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domingo, 4 de mayo de 2014
martes, 29 de abril de 2014
Pablo cazando quimeras y dudas
Reconozco que le dejé una nota muy ambigua,
pero realmente estaba un poco harto de su desgana hacia mí y sobre todo, a mi obra.
Total, hablar de un posible infarto, tampoco
estaba tan lejos de la verdad, ya que en mi familia, los varones éramos
propensos a sufrir y morir del corazón, a edades tempranas.
La campaña para la compañía de automoción me
había ido muy bien. Yo diría que excesivamente bien. Mis bocetos tan oníricos
como impactantes habían causado sensación, según
me dijo Rubén, más que mi marchante, mi mejor amigo. Necesitaba poner un punto
y aparte en mi relación con Laura. No
podía imaginar estar cerca de ella con la libertad de usar mi estudio a mi
criterio, dejando que ella entrase, a su gusto y placer.
Laura había sido un error. Educada, amable,
de aspecto sano y moderno, era una mujer que me dejó impactado desde el primer
día que la conocí. Con ese saber estar, esa elegancia natural, y su charla
amable sobre temas dispares, me había hecho creer en la fantasía de que era la
mujer perfecta. Para cualquier hombre. Pero no para un cualquiera, como me
sentía yo a mis veinte años, cargado de ilusas esperanzas y una fe en mis
pinceles que nadie parecía compartir.
Mi empeño en hacerme el encontradizo dio sus
frutos, y en pocos meses, la relación parecía ser perfectamente armoniosa. A
ella le gustaba tocar el violín, y ejercer de profesora de parvulario en un
centro bilingüe de Gràcia. Es cierto que
nutría mi ego. Jamás se negó a que yo siguiera formándome, excepto cuando
empezó a poner pegas por mi deseo de irme a África. También lo es que me acompañaba a hacer retratos de
paseantes por las Rambas, cuando aún no
había la normativa tan estricta y onerosa de este Ayuntamiento.
Es ahora
cuando reconozco que es cierto que era la mujer más divertida y seductora. Nadie
podía haber animado a posar a quienes ella creía que podían ser buenos modelos. Nadie como ella, con ese encanto y dotes de persuasión.
No sé cómo en estos años esta relación ha
cambiado tanto. No entiendo dónde han quedado las risas de esas tardes del
muelle. Aquellas en las que hacíamos collages a cuatro manos. Tenían mucho
éxito. Yo pintaba, y ella tejía motivos inventados, o recortaba telas, y se nos ocurría pegar los materiales en
conjuntos imposibles. Esa complicidad nos
dejaba con dinero en los bolsillos, amor en los ojos, y besos en la recámara de
nuestras armas de amor.
No he querido asustarla, sino desaparecer.
Parece tan difícil decir adiós, y que fuera de una forma rotunda, que se
ocurrió sin más.
La excusa perfecta era su viaje a París para
ver a una prima. O a quien fuera, porque en verdad se me ha escapado el amor o
el interés por retener su cuerpo a mi lado. Y su alma, como la mía, que también
hay que reconocerlo todo, andan alejadas por más que podamos unir los cuerpos,
en un alarde de pasión de artificio calculado.
Ahora, cuando ha pasado un año y medio, y en
este local, he recobrado la pasión por pintar, es cuando no se me ocurre otra
cosa, que esperar que aún le importe un poco. Como amigo, si no puede ser de
otra manera. La pasión no retorna, cuando se deshace como azúcar en un
fregadero.
Laura
no ha contactado con Cahiba. Ni su móvil está operativo. Ni sé si esta
necesidad de retomar mi vida con ella es sólo un espejismo, o si la seguiré
buscando en cada trazo que se desgrane de mi soledad.
No soy Picasso y nunca lo seré. Mi alma no está formada por
las vísceras de mi ego y el poder del minotauro. Por no haber hecho, no he ido detrás de ninguna modelo, aunque
reconozco que Cahiba me arañó las
entrañas, pero no hay musa para expresar lo que sigue latiendo bajo mi corazón.
He de esperar por ver si quiere tender una mano al pasado, donde encuentre lo
que dejamos grabado en él.
![]() |
| Úrculo, de la exposición en El Corte Inglés. |
viernes, 25 de abril de 2014
Las ONGs de algunos niños.
Los niños afectados de cáncer, por desgracia, pueden ser los nuestros. Nos podemos imaginar en la piel de estos padres, porque ellos, los niños, son el futuro, nuestro futuro. Colaborar con las asociaciones que forman, es sensibilizarse con la causas de la lucha por la vida
No sé si pueden imaginar lo que, entre mil cosas, he vivido hoy. Los niños no debieran enfermar de nada serio. Bastan los chichones, los arañazos en las rodillas al caerse de la bici.
