la noche fría de la barra de un bar, frente a una mujer con pelo de Magdalena y ojos de Cleopatra. Con dos bromas bien trabadas y unos versos prestados, sobre el vasito de ella vertió unas gotas del líquido de su invención, como tantas otras veces. Era muy sencillo, y fruto de pruebas y errores. Consistía en el destilado de hojas laurel y alas de mariposa bajo la luna llena, por tres noches y ningún ingrediente más. Luego dejaba reposar el brebaje en su frasquito de cristal marrón, con tapón de cuentagotas. Esos recipientes los compraba en una tienda de aceites esenciales y flores de Bach.  Había diseñado otra pócima, sólo para él. Para olvidar los encuentros de amor impostado, tal vez forzados para ellas, pero que para él eran reales. Las amaba, de manera real e incontestable, y no quería tener el desvelo de buscarlas para recrear la dicha de sentirse amado.

Eva, esa jornada, vestía unos tejanos y un halo de tristeza. La soledad tenía la sombra más alargada por fin de año, cuando todos parecían tener la felicidad a sus pies. En sus pestañas la luna se había dormido por esa noche, y se entregó a escucharle dejándose amar a través de los sentidos. Tomados de la mano cruzaron la puerta y el aire navideño les hirió en los ojos. Las luces de la calle zigzagueaban en diversos tonos de azul, y sólo la esquina retenía un rondel blanco de un farol viejo, tan viejo, tal vez, como sus propias esperanzas.

La iluminaria de fiesta se reflejaba en los escaparates cerrados, mientras los tacones de Eva resonaban por la acera. Apenas circulaban coches, pero no necesitaban más que sus pies sobre las callejuelas, para sentir que la oscuridad estaba llena de vida por desenvolver.
Cuando en el cuarto de una pensión sin nombre se miraron, se reconocieron por primera vez. Se acariciaron mudos los cuellos, y sin dejar de besarse, fueron desabrochando botones, abriendo heridas y cerrando añejas cicatrices. En el primer asalto a un tren de mercancías caducadas, descarrilaron los vagones cargados de miedos y desesperanzas, que cayeron resbalando por el terraplén del pasado, dando vueltas de campanas. Desnudos, y con el pestillo echado, la sombra de sus cuerpos fue  derritiendo la luz mortecina de unas lamparitas imposibles. Justo cuando el mundo desaparecía con la eyaculación de él, se oyeron risas flojas y pisadas sin cuerpos. Era, casi con certeza, alguna pareja que trepaba ebria por la escalera de madera gastada. Seguramente sin remedio. Tal vez dejando inquieta a la carcoma de los sueños por buscar de las parejas efímeras y  de los besos usados.
En el segundo asalto adelantaron las pelvis y dejaron sin destinatario el respirar agitado y rojo de sus pulmones.

En cada beso ella relamía las palabras redentoras que él seguía inventando, desde su más profundo interior,  que se deshacía ahora en palabras blandas y firmes, tiernas y azules, entre sentimientos reales que le escarbaban las entrañas.

En cada beso, él buscaba la vida en la boca de Eva como el aire en la mañana que estaba por descubrir. Como un pez que boquea fuera del agua. Con el afán simple de sentirse vivo. Con cada embestida, ambos desafiaron a la muerte, sonriendo para sus adentros. Y es que se sentían vivos y amados, sin más que un presente lleno en sus espaldas. Se supieron lejos de la amarga desazón del gris marengo de la soledad de su día a día.

Acomodaron las cinturas de sus cuerpos nuevamente, luchando contra las manecillas de todos los relojes, en una carrera loca de suspiros mudos. Rebobinando el reloj, quedaron presos de esa nada donde quedarse prendidos del placer profundo y roto por otra tanda de contracciones y espasmos. En ese instante, mordieron cada uno su propio puño, ahogando el imparable grito de victoria sobre la muerte, mientras las sombras chinescas de sus cuerpos entrelazados, se deshacían en la pared desconchada.

