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jueves, 12 de agosto de 2021

Mirada de colores, en jueves


Siguiendo la iniciativa de Dorotea , Ojos que nos ven, mi aportación es la que sigue

Los niños me mareaban. Es verdad, pero me gustaban. Él, o ella, se acercaban sigilosos, con cara de expectación y rubor en las mejillas, y yo sentía un cosquilleo de felicidad . Les costaba guiñar un ojo, y yo me dejaba acomodar bajo su frente. Me consideraban magia. Ya ves tú, unos cristalitos de colores sin más fundamento, pero él tenía cinco años, y ella cuatro, y todo les resultaba fascinante, mágico y maravilloso.

Yo me dejaba hacer. Con tan poquitos cristales no podía formar unas figuras extraordinarias, pero claro, a ellos les bastaba y sobraba para sentirse felices por un instante. Lo que no sabían es que yo intentaba siempre que se formasen más y más diseños. Ni sabían que yo los miraba a ellos cuando me dejaban apoyado en horizontal. Era, y soy, un simple cristal transparente, así que los veía perfectamente cuando jugaban a esconderse, o cuando jugaban con una pelota suave. La nena quería que su muñeca mirase a través de mí, y le explicaba lo que veía, según ella.” Como flores que se van cambiando”, le decía.  Yo supe desde siempre que la muñeca no la entendía, pero me temo que no le importaba. El niño me usaba de catalejo. Me colocaba en su carita e imagina islas en la lejanía. O elefantes en una sabana. Alguna vez me  usó como palo, pero llevaba meses con ellos sin mayores problemas.

Un día quedé a merced de un cachorro de perro. Madre mía, me clavó sus dientecitos como agujas y quedé con agujeritos por todas partes. No sé cómo, acabó por romperme, y ví cómo mis cristalitos de colores de dispersaban por el suelo. No riñeron al perro, sino al niño, por dejarme en una mesita tan baja. Con una escoba, empujándome implacable, llegué en un cubo junto a cosas inservibles. 

Ahora vivo en un descampado, que llaman vertedero, y mis cristalitos siguen reverberando al sol. Yo sueño con que alguien me encuentre y repare, para seguir mirando a los niños, desde mi mirada poliédrica, irisada y juguetona.

Palabras:339

sábado, 7 de agosto de 2021

Lago en verano

 


Imagen de Bic naranja

Cuando me ascendieron a comisario, el día en el que cumplía cuarenta, poco podía pensar que mi primer caso fuera una suicida. No quise ver el cuerpo hasta saber un mínimo de datos. El forense tardaría una hora como mínimo.

Una señora duerme en el agua había dicho la nena que dio la voz de alarma.

Dijeron que se alojó con un nombre que resultó falso, que la recepcionista de esa tarde estaba estresada y no le pidió el pasaporte, ni una tarjeta bancaria. Contaron que llevaba tres días hospedada, y que salió poco de su habitación durante la estancia. Las señoras de la habitación contigua chismorrearon que creían haber visto a un hombre que entraba en la habitación de la finada, si bien en el interrogatorio manifestaron demasiadas contracciones y dudas sobre el hecho.

Olga Smith, nombre con el que se registró, parecía ser del este de Alemania por su acento. Los informáticos pudieron confirmar que la última llamada recibida era de un teléfono prepago y que el resto de comunicaciones eran a una docena de números, ninguno de alguien que pudiera decir nada importante. No tenía familia alguna, según se dedujo. Tampoco amigos, o novio, o esposo, o amante. 

Cuando miré su rostro me quedé helado. Era Helena, la rubia de mi verano en Madrid en un postgrado de la Complutense. La imaginé sentada en la cama, con la ventana abierta, contemplando el precioso paisaje suizo con el lago reverberando destellos de un sol estival. Le supuse una vida solitaria. Recordaba perfectamente que hablaba poco, por miedo, según me dijo, a “La Stasi”, donde su padre trabajara durante décadas. Siempre pensé que era producto de su fantasía, aunque no pude conseguir localizarla cuando me dejó.