Basta con esas fiebres que nos ponen a prueba de lo que recordamos de dosis de paracetamol, de paños, que si con alcohol no, que si de qué eran?...
Basta con las otitis que desgarran los nervios al no saber cómo bajarles la luna por verles que desciende el dolor.
Basta con los nervios de los primeros pasos en los patines, desafiando el equilibrio, y con las caídas de toboganes, columpios, murallitas que acaban por echarles a trompicones.
Pero hay enfermedades que ponen a prueba su cuerpo y nuestro equilibrio. El que nos hace caminar por el filo afilado de la navaja entre ceder a las propias lágrimas o a la rabia inconcebible de un carga injusta que no sabemos cómo canalizar.
Porque todos salgan de estas redes de araña. Porque ninguno quede atrapado en la viscosidad de los malos augurios.
Por los grandes niños. Los que luchan como leones por la vida..
miércoles, 23 de abril de 2014
Un booktrailer, al amigo libro.
Había visto alguno, pero me ha llamado la atención este que les presento, de 2009, ya ven lo puesta al día que estoy yo de muchas cosas.
Esta tendencia para promocionar un libro, tiene por objetivo captar a lectores. La gracia parece ser que está en no desvelar el final, sino en ofrecer una sinapsis motivadora para animar a la lectura de la obra.
En este caso, es sobre Going West, del escritor neozelandés Maurice Gee, quien pone la voz, y que sigue sin haber sido traducido al español. He mirado un poquito por internet, y creo que me gustará leerle. Le imagino un octogenario amable. En la tarea de escribir sus memorias, entre paisajes de películas de su infancia y montañitas esparcidas por el suelo, de libros por acomodar en anaqueles, pero no me hagan caso, que igual la imagen en nada se parece a la realidad.
Este corto, que es una preciosidad de alegato a la lectura, fue producido por el Consejo del Libro (se encargó a Colenso, quien trabajó con Andersen M Studios, de Londres). Valieron la pena esos ocho meses de recortar papel, para construir paisajes, porque consigue animar a la lectura, como actividad que abre la imaginación, con más facilidad que cualquier película o viaje por emprender.
La verdad es que de este autor no he leído nada. He visto algunos fragmentos de un film basado en una obra suya (In my father's den) y me han parecido durilla
La aventura de leer tiene un mecanismo muy potente, se llama cerebro. Gasta poco, excepto por la tala de árboles, pero entre los e.books y que se recicla cada día más, el balance entre precio y calidad es excelente. El gasto de pasar las páginas está al alcance de casi cualquiera, mucho más que subirse a aviones, montar en canoas, o cargar mochilas.
En definitiva, que la lectura es fuente inagotable de placer. Uno bien asequible, y de libre altura de vuelo, porque cada lector escribe el libro, a medida que al leer, va imaginando. ¿Qué más se puede pedir? Que nos acompañe siempre, pero eso, ya lo sabemos todos, que no hay mejor compañero, ni más fiel.
Aprovecho para felicitar a todos los lectores asiduos en el día de Sant Jordi, día en el que en Catalunya se regala una rosa y un libro.
Feliz día del libro. Les dejo mi rosa, que comparto con todas las amigas blogueras, y un libro, que por sobado y cargado de puntos de libro propios, conserva el suyo, de seda verde,
lunes, 21 de abril de 2014
El mejor oficio del mundo según Gabo.
Tras tantos homenajes que todos hemos hecho
al gran escritor, deseo recordarle a
través del discurso sobre el periodista, como oficio, que él tan bien ejerció. Dicen
quienes le conocieron, que tenía tres pasiones: escritura, periodismo y cine.
Porque explicar historias se hace de esas tres maneras, casi de forma
exclusiva.
“La mejor noticia no es siempre la que se da
primero sino muchas veces la que se da mejor”. Estas palabras forman parte del
discurso "El mejor oficio del mundo", que fue pronunciado ante la 52ª
Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles, el día 7 octubre de 1996.
Es un discurso más vigente ahora, que cuando
lo pronunció, porque internet, con su forma de dar a conocer lo que sucede, por
esa instantaneidad, no permite tiempo de reflexión. Las noticias,
deshumanizando el acontecer de los hechos, quedan en ocasiones en meras
estadísticas frías y lejanas. Tanto para
quienes son los protagonistas del suceso, como para los lectores, que son los
clientes a quienes buscan fidelizar.