En la mañana, cuando ella despertó, una botellita marrón vacía descansaba en la papelera del baño, pero en la mesita de noche,  junto a un poema de amor, sin firma, el sol que luchaba con las cortinas dejaba ver una rosa azul de invernadero. Aníbal no había llegado a dormir. Se había dado una ducha redentora y se había vestido sigiloso para enfrentarse a su reloj chapado de soledad. Pero se sentía diferente a otras madrugadas. Se sentía casi guapo ante el espejo del cuartito de hostal de medio pelo. Miró su cara dormida antes de cerrar la puerta, y en contra de todo pronóstico, palpó su bolsillo, como siempre, pero no  se decidió a sacar el frasco de la mañana después. Por una vez sentía que no habría hecho falta el bebedizo. Por una vez algo dentro de él gritaba que su estrategia de conquista había sido un exceso. Porque, por una vez, había sentido que esa mujer de una sola noche, debía ser la mujer de cada noche.

Habiendo descansado en su piso de soltero, tras explorar su corazón, encontró que no lucía su eterno gris deshilachado, sino que tras las hilachas, se entrevenía un corazón aventurero que exigía una respuesta a mil dudas. Al mediodía, cuando las mesas de la gente festejaban Navidad, decidió volver a la pensión para rescatar el nombre de ese amor que desafió a su miedo a ser desdeñado. Le costó unos billetes pero por el DNI podría localizarla, o tal vez asistiendo una y otra vez al bar de las melancolías donde se encontraron.

Eva se había despertado y leído el poema, un soneto perfecto para una noche tan corta como intensa,  mientras desnuda aún la rosa miraba hacia su melena. Sin resaca alguna, pudo rescatar de la memoria cada gesto de aquella cara difícil, casi cada palabra de ese hombre con algo de peso de más y cada caricia que le aplicara a su corazón amordazado. Se duchó recorriendo cada pliegue de su piel que besara y recorriese, y al fin se fue a su habitación de piso compartido con el poema doblado en cuatro y la rosa en su mano derecha, con la certeza de que, ese hombre esquivo, quedaría en su memoria como un paréntesis que no se podría reabrir.  

Pronto llegó el momento en que ella accedió a encontrarse con él, y ese día plantó un geranio en el balcón de ese piso de eremita, invocando a los dioses, para que, sin pócima alguna, ella pudiera amarle, sin imposturas, como aquella irrepetible noche. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Casa rural y Van Gogh

De Internet

La mañana se abría con la luz que destilaba la ventana de la habitación del hotel rural. Daba a un campo, de cereales, según creyó, salpicado de amapolas. Le recordó a un cuadro de Van Gogh que había visto en una exposición temporal.
Esos días de vacaciones, ante una primavera de ocio improvisado, le regalaba días de asueto sin planes, casi como inacabables días de verano de la infancia. Había llegado de noche, sin perderse, por una vez,  a las afueras de un pueblo de 600 habitantes, según google, gozando de un aire limpio que le despertó el hambre y el recuerdo de Paula, la chica de la panadería de ese lugar quien le bautizara en artes ignoradas.
Tras una ducha, y con un desayuno digno de un marajá, se enjaretó unos pantalones de deporte del Decathon, unas zapatillas muy usadas y una camiseta de be happy. El camino de tierra que tomó rompía en dos un bosque, donde el cantar de unos pájaros le invitó a sentarse bajo un pino. Así, con el sol tamizado entre las hojarasca moteada de piñas, sintió la paz de estar libre de  culpa, libre de relojes, libre de ataduras.
Debió de dormirse unos minutos, tal vez menos, pero revivió una tarde de adolescencia en la casa de veraneo de Pablo, un  compañero de COU, donde el paisaje recordaba a un nacimiento de Navidad. Un perro ladraba ahora, y él,  soñaba aromas de juventud cargada de sueños por desenvolver. Al lado del can había una mujer, de unos cuarenta, con short azul y blusa roja con lunares blancos.  Se levantó y, mientras miraba cómo ella jugaba con el perro, señalando ambos algo en el suelo, sintió un rubor en las mejillas; un calor que, como un incendio, y de los pies a la coronilla, le iban despertando los mismos instintos de saberse vivo que aquella noche lejana. Cuando, con diecisiete años, en casa de su compañero, no escuchara más voz que la de su corazón. Derritiéndose de pasión, eso sí, con una reconocible torpeza, vista desde el hoy, yació sobre una era  ya segada, reventadita de amapolas saltarinas alrededor de una muchacha que oliera a pan.


