Aún a sabiendas de que no había lugar para su regreso, su fidelidad a la vida, con sus aves y paisajes, pero sobre todo, con su amada, hizo posible lo imposible. Una tarde de febrero se presentó en el dormitorio donde Amanda hacía su siesta. Descansaba entre vapores de eucalipto y varios pañuelos, impregnados de espliego, decoraban todos los rincones del cuarto. El aroma familiar le traía muchos recuerdos. Se sentó en la mecedora de mimbre donde tantas horas pasara, cuando estaba vivo, leyéndole Rayuela. Tomó un libro, que no leería, porque había venido a contemplarla. Miraba su dormir agitado y sus denodados intentos de vencer un asma tan caprichoso como tenaz.
Amanda dormía entre suaves estridores, soñando su propia muerte. Vestía, en el sueño, un camisón con ribetes de encaje en puños y cuello, y su cabello lucía trenzado a ambos lados de la cara, un peinado que nunca usaría. En el sueño, miraba la mecedora, que ocupara Alfonso, con su eterno batín canela y sus ojos verdes enmarcados en las gafas de pasta. Él hacía como que leía el libro, que tantas veces recitara en voz alta, para calmar su respiración agitada, y su corazón al galope. Ella había defendido la vida hasta que él la llamara, para descansar por siempre en la paz del respirar profundo y sosegado de un amor eterno. Y es que sólo Alfonso podría podría ofrecerle un amor sin fisuras, incluso hasta un poco más allá de la muerte.
La cuidadora la encontró muerta, con una cara de felicidad difícil de interpretar. Sin saber por qué, le colocó un camisón que había pertenecido a la madre, y le sujetó el cabello en dos trenzas enmarcando el rostro. Un libro abierto dormía en la mecedora de mimbre, mientras un sol en retirada iluminaba el cuarto con aroma a vick vaporub.