Cuando apela a la ética como moscardón sobre
el oído del periodista, se me hace inevitable casos de periodistas cuya ética
está en entredicho, y otros que se aventuran a investigar poco
sobre temas de gran calado.
Les dejo el enlace al pdf que contiene
íntegro el discurso, pero me he permitido subrayar algún párrafo, que me
parecen de especial interés.
El mejor oficio del mundo
A una universidad colombiana se le preguntó
cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean
estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son
artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la
certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.
…tomar el café en cualquier lugar de la
redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de
cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana.
…fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.
…La lectura era una adicción laboral. Los
autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos
de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo… como
nosotros mismos lo llamábamos.
…Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo.
…Las salas de redacción son laboratorios
asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con
los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización
es galopante…
…Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal.
…el oficio se hacía bien con tres recursos de
trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda
prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que
nos decían. …muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la
pregunta siguiente.
…Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.
…el periodismo es una pasión insaciable que
sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la
realidad.
No sé ustedes, pero a mí me resulta una
reflexión en tiempo presente. Vaya mi admiración hacia Gabriel García Márquez y
mi pésame a los suyos, por tanto, a todos los que le hemos leído al mejor contador de historias veraces para el periodismo, y refundidas de la magia, en la literatura.
viernes, 18 de abril de 2014
Nos vemos en Macondo, Gabo
Hoy en Macondo andan de luto. Muchos
de sus habitantes llevan rosa amarillas en los ojales, ante un revolotear de
mariposas de la luz persiguiendo a un espíritu fresco y orgulloso en busca perpetua
de la savia de Meme. El dentista de gránulos
homeopáticos pudo escuchar las campanas a muerto, pero preguntando por la calle de los turcos nadie le pudo
confirmar quién era el tal Gabo, o por quien doblaban a duelo, en manos de un
anciano que a base de chocolate conseguía levitar.
Melquíades lo había anunciado, en
su caligrafía de arañitas en tendederos de ropa, pero el Coronel Aureliano
Buendía, José Arcadio y Rebeca no han
querido volver al pueblo tras enterarse
de la infausta noticia. Remedios, esa descastada sin
leche familiar, consiguió fugarse del convento, al tener el presentimiento de
la muerte de alguien importante, y ha acudido a las exequias. La superiora del
convento de la ciudad de las mil iglesias y sus palmones de Semana Santa, no
pudo disuadirla de que la caída del cántaro de agua, ni la bajada a la tierra entre
sábanas, de Remedios la bella, eran meras coincidencias.
Hoy Macondo está más triste que
en la epidemia del insomnio, y menos húmedo que en los años de la lluvia inmisericorde. Aunque
han llovido pajarillos, que andaban desorientados, a nadie le importó, porque una Úrsula del
tamaño de un bebé, con sus 158 años, regresó nuevamente del camino que
siguieron los gitanos del circo, con unos gritos de foquita acatarrada, pregonando
que al fin, los pergaminos no reflejaban el final de una estirpe, sino el
nacimiento de otra. Minúscula y activa, se aferró al cadáver caliente de un
Melquíades reencarnado en un anciano normal, con voz de poeta, vestido con
guayabera, y sin tufo a plomo, atanores ni piedra filosofal.
Ahora, que ambos sabían el camino
del más acá, porque las tumbas figuraban en los mapas de la muerte, volvían a
ser uno. El alter ego del sabio circense y mago, se adentraba en silencio bajo
la piel de un tal Gabo, que le dotó de la puerta del otro lado del espejo.
Descansa Gabo. Te sigo viendo desde los Ojos de perro azul de mi mirada.
En esta “Crónica de una muerte anunciada’, mientras los acontecimientos cotidianos nos remiten a desenterrar ‘El amor en los tiempos del cólera’, todos nos unimos para escribir, huyendo de la desidia. ‘El coronel no tiene quien le escriba’ queda descartado, porque “Vivir para contarlo” nos lleva de la mano a temas atemporales, ‘Del amor y otros demonios’.
Hemos asistido al “El otoño del patriarca’, entre vientos de “La hojarasca”, donde los “Funerales de Mamá grande”, quedarán chicos, entre un “Relato de un naufragio”, y esas “Memorias de mis putas tristes”. Al final, este “Vivir para contarlo”, es la suma de “Doce cuentos peregrinos”, que nos acompañaron, a través de las palabras y del universo que creó, por la senda de una literatura de cabecera. Permitiendo conjugar la realidad latinoamericana, en compás de fantasía, con la imaginación osada y la forma descriptiva de un mago de las palabras, armado, simplemente, de la varita mágica de una pluma irisada de pavo real. Descansa Gabo. Lloraremos tu partida ante un buen café aparcado mil veces cerca de un tomo desgastado, del cuatro libro que ha pasado por mis manos, de tu “Cien años de soledad”
La última entrevista, para La vanguardia He dejado de escribir, 2006
La última entrevista, para La vanguardia He dejado de escribir, 2006
jueves, 10 de abril de 2014
Mares de virtualidad
![]() |
| Óleo de Modesto Trigo Trigo |
Cada uno era el botón negro sobre la otra esfera blanca, buscando la
policromía de un deseo a punto de levantamiento de armas. Ese que discurría entre
líneas, y bajo las líneas de flotación.