Imagen de Aguirrefoto
Era ella, con voz de princesa, quien jugaba con un mastín, a lanzarle un palo. Con el tuétano de sus huesos tiritando por la casualidad  de un choque ente su sueño y la realidad, se escondió tras un enorme pino, siendo un fisgón de una mujer que nunca supo si llegó a amar, pero que le iniciara en la senda de eso que llaman pasión de amor


viernes, 20 de mayo de 2016

Escritor a tiempo completo

La tormenta se había  ido acercando, persiguiéndole tal vez, hasta que al filo de las diez de ese trece de Marzo, primer día de su retiro, estalló en mil pedazos. Justo, además,  cuando había cometido el error de ir  a comprar víveres en el único colmado que permanecía abierto todo el año.

Decidido a encerrarse el tiempo que hiciera falta hasta dar con un Premio Planeta, había pedido  una excedencia de su puesto de administrativo del INEM.  Llevaba un año haciendo cuadrar los ahorros. Un año escribiendo minirrelatos que publicaba en su blog. Un año debatiendo con María si su amor era de ida y vuelta, de juguete, de mentira, de interés o de arrebato ya pasado a mejor vida. Demasiado tiempo sin dejar  ir ni pedir quedarse, se confesaron un día,  decidiendo, de mutuo acuerdo,  un divorcio sin matrimonio previo. Un año engarzando ideas para su novela. Como perlas. Haciendo croquis y tablillas donde sus personajes iban aumentando en marañas de hilos sobre un corcho en la pared  del despacho. De ese mismo despacho, lleno de luz y vistas  a la Diagonal, donde María le inspirase, cual musa alada, en esos cinco años de amor por encontrar, tantos poemas como  besos inventados. 

Y como ocurre a veces, las cosas se alinearon a la buena estrella, y llegó Marzo,  con su firma de permiso sin sueldo pero con puesto. Y llegó el día ansiado en que encargó a su hermana el riego de algunas plantas, y al banco instrucciones de pagos precisas. Y hasta llegó con la algarabía de un lavado de coche para estrenar su etapa de escritor en serio. Al fin llegó el día en que su mejor amigo, Pablo, le hizo entrega de las llaves del famoso apartamento cara la mar que no habitaba nadie desde la muerte de los abuelos.

Los recuerdos de adolescente en esa urbanización, con Pablo y sus casitas de pisos imitando estilos de España, le sabían a lecturas clandestinas y borracheras primerizas. A timbas de póquer y salitre en la bragueta. A Coca-cola con vino y a turistas en topless. Era ese sabor a pandilla de amigos, a juventud y sueños por desenvolver.

Pertrechado con su portátil, sus ganas de comerse a las editoriales, su necesidad de escribir hasta dejarse la piel  a tiras, y una maleta tamaño cabina, se dispuso a poner en marcha el motor de su aparcado sueño y consiguió aparcar el coche antes de que la segunda gota de lluvia hiciera acto de presencia  ese viernes de estreno.

Se descubrió  ignorante de cómo se daba electricidad en ese piso, pero decidió buscar comida antes de que nada, y la lluvia de primavera, espléndida ante el mar, le dejó calado hasta los huesos, buscando el llavín, cargado con tres bolsas del único colmado de "toda la vida". No importaba tener luz o no. La lluvia tampoco importaba, porque primavera es eso, un tronar con ratos de sol que abren el apetito de luz. Se enfrascó ante el portátil con un bocata frío mientras las musas le dictaban a la oreja en un primer instante. Luego se entretenían mirando las gotas resbalar por las vidrieras que tapizaban la vista, y no dictaban nada, ni revoloteaban, ni estaban, parecía.

Llegó la noche y encontró el conmutador de la luz, descubriendo que el olor a cerrado de los armarios escondía mantas húmedas y frías; que la nevera funcionaba pero un radiador de calor no, y que la tele no había errado al decir que ese fin de semana sería pasado por aguas abundantes en todo el litoral y es especial en la Costa Dorada.   