Recordé su mirada ensimismada, su español de academia y sus muslos de alabastro. Lo último que supe de ella, hace veinte años, es que se fue precípitadamente, rompiéndome el corazón.  Ahora, al verla inerte, volvieron a mi mente las noches de luna y vinos, de caricias rompiendo los miedos de ella y mi propia impericia. No comenté a nadie que la conocía, si es que la conocí alguna vez.

Una tumba con un nombre ajeno, sin nadie que la acompañara, salvo yo, guarda su secreto para siempre. Qué soledad de entierro, qué tristeza, me dije. Y mi vida siguió.


miércoles, 4 de agosto de 2021

Humos y penumbras para un jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogéminis, sobre penumbras y humos, mi aportación es la que sigue, agradeciendo a Dagmar la imagen que formé en mi mente con sus palabras. 

Mi padre había conseguido su edén particular. Al fin.  Llevando en su carpeta esas patentes tan inverosímiles como “la tapa caliente de wáter”, huyendo de una esposa masoquista y tres hijos que cuestionaban la viabilidad de sus quimeras, así como sus delirios de grandeza, y con esa labia que Dios le dio, había comprado veinte mil hectáreas de selva amazónica colombiana.  Cuatro años después, un pastor de la Iglesia del Séptimo Cielo y de Adviento Florido había contactado con mi madre. O íbamos a rescatarle, o un enjambre de hormigas culonas acabarían con él. Sólo yo hablaba español, así que me tocó ser el ángel de la guarda de un padre, al que amé, cómo no, pero que era responsable de tanto dolor en mi casa como recuerdo desde siempre, desde niña.

Entre humos y penumbras, sobre un jergón de paja con olor a rata muerta, fui a liberarle de las garras del olvido, de las fauces de su desvarío, de sus nubes de alcohol con fantasías versallescas. Vi una sombra menguada de esa planta regia de mis recuerdos. Me topé con la frustración de no poder abandonarle, me discutí con la rabia de verle así de estropeado, como reloj arrumbado en un rincón umbrío, sabiendo que era el resultado esperable de su vida de fanfarrón, usando la paciencia, el dinero y el amor de su esposa adicta al victimismo.

Al rato de mirarle, sin convencerle, me picaron los ojos. Se había declarado un pequeño incendio en la hacienda. Conseguí llevarle en un jeep asmático hasta el poblado y allí, con dos, o cinco cervezas, logré venderle la idea de poner un zoo en nuestra propiedad familiar, en Zug, el cantón más rico de Suiza. Un hidroavión que tuvimos que pagar había hecho su trabajo. En el aeropuerto, con dos diazepanes que le metí en su café, los aduaneros le encañonaron.  Tuve  que usar mis encantos, y todo el dinero que quedaba de la venta a contramano de su finca, para que algún abogado consiguiera salvarle de la cárcel. El revólver estaba cargado (para defenderse en la selva, me dijo, pero muy tarde). Ahora, en el centro de Reposo, hace fuegos para recordar el humo de su paraíso perdido.

 

Palabras 359


jueves, 29 de julio de 2021

Ese alter ego, en jueves



 Siguiendo la propuesta de La trastienda del pecado, Mag, mi aportación es la que sigue

Hoy sí que sí.

Bueno, eso lo dices tú

Claro, es la cuarta cita, toca.

No sé por qué te empeñas en creer que en la cuarta cita toca. Recuerda a Susana, en la primera cita pasasteis la noche juntos.

Una excepción que confirma la regla. Dime si no, con Paola ni en la quinta cita, claro, que no hubo más.

Hasta tú sabes que una cuarta cita no quiere decir que acabes con final feliz, claro que, ahora te empeñas en tu teoría porque Lola está para chuparse los dedos.

Lo está amigo mío. Pero me hace reír, es inteligente, y no me digas que esa manera de mirar no te hace sentir cuán viva está.