Se leían entre risas pletóricas,
mientras derramaban aquellas
confidencias que atesoraban para sus encuentros virtuales.
Vestían de Arial cinco frases de
seducción, con hilos de fantasía, donde la bata de estar por casa eran medias negras, y el pijama, un ligero con
blonda blanca.
Se intuían tentando colinas,
descendiendo a muslos perlados, artesanos con manos de trapecista, y besos de
mago con chistera y sin varita.
Dibujaban con Calibrí palabras de
amor imaginado, con pespuntes de ilusión, donde el chándal era un esmoquin
negro, con toques de pachulí.
Se acariciaban entre hilvanes de
puntos suspensivos. Dibujaban en cursiva, con interrogantes y sin signos de admiración, dejando que los mensajes
reflejasen vainicas de deseos
prisioneros en las cuartillas de plasma del ordenador.
Los barrotes confinaban un máximo
de cien palabras donde nadar, entre los seis mil quilométros de océano de
soledades, por donde navegar sin timonel.
Cuando descubrieron el tapiz de
nudos gordianos que habían trenzado durante dos años, se rindieron a la necesitad de encontrase, para desatar las letras, y anudar los brazos de la realidad.
El falso licenciado alquiló un
departamento y un auto, dejando atrás los reproches por un dispendio que no
podía abordar.
La señora de la limpieza pidió un
crédito personal para el viaje a Cancún, sin reserva de hotel, y con ropa
interior de estreno.
La realidad les encontró con el
paso cambiado. Entre palabras extendidas a mamporros, los mejores amantes resultaron
dos desconocidos, sin nada que compartir.
No llegaron a subir de la mano a esa terraza, con vistas a ese océano caribeño, cuajado de los retozos de Tahoma subrayados, ante un plasma incorpóreo de irrealidad.
jueves, 3 de abril de 2014
Barbero vocacional
Mi padre era barbero y mi abuelo también lo fue. Desde pequeño he
vivido en la barbería del barrio. Mi casa estaba arriba de ella. Conserva el
cartel giratorio rojo y blanco anclado en la pared. Aunque me he deshecho de
muchas cosas, sigo conservando ese cilindro bicolor que era mi guía cuando
regresaba a casa, y el sillón para niños que tanto esfuerzo le costó encontrar a mi padre. Cuando lo trajeron, yo
tenía unos cinco años. Me subía a él con
dificultad, a escondidas, porque mi padre decía que no era para jugar, pero yo
me refregaba en su espalda cuando la tensión se apoderaba de mi calma. Y eso
sucedía muchas noches. Sobre todo cuando mi abuela Herminia contaba historias
de niños ahogados, o perdidos, o enfermados, por desobedecer a los padres. Repetitiva ella en sus cuentos
con moraleja.
No imaginen un sillón elevable, porque no lo es. Tiene forma de caballito de carrusel. Es
negro, musculado, brioso y altivo, y sigue hipnotizando a los niños, cuando
conseguimos que se monten en su grupa. Me es útil para poder cortarles el pelo
sin que se muevan demasiado. Está deteriorado por los flancos, por espuelas
invisibles, pero sigue imponiendo su perfil desde el rincón.
Hay algunos momentos en que
disfruto mucho con mi trabajo. Tras haber pensado cambiar de oficio, me sigue
siendo muy grato ser barbero. No lo cambiaría por nada.
Uno de esos momentos especiales,
es cuando el corte de pelo de un niño, lo piden a navaja. Dirán que la
combinación de pelo infantil recién lavado, con los afeites de barbería, no
tiene nada de especial. Pero ustedes no saben hasta qué punto tiene un toque a
naturaleza incitante. Me hace subir un centímetro los talones para inundarme de
un placer a siesta. Es por ello que suelo demorarme, pero dejo una cabellera
esculpida a navaja, que les aguanta tres meses. Y las madres tan contentas. Tengo
una tarifa de niño muy económica, pero es porque disfruto con ellos. Les veo
llenos de asombro por todo. Con miedos injustificados y risas excesivas por
cualquier cosa, y algo en esos ratos me deja al abrigo de las nubes continuas y
de los sinsabores de la soledad.