En la mañana del lunes se percató de que había bebido demasiado del whisky  que estaba en un mueble bar años setenta,como entonces, y de que el ulular del viento entre las persianas venecianas medio carcomidas le habían dejado a punto de sucumbir.

El apartamento de Roca de San Cayetano, tan en primera línea de mar y con esa terraza tan maravillosa había resultado una ratonera para su nostalgia, pero sólo a los quince días, ante una primera página de un texto en Arial 12 que se había congelado, y un vaso vacío en la mano y una manta sobre los hombros, comprendió que alguien en el espejo del comedor, se había despertado hambriento de su hoy.

martes, 10 de mayo de 2016

Juego de adjetivos

Estos días voy escuchando ramilletes floridos de adjetivos sobre representantes de partidos políticos. Como si dijéramos que se acercan nuevas elecciones, que serán una repetición de lo sabido, con resultados similares y pactos de obligado cumplimiento, ahora como premisa previa.

Me permito poner un juego de adjetivos, referidos sobre el presidente español actual, por diversos autores, recogido vía copyleft, de las redes sociales ante las votaciones de 2011 que ya usé. Es que toda esta película me suena a dejà vu 


Como arbitrario y caciquil que era, abrió su  ampuloso ego y con afán  crematístico, y en  modo diferido, quedó  sobrecogido.

Un  ruin, avaro, bribón y bellaco rey del mambo, cual usurero, hizo de recortador. Tan egoísta, falso, demagogo y  cínico como el  cobarde y represor que era, rehízo un rancio credo.

Contrató a un ganapán que transportaba a un  gañán violento, charlatán y  sofista.  Siendo de natural insolidario, retrógrado, prepotente y estólido, encontró indecente y  torticero al internauta y sin mediar  hipócrita razón, como oportunista, mentecato, machista y engreído que era, en el anonimato de las redes se creció.

Vestido de soplagaitas y ramplón, garrulo por charlatán y zafio y  marrullero de vocación, siendo  estulto por necio, trolero de nacimiento, fulero por la primaria, farfullero por la edad del pavo, e impresentable de herencia, quedó gaznápiro y embobado.

Como el gandul y perezoso, el holgazán y haragán que era, trabajó de remolón, de zángano de un panal, de indolente de salón.

Ya mayor, y aún negligente, entrenó de engañador, de mentiroso infantil. Y ya puestos en la senda de ser mentiroso, embustero, farsante y tramposo, prosiguió su carrera de estafador.

No es inventado. Este cuento no es falaz. Ni roza lo fraudulento. Pues aunque  ilusorio o supuestamente  irreal, no es capcioso. Es el reflejo en absoluto artificioso, de un  corrupto. Que por  embustero recalcitrante, parece asustaviejas y agorero. 

Aunque sólo sea un  memo, un  palurdo, o un ceporro, ese que parece lelo, sólo es... un simple e infeliz  bobo. Poco más y poco menos.

martes, 3 de mayo de 2016

Ya me cansé

Ya me cansé de este impostado.

De ese vivir 
buscando la muleta para sueños,
cual clavo ardiendo, 
que no me queme una vez más.
De ese vivir 
desenmascarando falsas risas,
esas que exhiben 
los mercados de quita y pon.
De ese vivir 
desconfiando, de chupitos de cianuro
que, en dosis homeopáticas,
nos brindan día tras día.
De ese vivir 
entre afectos con remiendos
que nos oferta la cobertura
de  la línea de internet
De ese vivir 
con vestido para la ocasión
con risas en falsete 
entre falsa dentaduras.
De ese vivir 
de luna de espejo desvencijado
que se niega a mostrar 
suavemente mi alegría.
De ese vivir 
atado a leyes de hipocresía,
del mercado de valores 
basado en curvas y edad

De ese vivir 
sin vivir en uno, con cada telediario,
que nos muestra, 
cámara en mano, la pequeñez del ser.
Si es que es un vivir de 
discontinua agonía.

Así que, lápiz en ristre,  
de garabato me pintaré.