Vale, y ese lunar que tiene cerca del labio, que un poco de morbo sí te da. Mucho circunloquio para no reconocer lo obvio. Que te inspira, no lo niegues.

─ Pelín de concupiscencia, vale, no lo negaré.

─ Estoy seguro que no caerá esta noche. Es más, no te llevas al catre, Diego, y si no, al tiempo. No eres su tipo. Te mira así porque es miope.

─ Me tienes harto. Estoy hasta los cojones de ti. O paras de ser mi Pepito Grillo o…

─ ¿O qué?

El puñetazo en el espejo le dejó una herida en los nudillos. Se puso un poco de Betadine y las tiritas transparentes. Se perfumó, dándose el visto bueno en otro espejo y llegó puntual a la cita con Lola.

Cuando llegaron a su casa, tras unos preliminares más que apetecibles y una velada estupenda, Diego no puso conseguir ni una erección medio pasadera. Su alter ego, para variar, le había boicoteado una aventura que prometía. Ya en pijama, a sus cincuenta primaveras, "un día u otro conocería a su media naranja", se dijo cabizbajo 

Palabras: 294

 

 

martes, 27 de julio de 2021

Mini vacaciones

 


Muy mini vacaciones. Leeré. Veré museos y paisajes, escalaré silencios de miradas compartidas, y si nada lo impide, desconectaré de un perrillo que da mucho trabajo :-)

Pasadlo bien, es gratis. Nos leemos a la vuelta, y si no sabéis qué poneros... poneros felices.


 

viernes, 23 de julio de 2021

Amanecer en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Molí del canyer sobre un primer amanecer, mi aportación es la que sigue.

Entretuviste tus miedos dejando que el peso de los años no te venciera. Yo disfracé mis ganas de sol con abalorios brillantes de efímera belleza. Cuando en la noche nos encontramos, como dos ciegos, construimos un ventanal al palpo, una obertura que mirar juntos, tal vez, cuya entidad estaba sólo en nuestra mente.

Tú pusiste las notas de tu guitarra herida, yo los aperos coleccionados en el devenir de mis tiempos. Tú desliaste los sueños que nunca llegaron a ser. Yo abrí el caudal del delta de mis ríos.  Tú dibujaste gaviotas a punto de echar el vuelo. Yo compuse versos de amaneceres marinos y caracolas de mar. Tú amasaste nidos de golondrinas, con barro de tus heridas. Yo amasé besos dormidos bajo mi almohada. Tú señalaste un cielo cuajado de estrellas tibias. Yo señalaba el mar, como un Colón indeciso, como la ruta hacia el ocaso.

Pasaron las horas, descerrajamos la brisa, deshicimos la niebla de las incertidumbres    a mamporros. Nos pusimos en pie, pero, anquilosados los miembros, trastabillamos hacia la ventana recién armada.  Como niños inexpertos, abrimos los portones con más fe que habilidad, con más esperanza que experiencia, con más humildad que sabiduría.

Nos sorprendió la mañana, con ese amanecer esquivo, que al fin apresábamos entre las manos, ahora unidas. Miramos juntos ese mar en calma ansiado, ese paraíso perdido, ese mar que construimos, con las manos.

Palabras: 230

Imagen de Aguirrefotox


miércoles, 14 de julio de 2021

Lo inexplicable, en jueves

 


 Siguiendo la propuesta de Dorotea, sobre cosas inexplicables, mi aportación es la que sigue


Se llamaba Marta pero la llamaban Julia, nunca supe si por un desacuerdo entre los padres o porque ella decía llamarse así, pero cada vez que voy al pueblo alguien cuenta la anécdota de la nena, quien, con cinco años, cayó al pozo del tío Facundo.