Otro momento único, es cuando me
piden un afeitado, y puedo usar las toallas calientes. Tener a un hombre con la
imagen de su cara tapada, ablandando la barba, me produce una sensación de
poder absoluto. Posteriormente entran en escena las brochas, con el jabón de
afeitar, y mi navaja barbera. Me hace encogerme un centímetro en los talones,
adentrándome en el olor a secretos, que yo pudiera desvelar.
No tengo hijos. De hecho no me he
casado, pero tengan por seguro, que si mi hijo quisiera seguir mis pasos, le
animaría a cambiar de oficio. Porque en mi barbería se oyen muchas cosas, se
imaginan en gran cantidad, pero se viven muchas menos experiencias de las que
yo creo que acabarán por suceder.
Cuando llegó el señor canoso, con
barba de unos días, y unas ojeras malvas, me sentí tentado de ofrecerle una
toalla caliente empapada en cloroformo, para permitir su descanso.
Se tomó a bien que le ofreciera
afeitarle. No, no teman, que no tengo cloroformo en la barbería. Pero le vi tan
relajado, tras la toalla que había aderezado con unas gotas de aceite de
almendras...que jugué con mi navaja ante su cuello.
Llegué a tenerla a un par de
centímetros de su piel tensa por la extensión de las cervicales. Parecía roncar
flojito, así que, ante la ausencia de nadie en el local, y tras cerrar las
cortinas de la ventana, acerqué un poco más el filo. Un poco más unos minutos
después, pero eso no debo decirlo.
Era una tentación que nacía bajo
mis manos, por primera vez, pero tan poderosa que me tenía hipnotizado. No
miraba su bolso, ni la billetera que asomaba del bolsillo interior de su
chaqueta colgada, sólo podía mirar la nuez que iba haciendo unos movimientos
rítmicos y pausados.
Tuvimos la suerte de que sonara
su móvil. Salí precipitadamente de un estado anómalo, para decir.-¿todo Bien?,
mientras le ayudaba a quitarse la toalla de la cara.
Todo bien, por tanto, procedí a un afeitado muy apurado, del que quedó más que satisfecho, por la propina que me dejó. No le volví a ver. No era del barrio.
Cuando unos meses después llegó
un joven rubio, me sorprendió que solicitara afeitado y corte de pelo, por esa
barba no compactada aún por la madurez,
y por ese color tan claro que me llamó
la atención, porque no abunda en hombres con un pelo marrón oscuro.
Era bellísimo. Su perfil contra
la claridad de la ventana era perfecto. La nariz recta, en ese rostro joven y
sano era impensable en mi barrio. No pude demorarme más en el corte de pelo,
porque empezó a mirar el reloj, que marcaba la una, hora que suelo cerrar para
comer, y me explicó que había de tomar un avión a las cinco.
Cuando le puse la toalla, tapando
con ella sus ojos, y su nariz, y su barbilla perfecta, me senté sobre el
caballo negro.
Por mirarle. Desde la grupa de mi
alazán de la infancia le contemplé. Ante el impulso de acercarme me contuve lo
que pude, y sólo cuando no podía evitarlo más, me acerqué, con la navaja en mi mano,
que brillaba con destellos ante un sol que orillaba la ventana. Estaba con las
cortinas abiertas, y podía ver la calle, con sus mil ruidos, y movimientos de
regreso a casa de los niños del colegio cercano. Tomé su carnet y apunté sus datos. No sabría decir por qué. Lo cierto es que guardo en el bolsillo de mi bata un papel doblado.
Ante la tentación de acercarme con
ella a su cuello, la tiré contra la pared, con tan mala fortuna que impactó en la esquina del mueble de los afeites y lociones, rebotando luego hasta la grupa del caballo de cartón piedra, produciendo un áspero
sonido a madera carcomida. Con el golpe, el joven se incorporó,
quitándose la toalla de la cara bruscamente, y luego salió corriendo
de mi barbería, amenazando con ir a la policía.
Me asomé a la calle, y pude ver que hacía gestos a un taxi que pasaba a unos metros. No llegó a mirar atrás en ningún momento. Seguramente fue directo al aeropuerto, pero, aunque se fue sin pagar el mejor corte de pelo que jamás volverá a tener sobre sus facciones de
príncipe al galope, no sabrá nunca que yo sé dónde vive.
Yo haré porque no sepa jamás quién le despertará un día, con una navaja en el cuello mientras le contemple dormir.
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