Con pequeñas variaciones, los ancianos del lugar recuerdan el suceso con la misma historia. Dicen que la niña era vivaracha, lista y movida, sin un ápice de miedo y con enorme curiosidad. Parece ser que un día, en un despiste de su madre, y de Facundo, quien solía tener tapado el pozo que alimentaba el melonar, Julia se inclinó a mirar en el interior, calladita ella. Rubia y golosa, creyó ver un chupachup en él y no se lo pensó dos veces. Se inclinó un poco más, hasta caer al fondo, con un ruido de peso muerto y esa reverberación del sonido por el cilindro pétreo. Nadie la echó en falta hasta tarde, pero ella no gritaba tampoco. Se había asustado, más por la oscuridad y la humedad que por haber sufrido mucho daño. Observó a su alrededor y vio a una ninfa pequeña, parecida a “Campanilla”, la que viera en la película Peter Pan, así que el susto se convirtió en tranquilidad. La nena contó que ese personaje, amoroso y amable, le fue colocando los pies, de paso en paso, en su ascenso hacia la luz, hasta el brocal.

Nadie pudo explicar cómo consiguió salir sola, pero lo cierto es que llegó a su casa empapada y con un hambre de lobo. Por mucho que sospecharon de algún vagabundo que fuera de paso por la zona, nadie consiguió que diera otra versión que la que quedó como auténtica, a falta de otra posible explicación coherente. Inexplicable, acabaron por decir todos.

Pasaron los años y Julia, o Marta, se fue a Madrid a estudiar periodismo. Allí sigue, sin regresar al pueblo más que de manera esporádica, y se niega a relatar nuevamente el suceso infantil. Se ha especializado en investigar aquellos lugares donde dicen que hay fantasmas. Y es ella que sí cree en lo inexplicable.

 Palabras: 350


martes, 6 de julio de 2021

Sherlock Holmes, en jueves

 



Imagen de la Vanguardia. Siguiendo la iniciativa de Campirela sobre el sagaz detective, mi aportación es la que sigue

De pequeña me gustaba leer las obras de Sherlock Holmes y su amigo Watson.   Para crear su personaje, me dijeron que Arthur Conan Doyle, se inspiró en un profesor que había tenido en la Universidad de Edimburgo, durante sus estudios de medicina.

En un viaje a Londres, ya adulta, quise visitar el piso que compartían, el número 221B de Baker Street, pero no existe. Eso sí, hay un museo, y  está en el número 239.

Cuando regresé a casa, tras un viaje de una semana, me sorprendió que encontrasen tan tarde el cadáver del regidor de cultura de mi ciudad. Un soltero empedernido, quien tuvo la ocurrencia de enseñarme un huevo de Fabergé. Me dijo que llegó a sus manos tras una rocambolesca aventura con una rusa pirada con quien estuvo a punto de casarse hace dos décadas. Sé que no está bien, pero si vieran el huevo, uno de los ocho perdidos, lo entenderían.

Lo planifiqué para que encontraran al muerto a los dos días de mi partida, dándome la coartada perfecta, pero España no es Londres. Ni tenemos un comisario al estilo Sherlock Holmes. Han acusado a un chatarrero que tenía en su poder unos atizadores de la mansión, y que habían visto merodeando por allí. Fue muy fácil acusarle de asesinato, pero no de robo.  

Mi novio se empeñó en venir a casa de madrugada, y luego nos preparó una copa de Bayleis. No parecía tener intención alguna de un reencuentro apasionado, pero lo achaqué al calor bochornoso de la noche. Hablamos del asesinato del que teníamos conocimiento, y al fin, apurando la copa, le confesé que estaba bien.   

Estoy tranquila, querido “Watson” le dije ahora la cicuta que preparaste no es detectable en anatomía forense alguna.  Eres un genio, gracias.

Elemental, querida Susana me respondió Lucas pero dame el vaso que lo lave, porque no quiero dejar pistas.

Con un mareo de campeonato le vi llevarse el vaso, escuché su trasiego por la cocina y borrosamente advertí cómo agarraba el huevo, se lo guardaba en un bolsillo y salía de mi piso sigilosamente. Recordé, antes de dormirme, que mi médica de cabecera me advirtió, hace pocos meses, que, con mi cardiopatía, podía morir en cualquier momento.

Mierda, me dije, ni autopsia me harán, este tío es realmente un genio.

Palabras 387